Gaceta Crítica

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Julián Casanova, historiador: “Goebbels necesitaba ocupar países para introducir propaganda. Elon Musk necesita tres minutos”

Berna González Harbour (EL PAÍS), 26 de Agosto de 2026

Uno de los grandes historiadores españoles se jubila. Julián Casanova deja las clases tras una vida dedicada a investigar y escribir sobre Franco, la Guerra Civil y la violencia del siglo XX. Avisa de que se están quebrando los valores que se consolidaron tras el rechazo a la atrocidad de la Segunda Guerra Mundial. El peligro no viene solo del fascismo, sino también de una oligarquía tecnológica que puede acabar con la posibilidad de llegar a acuerdos sobre la verdadEscuchar el artículo

El historiador Julián Casanova, fotografiado en el barrio de Les Corts de Barcelona el pasado 16 de julio.Massimiliano Minocri

Julián Casanova sigue escribiendo a mano como empezó. Rellena fichas innumerables que le sirven para fijar ideas, dar clases y armar sus libros, que han abordado los grandes conflictos europeos del siglo XX, la Revolución Rusa, el anarquismo y, sobre todo, la guerra civil española y la figura de Franco, a quien dedicó una biografía publicada el año pasado. El catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, nacido en Valdealgorfa, Teruel, en 1956, se jubila y su preocupación más inmediata es dónde meter sus libros en un universo que ya no quiere papel. Nos encontramos en Barcelona, donde recibe a EL PAÍS entre charlas y conversaciones sobre el 90º aniversario del alzamiento nacional que inició la gran herida española.

Hijo de tenderos que se esforzaron para dar carreras a los cuatro hermanos, estudió Historia en Zaragoza. Por su interés por el anarquismo contactó con José Álvarez Junco, que le hizo hueco en su casa en Madrid. De ahí saltó en 1981 a Estados Unidos gracias a su hermano José, sociólogo de las religiones ya asentado en Nueva York. Y después a Inglaterra en 1985 de la mano de Paul Preston y otros hispanistas. “Me enseñaron la proyección social de la historia”, relata, emocionado. “Se trataba de que la historia no la leyeran solo los historiadores en su torre de marfil, sino el público educado que quería saber”. Con ese espíritu ha pasado por Harvard, Notre Dame, The New School, The Institute for Advanced Study de Princeton, The Weiser Center for International Studies de la University of Michigan y la Central European University en Budapest y Viena; ha firmado más de 30 libros y dirigido 37 tesis doctorales. Su mirada es tan especialista como universal.

Pregunta. Usted, que ha descrito el siglo XX y todas sus violencias, ¿cree que nuestro siglo ya se puede definir?

Respuesta. Lo más llamativo es la quiebra de unos valores que se habían consolidado en la segunda mitad del XX y que no eran resultado de una evolución, sino de una reflexión profunda tras la atrocidad moral que se vivió. Se veía un optimismo y un camino único para todo el mundo: modernización, reparto de riqueza a partir de políticas fiscales, democracia, liberalismo… Ya no había alternativa. Y esa quiebra es el gran cambio del siglo XXI. La diferencia con hace un siglo es que el Estado se ha fortalecido, mantiene el monopolio de la violencia, no hay paramilitarismo, guerrilla, no hay prácticamente terrorismos como en los sesenta o setenta, y controla los mecanismos de coerción de tal forma que todo el ruido, gritos, insultos y políticas de odio en los parlamentos tiene muchas más dificultades para suponer quiebras importantes que a principios del siglo XX.

P. ¿Se está rompiendo el orden mundial?

R. Sí. Desde la segunda victoria de Trump hay una quiebra de ese orden. Nadie dice que la democracia no pueda reconstruirse pese a que los partidos de ultraderecha nos lo van a hacer pasar mal, pero la izquierda no existe como contraproyecto, como movimiento de masas. A principios del siglo XX había contraproyectos sociales importantes, como la Revolución Rusa, y eso hoy no está.

P. ¿Hay peligro de fascismo?

R. Hay peligro, sí, aunque posiblemente tenga contrapoderes en el sistema judicial y militar. Cuando empieza el fascismo en Italia o Alemania es cosa de outsiders, viene desde abajo, les cuesta convencer a la gente del orden y eso es lo que está haciendo Trump. Durante cierto tiempo la gente dudaba y lo relativizaba, creía que no está destruyendo cosas profundas, pero ahora se está creando un tipo de fascismo que va quebrando todo eso, que permea en capas populares, con bases sociales amplias. Pero el fascismo sin militarismo se me hace complicado. En cualquier fotografía de los totalitarismos del siglo XX están la tortura, la cárcel, los militares y la represión presidiéndolo todo y eso se me hace más difícil porque la democracia tiene más mecanismos de defensa.

P. El ICE en EE UU es militarismo. O la IA tal y como la utiliza el Pentágono.

R. Sí, cierto, y cómo se aborda la inmigración. Es el germen. Cualquier intelectual en EE UU ya cree que después de Trump habrá trumpismo y eso añade pesimismo. El trumpismo sin Trump durará porque es producto de una quiebra, de unas clases trabajadoras blancas que se quedaron sin trabajo, de una gente de orden y conservadora que de repente creyó que el wokismo, el feminismo o la ruptura de la masculinidad los ha llevado a otro mundo. Pongo mucho énfasis en la subordinación de los militares al poder civil porque creo que de ahí es donde han venido siempre las grandes quiebras, las guerras, las limpiezas étnicas y las políticas de exterminio. Veo peligros, pero no veo esto. Tal vez ya no necesitan golpes de Estado, pero para ver muertos en las cunetas tiene que haber otra ruptura radical. Las democracias avanzaron porque se dieron cuenta de que el militarismo, las limpiezas étnicas y el exterminio habían sido desastrosos.

P. ¿Por qué avanza la ultraderecha?

R. Porque un sector del orden democrático se vino abajo con la destrucción del tejido industrial. La edad de oro de la democracia está basada en unas clases trabajadoras en sectores industriales con derechos. En el capitalismo americano, que es salvaje, los únicos que tenían derechos eran los que trabajaban en estas grandes industrias del automóvil. Cuando el capitalismo vira del sector secundario al terciario, parte importante de las clases trabajadoras sale perdiendo. En Europa están más protegidas, pero también. Sienten que la democracia del capitalismo ya no tiene los beneficios que tenía, el trabajo se convierte en precario y necesita una mano de obra que ya no es nativa, que viene de un mundo multicultural diferente, donde lo musulmán y la raza desempeñan un papel muy importante. Y eso alimenta un odio entre quienes se sientes perjudicados. Al principio es un tema laboral.

El historiador Julián Casanova publicó una extensa biografía de Franco el año pasado.Massimiliano Minocri

P. El trabajo está en el centro.

R. Al principio es un tema laboral, sí. En Marsella con Le Pen o en la Austria rural con Haider sale por primera vez sale ese planteamiento. Hay un concepto de orden cristiano, hombre blanco, masculino, que empieza a quebrarse. Primero me están quitando el trabajo, luego los beneficios de la sanidad, después el feminismo me está rompiendo la masculinidad, además vienen musulmanes y empiezan las luchas de identidad. Esto es el caldo de cultivo. Y luego una parte depende de la izquierda, que vivió relativamente tranquila tras la caída del muro y no plantean alternativa. La socialdemocracia no supo sustituir esa crisis por algo diferente. Así que una buena parte de los trabajadores echaron la culpa al socialismo.

P. Si el comunismo ya no es opción y el capitalismo está volcado en la desigualdad. ¿Qué nos queda?

R. Cuando cayó el bloque soviético se derribó el mito y los partidos comunistas perdieron credibilidad. La única ideología que quedó es la del reparto de beneficios del capitalismo y la consolidación democrática. Pero es muy difícil porque el socialismo se ha envuelto en un sistema de corrupción en muchísimos sitios. Ha desaparecido como partido. Solo queda en España, en Alemania, no en Italia, no en Francia, mire en el Reino Unido, Starmer se ha tenido que marchar. Por ello, una parte de responsabilidad es de un socialismo que no supo administrar todo eso. Cuando Felipe González reacciona contra Sánchez no está defendiendo su modelo de bienestar, sino que se está poniendo a la altura de lo que el antisanchismo dice desde la derecha. Han perdido fe en aquello y una base social amplia.

P. ¿Entiende que en España muchos vuelvan a reivindicar a Franco?

R. Cuando me preguntaban por qué en España no había ultraderecha yo siempre decía que era cierto que no había un partido como tal, pero que la sombra del franquismo era muy alargada porque no había habido desfranquistización. En los medios de comunicación sí había una ultraderecha mediática. En los noventa, a los historiadores que queríamos vender libros serios nos ponían como alternativa a Pío Moa, César Vidal y compañía, amparados por un sector importantísimo de los medios y de las editoriales. Así que la Guerra Civil y el franquismo dejó un poso muy importante que nosotros no logramos derribar en aquel momento. Ahora reaparece con fuerza por estas bases sociales nuevas que ya no creen en la democracia. Y ahí se ha sumado el PP. Es un neorrevisionismo que es mundial. La quiebra del comunismo llevó a muchos a decir: os han engañado con el antifascismo porque la maldad estaba en el comunismo, no tengáis complejo con el Holocausto. Es el discurso que mantiene Jiménez Losantos. La era digital además deslegitima la enseñanza de una forma muy rápida. Hoy en TikTok te deshacen en dos minutos algo aprendido en clase. Se nos está escapando la fuerza que tiene ese discurso. En Alemania también creían que era impensable y está pasando.

P. Allí también vuelve la ultraderecha, a pesar de la desnazificación.

R. Ha vuelto. Ahí tienes a Trump, a Putin recordando a los rusos la derrota nazi, pero que nadie le recuerde la guerra civil o el bolchevismo. Es decir, todos están tratando de ocultar las partes infames y elogiar las partes gloriosas del nacionalismo identitario. El ultranacionalismo ha vuelto con fuerza.

P. ¿Qué se hizo mal en la Transición?

R. Esa generación creyó que había hecho muy bien al echar el pasado al olvido y que no interviniera en el presente. En los primeros años, en una transición vigilada y muy dura, donde el franquismo se va diluyendo muy poco a poco, costó tres años lograr una Constitución. Pero a partir de la consolidación del socialismo, con Felipe González, se pierde la oportunidad de hacer tres cosas que están pesando mucho: no quisieron darle dignidad a la memoria vencida, abrumadoramente derrotada. No supieron qué hacer con aquello y no lo quisieron hacer. No se atrevieron a cambiar el sistema de colegios concertados y crear una nacionalización a la francesa. Y además les tocó hacer dos o tres cosas muy sucias: la desindustrialización y el GAL.

P. ¿Por qué la derecha tiene esa dificultad para asumir políticas de memoria?

R. Porque viene de UCD y de AP, es decir, del franquismo. El gran problema es que la larga dictadura gestiona la memoria y eso no llega a las aulas durante muchísimo tiempo. También hubo una primera generación de intelectuales que no quiso mover el pasado. Que no haya habido un acuerdo para sacar a los muertos de las cunetas va más allá de cualquier disputa política, era una obligación ética de la democracia. Es el déficit más grande y lo estamos pagando.

P. ¿Cree posible un relato común de la historia?

R. Ninguna sociedad tiene un relato común con un consenso muy claro. A quien parecía tenerlo, que era Inglaterra, le ha estallado por todas partes el colonialismo. A Bélgica y Holanda también. Francia tenía un relato triunfador hasta que se desveló la verdad de Vichy. Sí debería haber un relato común que los historiadores no tenemos y es que a la República la echa bajo un golpe de Estado que sustituye las palabras y el parlamentarismo por las armas. Pero la dictadura duró décadas más y eso ha repercutido en los usos políticos del pasado.

P. ¿A qué se refiere?

R. Se ha revitalizado el uso político del pasado. Es muy típico ahora ajustarlo al presente y alegar que esa izquierda de los años treinta estuvo a punto de destruir España. Es el discurso de Milei, de Trump y en España el PP se ha sumado. Hay que mostrar que la parte buena de España siempre quiso defenderla mientras los demás siempre querían destruirla, como Sánchez. En ese esquema no me interesa el conocimiento, sino la imagen que yo quiero. Quito las partes incómodas del pasado y lo ajusto a las que me vienen bien. Es lo que le están diciendo a los jóvenes respecto a Franco, respecto a que la república causó la guerra, a que la violencia contra el clero solo es de unos mientras los otros defendían la civilización. Y que se vive bien mirando al futuro frente a los que quieren removernos al pasado. La ultraderecha ha relanzado ese uso político de la historia. Aún no tenemos un museo de la guerra ni el acuerdo básico de que la enseñanza debería depender del conocimiento.

P. ¿Detecta en la Iglesia católica hoy trazas de ese apoyo al franquismo?

R. Cuando murió Franco ningún mártir de la guerra había sido beatificado, pero llegaron beatificaciones masivas con Juan Pablo II y a la vez la negación de sacar a la gente de las fosas. En la Iglesia todavía hay un poso que no existe en el ejército. Para el ejército, la Guerra Civil no es un tema de discusión.

P. ¿Ve en Trump rasgos de dictador?

R. Sí, sí. Si fascismo o no, se puede matizar, pero rasgos de dictador sin ninguna duda: autoritarismo, dictadura, forma de proceder, desprecio por los contrapoderes, desprecio por la sociedad civil que no es suya, políticas de exclusión.

P. ¿Ve peligro de que la verdad muera en estos tiempos de Elon Musk, Trump y los tecnócratas?

R. Hoy es el mayor peligro, también con la inteligencia artificial y la era digital. Goebbels necesitaba que Alemania ocupara países para introducir la propaganda. En la era digital, Elon Musk necesita tres minutos para cambiar el algoritmo mundial. Es mucho más peligroso. Y ahí sí creo que ya no hay verdad. Antes pensábamos que la verdad nunca era absoluta, pero había una verdad relativa y había acuerdos sobre ella. Y había un elogio del conocimiento. Ahora hay un desprecio del conocimiento. Esa es la gran diferencia. Nadie se había atrevido a meterse con las universidades en EE UU y Trump lo hace porque no le interesa la lectura crítica y el conocimiento. Hoy está fallando el pensamiento analítico. No hay historia sin lectura crítica, esta te lleva a la diversidad, la pluralidad, a cambiar tus ideas cuando viene algo que es mejor. La mente analítica requiere escuchar, contrastar, cambiar si hace falta tus argumentos, y ya no cabe porque en las tertulias cada uno va con la lección sabida. El conocimiento crítico es un privilegio independiente de las ideas políticas.

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