Dependencia y reproducción de la vida en el Sur Global
Emiliano López (Economista marxista) -TRICONTINENTAL ECONOMÍA POLÍTICA-, 17 de Octubre de 2026

La teoría económica hegemónica, tanto en su versión neoclásica como en la desarrollista, construyó su objeto de estudio sobre la forma mercancía. Como bien señaló Marx al comienzo de El Capital, lo más simple, el nivel más bajo de determinación en la sociedad capitalista, reside en la categoría de mercancía. Así es como esta forma de organizar la vida social se presenta ante nuestros ojos: como una «inmensa acumulación de mercancías», un intercambio de cosas producidas para ser vendidas. En este sentido, podemos comprender lo que una economía produce, acumula y distribuye únicamente a través del intercambio. Pero, por supuesto, esto es solo la apariencia.
El PIB, las tasas de crecimiento e incluso el Índice de Desarrollo Humano del PNUD miden el éxito por la capacidad de generar y hacer circular valor de cambio, es decir, la capacidad de producir bienes que se venden e intercambian efectivamente. Sin embargo, podemos considerar que el desarrollo de una sociedad implica cuestiones más fundamentales, aunque también más elementales. ¿Puede esta sociedad reproducirse de forma sostenible? ¿Puede garantizar que quienes la componen, y las generaciones venideras, tengan las condiciones materiales para existir, desarrollarse en el sentido más pleno y humano del término, y consolidarse a lo largo del tiempo?
La pregunta, en primer lugar, es qué medida importa, desde un punto de vista humano, para el debate sobre el desarrollo. ¿Cuál es el objetivo concreto del desarrollo de las fuerzas productivas materiales de una sociedad, si no es la realización de la libertad en su sentido más amplio, algo que evidentemente se encuentra muy lejos de las extrañas construcciones de cualquier planteamiento liberal del problema?
Junto a la reproducción del capital que Marx expone en el Libro II de El Capital, un sentido más profundo de reproducción recorre toda su obra: el metabolismo social, el intercambio de materia entre la sociedad humana y las condiciones naturales de su propia existencia. Para Marx, el trabajo es precisamente la mediación entre la humanidad y la naturaleza, la actividad mediante la cual una sociedad transforma el mundo para satisfacer sus necesidades y, al hacerlo, se reproduce. Desde esta perspectiva, el desarrollo no es la acumulación de valor, sino la producción de valores de uso: alimentos, salud, agua potable, vivienda, conocimiento, hábitat, transporte, ocio, entre otros. Es evidente que, en una sociedad dominada por el capital, este logra subordinar el valor de uso al valor: subsume el metabolismo social bajo la lógica del valor de cambio, convierte en mercancía lo que podría ser un bien común y orienta la producción hacia la valorización del capital en lugar de hacia la satisfacción de las necesidades, a pesar de las afirmaciones neoclásicas sobre la finalidad de la «ciencia económica». Las medidas e indicadores basados exclusivamente en el crecimiento heredan esa lógica de subordinación. Consideran que el valor reside en la reproducción de la vida y la tratan como un subproducto que, se supone, se filtrará hacia abajo.
Marx dejó parte de este tema sin desarrollar, y la economía política feminista lo completó a partir de la década de 1970: el trabajo que reproduce la vida día a día, no remunerado y realizado mayoritariamente por mujeres, es trabajo en el sentido más amplio de la palabra, y en ningún caso un telón de fondo natural para la producción. Esta corrección no es una nota a pie de página. Se convierte en una de las dos partes a través de las cuales se mide realmente la reproducción de la vida. Pero la esencia del argumento precede a ese debate: la reproducción de la vida es un problema de economía política en sí mismo, no un residuo del crecimiento, y una nueva teoría del desarrollo tiene como fundamento central el análisis de las buenas condiciones de vida de una sociedad en su conjunto.
Sin embargo, una economía política del Sur Global requiere comprender nuestra posición profundamente desigual dentro de la dinámica de acumulación a escala mundial. Si, como sostenía Marini, el imperialismo no es externo a la economía dependiente, sino constitutivo de ella, impregnando su estructura, su Estado y sus relaciones sociales, entonces la subordinación estructural no es solo la extracción y fuga de valor, algo que el Índice de Dependencia Estructural y las cuentas de superávit ya registran, como hemos desarrollado en este Substack. Está inscrita en la capacidad misma de una sociedad para reproducir su vida material. La dependencia no solo extrae superávit; también limita la reproducción. En un trabajo desarrollado junto con Maisa Bascuas y Pilar Troya Fernández, hemos denominado a este resultado subreproducción estructural periférica: no un deterioro relativo a una suficiencia previa, como en la “crisis de reproducción social” diagnosticada en los países ricos, sino una insuficiencia constitutiva de la propia inserción dependiente. La reproducción en el Sur Global no se vio socavada desde una base funcional. La historia la configuró como subreproductiva. No hay lugar al que regresar, nada que restaurar, solo condiciones que construir por primera vez.
Una aclaración evita una interpretación errónea previsible. Cuestionar el sesgo productivista de la economía convencional no implica afirmar que el Sur Global necesite menos desarrollo de sus fuerzas productivas. La electricidad, el agua, el transporte, la conectividad y los alimentos son condiciones para la reproducción de la vida, no concesiones a un productivismo maniqueo. El argumento cuestiona la forma capitalista bajo la cual el desarrollo tiende a producirse en la periferia, orientado hacia enclaves de exportación y valorización externa en lugar de las necesidades populares. La distinción entre el desarrollo soberano de las fuerzas productivas y el desarrollo capitalista dependiente subyace a todo lo que sigue.
Dos caras de la misma moneda
El instrumento que mide esto se basa en una distinción que la tradición feminista puso sobre la mesa, y vale la pena aclararla porque organiza toda la discusión. La reproducción de la vida tiene dos caras. Por un lado, las condiciones estructurales de la reproducción: los recursos materiales, los bienes colectivos y las infraestructuras que la hacen posible. Sistemas de agua, atención médica, escuelas, energía, transporte. Por otro lado, el trabajo concreto de la reproducción: la actividad cotidiana mediante la cual esas condiciones se convierten en vidas efectivamente sostenidas, cocinar, limpiar, cuidar a los enfermos y a los niños, mantener unidas las redes que lo mantienen todo en su lugar.
El trabajo que hemos desarrollado con la herramienta Dependency Lab permite medir ambos aspectos como dos subíndices. El primero, el SRI-E, registra las condiciones estructurales, el sustrato construido y proporcionado por el Estado y la comunidad. El segundo, el SRI-T, registra la organización del trabajo reproductivo: su intensidad y distribución por género, medida directamente mediante encuestas sobre el uso del tiempo, el equilibrio entre lo que el Estado proporciona y lo que recae en el hogar, la autonomía reproductiva y los cuidados que se transmiten a través de cadenas globales. No se trata de elementos separados en una lista; son dos momentos de un mismo circuito. Nuestra principal conclusión es que la dependencia no afecta a uno y deja al otro intacto: los comprime a ambos.
Lo que la dependencia destruye
Comencemos con las condiciones estructurales. Su relación con la dependencia es fuerte y directa: en el panel de 67 países, ambas se mueven en direcciones opuestas, con una correlación de -0,63 que persiste incluso después de controlar el ingreso per cápita. Cuanto más alto se sitúa un país en la jerarquía de dependencia, más precario es el sustrato material con el que cuenta su población para subsistir. Y la situación empeora a medida que se desciende en la jerarquía: agrupadas por dependencia, la puntuación de las condiciones estructurales disminuye en cada paso, desde 0,83 en las economías menos dependientes hasta 0,52 en las más dependientes. Esta relación nunca se debilita.
Figura 1. La dependencia reduce los índices de reproducción social.

Fuentes: Dependency Lab, con el respaldo de Global South Insights.
Este es el golpe directo. Los sistemas de agua nunca se construyeron porque requieren inversión soberana que la dependencia bloquea sistemáticamente. La atención sanitaria y educativa se ve mermada por la subordinación fiscal impuesta por la deuda externa y la dependencia monetaria. La infraestructura energética y de transporte está orientada hacia los enclaves exportadores en lugar de hacia los barrios donde vive la clase trabajadora. Cada uno de estos elementos constituye un canal a través del cual la posición estructural se traduce en un sustrato degradado para la vida, y en conjunto conforman lo que llamamos «subreproducción estructural periférica»: no un Estado de bienestar desmantelado, sino un sustrato que la dependencia impidió que se construyera adecuadamente.
Figura 2. La dependencia afecta a todas las dimensiones de las condiciones de reproducción estructural.

Fuentes: Dependency Lab, con el respaldo de Global South Insights.
La segunda compresión
Aquí es donde una interpretación apresurada podría resultar errónea. Cabría esperar que, si el sustrato estructural colapsa, el trabajo reproductivo actuara como amortiguador: absorbiendo el déficit y manteniéndose elevado, cubriendo la brecha. Los datos no lo demuestran. El trabajo reproductivo no amortigua la caída: cae con ella. El SRI-T se correlaciona con la dependencia con la misma fuerza que el SRI-E, y todas sus dimensiones (provisión estatal, autonomía, cadenas de cuidados y trabajo no remunerado) se deterioran a medida que aumenta la dependencia.
La intensificación de la carga sobre las mujeres no se manifiesta, pues, como un índice que se mantiene elevado, sino como uno que se agrava con la dependencia. Cuando no hay agua potable, alguien camina kilómetros para conseguirla. Cuando la atención sanitaria escasea, alguien cuida a los enfermos en casa. Cuando el gasto social se reduce, alguien estira un presupuesto imposible asumiendo un trabajo más y un tercer turno sin remuneración. Esa persona es, en su inmensa mayoría, una mujer, y entre las mujeres, desproporcionadamente la más pobre, la migrante y la racializada. Las encuestas sobre el uso del tiempo lo confirman claramente: cuanto más dependiente es un país, mayor es la brecha en las horas de trabajo no remunerado entre mujeres y hombres.
Figura 3. La dependencia afecta al trabajo feminizado no remunerado.

Fuentes: Dependency Lab, con el respaldo de Global South Insights.
Nota: La evidencia directa. En países con encuestas sobre el uso del tiempo, la brecha en las horas diarias de trabajo no remunerado entre mujeres y hombres aumenta con la dependencia estructural (r = +0,29). India, Bangladesh, México, Marruecos y Guatemala, todos países con alta dependencia, presentan brechas de cuatro a cinco horas diarias; Noruega y Finlandia, menos de una. La pendiente es una estimación conservadora: los países con las brechas más pronunciadas son precisamente aquellos con menos encuestas sobre el uso del tiempo, por lo que el patrón real probablemente sea más marcado que el observado.
Aquí es donde el argumento económico feminista revela toda su fuerza para analizar la economía política del Sur Global en general, y no como un tema específico. La dependencia degrada claramente el trabajo reproductivo; por lo tanto, no se trata simplemente de una crisis de cuidados, sino de un nivel estructuralmente diferente y más grave que el que se da en el centro, y puede teorizarse a través de la crisis del Estado neoliberal y el giro neoliberal.
La menor provisión estatal de cuidados, la menor autonomía reproductiva y una carga de trabajo no remunerado cada vez más pesada y feminizada constituyen la condición misma de existencia del trabajo reproductivo en la gran mayoría de los países del Sur Global. La periferia dependiente somete a las mujeres a una doble compresión: un sustrato material colapsado y una organización del trabajo reproductivo que se hunde con él.
La huella que ha dejado el mundo laboral a lo largo del tiempo.
Las encuestas sobre el uso del tiempo son la medida más directa de la carga reproductiva, pero son esporádicas: cada país realiza una aproximadamente una vez cada década, y muchos de nuestros países nunca realizan ninguna. Para observar la dinámica a lo largo del tiempo, es útil analizar las desigualdades en el mundo laboral que alimentan esa carga y que sí cuentan con una serie anual completa. Los indicadores más reveladores son el empleo vulnerable femenino, el trabajo precario por cuenta propia y el trabajo familiar no remunerado que absorbe a las mujeres cuando el empleo asalariado escasea. Es el equivalente en el mercado del trabajo reproductivo: la misma insuficiencia estructural que descarga el cuidado en el hogar empuja a las mujeres hacia la precariedad en el mercado laboral.
Figura 4. A mayor dependencia, mayor es la precariedad laboral femenina.

Fuentes: Dependency Lab, con el respaldo de Global South Insights.
Nota: El empleo femenino vulnerable aumenta drásticamente con la dependencia estructural (r = +0,61): en las economías más dependientes, la inmensa mayoría de las mujeres que trabajan lo hacen en empleos precarios o no remunerados. A diferencia de la brecha salarial, que el sector formal subestima en la periferia, y la brecha de participación, distorsionada por el trabajo de subsistencia, la vulnerabilidad femenina es el indicador laboral que refleja con mayor claridad el gradiente de dependencia.
No se trata de una situación puntual, sino de una característica persistente. A lo largo de treinta años, la vulnerabilidad femenina disminuye lentamente en todas partes, pero la estratificación según la posición de cada país en la dinámica global de acumulación no cambia. En las economías más dependientes, más de la mitad de las mujeres siguen en empleos precarios; en las menos dependientes, menos de una de cada cinco. La diferencia entre 1995 y 2024 es prácticamente la misma.
Figura 5. Persistencia de la precarización femenina, 1995-2024.

Fuentes: Dependency Lab, con el respaldo de Global South Insights.
La brecha de participación laboral presenta una perspectiva más compleja, por lo que merece la pena analizarla. Si bien disminuye en todas las regiones, se mantiene elevada precisamente donde el cuidado no se ha socializado: en el norte de África, Oriente Medio y el sur de Asia. En cambio, en el África subsahariana es baja, no por desigualdad, sino porque la participación en la subsistencia obliga a las mujeres a realizar una doble jornada de trabajo agrícola y doméstico. La relación con la dependencia no es lineal; la heterogeneidad regional forma parte de este hallazgo.
Figura 6. La brecha de participación disminuye, pero persiste una alta tasa de trabajo femenino no remunerado.

Fuentes: Dependency Lab, con el respaldo de Global South Insights.
Estas desigualdades laborales alimentan la carga reproductiva, según las mediciones realizadas. En los países con encuestas sobre el uso del tiempo, la brecha en la participación laboral predice la brecha en las horas de trabajo no remunerado (correlación de 0,80) y el empleo vulnerable femenino (correlación de 0,43). El mundo del trabajo y el trabajo reproductivo son dos caras de una misma organización social de cuidados en situación de dependencia.
Figura 7. Las desigualdades en el mercado laboral alimentan la carga reproductiva.

Fuentes: Dependency Lab, con el respaldo de Global South Insights.
Contra lo que medimos
Todo lo anterior mide una distancia, y conviene detenerse en qué es lo que se mide, ya que el significado del argumento depende de qué comparación consideremos correcta. Como hemos argumentado, el Sur Global se encuentra en gran medida en una situación de subreproducción. Esto nos obliga a preguntarnos: ¿por debajo de qué? La elección no es técnica, sino teórica y política, y tres de las opciones habituales, desde nuestra perspectiva, resultan insuficientes.
La primera es la media mundial de las condiciones de reproducción. Esta sería meramente descriptiva y no nos dice nada sobre qué condiciones son deseables. Además, está claramente influenciada por la periferia que se pretende evaluar y, por lo tanto, se tiende a la baja. La segunda es el umbral propuesto por los países centrales: reintroduce la única escalera del desarrollo, con el Norte como destino, que la teoría de la dependencia y toda la economía política del Sur Global tardaron cincuenta años en desmantelar. Y la tercera, el piso de derechos desarrollado por la economista británica Kate Raworth a través del modelo del donut, o el propuesto por las Naciones Unidas mediante los Objetivos de Desarrollo Sostenible, define un mínimo por debajo del cual nadie debería caer, pero ese mínimo se estipula sin considerar las capacidades y el desarrollo de las fuerzas productivas.
Detengámonos en el tercer punto, el más grave. El modelo del donut de Kate Raworth acierta al desplazar el objetivo del PIB hacia la satisfacción de las necesidades dentro de los límites planetarios, pero conviene precisar en qué consiste: es un indicador visual de un objetivo y un cambio de mentalidad, no una teoría de las relaciones sociales. Establece un mínimo derivado de los derechos y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y mide quién se encuentra por debajo de él, pero no explica qué produce esa deficiencia. Su respuesta a la mala distribución es el rediseño de las organizaciones, como si la insuficiencia fuera un problema de diseño y no el resultado de una relación social determinada. Es la forma de razonamiento que Marx criticó en la Crítica del Programa de Gotha: la distribución de los medios de consumo no es un momento autónomo que pueda corregirse por sí solo, sino una consecuencia de la distribución de las condiciones de producción. Y aquí reside la clave: las fuerzas productivas que hoy permitirían reproducir la vida de todos son un producto social, acumulado por el trabajo de generaciones, pero bajo la dinámica del capital, esas fuerzas y los valores de uso que generan se apropian privadamente y se subordinan a la valorización. El déficit de reproducción, por lo tanto, no expresa una escasez, sino la forma en que se distribuye una riqueza producida socialmente y apropiada privadamente; en el Sur Global, esa apropiación añade la fuga de excedentes hacia el centro. Un umbral que mide la distancia a la vida posible, sin nombrar esa apropiación, registra el resultado y omite su causa.
Según Marx, ese umbral tiene un doble carácter. El componente físico de la reproducción es invariable y universal: agua, calorías, atención sanitaria básica. En este aspecto no hay margen de discreción: el umbral es la satisfacción universal, y el déficit es la proporción de la población excluida de una necesidad vital. El componente histórico y moral, en cambio, no es un mínimo fijo. Marx lo dejó deliberadamente abierto, porque su nivel no lo determina la naturaleza, sino el grado de desarrollo alcanzado y el equilibrio de fuerzas entre las clases: una vida digna en este siglo incluye escolarización, conectividad y una esperanza de vida que no eran necesidades hace un siglo, no porque el capital las concediera, sino porque el desarrollo de las fuerzas productivas las hizo posibles y la lucha social las inscribió como un derecho. Para ese componente, pues, la medida no puede ser un absoluto eterno ni el nivel del Norte, sino lo históricamente posible: aquello que las fuerzas productivas, construidas socialmente, permiten reproducir. Si esas condiciones de vida ya son reproducibles y, sin embargo, no se alcanzan, la razón no es una escasez natural, porque lo necesario para producirlas ya existe. Lo que mide la distancia, entonces, es cómo la riqueza que la sociedad produce colectivamente se apropia de forma privada en lugar de convertirse en la reproducción de la vida.
Definir el umbral de esta manera no es una operación técnica, sino el inicio de una disputa. Si el nivel del componente histórico y moral está determinado por el equilibrio de fuerzas entre las clases, entonces medir la reproducción en función de lo que el trabajo social ya posibilita, y no de un mínimo de supervivencia, implica tomar partido en ese equilibrio. Es afirmar que esta vida es el principio rector de una disputa y nombrar la distancia que separa a la sociedad existente de aquella que sería capaz de garantizarla. Por eso, debatir un nuevo proyecto de desarrollo, fundamentado en una Nueva Teoría del Desarrollo del Sur Global, no puede reducirse a un ajuste de políticas dentro del orden establecido. Se trata necesariamente de la disputa por otra sociedad, una que subordina la producción a la reproducción de la vida y no la vida a la acumulación de capital. El umbral, entonces, no solo mide un déficit: señala el contenido de una transformación social necesaria.
Figura 8. El núcleo físico de la reproducción

Fuentes: Dependency Lab, con el respaldo de Global South Insights.
Nota: La brecha deja de ser un número índice una vez que se reduce al núcleo físico de la reproducción. Para cuatro necesidades vitales, agua potable gestionada de forma segura, alimentos, salud básica y electricidad, la distancia entre lo que cada país alcanza y la frontera de lo ya posible (el mejor nivel que cualquier país alcanza hoy) se traduce en personas: en India, 105 millones sin agua potable, 129 millones desnutridos, 57 millones sin electricidad y unas 759.000 muertes de niños menores de cinco años por año que no ocurrirían en la frontera; en Nigeria, 53, 25 y 93 millones, y 833.000 muertes infantiles evitables por año; en Mozambique, 13, 8 y 21 millones, y 77.000. En agua, alimentos y electricidad, cada cifra es un stock de personas privadas hoy de un valor de uso; en mortalidad, un flujo: vidas perdidas cada año que no se perderían contra el techo que otro país ya alcanza.
¿Cómo explicar la subreproducción estructural del Sur Global?
Que un país dependiente se encuentre lejos de la frontera de la reproducción admite dos explicaciones que conducen a conclusiones opuestas. La primera naturaliza el déficit y sostiene, en esencia, que el país es pobre y que el déficit es consecuencia de la pobreza. La segunda entiende este déficit como resultado de una relación: el país produce lo suficiente, pero ese producto se le resta. El primer caso puede aplicarse a varios países, pero dadas las condiciones naturales y productivas de gran parte del Sur Global, la segunda conclusión resulta más convincente, ya que permite comparar países con recursos equivalentes.
El primer factor a considerar es el ingreso. Si comparamos solo países con ingresos equivalentes, la correlación disminuye de +0,67 a +0,20. Es decir, gran parte del déficit de reproducción se explica porque los países dependientes son, sencillamente, más pobres. Podríamos concluir que el problema es la pobreza, no la dependencia. Pero esa conclusión invierte el orden de las cosas. La pobreza del Sur Global no es un punto de partida, sino una consecuencia: el ingreso se reduce porque la dependencia drena, año tras año, el superávit que permitiría la acumulación y el crecimiento del capital. Ese bajo ingreso es, en gran medida, lo que queda después de que el Norte y las burguesías locales se apropiaran de la riqueza producida y la destinaran al consumo superfluo y a la inversión financiera. Comparar «con ingresos iguales», entonces, es comparar países después de restar precisamente lo que la dependencia les quita. Por eso el efecto casi desaparece: no porque la dependencia no importe, sino porque, al igualar los ingresos, ya hemos descontado su principal impacto.
Figura 9. Correlaciones entre dependencia y reproducción social controladas por ingresos y excedentes.

Fuentes: Dependency Lab, con el respaldo de Global South Insights.
La categoría pertinente no es el ingreso, sino el excedente que una economía genera realmente, antes de que se agote. Cuando se recalcula la correlación comparando países que generan un excedente equivalente, el efecto de la dependencia no desaparece como ocurría cuando se igualaban los ingresos, sino que reaparece como una relación estructural. El ingreso oculta la huella de la dependencia, porque un ingreso reducido es ya su resultado; el excedente la hace visible. Con un excedente igual generado, el país dependiente reproduce menos vida, no más . Como ya hemos analizado en este Substack, la periferia no carece de excedente: lo produce en abundancia, basándose en una tasa muy alta de explotación de su clase trabajadora, extrayendo más trabajo excedente por unidad de trabajo remunerado que los centros. Este excedente se extrae al extranjero y se orienta hacia la valorización a corto plazo del capital. Se genera en trabajo social y no regresa como reproducción de vida. Articula las dos tradiciones que sustentan este marco: el excedente se constituye mediante la intensificación de la explotación laboral y se pierde por agotamiento y desorientación, como demostró Baran, en lugar de reproducir la vida.
Figura 10. Correlaciones entre dependencia, tasa de plusvalía y condiciones de reproducción social.

Fuentes: Dependency Lab, con el respaldo de Global South Insights.
Esto invierte la pregunta habitual. No se trata de explicar por qué el Sur Global es demasiado pobre para reproducir la vida, sino por qué no lo hace a pesar de tener la capacidad. La respuesta no reside en una incapacidad de la periferia, sino en una estructura que sustrae el excedente antes de que pueda convertirse en vida reproducida, es decir, en una vida mejor.
Rompiendo el circuito
Al unir ambas caras de la moneda, el mecanismo queda al descubierto. La dependencia comprime simultáneamente las condiciones estructurales de la reproducción y la organización del trabajo que la sustenta, y dado que gran parte de ese trabajo es invisible para la contabilidad convencional, nunca se incorpora a las políticas de desarrollo que perpetúan la dependencia. La compresión del sustrato material y la intensificación de la carga feminizada constituyen un mismo mecanismo visto a través de dos prismas, razón por la cual debemos analizarlos conjuntamente.
Pero un mecanismo no es un destino, y nombrarlo con precisión es la condición para intervenir en él. Si la dependencia deforma la reproducción de la vida al subordinarla a la valorización externa del capital y a las lógicas de clase que de ella emanan, entonces revertir esa deformación no es cuestión de mayor crecimiento ni de mejores políticas sociales compensatorias dentro del mismo circuito. Requiere lo que la tradición de la economía política del Sur Global, desde Amin, ha llamado desvinculación: subordinar la inserción externa a una lógica interna de desarrollo, y esa lógica interna, si ha de tener algún significado, tiene como medida la reproducción de la vida, no la acumulación. Construir soberanamente las condiciones que la dependencia impidió —sistemas de agua, salud, energía y capacidad de innovación— y, al mismo tiempo, desmercantilizar y socializar el trabajo de cuidados que hoy recae sin remuneración sobre las mujeres, es el contenido concreto de una autonomía no hegemónica. Esta es la recuperación de la facultad de orientar el metabolismo social hacia las necesidades populares.
Y ese giro tiene en las clases trabajadoras no solo el sujeto clave que puede cuestionar la orientación de las políticas de desarrollo, porque se corresponde con sus necesidades de vida, sino también la columna vertebral de las coaliciones políticas que permiten repensar el horizonte de lo posible para priorizar la vida sobre el capital.
Por lo tanto, el desarrollo no se limita a una mejor distribución de la carga de trabajo productivo y reproductivo, sino que consiste en ampliar las condiciones estructurales y, al mismo tiempo, aliviar dicha carga: más agua, más salud, más energía, más cuidados colectivos, puestos al servicio de una vida mejor. Una teoría del desarrollo que parte de la reproducción de la vida no considera a los individuos como víctimas que deben ser compensadas, sino como el punto de partida desde el cual se concibe la transformación.
Hacia una nueva teoría del desarrollo
Con esta nota, se completa uno de los marcos conceptuales que la serie ha analizado. El Índice de Dependencia Estructural ubicaba a cada país en la jerarquía global; la Capacidad Mediadora del Estado medía su margen de acción con respecto a esa posición; los Resultados de la Reproducción Social se preguntan qué produce todo esto en las vidas que se supone que debe sustentar. Son tres preguntas sobre un mismo problema y, solo al leerlas en conjunto, se visibiliza lo que, por separado, permanece oculto: que la dependencia se decide, en última instancia, en la capacidad de una sociedad para producir la vida de su gente. El desarrollo, medido de esta manera, no es lo que una economía acumula, sino la vida que logra producir y para quién.
Estos tres instrumentos constituyen los primeros pasos de una tarea más amplia: construir una nueva teoría del desarrollo desde el Sur Global. Una teoría que no importe sus categorías del canon del Norte ni mida el progreso por debajo del umbral de la acumulación, sino que parta de la reproducción de la vida como criterio y de la posición de dependencia como punto de partida analítico para comprender la polarización que produce el capitalismo globalizado. Frente a una concepción del desarrollo que durante décadas prometió convergencia y solo ofreció subordinación, la tarea consiste en reconstruir la economía política desde nuestra propia condición. Implica identificar los mecanismos que nos producen como países dependientes, medir lo que se nos extrae y, sobre esa base, cuestionar un proyecto en el que la producción de vida deja de ser la excepción para convertirse en la medida del desarrollo.
Emiliano López es investigador del CONICET–Universidad Nacional de La Plata y economista jefe de Tricontinental: Instituto de Investigaciones Sociales
Todos los datos que utilizamos en este artículo se basan en Dependency Lab, con tecnología de Global South Insights.
Nota metodológica
Los indicadores de reproducción social se organizan en dos subíndices. Las condiciones estructurales (SRI-E) promedian cuatro dimensiones: salud y supervivencia, infraestructura reproductiva, provisión pública y bienes comunes ecológicos. El trabajo reproductivo (SRI-T) promedia la intensidad y distribución del trabajo no remunerado, medido por las brechas de género en las encuestas de uso del tiempo, la provisión estatal y de mercado de servicios de cuidado, la autonomía reproductiva y las cadenas de cuidado globales. Las variables se normalizan en todo el panel, y las correlaciones con el Índice de Dependencia Estructural (−0,63 para el SRI-E y −0,67 para el SRI-T) persisten después de controlar por el ingreso per cápita. Todos los datos provienen del Dependency Lab, impulsado por Global South Insights , y son reproducibles en la plataforma abierta.
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