Gaceta Crítica

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Meciendo la cuna vacía de las izquierdas

Cristina Fallarás (PÚBLICO), 30 de Junio de 2026

Líderes de Izquierda Unida, Movimiento Sumar, Comuns y Más Madrid en Sevilla, el 19 de abril de 2026.
Líderes de Izquierda Unida, Movimiento Sumar, Comuns y Más Madrid en Sevilla, el 19 de abril de 2026.Rocío Ruz / Europa Press

En esta entrada de curso brutalizada por la evidencia de la desatención en Ceuta, del empuje de los fascistas y sus banderas, de que puedes prenderle fuego a las pertenencias de los mas pobres sin que te pase nada, ante los ojos de las fuerzas policiales, en esta entrada de curso, alguien ha pronunciado la palabra “elecciones” y me ha parecido un corte a negro hacia el hielo del pasmo.

Empieza la campaña electoral. Ha empezado ya, claro, pero empieza ahora en serio, porque acabaremos el curso con elecciones y parece como si nadie a la izquierda estuviera preparado para la negrura de la nube que se acerca. Como si alguien estuviera meciendo una cuna vacía, arrullando una ausencia sobre la tierna sábana huérfana.

Durante esta legislatura, a veces lentamente y otras de un tirón, todo el arco político ha ido desplazándose hacia la derecha, de manera que si tuviéramos que agarrarnos a alguna medida claramente progresista, nos podemos agarrar apenas al clavo de la regularización de personas migrantes, y todavía queda por ver el resultado final. Y me refiero a “una medida claramente progresista” en tanto que no se trata de que suene bien o impida un retroceso. Se trata de aquella que altera una relación de poder.

Frente a ello, cabe preguntarse qué más. ¿Qué transformación estructural ha producido esta legislatura? ¿Qué derecho nuevo podrá defender la izquierda en las próximas elecciones? ¿Qué conquista concreta ha cambiado la vida cotidiana de la mayoría?

La reducción de la jornada laboral a 37 horas y media, presentada como la gran medida de Sumar, cayó en el Congreso. No se ha derogado la ley mordaza, algo que ya no parece importarle a nadie, dicho sea de paso. No tenemos un nuevo Estatuto de los Trabajadores. No ha habido una reforma fiscal capaz de desplazar de manera significativa la carga desde las rentas del trabajo hacia las grandes fortunas, los beneficios empresariales y el capital. Y, por encima de todo, no se ha intervenido el mercado de la vivienda con una contundencia remotamente proporcional a la emergencia que existe.

La vivienda es el ejemplo más brutal porque es ahí donde una generación entera, o seguramente ya varias, comprueba cada mes la distancia entre el discurso progresista y su vida. Los alquileres siguen devorando los salarios —miserables, algo de lo que tampoco se habla—. Las ciudades continúan expulsando a quienes trabajan o trabajaban en ellas. En este momento, alquilar una habitación cuesta lo que a principio de legislatura costaba alquilar un apartamento.

Gobernar consiste, básicamente y si no estalla una crisis, en decidir dónde se recauda y en qué se gasta lo recaudado. Es decir, quién paga y quién recibe. Un gobierno que no consigue aprobar un solo presupuesto propio puede gestionar, parchear, repartir algunos fondos y aprobar decretos. Pero difícilmente puede transformar el país. Además, la cuestión sería “para qué”. Porque si algo está quedando lamentablemente claro es la falta de imaginación a la hora de plantear un futuro de inversiones públicas.

Está terminando lo que podríamos llamar una legislatura de resistencia. Cada semana se nos ha presentado la mera supervivencia del Gobierno como una victoria política. Sobrevivir a Junts. Sobrevivir a los tribunales. Sobrevivir a los escándalos del PSOE. Sobrevivir a una nueva votación. Sobrevivir al PP. Sobrevivir a Vox.

Eso, y la amenaza de que lo que viene será peor. ¡Y por supuesto que será peor! Una coalición de PP y Vox supondrá un ataque frontal contra los derechos de las mujeres, las personas migrantes, las políticas climáticas, la memoria democrática y los servicios públicos. Ya no necesitamos ni siquiera echar mano de la imaginación: basta observar los acuerdos que ambas formaciones alcanzan en Aragón, Extremadura, Castilla y León…

Pero el miedo tiene un límite político. Sirve para cerrar filas una vez, quizá dos. No construye indefinidamente una mayoría social. Sobre todo cuando se pide a la ciudadanía que tema lo que vendrá mientras se le niega cualquier razón material para entusiasmarse con algo alternativo, claro, sólido y que suene a ligeramente nuevo.

El problema de las próximas elecciones no será, como se afirma ahora, que algunos votantes de izquierdas se hayan vuelto de derechas. La izquierda decepcionada no suele levantarse una mañana convertida en fascista. Sencillamente, deja de votar. Se queda en casa. Decide que da lo mismo. Mientras tanto, la extrema derecha vota. Vota enfurecida, disciplinada y convencida de que está a punto de recuperar algo que le pertenece.

Si el único movimiento que van a hacer las izquierdas consiste en mecer la cuna, más les valdría comprobar cuanto antes si en la cuna duerme alguien.

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