Valerio Arcary (VIENTO SUR), 18 de Octubre de 2026

1.- La victoria electoral de Flávio Bolsonaro ha sido una catástrofe política de proporciones enormes. Los mercados financieros la recibieron con una alegría que no ocultaron. Al día siguiente de la primera vuelta, la bolsa alcanzó su máximo histórico. En cuanto a Las y los activistas de izquierda, están tristes y amargados. Pero hoy en día nada es más decisivo que la sensación de una urgencia extrema. No es momento de hacer un balance general. No tenemos tiempo para eso. Será imprescindible aprender de nuestros errores, que no son pocos. Pero ahora es el momento de actuar. Lo vital es luchar hasta el final para darle la vuelta al resultado de la primera vuelta. Varios miles de personas ya se han dado cuenta de la amenaza de una catástrofe inminente y se están organizando de forma espontánea a través de grupos de WhatsApp. La dinámica de la amplia vanguardia de izquierda va por buen camino. Se están convocando asambleas plenarias, tanto presenciales como en línea, por todo el país. El reto consiste en llevar a cabo una campaña de movilización, en las redes sociales y en la calle, lo más unida posible.
2.- ¿Qué ha significado el resultado de las elecciones legislativas? Lo que está en juego no es solo quién será presidente. Lo que está en juego es mucho más grave que un simple cambio de gobierno. Flávio Bolsonaro aspira a ir mucho más lejos de lo que llegó su padre. El bolsonarismo es el fascismo del siglo XXI. Quiere derrocar el régimen: el poder absoluto. La extrema derecha quiere usar las posiciones de fuerza que ha conquistado para desfigurar el régimen democrático. Su estrategia consiste en una ofensiva gradual y permanente, al estilo de lo que hizo Bukele en El Salvador y de lo que está pasando ahora mismo en Perú y Colombia, con el objetivo de instaurar un régimen cada vez más autoritario y opaco. Solo le falta la presidencia para que la extrema derecha controle todas las instituciones. Ya cuenta con mayoría absoluta en la Cámara de Diputados (287 escaños de 513) y en el Senado (50 escaños de 81). Ya ha declarado que se hará con el control del Tribunal Supremo (Tribunal Supremo Federal, STF), mediante la destitución de sus opositores y el nombramiento de cuatro jueces de aquí a 2030. Nadie debería pasar por alto el peso de los fascistas dentro de las fuerzas armadas. Igual de importante es que el bolsonarismo es un movimiento político-social de choque que expresa el peso de la burguesía, apoyándose en un arraigo real dentro de la pequeña burguesía y sus círculos de socialización, y que ha reforzado su capacidad de organización, a pesar del encarcelamiento de los golpistas [de enero de 2023]. Se moviliza sin descanso en las redes sociales, pero también en las comunidades evangélicas y en los círculos policiales, entre otros ámbitos. Por eso hay que tomárselo en serio.
3.- Las elecciones son una forma de la lucha de clases. Aunque tienen distorsiones —porque las condiciones del proceso electoral son muy desiguales—, permiten evaluar la relación de fuerzas política. Pero hay diferentes tipos de derrotas y victorias. Hay éxitos electorales [la reelección de Dilma Rousseff, del PT, en octubre de 2014, tras un primer mandato que empezó en enero de 2011] que han puesto de manifiesto una derrota política. Una derrota que se produjo en noviembre de 2014 con el giro en la orientación político-económica de Dilma Rousseff al nombrar a Joaquim Levy [que por entonces estaba al frente del segundo banco privado de Brasil] como ministro de Hacienda, y eso a pesar del compromiso de que “eso no pasaría” o, como se dice en Brasil,”ni aunque la vaca tosa”. Y, por el contrario, hay derrotas electorales que, paradójicamente, han sido victorias políticas, como en 1989 contra Fernando Collor, cuando, aunque Lula perdió en la segunda vuelta de diciembre con un 46,97 %, el PT se impuso como el principal partido de la oposición [y lo seguiría siendo hasta la elección de Lula a finales de octubre de 2002, cuando Lula salió elegido con un 61,27 % de los votos].
El análisis de los resultados electorales requiere cierto matiz. El 5 de octubre, sufrimos una dura derrota electoral y política. Aunque no es exacto hablar de dos elecciones, ya que se trata de dos fases de una misma votación, es cierto que solo tras la segunda vuelta se podrán sacar conclusiones más definitivas. Pero conviene saber que estamos al borde de un invierno siberiano.
4.- Ninguna de estas salvedades analíticas impide reconocer que hemos sufrido una terrible derrota en la primera vuelta y constatar lo siguiente:
(a) Un tsunami invisible y silencioso, durante los dos últimos días, ha asegurado la victoria de Bolsonaro, tal y como ocurrió en Colombia [véase el artículo de Daniel Libreros publicado en esta web el 9 de julio de 2026], pero con un fuerte impacto subjetivo causado por la sorpresa.
(b) Ha habido, en comparación, un cambio de tendencia respecto a la primera vuelta de 2022, en la que Lula iba en cabeza con un +5,2 % [48,43 % para Lula y 43,20 % para Jair Bolsonaro, el candidato saliente: su mandato fue de enero de 2019 a enero de 2023]. Así pues, Lula se clasificó para la segunda vuelta con esa ventaja [pero ganó con un 50,90 % frente al 49,10 % de Bolsonaro]. Hoy, Flávio Bolsonaro va en cabeza con un +1,9 % [47,03 % frente a 45,16 %], lo que contradice la tesis liberal de que el candidato saliente saldría favorecido y confirma que el techo de popularidad de Lula no era suficiente para ganar.
(c) Las encuestas se han equivocado una vez más, aunque sí identificaron una tendencia, ya que señalaron un avance fuera del margen de error entre la población masculina, evangélica y en el sudeste, aunque la avalancha bolsonarista fue devastadora, sobre todo en el interior del país, especialmente en las regiones donde la agroindustria tiene más peso.
(d) La ventaja en el nordeste (11,1 millones de votos) no compensó el retraso en el sur (5 millones) y el sureste (5,7 millones), ya que perdimos en el centro-oeste (56,51 % frente a 32,52 %) y en el norte (49,15 % frente a 44,65 %).
(e) La dirección de la campaña de Lula apostó, hasta hace dos semanas y media, por destacar su legado político y celebrar su trayectoria, subestimando el arraigo social y la fuerza ideológica del bolsonarismo, basándose en el cálculo de que sería posible ganar en la primera vuelta, lo cual resultó ser un error garrafal. Y, aunque el cambio de rumbo de la campaña estaba justificado, llegó demasiado tarde: prohibición de las apuestas deportivas, aumento del 15 % del programa Bolsa Família, puesta a disposición de medicamentos para adelgazar en el sistema sanitario público (SUS) ante la pandemia de obesidad y, por último, el 25 de septiembre, el “Desenrola 3” para los endeudados privados, que pueden saldar sus deudas con importantes descuentos.
5. –No se puede evaluar el resultado de las elecciones presidenciales sin destacar que se trataba de unas elecciones generales. La avalancha de gobernadores de extrema derecha elegidos ya en la primera vuelta fue tremenda: los partidarios de Bolsonaro, Tarcísio de Freitas y Douglas Ruas, se llevaron la victoria en São Paulo y Río de Janeiro, mientras que el extravagante CleitinhoAzevedo, también de extrema derecha, se impuso en Minas Gerais, completando así el dominio del triángulo estratégico. La extrema derecha también se impuso en la primera vuelta en los tres estados del sur, con Sergio Moro [Partido Liberal desde 2026] en Paraná, Jorginho Mello [PL] en Santa Catarina y Luciano Zucco [PL desde 2023] en Rio Grande. De los 27 estados, 20 gobernadores han sido elegidos ya en la primera vuelta, y solo tres son del PT: en Bahía [JerônimoRodrigues], en Piauí [Rafael Fonteles] y en Ceará [Elmano de Freitas]. El PT sigue en liza para la segunda vuelta en Río Grande del Norte [Cadu de Lula, con un 36,16 % frente a Allyson Bezerra, de União Brasil]. El bloque liderado por el PL bolsonarista reúne a los Republicanos, União Brasil, Podemos, los Progresistas, el MDB de Caiado en Goiás y el PSDB en Alagoas. Así pues, domina todas las regiones, excepto el Nordeste. Ya está confirmado que la hegemonía político-social en Brasil pertenece hoy, irremediablemente, al bloque liderado por los neofascistas.
6.- Ya se esperaba que el resultado de las elecciones legislativas fuera desfavorable, pero en el Senado ha sido dramáticamente malo. El Partido Liberal bolsonarista se ha hecho con 19 de los 54 escaños en juego, lo que, sumado a los 9 escaños que el partido ya tenía (con mandatos hasta 2031), eleva el total a 28 senadores. No es exagerado calificar de aterradora la presencia de al menos 50 senadores alineados con el programa que busca indultar a Jair Bolsonaro y a los demás golpistas, así como destituir a jueces del Tribunal Supremo Federal (STF). Se necesitarán 54 votos, pero parece muy probable que, si Flávio Bolsonaro gana la segunda vuelta, consiga sumar cinco votos más. El juez Nunes Marques, del Tribunal Supremo Federal (STF), anunció, al día siguiente de las elecciones, con el mayor descaro, su intención de emitir una orden provisional unilateral para liberar a Jair Bolsonaro, incluso antes del indulto que el hijo prometió a su padre. El PT ha elegido a seis senadores y ha conservado su grupo de nueve senadores. Una mayoría de extrema derecha muy cercana a los dos tercios necesarios para revisar la Constitución también hace presagiar la aprobación de enmiendas constitucionales destinadas a suprimir derechos sociales, como la reducción de la edad de responsabilidad penal de 18 a 16 años, y mucho más.
7.-Las elecciones a la Cámara de Diputados fueron otro espectáculo de horror. Nikolas Ferreira, de Minas, y Lucas Pavanato, de São Paulo, dos jóvenes fascistas que se han hecho famosos en las redes sociales defendiendo los discursos de odio más infames, fueron los candidatos más votados a nivel nacional, superando los tres millones de votos. Se estima que el bloque liderado por la extrema derecha —el PL ha elegido a 122 diputados— podría superar con creces la mayoría absoluta con un número de diputados de entre 276 y 287, a los que se sumarían los 87 escaños de la Unión Progresista, los 41 de los Republicanos (el partido de la Iglesia Universal), los 27 de Podemos, la mayoría de los 43 del PSD, los 10 de Novo, 1 de Missão e incluso una parte de los 36 del MDB (Movimiento Democrático Brasileño). El conjunto de los partidos de izquierda suma 24 escaños.
8.-El PSOL (Partido Socialismo y Libertad) ha conseguido una victoria electoral, pero corre el riesgo de perder su personalidad jurídica debido a la aplicación de la cláusula de umbral [quórum de reconocimiento jurídico]. En realidad, ha sufrido lo que se podría llamar un accidente jurídico-electoral. Solo le faltaban 185 votos, es decir, un 0,01 %, en Espírito Santo, para que el PSOL alcanzara el umbral mínimo del 1,5 % de los votos válidos en al menos nueve estados diferentes. La injusticia de este procedimiento resulta aún más grotesca si tenemos en cuenta que los partidos de derecha han cometido ilegalidades absurdas y flagrantes, lo que podría dar pie a que la lucha para invalidar una de las candidaturas tenga éxito. Pero la respuesta tendrá que ser rápida. Lo más importante es que el PSOL ha conseguido casi un 5 % (4,91 %), lo que supone la impresionante cifra de 5 426 592 votos a nivel nacional para la Cámara de Diputados, y ha logrado que salgan elegidos 14 diputados y diputadas.
El PT ha conseguido algo menos del 15 % de los votos. El resultado del PSOL ha sido, por tanto, un tercio del del PT, lo que da una idea de la relación de fuerzas dentro de la izquierda. Y lo que es aún más significativo: en São Paulo, la coalición entre el PSOL y Rede ha conseguido casi 3 millones de votos, superando por primera vez incluso el resultado del PT. En Río de Janeiro, el PSOL sumó 636 148 votos y consiguió cuatro diputados federales. Quedó demostrado, sin lugar a dudas, que el PSOL podía superar el umbral electoral que fija en un 2,5 % el resultado nacional requerido.
9.- De cara a la segunda vuelta, lo más importante será denunciar sin tapujos que el programa de gobierno bolsonarista es una contrarrevolución en todos los sentidos. Todos los valiosos logros económicos, sociales y democráticos conseguidos desde el fin de la dictadura, aunque sean parciales, están en peligro. Todas las libertades están en juego. El balance ya está claro: la democracia se ha vuelto demasiado cara. El SUS, la Seguridad Social, la ayuda social, el programa Bolsa Família y el BPC (Benefício de Prestação Continuada, ayuda social no contributiva), la enseñanza pública, las universidades… Todos estos avances sociales resultarían demasiado caros. La extrema derecha defiende sin pudor la idea de que la ventaja relativa del capitalismo periférico brasileño no está en el tamaño de su mercado interior, sino en la sobreexplotación de los trabajadores y trabajadoras. Y los bolsonaristas ya han anunciado una “estrategia de choque” para un capitalismo salvaje “al estilo Milei”, con el objetivo de alcanzar un superávit presupuestario del 2 % al 3 % del PIB. Con el pretexto de reducir la inflación y tranquilizar a los acreedores de la deuda pública, defienden la necesidad de una recesión que dejaría a millones de personas en el paro para así bajar los salarios. El plan prevé acabar con la obligación de destinar una parte mínima del gasto público a la educación y la sanidad pública: el 18 % y el 15 % de los ingresos federales, el 25 % de los ingresos estatales, y el 12 % y el 15 % de los ingresos municipales, respectivamente. Quieren que el salario mínimo —que durante los cuatro años del Gobierno de Bolsonaro solo se ha reajustado al ritmo de la inflación, sin ningún aumento real— deje de ser el umbral de referencia para calcular las pensiones. Quieren congelar los sueldos de los funcionarios públicos por tiempo indefinido. Quieren la desnacionalización de la economía brasileña con el pretexto de atraer capital estadounidense. Quieren privatizar Petrobras y los bancos públicos. Pero hay algo aún peor. Los fascistas quieren acabar con las normas de protección del medio ambiente, niegan el cambio climático, son enemigos de los movimientos de mujeres, aplauden un racismo repugnante, incitan a la LGBTfobia más despreciable y, por si fuera poco, sus líderes son corruptos de carrera y están vinculados al crimen organizado. Será una lucha de la civilización contra la barbarie.
10.- Mirándolas en retrospectiva, las elecciones presidenciales ya se perfilaban como una derrota de Lula desde la primera vuelta, con la maniobra de André Mendonça en el STF para garantizar la suspensión de Alexandre de Moraes. Esta operación fue el silbato para perros, ese que solo ciertos oídos oyen, que desencadenó la campaña “Fuera Xandão [Moraes], fuera Lula”, destinada a envenenar las elecciones con la “marea de barro” de la corrupción. Por suerte, esta tendencia se vio frenada por la lucidez de FlávioDino, juez del STF.
Después, el giro a la izquierda que dio la campaña de Lula, con todo su conjunto de medidas de emergencia, permitió ganar tiempo y se consiguió que hubiera una segunda vuelta. Pero la victoria en la segunda vuelta será mucho más difícil de conseguir. Dependerá de la capacidad de ganarse los votos de quienes se abstuvieron [el 21,08 %, es decir, 32,7 millones de votantes potenciales, con picos en Mato Grosso do Sul: 23,87 %, Río de Janeiro: 23,32 %, Minas Gerais: 22,79 %, São Paulo: 22,54 %, estados en los que Bolsonaro superó a Lula]. Es posible conseguir dos millones de votos más. Parte de los votos de los demás candidatos de derecha ya se han canalizado hacia el voto útil en la primera vuelta. Pero será inevitable decir las cosas como son. La clave de la victoria está en conseguir una mayoría político-social que entienda el peligro apocalíptico que nos amenaza. No hay que acobardarse. Hay que cerrar filas y luchar hasta el final.
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