Gaceta Crítica

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Cuba se mantiene firme, Venezuela corre el riesgo de perder su soberanía.

Por Luciano Vasapollo (RESUMEN LATIONAMERICANO), 2 de septiembre de 2026

Hay momentos en la historia en que las palabras “soberanía”, “independencia” y “dignidad” dejan de ser conceptos abstractos para convertirse en una elección concreta. Lo que sucede hoy en el Caribe y América Latina nos presenta dos panoramas profundamente diferentes: por un lado, Cuba, sometida a una presión económica, política y mediática sin precedentes, pero decidida a no ceder; por otro, una Venezuela que, tras el drástico giro político de los últimos meses, corre el riesgo de ver erosionados progresivamente sus recursos estratégicos y su capacidad de autodeterminación.

La brecha entre estas dos posturas se hace aún más evidente a la luz de las declaraciones de Miguel Díaz-Canel y el acuerdo petrolero anunciado por Donald Trump con Caracas. El presidente cubano ha reiterado que la isla sufre una guerra multidimensional y un bloqueo energético que ha tenido consecuencias devastadoras en la vida cotidiana de la población, con escasez de electricidad, agua, transporte, alimentos y medicinas. Pero al mismo tiempo, ha afirmado categóricamente: «No nos queda otra alternativa que resistir. Debemos resistir».

Esta es la diferencia fundamental. Cuba puede ser criticada, debatida y analizada por sus contradicciones y dificultades, pero no se ha rendido. Díaz-Canel ha rechazado la idea de que las aperturas económicas introducidas para afrontar la emergencia representen un retorno al capitalismo y ha vinculado explícitamente la defensa del socialismo con la defensa de la independencia y la soberanía nacionales. Asimismo, recordó que el país ya ha superado momentos en que la supervivencia misma de la Revolución parecía imposible y que, una vez más, la opción es resistir sin subordinarse a los intereses estadounidenses.

Cuba resiste mientras Venezuela parece rendirse. Este es el dramático contraste que surge de las palabras de Miguel Díaz-Canel y del nuevo acuerdo petrolero entre Caracas y Washington. «No tenemos otra alternativa que resistir. Debemos resistir», afirmó el presidente cubano, reafirmando que La Habana no tiene intención de renunciar a su soberanía a pesar de la intensa presión estadounidense. Por otro lado, Venezuela corre el riesgo de ver sus vastos recursos petroleros cada vez más sometidos al control de los intereses estadounidenses.

Es una contradicción que Díaz-Canel también denuncia sin rodeos; y por nuestra parte, nos preguntamos: ¿Es posible que en las más altas esferas de Venezuela no exista ni una pizca de dignidad —política o humana— ante lo que parece ser la liquidación de la soberanía, la autodeterminación y el legado de la Revolución Bolivariana? Mientras Cuba, aunque exhausta, opta por resistir, Venezuela, en cambio, parece estar tomando el camino de la rendición.

La situación venezolana, sin embargo, parece radicalmente diferente. El anuncio del nuevo acuerdo petrolero entre Washington y Caracas plantea enormes interrogantes sobre el futuro de la soberanía económica del país. Según ANSA, Donald Trump lo calificó como el “mayor acuerdo de la historia”, señalando que las reservas incluidas en el acuerdo suman 65 mil millones de barriles. Una empresa conjunta privada recibirá el 55% de la producción real y, según un funcionario de la Casa Blanca citado por la misma agencia de noticias, los derechos de explotación de los yacimientos petrolíferos se habrían otorgado por un período de cien años.

Si estos detalles se confirman en su forma definitiva, nos enfrentaríamos a algo mucho más profundo que un simple acuerdo comercial. La cuestión no sería solo quién extrae el petróleo de Venezuela, sino quién controla un recurso estratégico fundamental para el futuro del país. ANSA señala que, por primera vez, Venezuela podría ceder el control de sus yacimientos petrolíferos a una empresa privada bajo influencia estadounidense, mientras que el papel de la petrolera estatal PDVSA aún está por definirse.

Esto plantea una cuestión política ineludible: ¿qué queda de la soberanía bolivariana si el control de los recursos energéticos primarios del país se transfiere gradualmente a actores privados vinculados a los intereses estadounidenses?

El petróleo venezolano no es una materia prima cualquiera. Es el núcleo material de la soberanía económica del país: un recurso que Hugo Chávez arrebató a la lógica de la búsqueda de rentas oligárquicas y utilizó como instrumento de redistribución social, integración latinoamericana y construcción de un proyecto político independiente. Por ello, la eventual transferencia del control de los yacimientos petrolíferos no puede presentarse simplemente como una medida necesaria para reactivar la producción. Debemos preguntarnos qué modelo de desarrollo, qué tipo de soberanía y qué relación con Estados Unidos surgirá de esta transformación.

La situación se agrava aún más al darse en un contexto en el que Washington ha asumido un papel central en la gestión y comercialización del petróleo crudo venezolano tras la captura de Nicolás Maduro y el posterior ascenso de Delcy Rodríguez. ANSA también señala que Caracas estaría considerando abandonar la OPEP, una decisión que representaría una señal más del reajuste estratégico del país.

Ante esta situación, no podemos limitarnos a registrar estos acontecimientos como si fueran meras transacciones financieras. Debemos hablar abiertamente sobre una posible erosión de la soberanía económica y del legado político construido por el proceso bolivariano. Y debemos preguntarnos cómo fue posible llegar a un punto en el que el país con las mayores reservas de petróleo del mundo corre el riesgo de que el control de una parte decisiva de esos recursos pase a manos de intereses privados bajo la influencia de Washington.

Las críticas deben dirigirse con suma severidad contra las decisiones de la actual clase dirigente venezolana y la cúpula del PSUV, pero sin convertir el juicio político en acusaciones personales sin fundamento. No es necesario presuponer intereses privados ni acuerdos personales para denunciar lo que políticamente parece una enorme contradicción: un proceso nacido en nombre de la soberanía y la independencia corre el riesgo de subordinar recursos estratégicos clave a los intereses de una potencia extranjera.

Sin embargo, Venezuela no es solo su gobierno. Existe una Venezuela más profunda: la de los movimientos sociales, las comunas, los barrios obreros, los trabajadores, las fábricas, los intelectuales y todos aquellos sectores que siguen identificándose con el legado político de Hugo Chávez y con la idea de una revolución bolivariana fundada en la soberanía popular. De estos sectores puede surgir una nueva organización política y social capaz de reabrir la perspectiva de la emancipación.

No se trata de idealizar el pasado ni de negar los errores, las contradicciones y las dificultades que ha enfrentado Venezuela. Se trata de distinguir entre el pueblo venezolano y las decisiones de quienes actualmente ostentan el poder. La soberanía pertenece al pueblo, no a una élite gobernante. Y precisamente por eso, la crítica más severa a las decisiones del gobierno puede y debe ir acompañada de solidaridad con las fuerzas sociales que buscan relanzar el proyecto bolivariano sobre bases nuevas, democráticas y populares.

Cuba, por su parte, presenta un panorama diferente. La isla se encuentra al borde del abismo, sometida a un bloqueo que Díaz-Canel describe como una guerra económica, energética, ideológica y mediática. El presidente cubano reconoce abiertamente las dificultades y admite la necesidad de reformas económicas, pero rechaza la idea de que estas reformas impliquen abandonar el socialismo. Las 176 medidas aprobadas por La Habana se presentan como herramientas para afrontar una situación excepcional, no como una capitulación ideológica.

La declaración de Díaz-Canel es sencilla y, precisamente por eso, política: «No nos queda otra alternativa que resistir». Aún más significativa es su negativa a aceptar un diálogo basado en la subordinación. Cuba se declara dispuesta a dialogar con Washington, pero no a negociar bajo presión ni a ceder su soberanía.

Esta postura no significa que Cuba no deba cambiar. Al contrario: la supervivencia de la Revolución exige capacidad de transformación, innovación económica, mayor eficiencia, participación popular y la habilidad de responder al sufrimiento real de la población. Pero la reforma no implica necesariamente una rendición. El problema radica en quién decide, en interés de quién y dentro de qué equilibrio de poder internacional.

Este es el meollo de la cuestión que, en contraste, une a Cuba y Venezuela. Una cosa es abrir espacios económicos para sobrevivir a un asedio sin renunciar a la soberanía; otra muy distinta es entregar el control de los propios recursos estratégicos a la potencia que ejerce mayor presión sobre el país.

Por eso, Cuba merece atención hoy no como un modelo perfecto e intocable, sino como un ejemplo de resistencia nacional y política. Venezuela, en cambio, debe ser vista con preocupación: no porque su pueblo haya renunciado a su historia, sino porque un sector de su clase dirigente parece estar aceptando un proceso de subordinación económica progresiva que corre el riesgo de borrar el significado mismo de la Revolución Bolivariana.

Por lo tanto, la cuestión no radica en elegir entre dos gobiernos, sino en elegir entre dos visiones de América Latina: una tierra capaz de tomar decisiones autónomas sobre sus recursos y su futuro, o un continente transformado una vez más en una plataforma para la extracción de riqueza al servicio de las grandes potencias.

Cuba afirma hoy que no se rendirá. Venezuela nos recuerda lo rápido que una revolución puede quedar socavada desde dentro cuando la soberanía se convierte en una variable negociable.

Por eso debemos apoyar todo proceso de reorganización popular, social y cultural en Venezuela que busque restaurar el significado original del proyecto bolivariano. Y debemos respetar la resistencia cubana, porque en una Latinoamérica nuevamente asediada por presiones externas e intereses geopolíticos, la defensa de la independencia no es una añoranza nostálgica del pasado: es una cuestión de vital importancia en el presente.

En definitiva, solo queda una pregunta crucial: ¿Quién debe decidir sobre el petróleo, la tierra, los recursos y el futuro de un pueblo? ¿Las comunidades e instituciones de ese país, o los intereses económicos de potencias extranjeras?

Es en esta respuesta donde hoy se mide la diferencia entre soberanía y subordinación, entre resistencia y rendición.

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