Gaceta Crítica

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Entrevista a Juan Andrade, por Javier Enríquez

Javier Enríquez entrevista a Juan Andrade (TOPO EXPRESS), 21 de Octubre de 2026

Juan Andrade Blanco (Barcelona, 1980) es historiador, profesor universitario y escritor, especializado en la historia contemporánea de España y Europa. Su investigación se ha centrado en el pensamiento político, los movimientos sociales y las culturas de la izquierda a lo largo del siglo XX. Charlamos con él sobre su reciente publicación de El cielo y las ruinas. Guerra, fascismo y revolución en Europa (Akal, 2026), donde recorre la convulsa historia europea desde la Primera Guerra Mundial hasta la Guerra Civil española.

  1. El título del libro, El cielo y las ruinas, evoca imágenes potentes y opuestas. ¿Qué representan exactamente estas dos imágenes y cómo definen el periodo convulso que abarca su ensayo, desde 1914 hasta la Guerra Civil española?

Son además imágenes ambivalentes. El cielo sirve de imagen a la ambición revolucionaria, pero remite también al supremacismo nazi, a esa posición de altura y superioridad desde la que el fascismo mira a los considerados inferiores. El cielo sirve también de imagen a la gloria que los estados prometen a los soldados durante la guerra, sea en su versión sacra (la vida más allá por el sacrificio) o en su versión laica (los oropeles, los laureles que el Estado concede a los soldados después de la victoria). Pero realmente en la guerra moderna el cielo es el lugar del que llueven las bombas, del que viene la muerte. Y, sin embargo, en el libro sirve también de imagen (así aparece en algunas memorias de las figuras que lo atraviesan) al anhelo de normalidad, como punto de fuga de las barricadas y de las trincheras, una suerte de deseo de normalidad frente a la voracidad de la historia a la que se ven sometidos.

Las ruinas funcionan también como una imagen ambivalente en el libro, de resonancias benjaminianas e inspirada en algunos escritos de María Zambrano. Las ruinas son el legado por excelencia de todas las guerras: el legado macabro de las guerras, luego sepultado en el relato lineal de los vencedores y también en algunas políticas de reconstrucción, que no son sino políticas de ocultamiento de las ruinas generadas por las guerras. La ruina también es un objeto de culto por parte del fascismo, en términos neorrománticos, como los restos de un pasado idealizado a recrear.

Por otra parte, las ruinas son también un resultado de las revoluciones, porque así se lo proponen, como dice la Internacional: “del pasado hay que hacer añicos”. Y las ruinas sirven a los revolucionarios como atalaya desde la cual otear el horizonte, el cielo que quieren asaltar. Y luego las revoluciones se arruinan con frecuencia porque las destruye el Estado o se arruinan por sí mismas. Y, sin embargo, dice María Zambrano, las ruinas señalan no sólo los restos de lo que fue, sino los restos de lo que pudo ser, de tal forma que su vacío dibuja también alternativas a ese derrumbe para construir otros futuros distintos.

  1. Su libro propone un recorrido que conecta la Primera Guerra Mundial, la oleada revolucionaria y el auge del fascismo, culminando en la Guerra Civil española donde, según sus propias palabras, «se concentró el mundo y se condensó una época». ¿Por qué cree que fue en España donde confluyeron y se reprodujeron a escala esos conflictos globales?

Porque España los atrajo y los reprodujo a su modo. En ella intervinieron las principales potencias del momento para dirimir sus intereses geopolíticos, pero también sus choques ideológicos y políticos. Y porque, en virtud de la cantidad de voluntarios que vinieron a España – que habían participado previamente en la Gran Guerra, en las oleadas revolucionarias del 17 al 21 o vivido el fascismo (bien como fascistas o antifascistas, bien como represores o exiliados del fascismo) – transfirieron toda esa experiencia a la península ibérica.

Es decir, por muchas razones: por la intervención de potencias extranjeras; por la recreación a escala de los conflictos europeos, que eran (sin perjuicio de su singularidad) homólogos o paralelos a los conflictos españoles; porque España entonces era Europa; por la transferencia de experiencias previas de guerra, revoluciones y fascismo en toda Europa a la península; por la relevancia que adquiere en el contexto internacional; y por cómo la guerra de España deviene en encrucijada de cara a lo que luego vino posteriormente. Es por todo eso que digo que en España se concentró el mundo y se condensó una época.

  1. En una entrevista usted ha explicado que muchos historiadores (al menos en su caso) la selección de temas es un «quererse explicar / querer conocer» de los mismos. ¿En esta ocasión también ha sido así?

Creo que sí. Uno escribe para comunicar, para comunicarse y para explicarse a sí mismo cuestiones que le inquietan, que le atraen, que le seducen, que le preocupan, que le estimulan. Hay quienes escriben para trasladar una suerte de verdad intuida o incluso encontrada previamente, y otros que escribimos más bien porque ese ejercicio es el que nos permite acabar de conocer qué opinamos acerca de algo en concreto. Es decir, la escritura es nuestro propio proceso de aclaración de las ideas y del conocimiento.

  1. A diferencia de una síntesis tradicional, usted opta por «hilvanar la trama»a través de «personas de carne y hueso». ¿Qué le llevó a elegir esta perspectiva narrativa y qué cree que aporta, frente a otros enfoques, para comprender la historia?

Tiene que ver, en primer lugar, con una idea del historiador de la Roma clásica Paul Veyne, que decía que la disciplina de la historia consiste en construir un entramado de lo que nos llega disperso e inasible en su totalidad del pasado. Y que en historia la narración no sólo es la exposición divulgativa de una verdad encontrada antes en un plano empírico o abstracto, sino que es el procedimiento de construcción de esa trama donde van cristalizando las explicaciones. Para mí, la narración forma parte de la indagación y de la construcción de conocimiento.

Luego, porque las propias vidas y obras de los protagonistas de esta historia te contagian esa narratividad. Como las fuentes primarias que utilizo en muchos casos son novelas, poemas, obras de teatro, la conexión con estas fuentes de vida y de época te anima a esa narratividad. Por otra parte, yo soy un historiador de formación y de academia, pero también tengo un gusto por la literatura, y me imagino que eso está presente. Y luego hay también una voluntad de divulgación o hacer más atractivo el ensayo.

Creo que por todas esas circunstancias (algunas identificables a priori, otras sobrevenidas y otras naturales) el libro tiene esa dimensión narrativa.

  1. Una de las ideas centrales del libro es que el fascismo surgió como un movimiento que «vino para ajustarle las cuentas a la revolución». ¿Podría profundizar en esta relación dialéctica y en cómo el miedo a la revolución y el deseo de cambio radical alimentaron un nuevo orden autoritario?

El fascismo vino a ajustarle las cuentas a la revolución, pero en su momento de repliegue. El fascismo no es la fuerza de choque contra la revolución que la aplasta en su momento álgido. Estas oleadas revolucionarias van del 17 al 21, o al 19 (yo las sitúo incluso en el 23 con el canto de cisne de la revolución de Hamburgo). Pero estas revoluciones (la llamada revolución espartaquista, la república de los consejos de Baviera, la república soviética de Béla Kun en Hungría, e incluso en Italia el movimiento de ocupación de tierras y de fábricas en Turín, en el contexto del llamado biennio rosso) son movilizaciones aplastadas por los estados de turno.

En el caso de Alemania, se trata de un estado regido al mismo tiempo por la socialdemocracia, fuerzas reaccionarias y la intervención de los Freikorps. En el caso de Hungría intervienen las tropas de la Entente que la habían derrotado antes y que ponen a un general húngaro recién derrotado, Horthy, que practica una represión tremenda. Y en Italia es el propio gobierno de Giolitti, formado por conservadores y liberales, quien aplasta en su momento álgido los conatos revolucionarios o la movilización más radicalizada.

Es verdad que en estos momentos de represión de los estallidos revolucionarios identificas ya, en el caso de Italia, elementos fascistas. O, en el caso de Alemania, identificas la trayectoria de futuros nazis (Röhm, por ejemplo, es uno de los lugartenientes de los Freikorps que entran a aplastar en Múnich la revolución de la República de los Consejos de Baviera). Pero, en última instancia, las revoluciones las aplastan los estados con gobiernos de un signo político u otro.

Después, el fascismo viene a ajustar las cuentas a la revolución. Viene a recuperar el terreno perdido. En el caso de Italia, eso es fundamental: en los años inmediatamente posteriores se libra casi una guerra civil hasta que llegan al Estado. El fascismo viene a vengar su osadía, viene para evitar que vuelva a producirse, y viene también para utilizar la revolución como pretexto, como hipérbole, en su lucha particular contra los regímenes parlamentarios y contra el movimiento obrero.

Yo planteo que el objetivo principal del fascismo (en el sentido de prioritario y de primero en el tiempo) fue la destrucción del movimiento obrero, entendido como contrasociedad autónoma, formada por partidos, sindicatos, cooperativas, casas del pueblo, peñas, tabernas, que para millones de trabajadores constituía un instrumento de lucha, una comunidad de apoyo mutuo, una referencia de identidad y una fuente de autoestima. Esto está muy bien estudiado sociológicamente, sobre todo en el caso de Alemania, donde el avance del fascismo es mucho más lento y donde el movimiento obrero era el principal cordón sanitario, el principal blindaje para la penetración del fascismo entre las clases populares.

Pero en todo esto hay una novedad. El fascismo es el gran movimiento contrarrevolucionario de la primera mitad del siglo XX, con la singularidad (en la línea de lo que planteaba Gramsci con su concepto de revolución pasiva) de que es un oxímoron: es un movimiento contrarrevolucionario a través de procedimientos revolucionarios.

  1. Uno de los episodios que más me han sorprendido del ensayo es cómo, en los primeros meses de la Guerra de España, se pusieron en marcha «iniciativas» revolucionarias que durante la Segunda República no se desarrollaron plenamente.

Franco justifica el golpe de Estado como un golpe frente a una revolución en ciernes, que no era tal, porque no había ningún proyecto revolucionario en la mente de los agentes del momento, por muchas circunstancias (entre otras, por lo escarmentados que habían salido en el 34).

El golpe genera una revolución. El golpe (volvemos a lo de antes) quiebra el Estado. Es un golpe de Estado que resquebraja el poder estatal, y por ahí sale a flote esa energía revolucionaria latente. Y, al mismo tiempo, el golpe provoca la revolución porque los revolucionarios (quienes devienen en revolucionarios en esa coyuntura) hacen la siguiente lectura: para aplastar ya no este golpe, sino todos los que estén por venir, es necesario transformar estas estructuras sociales por vía revolucionaria. Y dado que ahora tenemos la posibilidad porque el Estado está comprometido, vamos a hacer la revolución.

Lo que pasa es que son listos y también ven que sin el Estado no hay defensa posible contra un golpe que ha devenido en una guerra moderna contra el fascismo internacional. De modo que se ven atravesados por esa doble pulsión, revolucionaria y constitucional, y deciden no solo sostener a la República, sino entrar dentro del gobierno. Todo eso hace de la revolución española una revolución muy singular y paradójica.

  1. En la parte sobre las Brigadas Internacionales, usted cita a Gustav Regler, que escribió: «Estáis enfermos por el miedo a las conspiraciones. Ya no se puede respirar; uno se alegra de estar en el frente, en la trinchera. Hacéis Frente Popular y conspiráis después». Aunque ha pasado casi un siglo, parece que describe la situación de la izquierda hoy en día. ¿Cree que la izquierda, o cualquier movimiento emancipador, está condenado a fracasar por esta pulsión autodestructiva?

Eso que señalas procede de la dificultad de conciliar la diversidad de organizaciones con estrategias unitarias, de los elementos objetivos de fricción que se dan dentro de esa diversidad y de lógicas de poder, sobre todo en contextos de activación política y social, tanto más en una guerra. Y de la tendencia también a introyectar la presión de fuera del enemigo en forma de rivalidad interna.

Todos esos elementos se dan. A los que habría que añadir las propias mentalidades, actitudes, formación, ambición o personalidad de las figuras que hay detrás. El reto para la izquierda sería identificar esas pulsiones, esas tendencias, esas propensiones (bien ideológicas, bien de poder o bien personales) para exorcizarlas, neutralizarlas, contenerlas o embridarlas.

  1. La obra analiza un periodo marcado por el auge de la ultraderecha y el fascismo, pero su publicación llega en un momento en el que, una vez más, fuerzas de extrema derecha están ganando terreno en Europa y en otras partes del mundo. ¿Ve paralelismos significativos entre el escenario que describe en su libro y la situación política actual, o cree que son fenómenos incomparables?

Sí y no. Y esto es lo interesante de los paralelismos históricos: que nos permiten, como decía Koselleck, pensar a partir de una dialéctica de recurrencia y unicidad, de elementos recurrentes y de elementos singulares.

Fascismo histórico y ultraderecha actual son dos fenómenos reaccionarios. En el caso del fascismo ya lo hemos visto. El caso de la ultraderecha actual en España, por ejemplo, es una reacción contra el independentismo catalán, la última ola feminista y la irrupción popular en torno al 15M que, sin entrar en las mediaciones, impulsó el peso institucional de la izquierda. La diferencia podría radicar en el hecho de que el fascismo histórico tenía además una dimensión proyectiva. Generaba la ilusión – en la doble acepción de ilusionante e ilusa – de estar alumbrando un renacer nacional que podía sentirse en sus desfiles y manifestaciones. La ultraderecha actual no tiene esa capacidad, más allá del “make America great again” de Trump. Es menos novedosa y está más anclada a un sentido común neoliberal de época (por ejemplo, a la acepción negativa y no democrática de libertad), en lo cual, por otra parte, radica su fortaleza.

Ambos, por ejemplo, son exagerados, hiperbólicos con respecto a sus enemigos. Tienden a exagerar la fuerza de sus enemigos para agitar el miedo, para victimizarse y para construir una épica en torno a su acción política. Digamos que ambos son, en este sentido, hiperbólicamente anticomunistas. Pero digamos que la ultraderecha es hoy todavía más hiperbólica, si se compara históricamente lo débil que es hoy la izquierda con respecto a la fortaleza y la ambición que tenía en los años 30.

  1. Se habla de un «giro a la derecha» en muchas regiones del mundo. En el caso concreto de España, los datos muestran una atracción significativa de los jóvenes hacia fuerzas de ultraderecha como Vox. ¿A qué atribuyes este fenómeno generacional?

Es complicado determinar todas las causas que llevan a la gente, en concreto a la juventud, a respaldar las opciones de ultraderecha. Y más complicado es todavía haciendo paralelismos con lo que sucede en los años 20 y 30.

El fascismo encuentra en los años 20 y 30 su caldo de cultivo en la crisis (una crisis múltiple, de largo aliento, transecular, de la cual la Primera Guerra Mundial es su estallido). A esa crisis se suma la crisis de posguerra, muy prolongada pese al espejismo de los felices años 20, y luego ya el crack del 29 y la gran depresión de los años 30.

Nosotros hemos tenido, en el marco del capitalismo de sesgo neoliberal, la crisis estructural de 2008-2011. Y según los parámetros macroeconómicos, hemos salido de esa crisis “maravillosamente” bien. Pero la realidad es que esa crisis se ha cerrado socialmente en falso, afectando a los servicios sociales, a la inflación y al problema tremendo que es la vivienda.

El fascismo conectó con los estados de ánimo de un tiempo en crisis, con la rabia, la frustración, la necesidad de protección y también de intensidad. Fue muy hábil a la hora de descargar esos miedos genéricos en estereotipos concretos: el judío, el degenerado, el bolchevique. La ultraderecha actual también tiene una habilidad tremenda a la hora de descargar los miedos y frustraciones de la crisis social en estereotipos concretos, sobre todo en el migrante, esa alteridad deshumanizada, esa otredad peligrosa, ese chivo expiatorio.

Por otra parte, el fascismo proporcionaba en ese contexto decadente una experiencia de rebeldía y trasgresión, pero una experiencia que disfrutó de la transigencia del poder, que no comprometía la posición de preminencia de sus bases mejor situadas. ¿Ese atractivo lo tiene también la ultraderecha hoy? Así parece en mucha gente joven. La ultraderecha funciona como una forma de rebeldía consentida para gente de orden que no compromete su posición de preeminencia ni su seguridad.

También hay que ver qué ha hecho la izquierda (o cierta izquierda) para que la actitud contra ella pueda adquirir un aura de rebeldía: acomodación, connivencia con el poder, integración en el poder y corrupción. Esto no lo justifica para nada, pero también hay que ver esa parte.

  1. Han pasado más de 10 años desde el 15-M y experiencias políticas como Podemos. En el prólogo de su ensayo hay una cita extraordinaria de Hans Mayer: «un final execrable no cuestiona las potencialidades del inicio». ¿Como historiador, qué cree que pasó con toda esa energía?

El 15M no fue una revolución en el sentido estricto de la expresión (si por revolución entendemos el asalto al Estado, o por lo menos el desborde temporal de su capacidad represiva y la subversión de las relaciones de poder). No lo fue, pero sí fue un momento de activación social impresionante en el que se modificaron las relaciones de fuerza en un sentido progresista, en el que se produjo un cuestionamiento del orden amplio, del orden social y del régimen político. Se rompieron los automatismos colectivos y se abrió el margen para la acción política de la gente común.

Estos momentos de activación social progresista son muy contagiosos, como las revoluciones. Politizan e incluyen a gente que previamente no lo estaba. Rompen sus esquemas mentales tradicionales, se politizan y se suman a la protesta en el marco de idearios igualitarios, progresistas.

Pero estos momentos de activación como el 15M son también muy volátiles y evanescentes por varias razones. Una es la represión (en el caso de las revoluciones es más tremenda, pero el 15M también tuvo su represión, su buro-represión). Y son evanescentes también por agotamiento, porque la gente no puede estar movilizada todo el tiempo, salvo los militantes de siempre, pero estos siempre son minoría. Al cabo del tiempo, las revoluciones y los procesos intensos de movilización tienden a agotarse de manera natural también por un anhelo de normalidad de la gente corriente.

La clave para estos movimientos de transformación es construir contrasociedad: construir elementos de articulación permanente que retengan parte de la energía social en su momento de reflujo, e incorporen de manera permanente a más gente. Es decir, en los momentos de gran activación social, el desafío está en construir idealidad, imaginario, comunidad, vínculos y organización: partidos, sindicatos, medios de comunicación, asociaciones. Aunque las oleadas revolucionarias del 17 al 21 fueron aplastadas, o drenadas, o contenidas, en ese tiempo se crearon elementos de articulación permanente, se reforzaron partidos, sindicatos, cooperativas, asociaciones, editoriales, que retuvieron esa energía social. De la revolución salió un movimiento obrero fortalecido, que es contra lo que vino el fascismo.

La diferencia, si seguimos con el paralelismo, es que aquí, en la época de activación social del 15M, no se invirtió mucho tiempo, mucho esfuerzo, muchas energías en crear elementos de articulación permanente. Se invirtieron muchos esfuerzos en las instituciones del estado y mucho menos en crear institucionalidad en la sociedad civil. Y eso fue un grave error, quizá involuntario, pero un error.

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