Gaceta Crítica

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Karl Marx y la deuda pública: un análisis que sigue vigente hoy en día.

Eric Toussaint (COUNTERPUNCH), 30 de Octubre de 2026

Fotografía de Lianna Begett

Citas de El Capital con comentarios

“La deuda nacional, es decir, la enajenación [Veräußerung] del Estado —ya sea despótico, constitucional o republicano— marcó la era capitalista con su sello inconfundible. El único elemento de la llamada riqueza nacional que realmente pasa a ser propiedad colectiva de una nación moderna es la deuda nacional.”

Por lo tanto, y en consonancia con esto, surge la doctrina moderna de que una nación se enriquece cuanto más endeudada está. El crédito público se convierte en elcredodel capital. Y con el aumento de la deuda pública, la falta de fe en ella reemplaza al pecado contra el Espíritu Santo, para el cual no hay perdón.

La deuda pública se convierte en una de las palancas más poderosas de la acumulación primitiva. Como por arte de magia, dota al dinero estéril de la capacidad de generar riqueza y, por lo tanto, lo transforma en capital, sin necesidad de exponerlo a los problemas y riesgos inherentes a su empleo en la industria o incluso en la usura. Los acreedores estatales, en realidad, no entregan nada, pues la suma prestada se transforma en bonos públicos, fácilmente negociables, que siguen funcionando en sus manos como si fueran dinero en efectivo. (…) La deuda nacional ha dado origen a las sociedades anónimas, a las transacciones con efectos negociables de todo tipo y a la especulación bursátil; en resumen, a la especulación en bolsa y a la bancarrota moderna.

La deuda pública se convierte en una de las palancas más poderosas de la acumulación primitiva. Como por arte de magia, dota al dinero improductivo del poder de la creación y, por lo tanto, lo transforma en capital, sin obligarlo a exponerse a los problemas y riesgos inseparables de su empleo en la industria o incluso en la usura. Los acreedores del Estado, en realidad, no regalan nada, pues la suma prestada se transforma en bonos públicos, fácilmente negociables, que siguen funcionando en sus manos como si fueran dinero en efectivo. (…) la deuda nacional ha dado origen a las sociedades anónimas, a las transacciones con efectos negociables de todo tipo y a la especulación: en una palabra, ha dado origen a la especulación bursátil y a la bancarocracia moderna.” – Karl Marx.El Capital: Crítica de la Economía Política[1]

Deuda pública: un derecho sobre el Estado y un instrumento de acumulación de capital.

Este texto de Marx, escrito en el siglo XIX, puede parecer a primera vista muy alejado de nuestra situación actual. Sin embargo, su análisis de la deuda pública sigue siendo sorprendentemente relevante hoy en día.

Para Marx, la deuda pública no es simplemente una suma que el Estado debe reembolsar. Establece una relación específica entre el Estado y los tenedores de sus títulos de deuda. Quienes prestan al Estado adquieren un derecho sobre ella: tienen derecho a percibir intereses y, en última instancia, al reembolso del capital. De este modo, la deuda pública transforma parte de los ingresos futuros del Estado en renta que se paga a los tenedores de títulos de deuda.

Este es el significado de la contundente expresión utilizada por Marx: « la deuda pública, es decir, la alienación del Estado ». Por «alienación», debemos entender que el Estado se compromete financieramente con sus acreedores. Una parte de sus recursos futuros se destina, por lo tanto, al pago de la deuda. Cuanto mayor sea la deuda, mayor será la influencia que los poseedores de capital ejercen sobre las decisiones presupuestarias y económicas del Estado.

Marx, sin embargo, va mucho más allá. Afirma que la deuda pública desempeñó un papel fundamental en la acumulación primitiva de capital. Históricamente, los Estados han recurrido al endeudamiento masivo para financiar guerras, conquistas coloniales y las administraciones e infraestructuras necesarias para la expansión del comercio. El endeudamiento público permitió que el capital disponible encontrara una inversión relativamente segura y rentable.

Es aquí donde su afirmación de que « el crédito público es el credo del capital» cobra pleno sentido. El capital encuentra una salida particular en la deuda pública: puede prestarse al Estado y generar intereses sin que el propietario tenga que organizar ninguna actividad productiva por sí mismo. El tenedor del instrumento de deuda se convierte en acreedor del Estado y recibe una renta a cambio de este crédito.

Marx pone de relieve un mecanismo que sigue siendo perfectamente reconocible hoy en día: el Estado se endeuda y, para pagar los intereses y el capital, recurre a sus ingresos públicos, que provienen principalmente de impuestos y contribuciones. El servicio de la deuda constituye, por tanto, una transferencia de recursos públicos a los tenedores de los títulos.

Esto ayuda a explicar una contradicción fundamental. La deuda pública se presenta como una deuda contraída por el Estado y, por lo tanto, como una deuda colectiva. Sin embargo, sus acreedores no son la «sociedad» en su conjunto. Están formados por bancos, fondos de inversión, compañías de seguros, fondos de pensiones, hogares adinerados, bancos centrales y otras instituciones financieras. Por consiguiente, la deuda pública crea simultáneamente un pasivo para el Estado y un activo financiero para sus acreedores.

Esta doble dimensión es esencial. Cuando el Estado pide prestados 100 mil millones de dólares, esta cantidad figura en sus cuentas como deuda, pero al mismo tiempo constituye un derecho de 100 mil millones para quienes poseen los valores correspondientes. La deuda de unos corresponde a los activos financieros de otros.

Esto es lo que la provocadora afirmación de Marx nos ayuda a comprender : «La única parte de la llamada riqueza nacional que realmente pasa a ser propiedad colectiva de los pueblos modernos es su deuda pública» . Obviamente, esta afirmación no debe tomarse literalmente. Marx pone de relieve una paradoja: la deuda pública se denomina «riqueza nacional», cuando al mismo tiempo representa una obligación del Estado hacia quienes poseen los títulos de deuda.

Su afirmación sobre la creencia de que « cuanto más se endeuda un pueblo, más rico se vuelve» también merece ser considerada en el contexto del discurso contemporáneo. Todavía se escucha con frecuencia que la deuda pública carece de importancia real mientras el Estado pueda refinanciar constantemente los préstamos que vencen. Marx nos insta a mirar más allá de esta aparente facilidad: debemos preguntarnos quién tiene los derechos sobre el Estado, quién recibe los intereses y quién soporta la carga de pagarlos.

Su análisis de la deuda como instrumento financiero resulta también sorprendente cuando afirma que ha contribuido al desarrollo de las sociedades anónimas, los mercados de valores, la especulación y la «bancocracia moderna». Por lo tanto, la deuda pública no es simplemente un medio para financiar el gasto estatal: contribuye a la formación de un vasto mercado de capitales.

En este punto, la relevancia de Marx también es evidente. Los bonos gubernamentales son actualmente uno de los principales activos en los mercados financieros globales. Bancos, fondos de inversión, compañías de seguros, fondos de pensiones y bancos centrales los compran y venden constantemente. Su circulación permite transformar la deuda pública en un activo financiero negociable, que puede servir como garantía, revenderse o formar parte de complejas estructuras financieras.

Finalmente, debemos destacar las implicaciones políticas de este análisis. La deuda pública no es simplemente una cuestión de niveles de deuda o sostenibilidad financiera. Es también una cuestión de poder. ¿ Quién decide el nivel de deuda? ¿Quién posee los títulos? ¿Quién recibe los intereses? ¿Quién paga los impuestos que hacen posibles estos pagos? ¿Qué áreas del gasto público se recortan cuando aumentan los costos del servicio de la deuda? ¿Por qué debería el Estado seguir honrando todas las deudas indiscriminadamente, incluidas aquellas derivadas de políticas fiscalmente injustas, tasas de interés excesivas o decisiones tomadas sin control democrático?

Es precisamente aquí donde la interpretación de Marx puede ampliarse hoy mediante el llamado a una auditoría ciudadana de la deuda pública. No basta con conocer el monto de la deuda. Debemos examinar su origen, las condiciones en que se contrajo, los beneficiarios de las políticas que ha financiado, los acreedores y el costo que impone a la comunidad.

Por lo tanto, el objetivo de Marx no es proporcionar una fórmula prefabricada para abordar la deuda pública en el siglo XXI. Más bien, nos ofrece un marco de análisis: tras una cifra presentada como una estadística puramente económica se esconden relaciones de propiedad, transferencias de ingresos y relaciones de poder. Es precisamente esta dimensión política de la deuda la que el discurso dominante tiende a ocultar.

El acreedor del Estado: capital que genera un rendimiento sin producir nada.

La afirmación de Marx de que «los acreedores públicos, en sentido estricto, no dan nada» puede parecer paradójica. Cuando un banco, un fondo de inversión o un particular compra un bono del Estado, efectivamente paga una suma al emisor del título. ¿Por qué, entonces, afirma Marx que el acreedor «no da nada»?

Desea destacar lo que sucede después de otorgar el préstamo. El acreedor entrega su dinero al Estado, pero a cambio recibe una garantía que le da derecho a percibir intereses y a la devolución del capital. Por lo tanto, posee un activo financiero que puede conservar, transferir o revender. Su dinero no ha desaparecido: se ha transformado en un derecho sobre el Estado.

Por eso Marx escribe que el capital del acreedor, «transformado en títulos públicos fácilmente transferibles, sigue funcionando en sus manos como si fuera dinero en efectivo». En términos contemporáneos, podría decirse que el acreedor posee un título financiero que representa un derecho sobre los ingresos futuros del Estado. Este título puede circular en los mercados y revenderse.

Veamos un ejemplo sencillo. Un inversor compra bonos del gobierno por valor de 100 millones de dólares. Se convierte en acreedor del Estado, que le paga intereses anualmente y, al vencimiento, le devuelve el capital. Mientras tanto, el inversor puede revender los bonos a otro participante del mercado financiero. De esta forma, recupera su capital, mientras que el nuevo comprador, a su vez, se convierte en acreedor del gobierno.

En consecuencia, un mismo título de deuda puede cambiar de manos varias veces sin que el gobierno reembolse el capital correspondiente. Para el gobierno, la deuda permanece. Para los tenedores sucesivos, constituye un activo que puede comprarse, venderse y valorarse.

Este es un punto clave para comprender el funcionamiento de los mercados de bonos contemporáneos. Cuando decimos que «los mercados financian al gobierno», solo describimos una parte de la realidad. Los mercados financieros también organizan la circulación de créditos contra el gobierno. De este modo, la deuda pública se convierte en una mercancía financiera.

Esta transformación tiene una consecuencia fundamental: el Estado no es simplemente deudor en el momento en que contrae el préstamo. Sigue siéndolo mientras la garantía no haya sido redimida o cancelada. El acreedor original puede haber desaparecido hace tiempo, pero su crédito puede haber sido revendido a numerosos otros titulares.

Esto también ayuda a explicar por qué la deuda pública puede convertirse en un instrumento particularmente poderoso para el capital financiero. Una empresa que invierte en una actividad productiva asume riesgos: su inversión puede no ser rentable, puede quebrar o su equipo puede depreciarse. El tenedor de un bono del gobierno se encuentra en una situación diferente: posee un derecho sobre un Estado que tiene la facultad de recaudar impuestos y, bajo ciertas condiciones, de crear dinero.

Esto es precisamente a lo que se refiere Marx cuando afirma que la deuda pública «dota al dinero improductivo del poder de reproducción y, por lo tanto, lo transforma en capital».

La expresión se puede resumir así: el dinero que no se utiliza directamente para producir bienes puede, sin embargo, generar ingresos para su propietario, ya que se transforma en un derecho sobre el Estado. El tenedor del título recibe intereses sin tener que organizar la producción que permite pagarlos.

Sin embargo, debemos evitar una interpretación errónea. Marx no afirma que el dinero prestado al Estado cree mágicamente nueva riqueza. Más bien, demuestra que una parte del capital puede generar ingresos en forma de intereses sobre la deuda pública . El Estado debe disponer de ingresos para pagar estos intereses. Puede obtenerlos mediante impuestos, nuevos préstamos o, en algunos casos, mediante la creación de dinero.

Esto nos lleva a una pregunta crucial: ¿de dónde provienen los ingresos que se pagan a los tenedores de deuda pública?

Esta pregunta se plantea con demasiada poca frecuencia en los debates sobre la deuda. Los intereses suelen presentarse simplemente como el «coste» del endeudamiento público. Pero también constituyen una transferencia de ingresos. Cuando el Estado desembolsa miles de millones de euros en intereses, transfiere recursos públicos a los tenedores de sus títulos de deuda.

La cuestión se convierte entonces en un asunto social y político: ¿quién recibe estos intereses y quién ayuda a financiar su pago?

Si los acreedores son principalmente grandes terratenientes, bancos, fondos de inversión o compañías de seguros, mientras que los ingresos públicos dependen en gran medida de los impuestos indirectos que soporta toda la población, el servicio de la deuda puede contribuir a una transferencia de riqueza de las clases trabajadoras y medias a los poseedores de capital.

Es aquí donde el análisis de Marx se vincula directamente con la necesidad de una auditoría ciudadana de la deuda. No basta con preguntar cuánto debe el Estado. También debemos examinar a quién le debe, bajo qué condiciones, por qué debe y cuánto ha costado ya esta deuda en intereses.

Este análisis nos lleva a cuestionar otra idea muy extendida hoy en día: la noción de que la deuda pública es necesariamente legítima simplemente porque se contrajo legalmente.

Para Marx, la cuestión clave no es meramente legal o contable. Se trata de las relaciones sociales que organiza la deuda. La deuda pública puede ser perfectamente legal y, al mismo tiempo, generar una distribución de la riqueza profundamente injusta. Puede financiar políticas fiscales que favorecen a los más ricos, rescates bancarios, guerras o gastos cuya legitimidad democrática y utilidad social pueden ser cuestionadas. Puede financiar políticas perjudiciales para el medio ambiente.

Por ello, la cancelación parcial de una deuda no debe considerarse únicamente como una transacción financiera . Cancelar una deuda implica eliminar el derecho del titular a percibir los ingresos futuros asociados a ella. Por consiguiente, altera tanto la relación de propiedad como la de poder.

Por eso, para Marx, la deuda pública es mucho más que una simple cuestión de “finanzas públicas”. Es un mecanismo que permite al capital transformar una suma de dinero en un derecho a percibir ingresos futuros provenientes de los recursos del Estado.

Y es precisamente este mecanismo el que ahora debe examinarse democráticamente: ¿qué deudas deseamos seguir pagando, cuáles deberían reestructurarse o cancelarse, y en beneficio de quién?

Segundo extracto de El Capital de Marx : deuda pública e impuestos

Dado que la deuda pública está respaldada por los ingresos del Estado, que deben cubrir los pagos anuales de intereses, etc., el sistema tributario moderno fue el complemento necesario del sistema de préstamos nacionales. Los préstamos permiten al gobierno afrontar gastos extraordinarios sin que los contribuyentes lo noten de inmediato, pero aun así hacen necesario un aumento de los impuestos como consecuencia. Por otro lado, el aumento de los impuestos provocado por la acumulación de deudas contraídas sucesivamente obliga al gobierno a recurrir constantemente a nuevos préstamos para nuevos gastos extraordinarios. El sistema fiscal moderno, cuyo eje se constituye mediante impuestos sobre los medios de subsistencia más necesarios (y, por lo tanto, mediante aumentos en su precio), contiene así en sí mismo el germen de la progresión automática. La sobretributación no es un hecho accidental, sino un principio.[2]

Deuda pública: una transferencia entre clases sociales

En otro pasaje de El Capital , Marx aborda un aspecto clave de la deuda pública: alguien debe pagar los intereses y las cuotas adeudadas a los acreedores del Estado. Y ese «alguien» es el contribuyente.

Su argumento se basa en un mecanismo sencillo. La deuda pública se fundamenta en los ingresos públicos: por lo tanto, el Estado debe disponer de ingresos para pagar los intereses anualmente y, al vencimiento de los títulos, para amortizar el capital. Sin embargo, sus ingresos provienen principalmente de los impuestos.

El endeudamiento permite al gobierno acceder de inmediato a los recursos sin que los contribuyentes tengan que asumir el costo total del gasto de inmediato. Pero esta carga solo se pospone. El endeudamiento de hoy se convierte en una obligación tributaria para el futuro.

Marx demuestra entonces que este mecanismo puede volverse acumulativo: el endeudamiento genera intereses adicionales; estos intereses incrementan la necesidad de ingresos; el aumento de los impuestos reduce los márgenes presupuestarios; y cuando el Estado se enfrenta a nuevos gastos extraordinarios, puede verse obligado a endeudarse de nuevo. Estas nuevas deudas, a su vez, generan mayores cargas tributarias.

Pero Marx no se limita a los aspectos técnicos del presupuesto. Le interesa cómo se distribuye esta carga impositiva entre las diferentes clases sociales.

Es aquí donde su observación sobre los impuestos aplicados a las «necesidades básicas» cobra toda su relevancia. Quienes compran los productos en cuestión pagan impuestos indirectos sobre el consumo, pero la carga financiera varía para cada persona.

Un hogar de bajos ingresos que gasta la mayor parte de sus ingresos en alimentos, vivienda, calefacción y transporte destina una gran proporción de sus recursos al consumo. Por lo tanto, una parte significativa de sus ingresos está sujeta a impuestos indirectos. En cambio, los hogares más ricos pueden destinar una proporción mucho mayor de sus ingresos al ahorro, la adquisición de activos financieros o la acumulación de patrimonio.

Por lo tanto, la tributación puede ser formalmente idéntica pero socialmente profundamente desigual.

Es aquí donde el análisis de Marx resulta particularmente esclarecedor para comprender las políticas de deuda contemporáneas. Cuando un gobierno aumenta el IVA, los impuestos sobre la energía, los aranceles sobre los combustibles u otros impuestos indirectos para incrementar los ingresos públicos, no solo está ingresando más dinero a las arcas del Estado, sino que también está decidiendo qué clases sociales soportarán la carga del esfuerzo requerido.

En el otro extremo de la cadena se encuentran los acreedores del Estado.

Los tenedores de títulos de deuda pública —bancos, fondos de inversión, compañías de seguros, fondos de pensiones, familias adineradas u otras instituciones financieras— han adquirido el derecho a percibir intereses y a recuperar su capital. Cuando el Estado recauda impuestos para pagar estos intereses, está organizando una transferencia de recursos.

Por lo tanto, la deuda pública debe considerarse no solo como una relación entre el Estado y sus acreedores , sino también como una relación que trasciende las clases sociales.

Cuando los ingresos fiscales derivados en gran medida del consumo popular se utilizan para pagar los intereses de los valores en poder de los propietarios de capital, una parte de los ingresos recaudados sobre la población se transfiere a los propietarios del capital financiero.

Esto es precisamente lo que tienden a ocultar las presentaciones de la deuda basadas únicamente en la contabilidad. Hablan del «Estado», del «contribuyente» y de los «mercados» como si fueran entidades homogéneas. Pero no existe un contribuyente o acreedor abstracto que pague la deuda indiscriminadamente.

Por un lado, están quienes tienen reclamaciones contra el Estado; por otro, quienes contribuyen a los ingresos destinados a atender dichas reclamaciones. Y ambos grupos no necesariamente coinciden.

Esta distinción es fundamental.

Cuando los gobiernos dicen que debemos «tranquilizar a los mercados» y pagar la deuda, están defendiendo los intereses de los acreedores. Cuando, al mismo tiempo, se niegan a aumentar significativamente los impuestos sobre las grandes fortunas, los ingresos más altos o las ganancias excepcionales de las grandes empresas, mientras aumentan los impuestos indirectos, están tomando una decisión basada en la clase social. Cuando, al mismo tiempo, se niegan a aumentar significativamente los impuestos sobre las grandes fortunas, los ingresos más altos o las ganancias excepcionales de las grandes empresas, mientras aumentan los impuestos indirectos, están tomando una decisión basada en la clase social.

Por lo tanto, no se trata simplemente de cuánto debe el Estado. Debemos saber a quién debe y quién paga para que pueda cumplir con sus compromisos.

Este tema cobra aún mayor importancia dado que la deuda pública puede convertirse en un instrumento de redistribución regresiva. Una política tributaria progresiva puede garantizar que quienes poseen mayores ingresos y riqueza contribuyan más. Sin embargo, una política que dependa en gran medida de los impuestos indirectos puede imponer una carga desproporcionada a las clases trabajadoras y medias.

En el primer caso, los impuestos reducen las desigualdades. En el segundo, pueden reforzarlas.

Por eso, la afirmación de Marx de que «la carga tributaria no es un elemento secundario, sino el principio mismo» merece ser reconsiderada hoy. No significa que toda deuda pública conlleve automáticamente un aumento permanente de los impuestos. Nos ayuda a comprender algo más: cuando el Estado acumula deuda con intereses, crea simultáneamente una obligación permanente de generar ingresos para pagar a sus acreedores. La forma en que se recaudan estos ingresos se convierte entonces en una cuestión de lucha social.

Por lo tanto, la verdadera pregunta no es: «¿ Cómo se debe pagar la deuda?».

La pregunta es: «¿Quién debe pagar, quién debe estar exento y quién se beneficia del reembolso de la deuda?»

Este cambio de perspectiva modifica por completo el punto de vista.

También nos ayuda a comprender por qué la cuestión de cancelar o reestructurar parte de la deuda no puede reducirse a un asunto técnico. Cancelar una deuda implica eliminar el derecho a una futura transferencia de recursos públicos a su titular. Por el contrario, mantener la deuda en su totalidad equivale a preservar los derechos de los acreedores sobre los ingresos futuros del Estado.

Por lo tanto, la deuda pública es una cuestión de redistribución entre clases sociales.

Por eso, antes de pedir a las clases trabajadoras que paguen más IVA, impuestos sobre la energía u otros gravámenes indirectos en nombre de la reducción de la deuda, debemos plantearnos una pregunta mucho más fundamental: ¿ por qué hacer que quienes tienen menos recursos paguen más, cuando se podría pedir a quienes tienen mayor riqueza y capital que contribuyan más?

Y antes incluso de pedirle al público que asuma esta carga, debemos determinar qué parte de la deuda es legítima.

Aquí es donde la auditoría ciudadana se vuelve esencial. Debe revelar el origen de las deudas, las condiciones en que se contrajeron, los intereses pagados, las políticas que financiaron y los grupos sociales que se beneficiaron. También debe identificar a los actuales acreedores y cuantificar las transferencias de ingresos derivadas del servicio de la deuda.

La cuestión de la deuda pública se convierte entonces en lo que fundamentalmente es, según Marx: una cuestión de relaciones de poder y relaciones entre clases sociales.

Detrás de la cifra de la deuda se encuentran los acreedores que tienen derechos sobre los ingresos futuros del estado y los contribuyentes cuyas contribuciones fiscales garantizan que se satisfagan esos derechos.

La cuestión democrática reside, por tanto, en decidir colectivamente qué deudas deben ser saldadas, cuáles deben ser reestructuradas o canceladas, y cómo organizar el sistema tributario para que quienes tienen mayor capacidad de pago contribuyan de forma prioritaria.

Tercer extracto de El Capital . Marx y el papel de la deuda pública en la génesis del sistema capitalista internacional.

En cuanto a la primera cita, «La deuda nacional, es decir, la enajenación del Estado…», el párrafo comienza en realidad con las dos frases siguientes: «El sistema de crédito público, es decir, de deudas nacionales, cuyos orígenes se encuentran en Génova y Venecia ya en la Edad Media, se apoderó de toda Europa durante el período manufacturero. El sistema colonial, con su comercio marítimo y sus guerras comerciales, sirvió de caldo de cultivo para el sistema crediticio. Así, echó raíces por primera vez en los Países Bajos».

En este capítulo, Karl Marx demuestra cómo las distintas formas de acumulación primitiva, que se producen a escala internacional, contribuyen al desarrollo del sistema capitalista. A continuación, se presenta un extracto que resume el papel de la deuda pública y el sistema crediticio internacional:

Junto con la deuda nacional surgió un sistema de crédito internacional que a menudo oculta una de las fuentes de acumulación primitiva en uno u otro pueblo. Así, las fechorías del sistema veneciano de robos constituyeron uno de los fundamentos secretos de la riqueza de capital de los Países Bajos, pues Venecia, en sus años de decadencia, prestó grandes sumas de dinero a los Países Bajos. Existe una relación similar entre los Países Bajos e Inglaterra. A principios del siglo XVIII, la industria manufacturera holandesa había quedado muy rezagada. Había dejado de ser la nación preponderante en comercio e industria. Por lo tanto, una de sus principales líneas de negocio, entre 1701 y 1776, fue el préstamo de enormes cantidades de capital, especialmente a su gran rival, Inglaterra. Lo mismo ocurre hoy entre Inglaterra y Estados Unidos. Gran parte del capital que hoy aparece en Estados Unidos sin ningún certificado de nacimiento, ayer, en Inglaterra, era la sangre capitalizada de los niños.

En otro pasaje del mismo capítulo sobre la acumulación primitiva, Marx critica a autores como William Cobbett (1762-1835), quien consideraba la deuda pública como «la causa principal de la miseria de los pueblos modernos». En El Capital, Marx se propone demostrar que la génesis de la era capitalista, seguida por la «victoria» del sistema capitalista en el siglo XIX, se caracteriza por una combinación de profundas acciones y transformaciones que abarcan varios siglos. El sistema de deuda pública es un factor significativo; otro es la política fiscal que critica en el fragmento mencionado anteriormente. En el mismo capítulo, Marx ofrece una visión general de diversas formas de acumulación primitiva, aunque no pretende abarcarlas todas exhaustivamente.

Los distintos momentos de acumulación primitiva pueden atribuirse, en particular, a España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra, en un orden más o menos cronológico. Estos distintos momentos se combinan sistemáticamente a finales del siglo XVII en Inglaterra; la combinación abarca las colonias, la deuda nacional, el sistema tributario moderno y el sistema de proteccionismo. Sobre el tema del sistema colonial, escribe: «El descubrimiento de oro y plata en América, la extirpación, la esclavitud y el enterramiento en minas de la población indígena de ese continente, los comienzos de la conquista y el saqueo de la India, y la conversión de África en una reserva para la caza comercial de pieles negras, son todos hechos que caracterizan el amanecer de la era de la producción capitalista. Estos idílicos acontecimientos son los principales momentos de acumulación primitiva.

En Europa, estas diversas fuentes de acumulación primitiva se ven agravadas por el despojo gradual de los productores de sus medios de producción, poniendo así a disposición del capital industrial una masa de trabajo transformada en trabajo asalariado que produce plusvalía. Esto es lo que Marx resume más adelante en El Capital cuando describe el despojo de los pequeños campesinos y artesanos:

La expropiación de los productores directos se llevó a cabo mediante la más despiadada barbarie y bajo el estímulo de las pasiones más infames, sórdidas, mezquinas y odiosas. La propiedad privada, ganada personalmente, es decir, basada, por así decirlo, en la fusión del individuo trabajador, aislado e independiente, con las condiciones de su trabajo, es suplantada por la propiedad privada capitalista, que se fundamenta en la explotación de mano de obra extranjera, pero formalmente libre.[3]

Él vincula este despojo con otras formas de acumulación primitiva:

… esta terrible y ardua expropiación de la masa popular conforma la prehistoria del capital. Comprende toda una serie de métodos coercitivos, y solo hemos analizado aquellos que han sido trascendentales como métodos de acumulación primitiva de capital.

Cuando las finanzas ocultan el origen del capital

El ejemplo de Marx, que abarca desde Venecia hasta los Países Bajos y luego a Inglaterra, resulta particularmente esclarecedor. Demuestra que el capital no está ligado al lugar donde se acumuló originalmente. Puede trasladarse a otro país, transformarse en préstamos, valores o derechos, y aun así generar ingresos para sus propietarios.

Este fenómeno es precisamente lo que Marx pretende sugerir cuando escribe, con respecto al capital que fluye hacia Estados Unidos, que parte de él carece de «certificado de nacimiento» y, en realidad, «era ayer, en Inglaterra, la sangre capitalizada de los niños» . Una vez transformada en capital financiero, la riqueza puede presentarse, en efecto, de forma aparentemente neutral: un valor, un crédito, un bono, un depósito bancario u otro activo financiero. Su poseedor actual puede no tener ninguna relación con las condiciones históricas en las que se acumuló dicha riqueza.

La forma financiera del capital tiende así a borrar su historia.

Esta observación es importante para comprender la deuda pública. Un bono gubernamental en manos de un fondo, un banco o un inversor parece ser un simple activo financiero. Sin embargo, el propio título no revela nada sobre las condiciones en las que se contrajo la deuda, las políticas que financió, los intereses ya pagados ni los grupos sociales que soportaron los impuestos utilizados para remunerar a sus tenedores.

Por lo tanto, no basta con preguntarse quién posee actualmente los títulos de deuda pública. Debemos también analizar el contexto histórico de la riqueza que facilitó su adquisición, así como los mecanismos de transferencia que ahora permiten su remuneración.

La importancia de Marx radica precisamente en que nos invita a mirar más allá de la apariencia financiera de las cosas. Detrás de la circulación de un título de deuda se encuentran relaciones sociales: acreedores que tienen derecho a percibir ingresos futuros y, por otro lado, una colectividad que debe movilizar recursos para cumplir con ese derecho.

Este enfoque sigue siendo especialmente útil hoy en día. Por lo tanto, una auditoría de la deuda pública no solo debe centrarse en su importe y en sus actuales acreedores, sino también en su historia: ¿cómo se acumuló esta deuda, en qué condiciones, para financiar qué políticas, con qué beneficiarios y a qué coste para las distintas clases sociales?

En otras palabras, siguiendo el método de Marx, debemos recuperar la historia social oculta tras la seguridad financiera.

Notas.

[1]      Marx, Karl. El Capital: Crítica de la Economía Política , Volumen I. Traducido por Ben Fowkes. Londres: Penguin Books, 1976, Parte Ocho, Capítulo 31. https://www.surplusvalue.org.au/Marxism/Capital%20-%20Vol.%201%20Penguin.pdf   Éric Toussaint es autor de Una mirada al espejo retrovisor: La ideología neoliberal desde sus orígenes hasta la actualidad , Chicago: Haymarket Books, 2012;  El sistema de la deuda, Chicago: Haymarket Books, 2019.

[2]      Ibíd.

[3] Marx, Karl. El Capital: Crítica de la economía política, Volumen I. Traducido por Ben Fowkes. Londres: Penguin Books, 1976, Parte Ocho, Capítulo 32.

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