Gaceta Crítica

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Eric Hobsbawm, historiador de las derrotas

Iker Itoiz Ciaurriz (JACOBIN.lat), 21 de Octubre de 2026

Eric Hobsbawm estaba en Berlín cuando Hitler llegó al poder, en París durante el apogeo del Frente Popular y seguía siendo miembro del Partido Comunista cuando el comunismo se derrumbó. La nueva biografía de Émile Chabal reconstruye la trayectoria de un historiador que nunca dejó de preguntarse qué seguía siendo posible después de la derrota.

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El artículo a continuación es una reseña de The Age of Hobsbawm: The Life of a Revolutionary Historian, de Emile Chabal (Harvard University Press, 2026).

Cinco años después de la caída del Muro de Berlín, el historiador comunista Eric Hobsbawm publicó su exitosa historia del siglo XX, Historia del siglo XX. El libro presentaba a un hombre que intentaba asumir el destino del proyecto político al que había dedicado su vida adulta, al tiempo que procuraba comprender el siglo XX como una época histórica. Aunque se hizo famoso por su pesimismo, el libro, como la obra de muchos autores de izquierda en la década de 1990, también ofrecía una oportunidad para repensar en qué podía convertirse el proyecto de la izquierda tras el derrumbe del comunismo.

En sus últimas páginas, Hobsbawm reflexionaba sombríamente sobre el futuro. El «titánico desarrollo económico y tecnocientífico» del capitalismo, escribió, había desencadenado fuerzas capaces de destruir «los fundamentos materiales de la vida humana», al tiempo que erosionaba los vínculos sociales del pasado, incluidos aquellos de los que depende el propio capitalismo. «Nuestro mundo corre el riesgo tanto de explotar como de implosionar. Debe cambiar». La humanidad no podría sobrevivir al tercer milenio prolongando el pasado o el presente, advirtió, y «el precio del fracaso, es decir, la alternativa a una sociedad transformada, es la oscuridad».

Casi veinte años después, en 2011, estallaron protestas masivas en todo el mundo. La Primavera Árabe derrocó las dictaduras de Egipto y Túnez, mientras que el levantamiento en Siria desembocó en una guerra civil. En otros lugares, surgió el movimiento Occupy Wall Street en Estados Unidos y el movimiento de los Indignados ocupó las calles y plazas de España. Yo participé en esas manifestaciones y, por entonces, estaba leyendo Historia del siglo XX con mis compañeros de clase. El libro dejó una huella duradera en nuestra forma de pensar tanto el pasado como las posibilidades del futuro. No se trataba solo de la historia que narraba Hobsbawm, sino también de la sensación de que, de algún modo, estábamos viviendo de nuevo una historia semejante.

Para una izquierda que, desde el derrumbe del comunismo, había tenido dificultades para articular una visión de futuro, el movimiento de los Indignados abrió un momento de imaginación política en el que parecía posible un futuro diferente. Para una nueva generación de historiadores comprometidos políticamente, las luchas de Eric Hobsbawm —un comunista que había vivido en Berlín cuando los nazis llegaron al poder, estado en París en el apogeo del Frente Popular de 1936 y viajado a España durante la Guerra Civil— podían resultar inspiradoras.

No era un caso aislado. En 2018, el historiador Émile Chabal viajó a Delhi, donde conoció a un grupo de estudiantes de izquierda que admiraban su obra. Lo animaron a buscar el hashtag #Hobsbawm. Para su sorpresa, encontró numerosas publicaciones en redes sociales que mostraban los libros del historiador: por lo general, una computadora portátil abierta junto a un ejemplar de Historia del siglo XX, acompañados de hashtags sobre los desafíos de la vida estudiantil. Pero, como se pregunta Chabal, ¿qué puede enseñarnos hoy la vida de Hobsbawm —la figura histórica, más que el mito— sobre las perspectivas de la izquierda?

Una vida en la Historia

Pocos historiadores del siglo XX han despertado tanto interés biográfico como Eric Hobsbawm. Nacido en Alejandría en 1917, criado en Viena y Berlín y llegado a Gran Bretaña poco después de que Adolf Hitler tomara el poder, Hobsbawm se afilió al Partido Comunista de Gran Bretaña en 1936 y permaneció en sus filas hasta su disolución, en 1991. También se convirtió en uno de los historiadores más influyentes del siglo XX: pasó del mundo relativamente acotado de la historiografía marxista británica a alcanzar un extraordinario público internacional. Por eso, The Age of Hobsbawm, de Émile Chabal, se adentra en un terreno muy transitado. Sin embargo, su nueva biografía ofrece una excelente oportunidad para revisar la vida de un comunista comprometido a la luz de la historia más amplia del comunismo del siglo XX y preguntarnos qué puede enseñarnos Hobsbawm en otro momento de profunda incertidumbre para la izquierda internacional.

A Chabal le interesa menos descubrir a un Hobsbawm desconocido que explicar cómo se forjaron el historiador y el intelectual político. Su trabajo es, fundamentalmente, una biografía intelectual. En lugar de separar la producción historiográfica de Hobsbawm de su comunismo, su periodismo, sus amistades, sus viajes y sus intervenciones políticas, Chabal reconstruye los contextos en los que se produjeron sus ideas. El resultado es algo más que una biografía: una historia de la vida intelectual del siglo XX vista a través de una figura que se movió entre el comunismo y el mundo académico, entre Gran Bretaña y la Europa continental, entre la investigación especializada y las publicaciones de gran tirada.

Como ha señalado el historiador Alberto De Bernardi, es necesario reconsiderar el antifascismo como un componente central de la cultura política europea, que contribuyó a moldear las identidades políticas durante la segunda mitad del siglo XX. Hobsbawm perteneció a lo que podría llamarse la «generación de la Revolución de Octubre»: quienes vivieron el ascenso del nazismo, la respuesta antifascista y la Segunda Guerra Mundial. Estas experiencias forjaron un poderoso compromiso político que, en el caso de Hobsbawm, resultó imposible de quebrar incluso después de la crisis comunista de 1956.

Si el período 1945-1948 marcó el punto culminante del atractivo del comunismo en Europa, las décadas siguientes fueron testigo de su declive gradual y de su derrumbe definitivo entre 1989 y 1991. Hobsbawm atravesó todo ese proceso sin renunciar al comunismo. Su generación sufrió una derrota y tuvo que adaptarse a un mundo despojado del proyecto al que tantos habían dedicado su vida. Pocos intelectuales vivieron estas transformaciones con el mismo grado de proximidad o persistencia. Menos aún intentaron, como Hobsbawm, interpretar históricamente esos cambios mientras participaban en los debates que los animaban. Su identidad política pudo parecer discreta en ocasiones, pero el extraordinario alcance de sus escritos históricos garantizó que su intervención estuviera lejos de ser marginal.

Aunque los años de formación de Hobsbawm y la crisis de 1956 figuran entre los aspectos más conocidos de su biografía, se ha prestado menos atención a su trayectoria durante las cruciales décadas centrales y finales de la Guerra Fría. ¿Cómo atravesó un partidario comprometido de la Revolución de Octubre los sucesivos reveses del comunismo, y qué pueden enseñarnos sus respuestas sobre las perspectivas de la izquierda? Cada crisis importante —en 1956, 1968 y 1989— lo llevó a reconsiderar conceptos marxistas fundamentales como la revolución, la clase y la organización política. Sus respuestas estuvieron determinadas por una combinación de experiencia personal, investigación académica e intercambios con movimientos políticos internacionales, en particular los de América Latina.

¿Un comunista en retirada?

Hasta 1956, Hobsbawm siguió siendo un comunista leal. La biografía de Chabal sostiene que la crisis de ese año lo convirtió en un comunista semidistanciado. Chabal interpreta el posterior giro de Hobsbawm hacia los rebeldes primitivos, los bandidos y los movimientos milenaristas, en parte, como un repliegue intelectual. Es una interpretación convincente. Sin embargo, un examen más detenido también revela a un Hobsbawm que intentaba reconstruir una teoría de la agencia revolucionaria en un momento en que las viejas certezas se habían derrumbado y la búsqueda de modelos alternativos de transformación política lo llevaba cada vez más allá de las fronteras de Europa.

Después de 1956, la cuestión de quién hace la historia, en qué condiciones y mediante qué formas de organización adquirió una importancia cada vez mayor en su pensamiento. Esta indagación lo llevó más allá de los centros industriales de Gran Bretaña, hacia las periferias rurales de España e Italia y, finalmente, a América Latina. Entre principios de la década de 1950 y finales de la de 1960, esos viajes le permitieron reflexionar sobre algunos de los dilemas que había puesto de manifiesto la crisis de 1956. En los pueblos andaluces, en las colinas de Calabria y, más tarde, en los Andes y el campo cubano, encontró mundos agrarios que parecían existir al margen de las categorías convencionales de la política moderna: comunidades habitadas por milenaristas, campesinos rebeldes y bandidos cuyas formas de resistencia a menudo precedían a las estructuras de la política de clases moderna. Esos encuentros dieron lugar a Rebeldes primitivos (1959) y Bandidos (1969).

Sus viajes a Cuba, Perú, Chile y Colombia lo pusieron en contacto con formas de lucha política que transformaron su comprensión del marxismo. El llamado Tercer Mundo dejó de ser simplemente un objeto de la teoría europea para convertirse en una fuente de conceptos y estrategias políticas. La Revolución Cubana, los movimientos guerrilleros andinos y el experimento nacionalista de Juan Velasco Alvarado en Perú sugerían que la transformación política radical podía surgir de fuentes inesperadas —los ejércitos, los Estados y las insurgencias rurales— y no exclusivamente de la clase obrera industrial.

Estos encuentros ampliaron los horizontes geográficos y conceptuales del marxismo europeo. También alimentaron las reflexiones de Hobsbawm sobre la política de su propio continente. La circulación global de ideas que caracterizó a la izquierda de posguerra suele describirse como un movimiento unidireccional desde la metrópoli hacia la periferia, pero la trayectoria de Hobsbawm revela un panorama más complejo: el pensamiento y la experiencia política latinoamericanos contribuyeron a transformar los debates europeos sobre la revolución, el desarrollo y la estrategia política. En este sentido, los movimientos revolucionarios latinoamericanos contribuyeron a lo que Christoph Kalter ha denominado la «descolonización de la imaginación» dentro de la izquierda europea.

Hobsbawm y el 68

La segunda gran crisis, la de 1968 —representada por los acontecimientos de París y Praga—, puso de manifiesto una brecha cada vez mayor entre los partidos comunistas y los nuevos movimientos sociales que estaban transformando la cultura política. También reveló tensiones presentes desde hacía tiempo en el marxismo occidental: entre la crítica cultural y la estrategia política, las aspiraciones democráticas y la ortodoxia partidaria, y las tradiciones de la clase trabajadora y las nuevas identidades políticas. Para Hobsbawm, esto planteó una pregunta central: ¿cuál era el futuro del socialismo en las sociedades industriales avanzadas, en las que la clase trabajadora tradicional estaba cambiando, fragmentándose o perdiendo su cohesión política?

Su respuesta fue tomando forma a través de sus contactos cada vez más estrechos con los partidos comunistas y los círculos intelectuales de Italia, Francia y España, del surgimiento de las estrategias eurocomunistas y de acontecimientos políticos que abarcaron desde la Primavera de Praga de 1968 hasta el golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile, en 1973. Todo ello influyó en su importante intervención en la política británica a finales de la década de 1970 y durante los años ochenta, cuando aplicó décadas de reflexión intelectual y política a las condiciones específicas del Reino Unido. En su influyente ensayo de 1978, «¿Se ha detenido la marcha adelante del movimiento obrero?», sostuvo que la clase trabajadora estaba atravesando una profunda transformación, que surgían nuevos grupos sociales y que el movimiento obrero no había logrado proporcionar una dirección estratégica adecuada. El ensayo desató un intenso debate.

Chabal reconstruye críticamente el escepticismo —y, en ocasiones, la abierta hostilidad— con que Hobsbawm contempló ciertos aspectos del legado de la Nueva Izquierda y del posmodernismo. Un ejemplo revelador es una carta reproducida por Chabal en la que Hobsbawm respondía a un estudiante que proponía reconstruir una narrativa histórica en la que el género, la raza, la sexualidad y la subjetividad ocuparan un lugar central, en vez de ser meros complementos de un «gran relato». Hobsbawm rechazó el enfoque propuesto porque no correspondía a su «tipo de historia» ni, a su juicio, al de Karl Marx, y consideró que el proyecto era sintomático del repliegue de la izquierda.

La actitud de Hobsbawm hacia la Nueva Izquierda tuvo dos consecuencias importantes y contradictorias. Lo dejó mal preparado para comprender algunas de las nuevas fuerzas políticas que surgieron después de la década de 1960, entre ellas el feminismo, las políticas identitarias, los nuevos movimientos sociales, la política cultural y algunas corrientes anticoloniales y poscoloniales. Esto limitó su análisis político, pero, en ciertos aspectos, también lo fortaleció.

Menos apegado al optimismo revolucionario asociado con algunos sectores de la Nueva Izquierda, Hobsbawm se convirtió en uno de los primeros intelectuales marxistas importantes de Gran Bretaña en afrontar directamente el declive de la política tradicional de la clase trabajadora industrial. En la década de 1970, su preocupación fue dejando de ser la proclamación de posibilidades revolucionarias para centrarse cada vez más en identificar las fuerzas sociales y las alianzas políticas capaces de producir cambios significativos. Esto sugiere que su análisis de la relación entre Gran Bretaña, el movimiento obrero y la clase trabajadora no estuvo determinado ni por el excepcionalismo británico ni únicamente por la historia de la izquierda británica. Surgió, más bien, de las experiencias globales de la Guerra Fría y, en particular, de la historia del comunismo y el marxismo internacionales durante los años decisivos comprendidos entre 1956 y 1978.

El fin de la Guerra Fría

Finalmente, entre 1989 y 1991 se produjo el derrumbe del comunismo y surgió el mundo posterior a la Guerra Fría, un período que, para Hobsbawm, puso fin al «siglo XX corto». Para algunos, la caída del bloque del Este marcó el triunfo del capitalismo liberal y el agotamiento de las alternativas ideológicas. Para Hobsbawm, en cambio, significó la desaparición del horizonte histórico que había estructurado el siglo XX. A sus ojos, el derrumbe del proyecto comunista no reivindicaba al capitalismo. Por el contrario, ponía de manifiesto la fragilidad de un orden mundial privado de una visión creíble de emancipación colectiva. Las décadas posteriores a 1989 estuvieron marcadas por lo que él y otros percibieron como una profunda fragmentación de la vida política y social: el resurgimiento del nacionalismo, la afirmación del poder militar estadounidense y el individualismo cada vez más arraigado de las sociedades neoliberales.

Para Hobsbawm, el derrumbe del comunismo no fue simplemente un acontecimiento geopolítico. Representó la desaparición del mundo que había moldeado su imaginación política e intelectual desde la juventud. Muchos recibieron 1989 como un momento de liberación; Hobsbawm lo vivió como el cierre de un horizonte. El acontecimiento evocaba derrotas anteriores que pesaban sobre la memoria colectiva de la izquierda, pero llevaba consigo una sensación más profunda de final. Se enfrentó entonces a preguntas fundamentales: ¿qué quedaba del marxismo cuando se derrumbaba el proyecto político históricamente asociado con él? ¿Cómo debía escribir historia un intelectual en una época que parecía haber perdido la fe en futuros alternativos? ¿Podía la historia misma funcionar como una forma de intervención política cuando los horizontes políticos se habían estrechado?

Al enfrentarse al fin del proyecto que había animado a su generación, Hobsbawm recurrió cada vez más a la historia como forma de intervención política. El derrumbe del comunismo no lo silenció; lo impulsó a encontrar una voz diferente, que combinaba la melancolía con el realismo y este último con la convicción persistente de que la comprensión histórica aún podía servir a la causa de la emancipación humana. El Hobsbawm posterior a 1989 prolongaba la trayectoria del historiador de los rebeldes, los revolucionarios y los eurocomunistas, pero su tarea había cambiado. Si el siglo XX había estado definido por visiones contrapuestas del futuro, el mundo posterior al comunismo exigía algo distinto: explicar la historia en ausencia del mismo futuro que alguna vez la había animado.

Su biografía muestra que su mayor fortaleza política no residía en la lealtad a una doctrina comunista particular, sino en su capacidad para repensar la estrategia socialista después de la derrota. Sin embargo, también muestra el peligro de permitir que la fidelidad a categorías heredadas impida a la izquierda reconocer nuevos agentes de cambio.

¿Qué puede decirnos, entonces, la vida de Hobsbawm sobre el futuro de la izquierda? Hobsbawm perteneció a un mundo político que ha desaparecido: el de los partidos comunistas de masas, los sindicatos poderosos, las clases trabajadoras industriales organizadas y un proyecto socialista que, pese a estar condicionado por las realidades del poder soviético, parecía ofrecer un futuro alternativo a millones de personas. Sin embargo, esa distancia respecto de nuestras propias circunstancias políticas es precisamente lo que hace que valga la pena volver a examinar su trayectoria. La vida política de Hobsbawm no estuvo definida únicamente por el compromiso, sino también por una sucesión de derrotas que lo obligaron una y otra vez a preguntarse qué seguía siendo posible cuando las expectativas heredadas ya no se correspondían con la realidad política.

Sabiduría en la derrota

Hay mucho en las respuestas de Hobsbawm que no puede recuperarse sin más para el presente. Su compromiso con las alianzas amplias también podía volverse excesivamente cauteloso y privilegiar la viabilidad electoral por encima de la movilización política. Además, su lealtad de toda la vida al comunismo a veces le impidió afrontar plenamente los fracasos de una tradición política a la que seguía ligado emocionalmente.

Sin embargo, Hobsbawm también comprendió algo que sigue siendo indispensable: la estrategia política no puede construirse solo a partir del deseo. La izquierda debe partir del mundo tal como existe e identificar las fuerzas sociales capaces de transformarlo, en lugar de dar por sentado que los agentes, las organizaciones y las estrategias heredados de un período anterior volverán de algún modo. Esa fue la intuición perdurable de su ensayo «¿Se ha detenido la marcha adelante del movimiento obrero?». La clase obrera industrial que había sostenido a la izquierda europea estaba transformándose. La tarea no consistía, por tanto, en abandonar la política de clases, sino en volver a comprender la clase y construir alianzas capaces de convertir intereses sociales fragmentados en un proyecto político.

Este problema está lejos de haber desaparecido. La izquierda del siglo XXI se enfrenta a una clase trabajadora más numerosa a escala mundial, pero cuya composición se ha transformado y que está fragmentada entre los servicios, la logística, los cuidados, la tecnología y el empleo precario. También debe afrontar el cambio climático, las migraciones y la desigualdad racial, junto con los problemas históricos de la explotación y el poder económico. Al mismo tiempo, la crisis del orden neoliberal no ha beneficiado automáticamente a la izquierda. En gran parte del mundo, la extrema derecha ha demostrado una notable capacidad para convertir la inseguridad económica, la alienación política y el descontento con las instituciones establecidas en políticas nacionalistas y autoritarias. El desafío contemporáneo no consiste, por tanto, simplemente en demostrar que el capitalismo está en crisis. Hobsbawm sabía mejor que muchos que el capitalismo podía sobrevivir a sus crisis. La tarea más difícil es construir las fuerzas sociales, las organizaciones y la imaginación política capaces de convertir la crisis en una transformación progresista.

En este sentido, la relación de Hobsbawm con la Nueva Izquierda ofrece quizá la lección más productiva. Su escepticismo hacia sus planteos limitó y fortaleció su análisis al mismo tiempo. No llegó a apreciar plenamente hasta qué punto el feminismo, el antirracismo y las nuevas formas de subjetividad política estaban transformando de manera permanente el significado de la emancipación. Pero su insistencia en la clase, la organización, la estrategia y la construcción de mayorías políticas señaló una debilidad que sigue afectando a algunos sectores de la izquierda. Una política socialista viable debe ser capaz de incorporar la concepción ampliada de la emancipación que surgió después de 1968 y, al mismo tiempo, recuperar la insistencia de Hobsbawm en que los movimientos políticos deben organizar los intereses sociales en formas duraderas de poder colectivo.

Esto nos lleva de vuelta a 2011. Para quienes ocupamos las plazas durante el movimiento de los Indignados, al igual que para quienes participaron en Occupy Wall Street y en los movimientos que siguieron a la Primavera Árabe, aquellos meses parecieron reabrir brevemente un futuro que se había declarado cerrado después de 1989. Los años siguientes demostraron tanto las posibilidades como las limitaciones de aquel momento político. La protesta podía recuperar la imaginación política, pero la imaginación no era lo mismo que el poder. Los movimientos surgidos de la crisis de 2008 lograron cambiar el lenguaje político, crear nuevas organizaciones y devolver la desigualdad, la clase y el capitalismo al debate público. Pero también se encontraron con los viejos problemas que habían preocupado a Hobsbawm: la organización, las alianzas sociales, la estrategia política y la difícil transformación de la movilización popular en poder duradero.

Por eso, volver hoy a Hobsbawm es más útil que limitarse a celebrarlo como el gran historiador de una izquierda desaparecida. El valor de su vida no reside en la nostalgia por el comunismo del siglo XX ni en buscar un programa político entre sus escritos. Reside, en cambio, en su persistente disposición a plantear preguntas difíciles después de la derrota. ¿Quiénes son los agentes de la transformación política cuando la antigua clase trabajadora cambia? ¿Cómo pueden integrarse movimientos con intereses diferentes en un proyecto político común? ¿Cómo debe responder la izquierda cuando sus organizaciones heredadas dejan de suscitar lealtad? Y, lo más importante, ¿cómo puede convertirse la derrota política en una oportunidad para la reconstrucción estratégica, en lugar de desembocar en una retirada permanente?

Hay una ironía en todo esto. Hobsbawm concluyó Historia del siglo XX advirtiendo que la humanidad no podía entrar en el tercer milenio prolongando sin más el pasado o el presente. Más de treinta años después, esa advertencia parece notablemente actual. La crisis climática, la creciente desigualdad, la inestabilidad geopolítica y el resurgimiento de la derecha radical hacen que el futuro no sea menos incierto de lo que le parecía a Hobsbawm después de 1989. Pero la historia reconstruida por Chabal también sugiere que la incertidumbre no tiene por qué conducir a la parálisis política. El siglo XX de Hobsbawm estuvo marcado por momentos en los que mundos políticos aparentemente estables se derrumbaron de repente y de cuyas ruinas surgieron nuevas posibilidades.

Iker Itoiz Ciaurriz Historiador, especialista en historia intelectual y política europea del siglo XX.

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