Gaceta Crítica

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Las raíces del capitalismo pasan por la esclavitud

Detrás de la pulida historia de Occidente se esconde otra: la máquina de vapor, la banca moderna y el capitalismo industrial no surgieron de una innovación pacífica, se pagaron con la sangre de personas esclavizadas.

Vijay Prashad (TRICONTINENTAL), 21 de agosto de 2026

Naudline Pierre (Haití), This, I Know to Be True [Esto lo sé con certeza], 2023.

Hay cierto encanto en las historias que los imperios cuentan sobre sí mismos. En ellas, el capitalismo aparece como el florecimiento natural del ingenio europeo: el producto de la razón, el descubrimiento científico, la innovación tecnológica y la austeridad de personas trabajadoras. El colonialismo y la esclavitud, cuando aparecen, son tratados como episodios lamentables en medio de una trayectoria triunfal hacia la modernidad.

Nuestro más reciente estudio, Las raíces del capitalismo: la esclavitud y el comercio del azúcar (agosto de 2026), de Prabir Purkayastha, nos pide abandonar esta conveniente mitología. El estudio inaugura nuestra nueva serie de Estudios sobre Materialismo Histórico, que examinará la construcción del mundo moderno situando en el centro de este proceso la dialéctica entre el imperialismo y las luchas de liberación nacional. Gran parte del estudio fue escrito durante los 225 días que Prabir estuvo encarcelado en la cárcel central de Rohini, en Delhi, India, entre octubre de 2023 y mayo de 2024. Fue arrestado ilegalmente por el gobierno indio como parte de una campaña más amplia contra la libertad de prensa y las voces progresistas. Durante su encierro, los pedazos de papel que iban y venían con las visitas se convirtieron en los primeros esbozos de esta historia del azúcar, la esclavitud y el capitalismo. Hay algo que encaja en esto: un estudio sobre los sistemas de confinamiento y explotación, escrito en condiciones de confinamiento por una mente que se negó a ser confinada.

El tema central del estudio es el azúcar, una de las grandes mercancías psicoactivas de la era colonial que, junto al alcohol, el chocolate, el café, el opio, el té y el tabaco, impulsó la Revolución Industrial. Antes de convertirse en un artículo cotidiano sobre las mesas de la clase trabajadora europea, el azúcar era un lujo consumido por reyes y aristócratas. Su transformación en un artículo de consumo masivo exigió más que un cambio de gusto. Requirió el despojo de tierras, la destrucción de sociedades indígenas y la violenta mercantilización de seres humanos. Africanas y africanos capturados, transportados a través del Atlántico y vendidos a los dueños de las plantaciones como mano de obra esclavizada. El azúcar estuvo entre las primeras mercancías verdaderamente globales, y su transformación en tal mercancía demandó la construcción de un inmenso aparato comercial y financiero que conectaba a África, las Américas, Asia y Europa.

La magnitud de la violencia colonial fue abrumadora. Al menos 10 millones de personas africanas esclavizadas desembarcaron en las Américas y el Caribe. Si se incluye a quienes murieron durante la captura, las marchas forzadas, el cautiverio y el Pasaje del Medio (la travesía forzada del Atlántico desde África hasta América), el número total de africanas y africanos capturados para la trata transatlántica fue probablemente de entre 14 y 20 millones. Mientras que las poblaciones de Asia y Europa crecieron enormemente entre los siglos XVII y XIX, la población de África se estancó y, en muchas regiones, disminuyó. Esta catástrofe no fue una consecuencia accidental del comercio. Fue producida mediante lo que el estudio llama el “nexo armas-personas esclavizadas-oro”: las armas de fuego y la pólvora europeas se intercambiaban por personas africanas esclavizadas, cuya venta generaba las ganancias que reproducían el sistema.

Osmond Watson (Jamaica), City Life [Vida citadina], 1968.

La plantación construida para organizar y agotar esta fuerza de trabajo no era un vestigio de un mundo precapitalista más antiguo. Era uno de los laboratorios de la modernidad capitalista. En la plantación azucarera, el cultivo y el procesamiento industrial se integraban en un único régimen laboral en el mismo lugar. La caña debía cortarse, transportarse, molerse, hervirse y cristalizarse según un calendario rígido. Las personas esclavizadas eran organizadas en cuadrillas, divididas por edad y capacidad física, y sometidas a jornadas que podían durar de 18 a 20 horas durante la zafra. Los administradores de las plantaciones llevaban contabilidades minuciosas, calculaban la productividad, medían la subsistencia frente a los costos de reemplazo y trataban a los seres humanos como capital fijo, como máquinas para ser agotadas y reemplazadas. La plantación era, como escribió el antropólogo estadounidense Sidney Mintz, una “síntesis de campo y fábrica”. Sus cálculos de tiempos y movimientos prefiguraron los sistemas de gestión asociados más tarde con el lugar de trabajo industrial moderno.

Las refinerías de azúcar de Londres, Bristol, Glasgow y Liverpool estuvieron entre los primeros centros de trabajo de tipo fabril de Gran Bretaña. A su alrededor crecieron el transporte marítimo, la construcción naval, el almacenamiento, los seguros, el crédito y la banca. Hacia 1774, el azúcar crudo representaba una quinta parte de todas las importaciones británicas. Entre 1700 y 1800, las importaciones británicas de azúcar aumentaron siete veces. La riqueza acumulada mediante el azúcar no permaneció en las lejanas plantaciones caribeñas: financió la expansión comercial e industrial británica. Una estimación sugiere que, hacia 1770, cerca del 40% del capital utilizado para esta expansión provenía de las ganancias de la trata de personas esclavizadas. Las inversiones en las colonias podían ser de cuatro a siete veces más rentables que las inversiones en Inglaterra. En otras palabras, las colonias aportaron el pago inicial que hizo posible la Revolución Industrial en los centros imperiales.

Lasar Segall (Brasil), Banana Grove [Bananal], 1927.

La política colonial británica de preferencias imperiales aseguraba que las colonias suministraran materias primas mientras la manufactura permanecía en el centro imperial. El azúcar crudo cruzaba el Atlántico para ser refinado en Gran Bretaña, donde se retenían los mayores márgenes de ganancia. Los aranceles desincentivaban el refinado en el Caribe y protegían tanto a los refinadores británicos como a las plantaciones caribeñas de la competencia del azúcar indio. El colonialismo no se limitó a extraer riqueza de las colonias: reorganizó economías enteras para que sus capacidades productivas permanecieran subordinadas a las de la potencia colonizadora mucho después de que el dominio colonial terminara formalmente. Esto es lo que el primer presidente de Ghana, Kwame Nkrumah, llamó neocolonialismo.

Prabir, desde la cárcel central de Rohini, trazó el circuito del capital no como un simple triángulo atlántico, sino como un sistema planetario de saqueo que conectaba a la India, África, las Américas y Europa. Los comerciantes europeos enviaban textiles indios a África occidental y los intercambiaban por personas esclavizadas. El salitre de Bengala, esencial para fabricar pólvora, ayudó a armar ese comercio espantoso. Tras la conquista británica de Bengala en 1757, los ingresos por tierras extraídos del campesinado indio pagaron estas exportaciones. El triángulo atlántico fue, por tanto, parte de una geometría de saqueo mucho más amplia que se extendía por todo el planeta. La máquina de vapor de James Watt está manchada con la sangre de las personas africanas esclavizadas en las plantaciones y del campesinado indio hambriento.

Débora Arango (Colombia), Plebiscito, 1958.

Nunca sabremos si hubiera podido existir un capitalismo imaginario en un mundo sin colonialismo. La historia no ocurre en mundos imaginarios. El capitalismo realmente existente es inseparable de la expropiación colonial. El capitalismo no tomó forma primero en el campo inglés para luego expandirse pacíficamente por el planeta. Su historia debe situarse simultáneamente en el campo inglés, la plantación caribeña, la mina de plata de Potosí, el patio de retención africano, la oficina de recaudación india, la bodega del barco que transportaba a las personas esclavizadas y la refinería europea.

Esta historia también nos impide tratar lo que Karl Marx llamó ursprüngliche Akkumulation [acumulación originaria] como un episodio concluido. Sus métodos siguen entre nosotros: el despojo de tierras, la subordinación de las economías a la producción monoexportadora, los regímenes de deuda, el intercambio desigual, la subvaloración del trabajo del Sur y la transferencia de riqueza hacia sistemas financieros controlados por el Norte. Las formas han cambiado, pero la expropiación continúa.

Che Lovelace (Trinidad), Street Dance [Danza callejera], 2016-2022.

Si se toman en serio estos antecedentes de explotación, entonces la demanda de reparaciones coloniales no puede descartarse como un mero llamado moral o una exigencia que mira hacia atrás. Las reparaciones deben entenderse como una necesidad material y política. No solo como un ajuste de cuentas con los crímenes del pasado, sino como una confrontación con las estructuras de acumulación vigentes que se construyeron mediante la expropiación colonial y que continúan reproduciendo la desigualdad global en el presente.

Este es el argumento del reciente libro de Kwesi Pratt Jr., Reparations: History, Struggle, Politics, and Law [Reparaciones: historia, lucha, política y derecho], que próximamente será publicado en una nueva edición sudafricana por Inkani Books. La edición incluye un prólogo del presidente de Ghana, John Dramani Mahama, y un epílogo de la profesora Verene Shepherd. Las reparaciones —ya sea mediante la cancelación de la deuda, la restitución de recursos robados, la transferencia de tecnología o la reconstrucción de capacidades públicas destruidas por el colonialismo y el ajuste estructural— son un antídoto esencial frente a la larga historia de saqueo que fundó el capitalismo moderno.

Canute Caliste (Grenada), Big Drum Dance in Carriacou [La danza del tambor grande en Carriacou], 1988.

Esta nunca fue solo una historia de explotación. El sistema de plantación fue disputado en todas sus etapas. Las personas esclavizadas huían, saboteaban la producción, preservaban prácticas culturales prohibidas, formaban comunidades cimarronas, organizaban rebeliones y, en definitiva, quebraron la aparente permanencia de la esclavitud. La Revolución Haitiana, que culminó en la independencia en 1804, sigue siendo la declaración más contundente de esta verdad: incluso la maquinaria de opresión más sofisticada puede ser derrotada por quienes la padecen.

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