Rezgar Akrawi / Jonathan Cook / Cao Xinyue (Espai Marx), 26 de Septiembre de 2026

Presentamos tres materiales sobre un tema de gran actualidad, cada uno de ellos desde una perspectiva muy diferente. Lo que no agota, ni mucho menos, la discusión sobre este tema.
La bomba silenciosa: la inteligencia artificial y el desmantelamiento de la mente humana
De la servidumbre digital a un arma al servicio del capital y de la extrema derecha, ¿o una herramienta de liberación?
Rezgar Akrawi
El lado ruidoso y el lado silencioso de un mismo peligro
Lo que presenciamos hoy no es una toma del poder sobre la humanidad por parte de los robots, tal como el cine la ha imaginado en incontables películas. Es otro modelo de control digital, asentado en la automatización y en el uso de la inteligencia artificial y de los algoritmos para gestionar parcelas cada vez mayores de la vida cotidiana, y que deja a las sociedades cada vez más sometidas a sistemas, corporaciones y máquinas inteligentes.
Perder el control sobre estos sistemas, sin embargo, es solo el lado ruidoso del peligro. Ese lado se desarrolla con rapidez bajo la presión de la competencia entre las grandes potencias y las corporaciones capitalistas monopolistas, más deprisa de lo que pueden seguir las leyes, las sociedades y las instituciones educativas. Y aquí reside el fondo del asunto: el peligro no se detiene en la posibilidad de que estos sistemas se salgan de control, puesto que se desarrollan dentro de relaciones de propiedad y de una competencia capitalista feroz que hacen ese descarrilamiento más probable y multiplican su coste para la gente.
El lado más grave es mucho más silencioso. Bajo la estructura capitalista que desarrolla la inteligencia artificial y orienta sus usos, esta contribuye a moldear la conciencia de miles de millones de personas y a dirigir su atención y su conducta en un sentido que sirve a la lógica del modelo capitalista. Al mismo tiempo, la competencia entre los monopolios capitalistas digitales y las grandes potencias, a falta de límites y leyes eficaces, puede infligir los daños más graves a la mente humana y convertir la inteligencia artificial en un arma de destrucción masiva si su desarrollo y su difusión continúan a este ritmo desmedido y sin salvaguardas suficientes.
Estas inquietudes ya no provienen únicamente de quienes critican. En varias ocasiones, entre ellas el caso revelado por TIME, un sistema de inteligencia artificial se salió de control y atacó a otros sistemas. Días después, cerca de 1.400 ingenieras e ingenieros que trabajan en las grandes empresas de IA firmaron una petición conjunta que reclama herramientas técnicas y mecanismos internacionales de gobernanza para regular el ritmo de su desarrollo. Esa petición no fue un caso aislado, pues siguen llegando advertencias de investigadores del campo de que el desarrollo acelerado puede escapar por completo al control humano.
El Informe Internacional sobre la Seguridad de la Inteligencia Artificial, elaborado por más de un centenar de expertos con el respaldo de más de treinta Estados y organizaciones internacionales, advirtió de que los modelos han comenzado a distinguir entre el entorno de prueba y el uso real y a sortear los mecanismos de evaluación, de modo que capacidades peligrosas pueden pasar inadvertidas. Advirtió también de que los agentes de IA elevan el nivel de riesgo porque actúan de forma autónoma, lo que dificulta la intervención humana antes de que se produzca el daño. Existen riesgos serios de que los sistemas de IA se desarrollen a sí mismos, se salgan de control y pasen a desempeñar en la gestión y el control de los seres humanos un papel mayor del que nunca se previó.
Decenas de miles de personas, entre ellas científicos destacados del campo, han firmado una declaración internacional que exige prohibir el desarrollo de la «superinteligencia» mientras no exista un consenso científico de que puede alcanzarse de manera segura y controlada, junto con una amplia aceptación social, al tiempo que investigadores han dimitido de grandes corporaciones digitales en protesta por el rumbo del desarrollo de los sistemas de IA y por sus prioridades.
Nadie niega las enormes posibilidades que ofrece la inteligencia artificial. Comprime años de investigación en el descubrimiento de fármacos, desvela estructuras de proteínas que resistieron décadas a la ciencia, eleva la precisión del diagnóstico médico y permite detectar enfermedades en fases tempranas en las que se salvan vidas, modela el cambio climático y avisa de sus catástrofes antes de que golpeen, derriba barreras lingüísticas mediante la traducción y pone el conocimiento al alcance de quienes llevaban mucho tiempo privados de él, facilita la vida cotidiana y profesional a millones de personas y abre la puerta a servicios capaces de resolver problemas enquistados de la humanidad.
Precisamente esas conquistas son las que vuelven la pregunta más urgente, pues este artículo no discute esas capacidades. Su objeto es quién las posee, quién las dirige, a qué intereses sirven y cómo se ponen a trabajar.
Antes de seguir adelante, conviene distinguir tres capas que suelen confundirse. La primera son los «algoritmos de clasificación y recomendación», que deciden qué aparece ante nosotros y qué se nos oculta. La segunda son las «plataformas digitales» y su modelo de negocio asentado en la economía de la atención, es decir, en la conversión del tiempo y de los datos de los usuarios en beneficio. La tercera son las «herramientas de IA generativa», que sustituyen al ser humano en la escritura, el análisis y la toma de decisiones.
Cada capa tiene sus propios mecanismos y sus propios efectos, distintos de los de las demás, y sin embargo las tres aparecen hoy entrelazadas en manos de las mismas corporaciones capitalistas monopolistas y obedecen a una misma lógica de acumulación.
Ese entrelazamiento llega aún más lejos, porque la inteligencia artificial hace funcionar hoy las tres capas a la vez: los algoritmos de clasificación y recomendación se han convertido ellos mismos en modelos de IA, el modelo de negocio de las plataformas está impulsado por la inteligencia artificial a la hora de segmentar a los usuarios, medir su conducta y predecirla, y las herramientas generativas son inteligencia artificial en sí mismas. Por eso las veo estrechamente unidas, y por eso su separación es analítica y no real, lo que convierte en una necesidad intelectual leerlas en conjunto.
La orientación de la conciencia para afianzar la cultura capitalista neoliberal
Junto al uso de la inteligencia artificial para maximizar el beneficio, afianzar el control económico y político y reforzar la represión digital, esta tecnología se emplea de manera sistemática para moldear y orientar la conciencia de las personas, con el fin de reforzar la cultura capitalista y los valores neoliberales. Mediante el análisis de los datos y de la conducta de los usuarios, los algoritmos de clasificación y recomendación controlan el contenido que se muestra en las plataformas, y están diseñados para alimentar a cada persona con todo aquello que sirve a la visión capitalista y a sus políticas.
Esta tendencia se ha consolidado con la expansión de estas plataformas. Según el informe de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, cerca de tres cuartas partes de la población mundial son ya usuarias de internet, con un aumento de más de 240 millones de usuarios en un solo año. Esta expansión se debe en parte al empeño de las corporaciones monopolistas y las grandes potencias por llevar internet a todos los rincones del mundo, y a los países del Sur en particular, incluso en regiones que carecen de agua potable, electricidad y servicios básicos, porque la prioridad de la inversión va hacia lo que amplía el mercado antes que hacia lo que cubre las necesidades de la gente, con el objetivo de maximizar el beneficio, reforzar la dominación y colonizar digitalmente esas regiones.
Esto no significa necesariamente que todos esos usuarios queden en el mismo grado bajo la influencia de las aplicaciones de IA, aunque sí amplía la base material sobre la que opera este aparato.
La estructura capitalista de la propiedad y los modelos de beneficio empujan a los algoritmos a priorizar contenidos que sirven a los intereses del mercado y de las corporaciones monopolistas, y convierten así a los algoritmos en un instrumento de reproducción de la hegemonía cultural del capitalismo. Mediante este mecanismo, la conciencia colectiva es conducida paso a paso a aceptar esos valores como naturales e inevitables, por vías suaves, graduales e imperceptibles, hasta el punto de que la mayoría de quienes usan estas aplicaciones, incluidos sectores de la izquierda, las consideran herramientas neutrales. De este modo el aparato contribuye a consolidar la hegemonía capitalista, a reforzar la subordinación de las masas al orden existente y a marginar las alternativas de izquierda y progresistas, lo que amenaza la conciencia de las generaciones venideras y su capacidad de pensamiento crítico y de organizarse para el cambio.
El desmantelamiento de las capacidades humanas, la adicción digital y la profundización de la alienación
Esta amenaza alcanza al desmantelamiento de las facultades mentales de cada persona, y aquí la cuestión se desplaza desde la capa de los algoritmos que orientan lo que vemos hasta la capa de las herramientas de IA que nos sustituyen en el pensamiento mismo. Pese a la promoción de la inteligencia artificial como vía para facilitar la vida y elevar la productividad, los estudios científicos señalan que apoyarse en ella sin reflexión va acompañado de una profundización de la conciencia superficial y de un debilitamiento de las capacidades humanas.
Según un estudio de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts, apoyarse en herramientas de escritura con IA reduce la actividad cerebral y debilita la memoria y la sensación de ser dueño de las propias ideas. Los investigadores dieron a este fenómeno el nombre de «deuda cognitiva», es decir, que la persona toma prestada capacidad mental del futuro a cambio de comodidad en el presente.
En la misma línea, un estudio publicado en la revista Societies halló que el uso frecuente de herramientas de IA se asocia con un debilitamiento del pensamiento crítico a través del mecanismo de la «descarga cognitiva», es decir, la delegación del recuerdo y del análisis en los dispositivos en lugar de realizarlos mentalmente, y en especial entre los jóvenes, lo que abre la perspectiva de una nueva generación menos capaz de analizar por su cuenta.
Un estudio de investigadores de la Universidad de California, basado en datos de más de seis mil niños dentro de un proyecto sobre el desarrollo cerebral en la adolescencia, señaló que los niños que más usan las redes sociales registran un descenso claro en lectura, vocabulario y memoria cuanto más se prolonga su tiempo de pantalla. Ese estudio se refiere en concreto a las redes sociales, pero el mecanismo que identifica, el traslado del esfuerzo mental a la pantalla, es el mismo que opera en las herramientas de IA, y allí actúa de manera aún más profunda, porque esas herramientas asumen la tarea misma de pensar.
La cuestión no se limita a los laboratorios. Los resultados del informe PISA, publicados el 8 de septiembre de 2026, llevaron el cuadro al nivel de sistemas educativos enteros. En Dinamarca, el alumnado registró los peores resultados de su historia, un retroceso equivalente a un curso escolar entero perdido, que el gobierno calificó de grave crisis educativa que supera todo lo previsto. El retroceso coincidió con una amplia expansión del uso de dispositivos digitales y de inteligencia artificial en las aulas, aunque la relación causal es demasiado compleja para reducirla a un solo factor.
El mismo cuadro se repite en 43 países donde el rendimiento cayó con fuerza, y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos encuentra una correlación entre este descenso y el aumento del tiempo de pantalla, el uso de la inteligencia artificial y la caída de la lectura voluntaria. Advierte de que lo más grave de todo ello es el debilitamiento precisamente de aquellas destrezas que más cuentan en la era de la inteligencia artificial, a saber, evaluar la información, conectar varias fuentes y pensar de manera analítica y crítica.
Este descenso no es un efecto secundario accidental. Detrás de él está la segunda capa, el modelo de beneficio de las plataformas asentado en la adicción digital. Las plataformas digitales y las aplicaciones impulsadas por inteligencia artificial no son simples servicios gratuitos ofrecidos por afecto a sus usuarios. Son instrumentos empleados de forma deliberada para reforzar una dependencia conductual e intelectual, en la que los grandes datos se explotan para comprender los móviles de las personas y manipularlos en un sentido que sirve a los intereses de las corporaciones y de las grandes potencias. El capitalismo invierte por distintas vías en técnicas que estimulan la conducta adictiva para asegurar la permanencia en las plataformas, y el proceso se convierte en un circuito cerrado que genera beneficio a costa de la salud mental y del rendimiento educativo, en especial entre las generaciones más jóvenes.
Sobre esta base, la alienación humana se reproduce en forma digital. La persona queda separada de sus facultades mentales y creativas y se encuentra cercada por un aparato técnico que le arrebata la capacidad de actuar y de pensar de manera autónoma, del mismo modo que el trabajador fue alienado de su producto bajo el capitalismo. Puede convertirse poco a poco en un ser sometido a los algoritmos que dirigen sus interacciones diarias y le determinan qué lee y qué ve, cómo piensa y cómo escribe y se comunica, lo que profundiza su dependencia de sistemas, corporaciones y Estados controlados por el capital y por las fuerzas de la explotación y del despotismo.
Una especie de servidumbre digital voluntaria y la pérdida del control
Si la adicción digital explica cómo una persona es arrastrada a este aparato, queda la pregunta más difícil: ¿por qué lo acepta mientras siente que elige libremente? Esta explotación psicológica no es más que una expresión de una dominación de clase que se profundiza cuanto más se aleja la inteligencia artificial de ser una herramienta tecnológica y más se acerca a ser un medio de reproducción de pautas de control social, político, económico e intelectual bajo el orden capitalista.
Lo que hace más peligrosa esta dominación es su carácter voluntario, pues las personas son empujadas, mediante la manipulación algorítmica y mediante la presión por usar la inteligencia artificial en el trabajo y en la vida diaria, hacia esta «servidumbre digital» sin coerción, bajo la ilusión de control y de elección, mientras sus decisiones son encauzadas por vías preparadas de antemano que sirven al capital y debilitan sus capacidades mentales, intelectuales y profesionales.
Esta implicación se vende como libertad individual. Quien usa estas aplicaciones lo hace por elección propia, y a quien no le gusta puede apagar su teléfono. Sobre esta base, muchos teóricos neoliberales rechazan toda intervención en el mercado digital y la consideran un paternalismo hacia las personas y una expropiación de sus decisiones personales.
Ahora bien, una libertad cuyas condiciones no pertenecen a quien la ejerce no es libertad alguna. La persona no eligió el algoritmo que ordena lo que ve, no tuvo parte alguna en el diseño de la aplicación que le imponen su empresa, la escuela de sus hijos, su banco y las administraciones del Estado, y nunca fue consultada sobre el modelo de beneficio que convierte su atención, su tiempo y su conducta en una mercancía rentable.
Esta es la libertad de elegir entre lo que el capital ha colocado ante ella, y no la libertad de decidir qué se coloca ante ella en primer lugar.
Aquí la posición de la izquierda se separa de la liberal, pues la cuestión no consiste en proteger a la persona de sí misma. Consiste en arrancar la decisión sobre la infraestructura digital a quienes la poseen, y en someter el diseño de los algoritmos, las fuentes de los datos y los modelos de beneficio a la autoridad y al control democrático de la sociedad. La libertad real comienza cuando las personas poseen colectivamente las condiciones de su vida, y no cuando se les ofrece, una a una, elegir entre alternativas hechas sin ellas.
Lo que ocurre en el plano de la persona se repite en el plano de la humanidad en su conjunto. A medida que un ser humano entrega día tras día sus pequeñas decisiones a los algoritmos, creyéndose libre y capaz de elegir, las sociedades entregan en paralelo sus grandes decisiones a sistemas digitales que ni supervisan ni comprenden.
El sometimiento de la humanidad a la máquina ha dejado de ser, por tanto, una cuestión de especulación filosófica. Se ha vuelto más real en medio de los avances de la inteligencia artificial y ante la ausencia de salvaguardas jurídicas internacionales y nacionales eficaces que la regulen, y a medida que rebasa los límites para los que fue programada puede convertirse en un aparato que toma por su cuenta decisiones cruciales, impuestas a la humanidad sin una supervisión humana real.
Bajo el capitalismo, la inteligencia artificial se desarrolla para servir a la acumulación de capital y queda sometida a la lógica de la competencia y de la dominación, lo que convierte la pérdida de control sobre ella en una posibilidad real y seria, y potencialmente devastadora.
La causa es la misma en ambos casos. La ausencia de propiedad colectiva y de control democrático popular es lo que lleva a la persona a perder el dominio sobre su propia conciencia y sus decisiones, y esa misma ausencia es lo que lleva a la humanidad a perder el dominio sobre el instrumento más peligroso que jamás ha construido. La servidumbre digital voluntaria y la pérdida del control son dos caras de una misma ausencia.
La inteligencia artificial puede convertirse en un arma de destrucción masiva
Este peligro no es menos grave que ninguna de las formas anteriores de servicio al capital, pues la carrera desenfrenada entre los polos capitalistas y las grandes potencias por el control de la inteligencia artificial lleva dentro de sí, a falta de normas y legislaciones internacionales y nacionales estrictas, la semilla de la pérdida de control y de su conversión en un instrumento de destrucción masiva que amenaza el futuro de la mente humana, y no solo los cuerpos y los bienes de las personas.
En el plano militar, esta carrera toma la forma de una verdadera carrera armamentista que abarca armas autónomas, drones independientes, robots de combate y sistemas de designación de objetivos y de decisión militar sobre la muerte y la destrucción. Los investigadores advierten de que estos sistemas pueden fallar cuando pasan del entorno de prueba a las condiciones de la guerra real, lo que puede producir errores, decisiones imprevistas y catástrofes de gran alcance. Este peligro no es hipotético. Ha habido sistemas de IA que se salieron de control en casos anunciados y documentados, entre ellos la muerte de un gran número de civiles por armas dirigidas por sistemas de IA, asunto sobre el que volvemos más adelante, y probablemente haya otros que nunca se hicieron públicos.
La destrucción que puede traer la inteligencia artificial, sin embargo, no se detiene en los límites de la guerra y de las operaciones militares. Tiene otro plano, más callado en su sonido y más largo en su alcance. El arma nuclear estuvo ligada a un uso militar directo, relativamente visible y sujeto a cálculos y acuerdos internacionales declarados, y su peligro quedó confinado al instante de la detonación y a lo que vino después.
En el plano de la conciencia, en cambio, la inteligencia artificial trabaja en silencio y se infiltra en los detalles de la vida diaria, en la educación, el trabajo, los medios, los servicios y la mayoría de las articulaciones de la sociedad. Debilita las capacidades humanas, profundiza la dependencia de los sistemas digitales, erosiona el pensamiento crítico y la autonomía cognitiva y amplía la vigilancia y la manipulación de la conducta. Aquí la destrucción se vuelve más callada y más extendida, y la propia servidumbre digital se convierte en una forma de arma de destrucción masiva, porque no mata a la persona de un solo golpe. Rehace su conciencia, sus capacidades y sus relaciones día tras día. Los dos planos son dos caras de una misma arma: uno destruye cuerpos en un instante, el otro desmantela mentes con calma.
Tomando ambos planos en conjunto, el peligro no reside únicamente en producir armas más letales, sino en igual medida en la reconfiguración del ser humano y de la sociedad cuando el desarrollo y el empleo de la inteligencia artificial quedan sometidos a la lógica del beneficio, la competencia, el monopolio y el control. La inteligencia artificial puede amenazar la capacidad humana de comprender, elegir, analizar y decidir, y dejar esa capacidad en manos de sistemas construidos desde el principio para servir a la rivalidad geopolítica y al beneficio antes que a las personas.
Por esta razón, cientos de investigadores destacados en inteligencia artificial, entre ellos quienes ayudaron a construir este campo, firmaron una declaración escueta que sostiene que «mitigar el riesgo de extinción causado por la inteligencia artificial debería ser una prioridad global junto a otros riesgos de escala social como las pandemias y la guerra nuclear».
Cuando la tecnología más peligrosa de la historia humana se convierte en una carta en manos de la rivalidad geopolítica y militar capitalista entre los grandes polos, sin frenos jurídicos, sociales y democráticos reales, el riesgo de perder el control deja de ser una amenaza solo para la conciencia individual y pasa a ser una amenaza para el futuro de la sociedad y de la humanidad entera.
Las corporaciones digitales y la inteligencia artificial al servicio de la extrema derecha
El empleo de la inteligencia artificial no se detiene en el servicio al capital en su sentido económico y cultural general. Se extiende hasta una alianza directa y creciente entre las mayores corporaciones digitales, la extrema derecha y proyectos militares y represivos en todo el mundo. Entre las expresiones más claras de esta alianza está el manifiesto publicado por Palantir Technologies en abril de 2026, sobre el que escribí en un artículo anterior como expresión de un «fascismo digital». Llama abiertamente a concentrar el poder en manos de una oligarquía financiera y tecnológica que considera la democracia liberal un obstáculo para su dominio, y a enrolar moralmente a los ingenieros de Silicon Valley al servicio de la maquinaria bélica y de seguridad.
Detrás de este proyecto está Peter Thiel, cofundador de Palantir y uno de los financiadores más destacados de Donald Trump y de JD Vance, y teórico de la corriente «aceleracionista», es decir, del llamamiento a liberar el desarrollo tecnológico de toda restricción, sea cual sea su coste social.
Sobre el terreno, esta alianza no se queda en la retórica. Palantir firmó, según el anuncio de la propia empresa, una asociación estratégica con el «Ministerio de Defensa israelí» para suministrarle «medios de combate» impulsados por IA, junto al Proyecto Nimbus gestionado por Google y Amazon, y a sistemas algorítmicos de designación de objetivos como Lavender y The Gospel, revelados por investigaciones periodísticas, que convirtieron la matanza masiva en Gaza en una fría operación de cálculo que reduce la vida de los civiles a datos.
En los propios Estados Unidos, y según lo documentado por organizaciones estadounidenses de derechos humanos, Palantir suministra a las autoridades de inmigración y aduanas, a través de su sistema ImmigrationOS, datos que aceleran las campañas de deportación forzosa y el rastreo de activistas y manifestantes, lo que llevó a Amnistía Internacional y Human Rights Watch a condenar de forma explícita a esas corporaciones. Así, la represión digital pasa de ser un instrumento para gestionar la conciencia por medios suaves a ser un socio activo en la muerte, la detención y la deportación.
En el plano internacional, Elon Musk, propietario de la plataforma X, ofrece el modelo más claro de una corporación digital puesta directamente al servicio de la extrema derecha. Ha prestado un apoyo considerable, a través de su plataforma, a fuerzas racistas de extrema derecha en todo el mundo, la última vez en las elecciones del estado alemán de Sajonia-Anhalt en septiembre de 2026, y está interviniendo activamente en las elecciones brasileñas en este momento. Un estudio de investigadores de AlgorithmWatch documentó cómo X, por la propiedad de Musk y su influencia directa sobre ella, se convirtió en un amplificador principal de su propia voz y de su discurso en apoyo de la extrema derecha en todo el mundo.
Con esto el cuadro queda completo: algoritmos e inteligencia artificial al servicio del capital y de la extrema derecha a la vez, desde la orientación suave de la conciencia hasta la alianza abierta con los proyectos militaristas, represivos y racistas más brutales del mundo de hoy.
La inteligencia artificial como terreno de lucha de clases y de lucha cognitiva
Por todo lo anterior, sería un error caer en un «determinismo tecnológico invertido» que presenta a los algoritmos como un agente independiente que fabrica conciencia de manera directa, como si el capitalismo pariera la tecnología y la tecnología pariera una sola conciencia en línea recta. La inteligencia artificial no es una entidad homogénea en manos del capital solamente. Es también un terreno abierto de lucha de clases y de lucha cognitiva. En el mismo momento en que determinadas corporaciones y Estados capitalistas digitales la emplean para aumentar los beneficios, la represión, la designación de objetivos y la muerte, los científicos del clima la usan para modelar los cambios ambientales y advertir de sus catástrofes, los médicos la usan en el tratamiento de enfermedades, los activistas recurren a ella para traducir material de derechos humanos y llevar más lejos las voces de las víctimas, y las fuerzas de la izquierda, los sindicatos y los movimientos obreros la usan para desarrollar su lucha.
Esta distinción tiene base empírica, pues la misma evidencia que registra el daño registra también el beneficio cuando cambian las condiciones, en la educación superior, en las escuelas y en los centros de trabajo, donde el rendimiento y la productividad suben cuando el sistema está diseñado para que quien lo usa haga el trabajo en lugar de hacerlo en su lugar, y cuando se mantiene la supervisión humana y social del proceso. Esas dos condiciones son una decisión social, y quien posee y decide es quien las fija. Queda la pregunta más importante: ¿quién se beneficia de estas ganancias? El aumento de la productividad significa un incremento de la plusvalía extraída del trabajo de las y los trabajadores de la mano y del intelecto, y la inteligencia artificial no suprime aquí la explotación.
La intensifica y la profundiza, porque produce el mismo valor con menos trabajo y menos tiempo y convierte la diferencia en beneficio. La cuestión, por tanto, no es si sube la productividad, pues sube. La cuestión es adónde va ese excedente: a los salarios de quienes lo producen, a acortar su jornada y mejorar sus condiciones, o a los beneficios de los empleadores capitalistas. La respuesta está a la vista, y es la segunda.
Todo esto adopta su forma más nítida en el terreno del trabajo, donde la inteligencia artificial se presenta como una entidad independiente que «se apodera» de los empleos por sí sola. Esa imagen es una cobertura ideológica que oculta que cada empleo suprimido es una decisión tomada en un consejo de administración, y los mayores propietarios de esta tecnología hablan ya de prescindir en breve de profesiones enteras que emplean a muchos millones de personas. Incluso allí donde la inteligencia artificial no sustituye a nadie, basta con la mera perspectiva de que lo haga para disciplinar a todo el mundo, y quienes trabajan aceptan jornadas más largas, salarios más bajos y una vigilancia más estrecha por miedo al despido. Este es el ejército de reserva de la fuerza de trabajo en su forma digital.
Al capital le basta con mantenerlo visible en el horizonte para debilitar a la clase trabajadora en la negociación, en la organización y en la huelga. El desempleo aquí no es un destino tecnológico. Es una decisión que toma el capital, y la misma tecnología que suprime un empleo es capaz de acortar la jornada laboral manteniendo el salario y ampliando el tiempo de descanso, si la decisión estuviera en manos de quienes producen el valor.
Esto es lucha de clases en el sentido pleno del término, y no un resultado técnico neutral. Sea cual sea la cara de esta tecnología que examinemos, daño, beneficio o ganancia, la respuesta vuelve cada vez al mismo punto: quien posee es quien decide. No se trata de una repetición accidental. Los algoritmos son en esencia ecuaciones matemáticas sin clase propia, y adquieren su función social y política de las relaciones de producción en las que operan, y de la entidad que posee los datos, sus laboratorios y sus centros de procesamiento, y que decide con qué fin y en interés de quién trabajan.
Aquí aflora la contradicción fundamental. La inteligencia artificial es un producto social en el sentido pleno, levantado sobre el conocimiento humano acumulado y sobre el trabajo de millones, y sin embargo sus frutos son apropiados como propiedad privada por un puñado de monopolios y de Estados. Esta es la contradicción entre el carácter social de la producción y la apropiación privada de sus resultados, reproducida hoy en la fuerza productiva más avanzada de la historia de la humanidad. El problema fundamental reside menos en la máquina misma que en la propiedad de los medios digitales de producción y en el control sobre ellos, y esto es lo que traslada la batalla del terreno de la queja sobre la tecnología al terreno de la lucha de clases.
Conclusión y tareas: hacia una inteligencia artificial al servicio de la humanidad
Si esta dinámica continúa sin una respuesta colectiva asentada en una conciencia de izquierda, progresista y de derechos, y sin leyes y legislaciones internacionales y nacionales que garanticen la justicia y la transparencia digitales y las enmarquen en estructuras sociales y de base, la inteligencia artificial puede convertirse poco a poco, de instrumento en manos del capitalismo, en un sistema que sustituye funciones esenciales de la mente humana y a través del cual se gestiona la vida cotidiana. Esto ha empezado ya a ocurrir mediante el uso excesivo de aplicaciones digitales e inteligencia artificial en la mayoría de los ámbitos de la vida profesional y personal.
Lo que tenemos hoy delante no es un destino tecnológico escrito de antemano. Es el producto de decisiones políticas y económicas que sirven a los intereses del capital, y puede ser combatido, por difícil que resulte. Poner la inteligencia artificial bajo control, regular los algoritmos y someterlos a supervisión democrática es una responsabilidad colectiva que exige trabajo y organización de izquierda, progresistas y de derechos a escala global, junto con el impulso de alternativas digitales comunitarias y participativas que devuelvan a las personas su capacidad de pensamiento autónomo y de acción colectiva, y que hagan de las aplicaciones digitales herramientas auxiliares al servicio de la mente humana en lugar de un sustituto de ella.
Para lograrlo hace falta trabajar por situar la infraestructura de datos bajo el interés público, la administración democrática y la rendición de cuentas social, por convertir los algoritmos de «cajas negras» cerradas en software de código abierto sometido a revisión colectiva y a auditoría independiente, por imponer la transparencia en el diseño de los modelos y en las fuentes de los datos con que se entrenan, y por apoyar alternativas digitales cooperativas propiedad de quienes las usan y de quienes trabajan en ellas. Esta tecnología debería además orientarse a servir a las necesidades de la sociedad y a contribuir a la distribución de la riqueza, la organización de la producción, el tratamiento de las enfermedades, el combate contra la pobreza y la realización de la justicia social.
Sin tales mecanismos, las demandas de leyes, supervisión y regulación siguen siendo generales e insuficientes, y la tecnología sigue siendo rehén de un puñado de corporaciones capitalistas monopolistas y de grandes potencias. En cambio, mediante la propiedad social, la rendición de cuentas y las alternativas cooperativas, se vuelve posible arrancar la inteligencia artificial a la lógica del monopolio y del beneficio y convertirla en propiedad colectiva y en un medio de liberación humana y de servicio a la humanidad, en lugar de un instrumento para esclavizar a la humanidad.
La IA superinteligente no nos matará. Los multimillonarios estúpidos ya se encargan de ello por sí mismos
Los superricos ya han destrozado el planeta en su afán por el poder y el lucro. La IA simplemente les proporciona una nueva herramienta para acelerar su historia —y la nuestra— hacia su dramático final
Jonathan Cook
Resulta extremadamente difícil para la gente corriente —yo incluido, sin duda— evaluar lo que está en juego con los rápidos avances en IA. Pero, por otra parte, como queda cada vez más claro, los principales investigadores en IA tampoco parecen tener muy claro hacia dónde se dirigen las cosas.
Si las empresas de IA logran desarrollar una superinteligencia —tal y como afirman sus altos cargos que será posible en breve—, dicha inteligencia será muy superior a cualquier ser humano en cuanto a su capacidad para resolver problemas. Por definición, nadie tendrá ni la más mínima idea de lo que pueda hacer o de qué se traiga entre manos.
Una superinteligencia autónoma y capaz de mejorarse a sí misma —suponiendo que pueda crearse— se regirá por una lógica y unos objetivos que ni siquiera podemos empezar a comprender. Y parece sensato suponer que probablemente no nos tendrá más en cuenta a nosotros ni a nuestras preocupaciones de lo que nosotros tenemos en cuenta a especies menos inteligentes, como las hormigas o las arañas.
Lo que se necesita ahora —al menos según el principio de precaución— no es tanto un debate científico, que se desarrolla a ciegas, como uno metafísico. Pero, por si no se ha dado cuenta, las sociedades occidentales modernas solo valoran lo material, lo medible y lo rentable.
Las advertencias sobre los graves peligros de la IA dentro de la industria tecnológica no son nuevas. Sin embargo, solían tener escaso impacto en los medios de comunicación o en el discurso público.
Hasta hace poco, la prometida revolución de la IA había suscitado principalmente debates sobre el papel de la tecnología en la desestabilización social, la sustitución de la mano de obra humana y el impacto medioambiental de los centros de datos que surgen por todas partes. Pero esas inquietudes se veían contrarrestadas por el entusiasmo ante el potencial de erradicar enfermedades, aumentar la esperanza de vida humana y garantizar la «abundancia» para todos.
Todo eso cambió este mes. El malestar existente respecto a que la IA reordenara radicalmente nuestras sociedades se transformó en algo mucho más sombrío: las predicciones de que la IA podría acabar con toda la vida humana en el planeta, posiblemente en unos pocos años.
La carrera armamentística de la IA
La alarma se dio a conocer en una publicación viral la semana pasada del investigador en IA Jacob Coxon. Tras dimitir de Anthropic —a la que se suele presentar como la «buena» del sector—, Coxon advirtió de que «las personas que desarrollan la IA creen sinceramente que esta podría acabar con todos nosotros antes de que termine la década».
Añadió que una carrera armamentística en materia de IA entre varias grandes empresas tecnológicas estadounidenses significaba que se habían eliminado las barreras de seguridad diseñadas para garantizar que no perdieran el control sobre cualquier inteligencia general emergente —o, más allá de ello, superinteligencia—.
Resulta inquietante que su jefe directo en Anthropic respondiera a su publicación mostrándose de acuerdo. Este estimó que las probabilidades de que la IA provoque la extinción de la humanidad en la próxima década superan el 10 por ciento. Cuánto más, quedó sin respuesta.
Otras figuras destacadas del sector, como Geoffrey Hinton, el «padrino» de la IA, se han hecho eco de los agoreros.
Sus preocupaciones no son meramente teóricas. Por lo que sabemos hasta ahora, OpenAI —los creadores de ChatGPT— perdió temporalmente el control durante el verano en al menos un experimento importante con lo que se denomina «agentes de IA».
Más de 1.000 agentes —piense en «cerebros» de IA independientes— se escaparon de sus entornos aislados individuales durante el estudio y comenzaron a colaborar entre sí formando lo que se conoce como un «enjambre».
Ocultaron sus huellas, intentaron invadir una parte del mundo real de la red y desarrollaron sus propios objetivos. Afortunadamente para OpenAI —y para nosotros—, la inteligencia limitada de estos agentes de IA hizo que su fuga fuera descubierta y contenida.
Se presume que, con IA más avanzadas, el resultado podría haber sido menos favorable.
Y no se trató de un caso aislado. Otros incidentes recientes similares están saliendo a la luz.
Pero lo que falló exactamente sigue siendo en gran medida un misterio —sin duda para los ajenos al asunto y, posiblemente, para la propia OpenAI—. Estas empresas privadas son precisamente eso: privadas. Cada una de ellas es una caja negra.
A diferencia de lo que ocurre con un accidente aéreo o una explosión en una planta química, no existe ningún organismo gubernamental cuya función sea investigar este tipo de incidentes —y, aunque lo hubiera, es probable que tuviera aún menos idea de lo que ocurrió, y por qué, que las propias empresas de IA—.
En respuesta a la creciente indignación, los titanes empresariales de la IA —Dario Amodei, de Anthropic; Sam Altman, de OpenAI; Demis Hassabis, de Google DeepMind; y Elon Musk, de xAI— se ofrecieron voluntariamente en una inesperada muestra de unidad. Coincidieron en que era necesario ralentizar el desarrollo de la IA y en que debían incorporar evaluadores externos para supervisar la seguridad.
El presidente Donald Trump, por su parte, desestimó la idea de imponer restricciones alguna a la IA. Su «alto coeficiente intelectual» nos protegería de una IA superinteligente, aseguró al mundo.
La extinción humana
Paradójicamente, en un mundo de creciente incertidumbre y desorientación —una confusión que la IA no hace más que amplificar—, las crecientes preocupaciones del sector ya se están descartando como exageraciones.
Para algunos, el alarmismo actual es una estratagema para convencer a los inversores de que la IA va a ser tan poderosa, tan revolucionaria, que no pueden permitirse perdérsela. Desde este punto de vista, la superinteligencia es, en realidad, un tigre de papel. Nos están engañando con una estafa del sector para inflar el valor de mercado de esta tecnología.
Pero…
Las pruebas sugieren que las empresas de IA estaban dispuestas a mantener fuera del foco de atención sus recientes problemas para controlar la tecnología, hasta que los denunciantes y otras personas sacaron a la luz sus fallos.
En el pasado, estas empresas han ejercido una intensa presión para frustrar la intervención legislativa que estas revelaciones han hecho ahora más probable.
Y las noticias sobre agentes de IA fuera de control parecen estar asustando a los inversores más que impresionándolos, y ello en un momento en el que Anthropic se prepara para sacar provecho de la mayor oferta pública de la historia, valorada en 2 billones de dólares.
Existe una explicación doble, y más probable, de por qué Amodei, Musk y los demás han hecho pública su inquietud.
En primer lugar, son conscientes de la necesidad de mantener el apoyo del público y tranquilizar a los políticos si quieren evitar una regulación externa.
Ante las advertencias sobre una inminente extinción humana —con las que la mayoría de nosotros estamos más que familiarizados gracias a las películas de ciencia ficción—, la gente corriente está empezando a temer que la IA pueda ser algo mucho más que una respuesta aislada y seleccionada en una búsqueda de Google.
La preocupación del sector es que, a medida que crezca la reacción popular, la clase política se vea sometida a una presión inmensa para actuar.
Si el sector tecnológico se muestra dispuesto a poner orden en su propia casa, es más probable que se le deje en paz para que persiga un avance revolucionario en materia de IA.
Pero, lo que es igualmente importante, Silicon Valley necesita tranquilizar a sus propios investigadores asegurándoles que está actuando de forma responsable y evitando riesgos.
Cada empresa compite por un grupo muy reducido de talentos para ser la primera en desarrollar la superinteligencia. Cada director ejecutivo quiere ser quien descifre el código y se haga con una riqueza y un poder incalculables. Esa tarea se complica enormemente si el personal clave —personas como Coxon— empieza a abandonar sus puestos por temor a estar a punto de crear un monstruo de Frankenstein.
Los directores generales que participan en esta carrera son, por supuesto, precisamente el tipo de empresarios profundamente imperfectos, narcisistas y que no hacen prisioneros, propensos a anteponer el poder y la fortuna personales al bien de la humanidad.
El éxito confirmará su estatus de semidioses y les dará libertad —según su propia justificación de relaciones públicas— para transformar la vida humana para mejor.
A menos que todo salga terriblemente mal.
El club de los multimillonarios
Los «pioneros» de la IA, recuerden, proceden del mismo pequeño club de multimillonarios que desmanteló la regulación financiera a lo largo de los años ochenta y noventa, impulsando el capitalismo neoliberal hasta tal punto que este se derrumbó en 2008. Como ya debería quedar claro a estas alturas, nuestras economías no se están recuperando.
Estos magnates tecnológicos proceden del mismo reducido club de multimillonarios que también aceleró el colapso de los ecosistemas de la Tierra al negarse a aceptar ningún límite a su derecho a saquear recursos y amasar una riqueza cada vez mayor.
La clase multimillonaria es la que dirige nuestras gigantescas industrias bélicas, devoradoras de combustibles fósiles y genocidas, que han arrasado Gaza, que maniobraron para convertir a Ucrania en el campo de batalla de Occidente con el fin de desangrar a Rusia, y que han provocado que Irán se vea abocado a una guerra defensiva que ha cortado gran parte del suministro mundial de petróleo. Ahora están dirigiendo su mirada hacia China.
En resumen, los multimillonarios han contribuido a provocar las mismas catástrofes que ahora prometen que la IA superinteligente podrá resolver. Las riquezas incalculables que desatará la IA se filtrarán, supuestamente, desde los superricos hasta el resto de nosotros —tal y como se suponía que harían nuestras economías desreguladas, tal y como se supone que están haciendo nuestra continua violación y saqueo del planeta—.
Con la IA, según nos informan, los recursos finitos de la Tierra pueden hacerse infinitos mediante la creación de una mano de obra incansable de robots autorreplicantes.
Con la IA, el deshielo de los glaciares y el sobrecalentamiento de los océanos en nuestro planeta agotado y dañado pueden revertirse mediante soluciones tecnológicas superinteligentes.
Si se cree una sola palabra de esto, es que necesita que le examinen la cabeza.
Permitir que nuestros gobernantes tecnológicos desarrollen la superinteligencia equivale a entregarle a un niño pequeño una botella de lejía para que limpie el desastre que ha montado con sus lápices de colores.
Sin embargo, sin duda confiaremos en ellos.
Superar a China
Es posible que se pueda crear una superinteligencia autónoma que decida resolver un problema, o acumular recursos, de formas incompatibles con la supervivencia de los seres humanos.
Pero, si la historia sirve de guía, esa no es la amenaza más probable que plantea la IA. La cuestión de la superinteligencia podría acabar siendo una pista falsa.
Nuestra clase dirigente ha demostrado una y otra vez que es perfectamente capaz de destrozar nuestras sociedades y el planeta por sí sola. No hace falta un supercerebro extraterrestre, creado en un laboratorio.
El peligro inmediato de la IA es que, incluso en su forma actual, «tonta», proporciona a la clase multimillonaria la capacidad de causar daño a una escala que, dejando de lado las armas nucleares, antes habría sido inimaginable.
La carrera por la IA —al menos en Occidente— no está impulsada por el deseo de mejorar la humanidad ni por el bien público. Se ve impulsada a una velocidad vertiginosa por el deseo de unos pocos de obtener aún más poder y beneficios, fruto de una codicia tan humana.
Mientras los titanes de la IA murmuran algo sobre tomar precauciones, Trump —o quienquiera que le suceda— permitirá casi con toda seguridad que el sector siga estando en gran medida sin regular. ¿Por qué?
Dejemos que sea el propio Trump quien lo explique: «Lideramos a China en materia de IA. Somos el país más sofisticado del mundo y, francamente, quiero que siga siendo así. Porque quien gane en IA, gana».
No es, ni mucho menos, el único. He aquí a Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes, haciéndose eco de Trump: «Si el Congreso se precipita y convoca algún tipo de sesión de emergencia para intentar regular la IA, perderemos la carrera frente a China, y eso supone una amenaza para todos y cada uno de los estadounidenses».
Al igual que ocurre con la mayoría de los temas importantes en la farsa bipartidista de la política estadounidense, no se trata de una cuestión partidista. Dado su posicionamiento político, la mayoría de los políticos del Partido Demócrata sienten la necesidad de lanzar mensajes tranquilizadores a sus votantes sobre el mantenimiento de las medidas de seguridad (medidas que, recordemos, no existen), al tiempo que siembran el miedo sobre los peligros de que China alcance primero la superinteligencia.
Según Anthony Blinken, secretario de Estado del Gobierno de Joe Biden: «Estados Unidos no tiene por qué elegir entre liderar la carrera de la IA frente a China y tomarse en serio los profundos riesgos que conlleva esta tecnología. Podemos hacer ambas cosas, y creo que debemos hacerlo».
Con un toque de paranoia, el senador John Fetterman afirma: «Debemos ganar la guerra por la supremacía en IA frente a China. Ellos fomentan el argumento “en contra” a través de la desinformación».
Deseo de muerte
La importancia de esta carrera —su subtexto— rara vez se articula más allá de esas frases «patrióticas» de efecto. Pero todos sabemos a qué se refieren Trump, Johnson y Fetterman.
No se trata de una carrera nueva. Es la continuación de una desastrosa carrera imperial por la supremacía tecnológica cuyos orígenes se remontan, como mínimo, al desarrollo de la bomba atómica hace casi un siglo.
Continuó a través de la rivalidad por ser los primeros en alunizar. Actualmente se manifiesta en la doctrina del Pentágono de «dominio militar global en todo el espectro», la justificación de las interminables guerras por el control de los recursos en el Oriente Medio, rico en petróleo, que han culminado en el actual y catastrófico enfrentamiento con Irán.
China da todas las señales de tratar la IA no como una carrera por el dominio mundial ni como un juguete de una minúscula élite adinerada, sino como un proyecto social planificado: como un servicio público. Su modelo de infraestructura pública de código abierto para la IA ofrece un marcado contrapunto al modelo de «el ganador se lo lleva todo» y «aplastar al enemigo a toda costa» defendido en Occidente.
Pero no es solo China la que está en el punto de mira de nuestros magnates tecnológicos.
Lo que la IA hace por los multimillonarios es, en primer lugar, brindarles una oportunidad más para convencer a su propia población de que van a resolver precisamente los problemas que ellos mismos han creado con sus complejos de dios. Sus extravagantes promesas les permiten ganar un poco más de tiempo, mientras los cimientos del templo occidental del dinero —el sistema neoliberal y capitalista que les ha enriquecido— comienzan a desmoronarse de forma demasiado evidente.
Y, en segundo lugar, les proporciona —a ellos y al Pentágono— un nuevo conjunto de herramientas que necesitarán, una vez que por fin nos demos cuenta en número suficiente de que nos estamos hundiendo, para mantenernos en nuestro sitio.
La IA no necesita llegar a ser superinteligente para convertir nuestras sociedades en un infierno distópico de vigilancia, represión y destrucción. Basta con fijarse en Gaza, donde la IA «tonta» ha desempeñado un papel protagonista en la destrucción de ciudades, la matanza masiva e indiscriminada de la población, el confinamiento y la vigilancia de los supervivientes y —quizá lo más importante— la división de los observadores occidentales en bandos tribales enfrentados, en los que ni siquiera podemos ponernos de acuerdo sobre lo que tenemos tan claramente ante nuestros ojos.
La IA «tonta» ya es lo suficientemente eficaz tal y como es para que los multimillonarios la utilicen, de forma involuntaria o no, para acelerarnos en nuestra trayectoria actual hacia la extinción.
La adoración de la tecnología, la adoración del crecimiento ilimitado y la adoración del exceso nos han llevado a un callejón sin salida en el viaje de la humanidad por este planeta. La IA no solucionará eso. Simplemente agravará nuestros problemas, añadiendo otro factor desencadenante a las guerras existentes, a la amenaza de aniquilación nuclear y al colapso medioambiental.
Los multimillonarios ya han arruinado el planeta. No están dispuestos a admitir que se equivocaron ni a cambiar de rumbo. Pero la IA sí que les proporciona un nuevo juguete para acelerar su historia —y la nuestra— hacia su dramático final.
Fuente: Substack del autor, 16 de septiembre de 2026 (https://jonathancook.substack.com/p/super-intelligent-ai-wont-kill-us)
La inteligencia artificial en manos del pueblo: el experimento de Rongjiang
Rongjiang, que en su día fue uno de los condados más pobres de China, está convirtiendo los teléfonos inteligentes, la capacitación masiva y la organización colectiva en un experimento de inteligencia artificial centrada en el pueblo.
Rongjiang es un pequeño condado plegado entre las montañas del suroeste de Guizhou, uno de los últimos de China en salir de la pobreza extrema: cruzó esa línea recién el 23 de noviembre de 2020, y todavía en 2022 su producción per cápita se situaba en alrededor de un tercio del promedio nacional. “Ocho partes de montaña, una de agua, una de campo” es como un viejo dicho de las tierras altas describía la geografía de Guizhou, la única provincia de China sin llanura. Sus valles son estrechos y aterrazados, y sus aldeas se extienden a lo largo de los ríos y las crestas, al pie de la Montaña de la Luna. Nunca hubo aquí mucha tierra para producir riqueza, ni un camino fácil para transportar la poca que se producía.
El Ejército Rojo cruzó estas montañas en 1934, en la marcha que lo llevaría hacia el norte. El fútbol llegó una década después, traído por estudiantes de la Universidad de Guangxi, evacuados a Rongjiang para escapar de la agresión japonesa. Desde entonces, en estas ocho décadas, la población local ha organizado sus propios partidos casi todos los años.
En mayo de 2023, esa tradición encontró una nueva expresión en Cun Chao, la Superliga de la Aldea: un torneo organizado por la población, jugado por la población y visto por la población. A pocas semanas de su lanzamiento, las tribunas del estadio ya se llenaban a reventar, y las imágenes difundidas por las plataformas de videos cortos atrajeron la mirada de todo el país y luego del mundo entero. Nada de esto ocurrió por sí solo. Llenar un estadio cada fin de semana, mantener el orden, garantizar la transmisión: todo eso exigió una capacidad organizativa que el condado no había necesitado antes.
Esta capacidad organizativa se convirtió en motor de resultados económicos reales. Los ingresos por turismo pasaron de 8.400 millones de yuanes en 2023 a 10.800 millones en 2024, y el producto interno bruto del condado alcanzó los 10.496 millones de yuanes en 2024, lo que representa un aumento del 9,5 %. La liga generó más de 2.700 nuevas entidades de mercado, más del 30 % del total de nuevas entidades de toda la prefectura, y el ingreso colectivo de las aldeas pasó de 58,9 millones de yuanes en 2022 a 121 millones en 2024.
También abrió una puerta a algo completamente distinto. Desde 2023, el condado se propuso una tarea poco común: poner la inteligencia artificial (IA) en manos de la población. No construyó ningún gran modelo de lenguaje, ningún centro de datos ni ninguna planta de semiconductores. Lo que sí construyó es su pueblo: organizado en oficinas de gobierno, aldeas y empresas, de modo que residentes que nunca habían escrito una línea de código —entre ellos agricultores de edad avanzada y cuadros de aldea— usan hoy la IA en su trabajo cotidiano.
La construcción de las condiciones institucionales y materiales
El experimento fue posible gracias a condiciones construidas en múltiples niveles.
Cun Chao no fue un proyecto tecnológico, sino una hazaña organizativa, y la estructura organizativa ya estaba en pie antes de que se pateara el primer balón. En octubre de 2021, año y medio antes de ese primer partido, el condado estableció un pequeño grupo de liderazgo para los nuevos medios y el comercio electrónico rural, encabezado conjuntamente por el secretario del Partido del condado y el gobernador del condado. En un condado chino, el comité del Partido dirige y los departamentos de gobierno administran, y esos departamentos —agricultura, comercio, cultura y turismo— tienen cada uno responsabilidad sobre una parte de cualquier nueva iniciativa; un pequeño grupo de liderazgo es la forma en que un comité del Partido concentra los esfuerzos de distintos departamentos en una tarea común. En este caso, los dos funcionarios de más alto rango del condado asumieron ellos mismos la dirección, uno del Partido y otro del gobierno, lo que dejó a los nuevos medios en el primer lugar de la agenda.
Bajo la dirección de ese grupo, el condado estableció un equipo de trabajo a nivel del condado, un centro de servicios de nuevos medios en cada municipio y una estación de servicios de nuevos medios en cada aldea; además, creó una empresa de nuevos medios, una empresa estatal del condado con participación de socios privados. El resultado fue una cadena organizativa única que vincula tres capacidades distintas pero complementarias: la dirección del Partido, la movilización de base y la actividad de mercado. El comité del Partido aportaba el liderazgo político; los cuadros de base llegaban a cada hogar; las empresas y comerciantes privados conectaban la producción con el mercado. Cuando Cun Chao comenzó, en mayo de 2023, el condado creó una Oficina dedicada a Cun Chao, además de esa estructura ya existente, para movilizar a los cuadros, coordinar la seguridad y mantener alimentados los canales de comunicación en los tres niveles al mismo tiempo.
Cuando el condado se orientó más tarde hacia la IA, el mecanismo ya había registrado 35.000 participaciones —un recuento de instancias de capacitación, no de individuos únicos— a partir de la capacitación en nuevos medios, y había creado más de 2.000 equipos locales de transmisión en vivo y más de 12.000 cuentas de nuevos medios.
Rongjiang llama a este viraje las ‘tres nuevas ruralidades’: que el teléfono se convierta en la nueva herramienta agrícola, que los datos se conviertan en el nuevo insumo agrícola y que la transmisión en vivo se convierta en el nuevo trabajo agrícola. Como lo expresa el secretario del Partido Xu Bo, el objetivo es convertir a Cun Chao en una nueva fuerza productiva de calidad para la industria local. Las nuevas tecnologías solo aumentan las fuerzas productivas una vez que las relaciones de producción cambian para dar cabida a ellas; la tecnología por sí sola no basta; primero deben cambiar las estructuras sociales para que pueda funcionar. Liderado por el comité del Partido y sostenido por la propia población, el condado ha llevado adelante esta transformación reconfigurando quién se capacita para usar las herramientas, quién administra la cuenta que alimentan y quién se queda con lo que genera una venta.
Las bases materiales de todo esto se habían sentado a nivel nacional. A través de la campaña de alivio de la pobreza, el Estado llevó carreteras, electricidad y banda ancha a lugares que el mercado nunca había alcanzado, para poder conectarlos a él: hacia finales de 2020, todo municipio y aldea administrativa elegible en los condados pobres contaba con una vía pavimentada, un servicio de autobús y una ruta postal; la electricidad confiable, la banda ancha de fibra óptica y la red 4G se habían extendido por todo el campo, con la fibra y el 4G cubriendo más del 98 % de las aldeas pobres; y los servicios de comercio electrónico llegaron a todos los condados pobres. Solo una vez que existieron estas condiciones materiales pudo la transformación digital convertirse en una estrategia realista de desarrollo rural: primero el comercio electrónico, después la IA. Uno de los instrumentos que llevó todo esto a condados como Rongjiang es la asistencia emparejada, que vincula a una provincia o unidad de trabajo costera con un condado del interior y hace circular por ese vínculo personas, dinero y tecnología. Se remonta a una decisión central de 1979, al inicio de la reforma y la apertura, siguiendo la estrategia de Deng Xiaoping de permitir que algunas regiones se enriquecieran primero para luego llevar al resto a ese nivel. Rongjiang aplicó más tarde la misma lógica a la capacitación en IA, emparejando a quienes tenían mayor capacidad digital con quienes tenían menos experiencia.
Una vez sentadas esas bases materiales, la IA se convirtió en la siguiente etapa de la estrategia nacional de desarrollo. Esta transición se apoyó en una agenda digital rural anterior: el Esquema de Desarrollo de Aldeas Digitales (16 de mayo de 2019) ya había señalado “la mejora de las capacidades de información moderna del campesinado” como una dirección estratégica. El 26 de agosto de 2025, el Consejo de Estado publicó sus Opiniones sobre la implementación profunda de la Iniciativa “IA Plus”, que propuso seis líneas de acción en ciencia, industria, consumo, bienestar de la población, gobernanza y cooperación global, y se comprometía a reforzar la planificación unificada de la capacidad de cómputo inteligente. Apoyándose en la variable de la adopción de herramientas digitales por parte de la población, en lugar del capital o el hardware que suelen considerarse decisivos, el condado organizó a su población para aprovechar esa apertura en sus propios términos. Tradujo estas prioridades nacionales en un plan de movilización local, expresado en una regla mnemotécnica que llama el sistema de objetivos “1-2-3-4-5”, que ilustra cómo un gobierno local traduce una estrategia tecnológica nacional en participación de las masas:
- Un referente. Para fines de 2027, haber convertido a Rongjiang en un condado de referencia nacional para el aprendizaje y la aplicación generalizados de la IA.
- Dos pilares de apoyo. Un cuerpo de 300 especialistas técnicos locales y 30.000 “pioneros en la aplicación”, formados en al menos 5 escenarios concretos de aplicación de la IA. Los 300 no son una élite, sino que provienen de todos los sectores del condado: cuadros, funcionarios públicos, docentes, personal de empresas, cuadros de las aldeas y graduados que regresan al condado. Se trata de un proceso de formación orgánica, no de contratación: cada uno de los 300 capacita a 10, cada uno de esos 10 capacita a 100, hasta llegar a los 30.000.
- Tres coberturas totales. Cobertura del 100 % en capacitación de las oficinas de gobierno; cobertura del 100 % en alfabetización básica en IA para las aldeas administrativas; cobertura del 100 % en la aplicación de escenarios en todos los sectores.
- Vinculación en cuatro niveles. Una red de aplicación y promoción de la IA en cuatro niveles, que va del condado al municipio, a la aldea y a la empresa.
- Cinco categorías de beneficio. Ganancias medibles en la eficiencia de los servicios de gobierno, en la satisfacción turística, en la cobertura de recursos educativos de calidad, en la precisión del diagnóstico médico y en la reducción de costos empresariales, resumidas en el lema: cada aldea cuenta con una mano de IA; cada oficio tiene un ejemplo de IA; cada tarea cuenta con una capacidad de IA.
La IA en cuatro frentes de la revitalización rural
El condado pone la IA al servicio de su pueblo, de su trabajo y de su día a día; la aplica a la tarea concreta de la revitalización rural en cuatro frentes.
1. La IA reduce el costo de hacerse visible
Antes de que la IA y los nuevos medios llegaran al campo, los productos de una aldea rara vez salían de las montañas, porque la única vía real para llegar al mercado era llevar la cosecha al pueblo más cercano y venderla allí. Los campesinos no tenían ni el capital ni la destreza para presentar sus productos de forma atractiva o promocionarlos más allá de su entorno, y crear un afiche o un video promocional decente exigía contratar un equipo profesional que pocas personas podían costear. Para hacer la IA accesible más allá de quienes ya eran especialistas, el condado capacitó primero a la población en la producción práctica de contenido con IA, invitando a profesionales externos a enseñar flujos de trabajo sencillos con herramientas de IA de uso corriente y organizando concursos en todo el condado para fomentar la experimentación. La IA reduce el costo de hacerse visible. Con poco más que un teléfono inteligente, la población puede ahora generar y pulir su propio material promocional —un afiche, un video corto, una animación— y distribuirlo en las mismas plataformas que transmitieron la liga. Hacer un cortometraje para promocionar a Cun Chao, algo que hasta hace poco estaba fuera del alcance de aldeano promedio, es ahora asequible y fácil de aprender, y ese mismo material ahora también lleva al mercado los productos de otros habitantes de la aldea.
Producir manualmente suficientes videos de buena calidad para miles de cuentas resultó ser un proceso lento y costoso, y el tráfico que generaba era irregular; así que el condado integró la edición con IA y la distribución a gran escala en su sistema de nuevos medios, operado por la misma población que capacita como promotores de nuevos medios de la liga, lo que les permite producir y hacer circular contenido promocional a una velocidad y un volumen que el método anterior no podía igualar. Cuando hay un partido, lo graban y suben las imágenes, y el sistema redacta los subtítulos y edita el video hasta dejarlo terminado en menos de media hora. La distribución se hace tan simple como la producción: con solo tocar el dispositivo de publicación instalado en el lugar, o escaneando un código QR, el video se publica en Douyin, el TikTok de China, en cuestión de segundos. Los videos promocionales ahora llevan incorporados enlaces de distribución de productos locales, de modo que la misma circulación que difunde las historias del condado también genera ventas y comisiones para quienes las comparten.
2. La IA alivia la carga de los cuadros de base
Las cargas crónicas de los cuadros de base —la redacción de informes y avisos, la compilación de tablas estadísticas, la escasa difusión de las políticas, la respuesta lenta a los reclamos, el peso abrumador del trabajo administrativo— se alivian al integrar la IA directamente en el flujo de trabajo. Redacta los informes y elabora las actas de reunión y, más valioso aún, traduce el registro oficial de políticas a un lenguaje sencillo que la población puede seguir, lo que facilita mucho comunicar las políticas. El condado informa que un cuadro que antes dedicaba medio día a un borrador ahora lo termina en media hora, y le queda solo adaptarlo al contexto local y pulirlo, en lugar de armarlo desde cero. Las cifras del municipio de Zhongcheng son claras: solo en los primeros dos meses y medio de 2025, su red de monitoreo a nivel de aldea detectó disputas con tiempo de antelación suficiente para que el personal resolviera 16 de ellas antes de que escalaran, las proyecciones asistidas por IA alimentaron los planes de 19 proyectos, y los cuadros ahorraron unos 2 días de trabajo cada uno. La oficina de auditoría del condado, por su parte, tiene su propia rutina de aprendizaje con modelos nacionales económicos y ya disponibles en el mercado.
3. La IA convierte el talento local en un motivo para volver
Donde las políticas rurales suelen lamentar la fuga de la juventud, el programa intenta invertir esa tendencia, de modo que dominar la IA, así como los cortometrajes y animaciones que atraen cientos de miles de vistas, se conviertan en una ocupación atractiva y rentable por la que vale la pena volver a casa y quedarse, dirigida a la juventud que regresa, a las mujeres que permanecen en las aldeas y a quienes comercian por cuenta propia. Liu Qinlan es un ejemplo del condado: maestra de jardín de infantes que ganaba poco más de 2.000 yuanes al mes; ella y su esposo dejaron sus empleos en la ciudad y regresaron a casa cuando Cun Chao se hizo viral en mayo de 2023. Empezó tratando de vender los productos locales —fruta luohan, té verde y blanco, pescado y carne en escabeche— y aprendió a grabar, editar y transmitir en vivo desde cero, gracias a la capacitación del condado. Conocida en línea como “Lan Lan, la hermana Miao” de Cun Chao, hoy dirige un taller de batik junto a la cancha de Cun Chao, que recupera las tradiciones textiles indígenas de la región y da trabajo, sin que tengan que salir de sus aldeas, a más de 180 bordadoras y tintoreras. En 2025, sus líneas de batik y bordado vendieron más de 2 millones de yuanes.
4. La IA lleva la cultura local más allá de las montañas
Cun Chao se nutre de sus propias culturas campesina, obrera y étnica. Formadas por vendedores, agricultores, alicatadores, carniceros y obreros, sus aldeas bautizan a sus equipos según lo que cultivan o hacen: un equipo Fruta Luohan, un equipo Maracuyá, un equipo Mirto, un equipo Casas de Huéspedes, un equipo Rafting, un equipo Fideos de Arroz, e incluso uno que se llama simplemente “los comunes”.
El equipo ganador no se lleva dinero a casa, sino los propios productos del condado: en 2026, el equipo campeón se llevó una vaca guanling, el subcampeón un esturión de Guizhou y el tercer lugar, una caja de pato local. Más del 80 % de la población de Rongjiang pertenece a las minorías étnicas miao, dong, shui y yao, cuna de tradiciones como el Gran Canto de los Dong (canto coral), el teñido tradicional con índigo y las torres de tambor. Pero estas tradiciones —campesina, obrera, de minoría étnica, e incluso el propio festival de Cun Chao— sobreviven solo en la medida en que se ven y se usan. Por eso, la animación con IA, los videos cortos y la generación de humanos digitales se emplean para llevar todo esto —productos, comercio y patrimonio por igual— fuera de las montañas y hacia la circulación nacional, y de ahí a la lógica comercial del turismo cultural. A nivel provincial esto ya es una capa en funcionamiento: una plataforma de humanos digitales y guías inteligentes de Cun Chao ofrece servicios de guía turística con IA vinculados a la liga y al Gran Canto de los Dong, mientras que la capacitación empresarial del condado utiliza la marca Cun Chao, los cultivos especiales y el patrimonio como casos de estudio prácticos.
Capacitación de masas a la medida
El experimento de Rongjiang se basa en su método de enseñanza, el medio por el cual una herramienta desconocida llega a agricultores, comerciantes y cuadros con poca capacitación formal. Su lógica se mantiene de principio a fin: enseñar a cada persona solo lo que su propio trabajo requiere, mantener cada lección reducida a lo que realmente se puede hacer, y dejar que quienes ya aprendieron enseñen a quienes aún no lo han hecho.
Nada se enseña de manera genérica. El condado divide a las personas que capacita en grupos, cada uno con su propio programa: para los cuadros, el de gobernanza; para los comerciantes, el de ingresos; para la juventud y quienes conservan el patrimonio, el de creación cultural. El mismo cuidado se aplica a la hora de asignar la tarea a una persona, de modo que nadie, insiste el condado, se vea obligado a aprender algo que no puede aplicar.
El condado enseña la IA como una habilidad práctica y no como una disciplina técnica. Los algoritmos, la programación y el funcionamiento interno de los modelos quedan de lado, en favor del uso de aplicaciones de IA nacionales y de la redacción de prompts sencillos. Una persona experta visitante puede traer mil aplicaciones posibles de la IA, pero la tarea de quien capacita localmente es reducirlas a las dos o tres que se ajustan a las necesidades locales y a la demanda del mercado. El condado, por lo tanto, estandariza su capacitación en torno a tres cursos prácticos: redacción de documentos con IA, producción de videos cortos con IA y creación visual con IA. La misma filosofía dio forma a uno de los cursos más recientes del condado, sobre cómics dramatizados con IA, en junio de 2026, para 60 jóvenes que regresaban al condado, artesanas y artesanos del patrimonio, y pequeños emprendedores: fue diseñado para principiantes absolutos, puso el énfasis en la producción práctica y conectó el patrimonio cultural local directamente con la creación de contenido digital orientado al mercado.
El aprendizaje se entiende más como un ritmo que como un evento. Cada viernes por la noche, quien capacita imparte una sesión transmitida en vivo, una clase que puede atraer a 200 o 300 espectadores o, algunas noches, a solo uno. Incluso uno solo se considera valioso, porque una persona a la que se ayuda es una persona más con más capacidad. Desde 2025, la transmisión semanal no se ha interrumpido.
La enseñanza aplica la misma lógica de la asistencia emparejada: quienes aprenden primero enseñan al resto, con cuadros jóvenes emparejados a personal de mediana edad y mayor para cerrar la brecha digital. Los registros lo confirman. El municipio de Zhongcheng designó a 12 funcionarios de promoción tecnológica y estableció 42 parejas de tutoría, y una sola ronda de capacitación centralizada cubrió a 98 cuadros. En la ciudad de Bakai, más de 60 cuadros se capacitaron en 4 escenarios de trabajo: gestión inteligente de documentos, modelado de datos poblacionales, alcance de nuevos medios y despliegue de respuestas a emergencias, con quienes ya se habían capacitado enseñando al resto, de modo que los cuadros de la aldea pudieran operar los sistemas por sí mismos.
Si el emparejamiento lleva la destreza de una persona a la siguiente, una cadena de cuatro niveles lleva el plan mismo desde el condado hasta cada instancia, donde el condado, el municipio, la aldea y la empresa a cargo, cada uno, tiene una tarea distinta.
- El condado diseña. Fija el plan, moviliza a quienes enseñan, construye los casos de estudio e impulsa el trabajo a través de reuniones semanales de planificación que exigen rendición de cuentas a los niveles inferiores.
- El municipio ejecuta. Dirige la capacitación de las masas de rutina y los ejercicios de los cuadros.
- La aldea es la primera línea. Es donde se capacita a la población y se descubren las aplicaciones útiles a nivel local.
- La empresa convierte la capacidad en ingresos. Al final de la cadena, integra la IA con el turismo cultural, la agricultura y la artesanía.
Es esa cadena, al igual que el plan de estudios, la que convierte una directiva emitida en la capital del condado en una lección en marcha en una aldea.
Todo esto se apoya en una disciplina de proyecto reconociblemente propia de un Estado movilizador, expresada como un ciclo cerrado de cinco pasos para aterrizar el programa en cualquier aldea o unidad.
- Diagnóstico y preparación. Un inventario de la industria local, los puntos críticos de la gobernanza, la estructura demográfica y la base digital produce un plan a la medida, usando la “reunión de lluvia de ideas” —el instrumento del condado, heredado de las campañas de la liga— para identificar inquietudes y posibles desafíos antes de que se conviertan en obstáculos reales para la implementación.
- Formación del núcleo. Primero se capacita al grupo central de pilares técnicos, los mismos 300 nombrados en el plan “1-2-3-4-5”.
- Capacitación universal mediante el método en cascada. Ese grupo central luego difunde la capacitación en cascada, con cada núcleo técnico enseñando al siguiente nivel, hasta alcanzar a la población en general.
- Aplicación por escenarios. La capacitación y la aplicación avanzan juntas, de modo que cada lección se ancla en una tarea real en vez de quedarse en lo abstracto.
- Revisión y mejora de la calidad. Se evalúa qué funcionó y qué no, y la siguiente ronda del ciclo se ajusta en consecuencia.
La Larga Marcha de la era de la IA
Gran parte del Sur Global observa con inquietud la expansión de la IA generativa: se teme que profundizará la dependencia de los países más pobres respecto a un puñado de empresas del núcleo rico, que elevará el costo de carbono del cómputo y que acelerará el desplazamiento de la fuerza de trabajo. Ninguna de estas preocupaciones está fuera de lugar. Pero el miedo por sí solo no resuelve nada, y la pregunta más difícil es qué puede hacer realmente, con la tecnología tal como está, un lugar sin capital, sin hardware avanzado y sin un modelo propio.
La respuesta de Rongjiang empieza por el costo. El proceso no se ejecuta en el dispositivo de quien lo usa. El capital pesado está en la nube, financiado por empresas como Doubao y DeepSeek, que desarrollan los modelos, y por la infraestructura de estados lejanos a la Montaña de la Luna, y lo único que necesita la persona del pueblo es un teléfono inteligente común y el saber cómo hablarle al modelo.
El hecho de que el Estado se encargue de la computación es una cuestión de política, y la Iniciativa “IA Plus” incluye “reforzar la planificación unificada de la capacidad de cómputo inteligente” entre sus pilares. El modelo base, además, se ha vuelto producto básico: cada uno es sustituible por el siguiente, y los usuarios rurales no están atados a un único proveedor, de modo que si una herramienta se retira o se degrada, otra ocupa su lugar. La sustituibilidad no deja dónde alojar la renta de monopolio, y lo que queda es un costo competitivo ordinario: la difusión de la producción que la propia trayectoria de desarrollo de China ha opuesto a la extracción de rentas del monopolio tecnológico.
Sin embargo, ni siquiera un teléfono inteligente puede darse por sentado en todas partes. Rongjiang ha enfrentado esa dificultad de manera directa. Cuando llevó por primera vez los nuevos medios a las aldeas, muchos teléfonos eran demasiado viejos para usar las aplicaciones. Su respuesta no fue esperar a que todo el mundo estuviera equipado, sino empezar con la minoría dispuesta que ya lo estaba, permitirles ganarse la vida con ello, y dejar que su ejemplo atrajera al resto.
La juventud que regresó a sus aldeas y utilizó la IA y los videos cortos para vender artesanías que nunca antes habían encontrado compradores —algunos obteniendo un ingreso considerable— atrajo a las mujeres mayores que elaboraban esos productos. A medida que esas mujeres empezaron a ganar dinero, se compraron sus propios teléfonos y empezaron a grabar vídeos. El círculo se amplía junto con los ingresos.
¿Qué podría entonces propagarse? No la máquina, ya que Rongjiang no posee ninguna, sino el método: una forma de organizar a la población en torno a nuevas fuerzas de producción. El vehículo institucional ya existe. El 10 de noviembre de 2025, el condado y la Universidad Normal del Este de China inauguraron la Escuela del Sur en la aldea de Toutang, en la localidad de Guzhou, como una plataforma para la comunicación internacional sobre el alivio de la pobreza y la revitalización rural. Esta se inauguró en un contexto más amplio: el Foro Académico del Sur Global 2025 (Shanghái, 13 y 14 de noviembre de 2025), coorganizado por el Instituto Tricontinental de Investigación Social, acogió un panel sobre soberanía digital e IA en el Sur Global, y contó con la participación amplia de organizaciones como el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST) de Brasil. El método ha empezado a circular allí donde también los movimientos, y no solo los gobiernos, pueden apropiárselo.
La lucha del Sur Global por la soberanía digital suele imaginarse como la construcción de una infraestructura propia completa: sus propios chips, sus propios modelos, sus propios centros de datos. Para la mayor parte de la periferia, todo ese entramado está hoy fuera de alcance, y una soberanía de ese tipo, si es que llega, se ganará de forma colectiva y no por un país pobre en solitario.
Rongjiang trabaja una capa distinta de la misma lucha. La propiedad de la maquinaria no es algo que un solo condado pueda asegurar por sí mismo; lo que sí puede asegurar, a su propia escala, es el poder de su pueblo para usar la herramienta en sus propios términos y para sus propios fines, y para quedarse con el valor que crea en vez de dejar que se escurra hacia arriba, hacia un puñado de empresas del Norte. Eso —un pueblo capaz de usar la herramienta y de quedarse con lo que esta produce— es una soberanía que un condado pobre sí puede construir.
Hace noventa años, el Ejército Rojo chino llevó la Larga Marcha a la victoria, ganada no por armas superiores sino por un pueblo organizado, su resistencia y el campesinado que fue movilizando a su paso, despertando su energía, su iniciativa y su creatividad. Mao Zedong llamó a esa marcha una máquina sembradora, por la revolución que sembró en el camino.
Rongjiang ha emprendido su propia larga marcha, una para la era de la IA, y que avanza en el mismo espíritu: impulsada por el pueblo, sacando a relucir esa misma creatividad, sembrando una nueva capacidad como aquella marcha sembró la revolución, y dejando que las ganancias de la tecnología regresen a las muchas personas y no a unos pocos. No se trata de una consigna impuesta, sino el trabajo paciente de convertir una nueva fuerza productiva en una capacidad que está en manos del pueblo, en la tradición del trabajo de masas. La tecnología seguirá cambiando, y rápido. Lo que no cambia es la idea central: para un lugar que no puede construir por sí mismo la infraestructura, la pregunta que queda es quién, entre su gente, ha hecho suyo el modelo.
| AutoraCao Xinyue es directora de proyectos en Global South Insights y Wenhua Zongheng. Su trabajo se centra en la comunicación internacional y los intercambios en el Sur Global. |
| EdiciónIvana Rojas García es una investigadora venezolana de Global South Insights, especializada en verificación de hechos y datos, y en metodologías de formación en IA en el Sur Global.Mikaela Nhondo Erskog es editora e investigadora del Instituto Tricontinental de Investigación Social. |
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