Gaceta Crítica

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Arrestos, despidos y escupitajos: los profesores israelíes perseguidos por sus opiniones fuera del aula

Antonio Pita (El País), 17 de Octubre de 2026

Educadores árabes y judíos sufren una caza de brujas por expresar puntos de vista a contracorriente de la ola de nacionalismo que despertó el letal ataque de HamásEscuchar el artículo

Meir Barujin, en Jerusalén en 2024.Alejandro Ernesto

La vida de la maestra Sabrín Masarwa, palestina con ciudadanía israelí, transcurría entre su casa en Taibe, cerca de Nazaret, y la escuela en la localidad judía de Ganei Tikva en la que enseñaba lengua árabe a alumnos de 12 a 15 años hasta 2024. Hoy reside en Londres: no quiere vivir en su país tras la caza de brujas ideológica que sufrió y la soledad que sintió entonces.

Aquel año, Masarwa participó a título individual con sus hijos en la Marcha del Retorno, una convocatoria legal y coordinada con la policía en la que miles de ciudadanos palestinos de Israel —como ella— conmemoran la Nakba, la huida o expulsión de cientos de miles de sus antepasados entre 1947 y 1949 y piedra angular de su identidad, tengan el pasaporte que tengan. “Lo hacía todos los años. No es que de repente me diese por ahí a causa de [el ataque de Hamás] del 7 de octubre de 2023”, contaba a este periódico en su casa de Taibe antes de mudarse al Reino Unido.

En esa ocasión, sin embargo, su presencia no pasó desapercibida. El ataque de Hamás había desatado una ola de criminalización —política y social— de todo lo palestino, y una foto comenzó a circular por redes y grupos de WhatsApp en la que aparecía identificada, junto a una frase en hebreo: “Esta es la profesora que enseña a tus hijos”.

Sabrin Masarwa, en su casa en la localidad israelí de Taibe en 2024.Antonio Pita

A sus 48 años, Masarwa mezcla desengaño y tristeza al contar cómo se enteró. Su hijo había sido trasladado a comisaría porque llevaban en el coche una bandera palestina, así que, al ver en el móvil una llamada entrante de la gerente judía del colegio, pensó que se había enterado y quería avalar a la familia ante la policía. “No sé de dónde venía esa inocencia”, lamenta. En realidad, le había llegado la foto de la marcha y le pedía explicaciones.

Luego llegaron las llamadas en solidaridad de diputados y las recomendaciones de abogados. “Ahí entendí que, sin comerlo ni beberlo, me había metido en un problema”, rememora.

Le siguieron los insultos de exalumnos —“¡Vete a Gaza! ¡Muérete! Cosas así”, rememora— y los interrogatorios constantes en los pasillos: “¿Por qué dices Free Palestine (Palestina libre)?’ ‘¿Apoyas a Hamás?’ Da igual que dijese que no…”. Al entrar a hacer una sustitución, se encontró una bandera de Israel en la pizarra y a los alumnos gritándole: “¡El pueblo de Israel vive!“. “Respondí: ‘Sí, claro, el pueblo de Israel vive’, ¿cuál es el problema?”, recuerda, dolida por cómo pasó de la noche a la mañana de maestra querida a enemiga, en medio del silencio de los mismos estudiantes y padres que antes le expresaban afecto.

Entre la presión, el racismo imperante y la coalición de Gobierno más derechista de la historia del país, el Ayuntamiento, el Ministerio de Educación y el centro la excluyeron temporalmente de las aulas. A la vez que decenas de alumnos se manifestaban con consignas racistas, una petición para reinstaurarla y pedirle perdón recababa 2.500 firmas. Educación acabó admitiendo que Masarwa no había cometido delito alguno y podía reincorporarse, pero nunca quiso volver a esa escuela (por miedo y decepción) y acabó haciendo las maletas.

“Después de lo que me pasó, sentí que necesitaba irme, al menos por un tiempo, y vine a estudiar a Londres”, contaba la pasada semana desde la capital británica. Masarwa trata ahora de dar sentido al cambio: milita como activista con Standing Together —un colectivo israelí que promueve la coexistencia entre judíos y árabes— y comenzará el próximo año un doctorado con una tesis centrada en cómo “educar a la próxima generación de palestinos e israelíes hacia la responsabilidad compartida”.

Soldados israelíes en Nablus (Cisjordania), el mes pasado.SOPA Images (SOPA Images/LightRocket via Getty Images)

El suyo es uno de los casos de la represión sufrida por distintos educadores —desde infantil hasta la universidad; judíos y árabes— en los cuatro años de legislatura de Netanyahu que concluirán el próximo día 27 en unas ajustadas elecciones y en los que el ataque de Hamás aceleró aún más la criminalización colectiva de los palestinos.

Como Nadera Shalhoub-Kevorkian, profesora en la Universidad Hebrea de Jerusalén, arrestada tras acusar a Israel de cometer un genocidio en Gaza y cuestionar que Hamás ejerciese violencia sexual durante su ataque. Acabó abandonando la Universidad Hebrea y enseñando en Princeton (EE UU). O Warda Sada, expulsada ipso facto de su centro de enseñanza superior por una publicación en Facebook el día del ataque de Hamás, que hizo de vacaciones sin saber que había civiles muertos y pensando que era el territorio ocupado de Cisjordania, según explicó arrepentida. Un tribunal obligó el pasado abril a indemnizarla, tras dos años estigmatizada y sin empleo.

La campaña ha remitido con el paso del tiempo, pero no cejado. En noviembre de 2024, el Parlamento aprobó una ley que permite al Ministerio de Educación revocar los fondos para una institución educativa si incurre en algo tan vago como albergar “expresiones de identificación con una acción u organización terrorista”. También puede despedir sin previo aviso a cualquier docente que se haya “identificado con una organización terrorista”. El primer borrador, modificado ante las protestas profesionales, obligaba a Educación a transferir rutinariamente los datos de los docentes a los servicios secretos.

Este mismo domingo, un diputado del partido ultraortodoxo sefardí Shas, Yinon Azoulay, pidió excluir a los profesores árabes de las escuelas judías, con el argumento de que hablarán a los alumnos sobre su fe (islam o cristianismo) de forma distinta a un maestro judío. Cuando le preguntaron cómo reaccionaría si un diputado en Europa propusiese vetar a los profesores judíos, respondió: “Estamos en nuestro Estado judío. Tenemos un problema con que los profesores no judíos vengan a enseñar a nuestros hijos”. En Israel hay unos 4.000 profesores árabes, sobre todo en los ciclos de primaria e intermedio (entre los seis y los 15 años), según datos de febrero de la Oficina Central de Estadísticas.

Condenas en Facebook

Los profesores árabes han sido la principal diana, pero no la única. También aquellos judíos que se han atrevido a cargar fuera del aula contra los consensos que aglutinan a la sociedad judía israelí, principalmente su aprobación (por indiferencia o entusiasmo) de la letal devastación de Gaza.

Uno de los casos más sonados es el de Meir Barujin, de 65 años y profesor de Historia y Educación Cívica en un instituto público de la localidad de Petaj Tikva, cerca de Tel Aviv. El 8 de octubre de 2023, cuando los primeros bombardeos israelíes a raíz del ataque de Hamás mataban a cientos de gazatíes, Barujin publicó un texto de condena en Facebook: “Familias enteras aniquiladas (…) Quien piense que esto está justificado por lo que ocurrió ayer debería eliminarme de sus contactos”.

Lo explicaba entonces en una cafetería de Jerusalén: “Para la mayoría de israelíes, los palestinos son una construcción abstracta. Sin nombre, rostro, familia, esperanza, ni proyectos… Así que lo que intento hacer en mi Facebook es humanizarlos, para que tal vez más israelíes los vean como seres humanos. Cuando dices la palabra palestino, la mayoría piensa enseguida: ‘Terrorista”.

Meir Barujin, profesor de historia y educación cívica israelí, en Jerusalén en 2024.Alejandro Ernesto

Tras otras publicaciones críticas, su empleador (el municipio) lo despidió fulminantemente y el Ministerio de Educación le revocó la licencia de enseñanza. Ambos están en manos de figuras del Likud, el partido derechista de Netanyahu. La policía registró su casa, se llevó ordenadores y lo interrogó durante cuatro horas. “Me mostraban las publicaciones en Facebook y preguntaban: ¿Qué querías lograr con esto? ¿Qué crees que pensará quien las lea? Me gritaban que estaba en contra de Israel. Hubo violencia verbal, no física. La siguiente parte de la investigación no consistía en hacer preguntas, sino en poner palabras en mi boca. Por ejemplo, ‘en tanto que alguien que justifica las violaciones cometidas por Hamás el 7 de octubre, ¿no crees que…?’. Y eso que sabían que escribí un post explícitamente en contra de todo lo que hizo Hamás el 7 de octubre”. Pasó cinco días en confinamiento solitario, como sospechoso de intento de “cometer un acto de traición contra el Estado de Israel” y “alterar el orden público”.

El impulso macartista carecía, sin embargo, de suficiente base legal, así que la Fiscalía desestimó la investigación y la justicia laboral acabó obligando al Ayuntamiento a readmitirlo y a abonarle retroactivamente los salarios y una compensación.

Cuando regresó a la escuela, en enero de 2024, se encontró una manifestación en su contra, sin la policía ni seguridad privada que el centro le había prometido. “Había más de 100 estudiantes en las ventanas y en las puertas de la sala de profesores. Cada vez que salía, me escupían”, recuerda. Un vídeo capta a Barujin abandonando el centro rodeado de adolescentes que le siguen y gritan frases como: “¡Ojalá tengas un cáncer, mi hermano está en el ejército para que tú puedas decir esas mentiras!”. Durante dos meses, y por orden judicial, tuvo que grabar las lecciones en vídeo en una sala vacía. Luego se las proyectaban a los alumnos.

Al final, ganó el juicio. El paso del tiempo, explica ahora, le ha concedido una segunda victoria, esta moral: “Hoy soy muy popular entre los estudiantes. A menudo me pregunto qué ha generado este cambio. Supongo que aprecian mi profesionalidad y que les genera mucha curiosidad escuchar mis opiniones, porque no las reciben [por otro lado]. No tienen que estar de acuerdo, pero se puede hablar”.

Miedo

Barujin lamenta el “miedo” en sus colegas a manifestar “el más mínimo sentimiento hacia los inocentes palestinos de Gaza”. “Saben que [los alumnos] pueden grabar cada palabra que salga de su boca, pasárselo a los padres y estos al Ayuntamiento. Si dices que te opones a que maten mujeres y niños, serás perseguido políticamente, humillado públicamente y perderás tu sustento”.

Él sí expresa opiniones políticas en clase. Es ahí donde aborda asuntos como los pilares del Estado, la separación de poderes o los derechos humanos. Lo molesto, añade, no es que exponga ideología, sino su ideología. “Si pensase como [el ultraderechista ministro de Seguridad Nacional, Itamar] Ben Gvir, lo aplaudirían […] Me dicen que aprovecho mi autoridad como profesor para influir en los alumnos. Como si los estudiantes de 17 o 18 años fuesen marionetas y yo moviese sus hilos. Soy profesor desde hace 35 años y ni un solo alumno o alumna ha cambiado de postura sobre tema alguno por algo que yo dijese en clase o escribiese en Facebook. Quien crea que tengo ese poder, no reconoce las capacidades de los estudiantes”.

El caso de Barujin acaba de inspirar una obra de teatro. El de Sebastián Ben Daniel está, en cambio, por escribir. También es judío israelí, además de argentino (nació en Buenos Aires), y enseña computación en la Universidad Ben Gurión del Neguev, en la ciudad de Beer Sheva.

Sebastián Ben Daniel, en Tel Aviv el pasado febrero.saeedqaq

Su principal fuente de problemas lleva por nombre John Brown, el seudónimo —en honor al famoso abolicionista estadounidense que combatió con armas la esclavitud en el siglo XIX— desde el que expresa sus opiniones políticas en la red social X, casi siempre en hebreo y a menudo sardónicamente. Entre sus dianas está el sacrosanto ejército, cruzando más de una línea roja en un país con servicio militar obligatorio y una profunda fusión entre fuerzas armada y sociedad.

Ben Daniel ha llamado, por ejemplo, “asesinos de bebés” a los soldados israelíes y “mortífagos” —los seguidores de Voldemort, el mago malvado de la saga de Harry Potter— a ministros israelíes. También publica columnas de opinión en medios de izquierdas, como Haaretz y +972.

“Si criticara al Gobierno, no tendría ningún problema. El problema es cuando critico al ejército y lo que pasó en Gaza. Hoy, en Israel, si escribes lo contrario, que estuvo muy bien y que no hay inocentes en Gaza, es normal. No es considerado político”, aseguraba el pasado día 28, en una entrevista en Tel Aviv.

Aunque mantiene sus opiniones fuera del aula, le han traído más de un problema en la universidad, incluida una suspensión de dos semanas. Tuvo que comparecer ante una comisión y revisaron las grabaciones de años de clases para ver si expresaba ideas políticas.

La Universidad Ben Gurión ha perdido donantes por mantenerlo en plantilla y él acabó el curso pasado con seguridad privada y profesores pidiendo los DNI en la puerta, después de que un viceministro de ultraderecha, Almog Cohen, irrumpiese en el aula para reventar la clase.

Lo peor, dice, no es el riesgo de perder el trabajo, sino ver cómo afecta la situación a sus seres queridos. Como su madre, temerosa de que acabe lanzado al agua desde un avión, como en la dictadura militar que vivió en Argentina.

Ben Daniel insiste, sin embargo, en continuar. “La mayoría quiere que dimita, porque es más difícil que despedirme, pero no les voy a dejar ganar. Nunca. Soy de Argentina, ya vieron cómo somos cuando perdemos un partido”, bromea. “Sé que hay un genocidio acá. Y, si no lo hay, no importa: mataron a 20.000 pibes en Gaza y no quiero estar 20 años después diciendo: ‘Trabajaba en la universidad, tenía un soldado [en el aula] y no quería ofenderlo, ni perder un buen trabajo cerca de casa… ¿A quién le explico eso?”.

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