Pedro Ortin (CATALUÑA PLURAL), 8 de Noviembre de 2026
Hubo un tiempo en el que la promesa parecía clara. Estudia. Fórmate. Encuentra un trabajo. Esfuérzate. Y, con algo de suerte, podrás construir una vida mejor que la de tus padres. No era una garantía absoluta, pero sí un horizonte compartido. El trabajo no era sólo una forma de ganarse la vida. Era la puerta de entrada a cierta estabilidad, a una autonomía personal, a unos derechos sociales ya una idea de futuro. Era, en buena medida, el cemento sobre el que se construía el contrato social de las democracias europeas después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, hoy este relato ha hecho aguas.
Cada vez hay más personas que trabajan y siguen siendo pobres. Jóvenes con estudios universitarios que encadenan contratos sin poder emanciparse. Familias que ven cómo una subida salarial queda absorbida de inmediato por el aumento del alquiler. Mujeres migrantes que nos cuidan sufriendo condiciones terribles de semiesclavitud. Profesionales de alto nivel que alcanzan los cuarenta años exhaustos, no sólo físicamente, sino también emocionalmente, y especialmente grave si son mujeres. Una sensación difusa de que algo fundamental se ha roto entre el esfuerzo y la recompensa.
Las cifras macroeconómicas dicen que hay más trabajo y menos paro que nunca. Como todas las estadísticas pueden contar una parte de la realidad, pero los números no hacen la vida; no explican, por ejemplo, la vida cotidiana de millones de personas que tienen trabajo y, sin embargo, viven instaladas en la incertidumbre diaria.

El gran debate sobre el trabajo ya no es sólo económico. También es cultural, político y democrático. De eso habla nuestro director, Pere Ortín, con Belén López, secretaria general de CCOO de Catalunya, para tratar de entender qué está pasando en un momento en el que el mundo laboral afronta una transformación tan profunda como acelerada.
Porque el trabajo sigue ocupando una parte central de nuestras vidas, pero los factores que lo condicionan han cambiado radicalmente en muy pocos años. Hoy el poder ya no se concentra únicamente en las grandes empresas industriales. También habita en plataformas digitales, algoritmos, fondos de inversión globales y tecnologías capaces de modificar la forma en que producimos, consumimos y nos relacionamos.
La irrupción de la inteligencia artificial es probablemente su ejemplo más evidente. Promete aumentar la productividad como pocas innovaciones antes lo habían hecho. Pero la pregunta sigue abierta: si se crea más riqueza, ¿quién se beneficiará? ¿Servirá para trabajar menos y vivir mejor? O, una vez más, ¿las ganancias se concentrarán en muy pocas manos mientras aumenta la desigualdad? La historia de todas las revoluciones industriales nos recuerda que la tecnología, por sí sola, nunca ha garantizado una sociedad más justa. Todo depende de las reglas, los equilibrios de poder y la capacidad colectiva para poner límites a los intereses económicos.
La historia de todas las revoluciones industriales nos recuerda que la tecnología, por sí sola, nunca ha garantizado una sociedad más justa.
Pero esta conversación habla también de feminismo, de salud mental, de agotamiento emocional, de conciliación y de una generación que ya no reclama sólo un salario digno. Reclama tiempo. Reclama sentido. Reclama poder construir una vida que no gire exclusivamente en torno al trabajo. Quizá no sea una renuncia a la cultura del esfuerzo. Quizá sea la constatación de que trabajar mucho ha dejado de garantizar una vida mejor.
Durante décadas, el conflicto social se explicó sobre todo como una tensión entre capital y trabajo. Hoy, en cambio, asistimos a un cambio de relato. La extrema derecha intenta desplazar este conflicto hacia una confrontación entre trabajadores autóctonos y trabajadores migrantes, convirtiendo a los más vulnerables en adversarios mientras las causas estructurales de la desigualdad quedan fuera del foco de forma interesada.

¿Cómo se ha producido ese desplazamiento? ¿Por qué este discurso encuentra eco en algunos barrios populares? ¿Y qué dice esto sobre las inseguridades acumuladas en los últimos años? Hablar del futuro del trabajo obliga también a hablar de vivienda. Porque de poco sirve negociar mejoras salariales si una parte creciente del sueldo desaparece cada mes en el pago de un alquiler desbocado. El mercado laboral y el mercado inmobiliario ya no pueden entenderse por separado. Forman parte de una misma realidad que condiciona las posibilidades de construir un proyecto vital.
La conversación mira también más allá de la actualidad inmediata. Cataluña necesita afrontar grandes transformaciones industriales, tecnológicas y ecológicas. Pero estas transiciones no serán neutras. Pueden generar más oportunidades o más fracturas. Más cohesión o mayor desigualdad. Todo dependerá de las decisiones colectivas que seamos capaces de tomar hoy. Quizá ésta sea la gran virtud de una conversación en profundidad como ésta: recordarnos que el trabajo no es sólo una estadística ni un indicador económico. Es el sitio donde se juegan muchas de las grandes preguntas de nuestro tiempo. La distribución de la riqueza. La calidad de la democracia. Las oportunidades de las nuevas generaciones. La salud mental. El derecho a tener tiempo. La posibilidad real de construir una vida digna.
Vivimos una época que a menudo nos invita a pensar que los grandes cambios son inevitables, que la globalización, algoritmos o inteligencia artificial avanzan según unas leyes imposibles de discutir. Pero la historia y, especialmente la del feminismo, nos enseña lo contrario. Los derechos laborales, la igualdad de género, la duración de la jornada, las vacaciones pagadas, la protección social o la negociación colectiva nunca aparecieron de forma espontánea. Fueron el resultado de debates, conflictos, protestas, pactos y decisiones políticas.
Quizás hoy nos encontramos ante un momento parecido. Por eso esta conversación con Belén López no ofrece recetas fáciles ni titulares rápidos, nos plantea las preguntas que deberemos responder si queremos que el trabajo siga siendo una herramienta de emancipación y no acabe convirtiéndose en una nueva fuente de desigualdad.
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