Gaceta Crítica

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Cuando se agota el tiempo

EDUARDO LUQUE (Topo Express), 19 de Agosto de 2026

«Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Tucídides

Tucídides resumió hace más de dos mil años una de las constantes de la política internacional: cuando cambia la relación de fuerzas, las potencias intentan preservar su posición e impedir que el equilibrio estratégico se incline en su contra. Esa lógica vuelve a manifestarse hoy en Oriente Próximo. Detrás de los comunicados diplomáticos, los movimientos militares y las amenazas cruzadas se libra una disputa mucho más profunda: ¿quién tendrá la capacidad de fijar las reglas del nuevo orden internacional?

Estados Unidos afronta las próximas semanas un problema que trasciende a Irán. El factor decisivo no es solo militar o diplomático, sino también energético. Durante los últimos años, Washington ha utilizado su Reserva Estratégica de Petróleo para contener el precio de los carburantes y amortiguar el impacto de la inflación sobre la economía estadounidense. Concebida para responder a graves interrupciones del suministro, esa reserva ha adquirido una función política esencial. Pero ese margen tiene un límite que se alcanzará en la segunda semana de agosto (es la frontera temporal que se calcula para la duración de esos millones de barriles almacenados). A partir de entonces, la capacidad de Washington para intervenir de nuevo en el mercado energético será mucho menor que en crisis anteriores. Ese factor convierte el tiempo en un elemento decisivo: cuanto menor sea el margen energético de Estados Unidos, mayor será la presión para resolver la crisis antes de que cambie definitivamente la correlación estratégica.

El estrecho de Ormuz, controlado por Irán, y el de Bab el-Mandeb, bajo la influencia de los aliados yemeníes de Teherán, constituyen dos de los principales puntos estratégicos del planeta. Por ellos transita una parte esencial del comercio mundial de petróleo y cualquier alteración prolongada tendría consecuencias inmediatas sobre los precios internacionales de la energía. Esa es la verdadera importancia de la segunda semana de agosto. No se trata solo de una fecha dentro de una negociación diplomática, sino del momento en que convergen varios factores que reducen el margen de maniobra de todos los actores. Si no se alcanza un acuerdo, el conflicto dejará de ser bilateral para fundir en un único escenario estratégico las crisis de Gaza, Yemen, Irak, el Golfo Pérsico y el mar Rojo, donde cada movimiento modificará el equilibrio del conjunto.
Desde esta perspectiva debe entenderse la posición iraní. En Teherán existe la convicción de que la vía diplomática está agotada. El Memorándum de Entendimiento, concebido como base para una desescalada, es considerado por buena parte de la dirigencia iraní un instrumento sin recorrido. Esa conclusión no es exclusiva de Irán. Moscú ha llegado a un diagnóstico similar al considerar imposible reconstruir un marco estable de cooperación con Occidente. Para Rusia, igual que para Irán, la cuestión ya no consiste en negociar condiciones concretas, sino en determinar qué potencia impondrá las reglas del nuevo equilibrio internacional. Desde esa perspectiva, la crisis de Oriente Próximo deja de ser un conflicto regional para convertirse en la expresión de un cambio histórico: el tránsito desde un mundo dominado por una única superpotencia hacia un sistema internacional más complejo y multipolar.

Irán y el final de la confianza diplomática

La pérdida de confianza entre Washington y Teherán no es un episodio puntual, sino el resultado de una larga sucesión de acuerdos incumplidos. Esa percepción explica el endurecimiento de la posición iraní. El debate interno ya no gira únicamente en torno a la negociación, sino sobre la necesidad de modificar el equilibrio de fuerzas en la región. Irán asume que, si se produce un ataque, difícilmente podrá evitarlo; su objetivo estratégico sería elevar el coste de cualquier operación militar hasta hacerla política y estratégicamente inasumible para Estados Unidos. Este cambio supone una transformación de la doctrina estratégica iraní. Durante décadas, la República Islámica basó su seguridad en la disuasión: una red de aliados regionales, capacidad de respuesta asimétrica y control de posiciones estratégicas para compensar la superioridad tecnológica y militar estadounidense. La nueva situación introduce una lógica distinta. La presencia militar norteamericana deja de ser un elemento de presión para convertirse en el objetivo central de cualquier estrategia de respuesta. Desde esta perspectiva, las bases estadounidenses desplegadas en Asia Occidental constituyen el principal objetivo estratégico. Para Washington representan la infraestructura que garantiza su capacidad de proyección sobre el Golfo Pérsico; para Teherán, el instrumento que sostiene la presencia militar estadounidense en la región. La estrategia iraní de expulsar a las fuerzas norteamericanas obligaría a Washington a concentrar buena parte de sus efectivos en Israel para proteger a su principal aliado y reforzar su capacidad de disuasión. Sin embargo, esa concentración encierra una paradoja: cuanto mayor sea la acumulación de activos militares en un espacio reducido, mayor será también su vulnerabilidad. Israel pasaría así a convertirse en el principal objetivo de una eventual respuesta iraní.
Rusia observa esta evolución desde la experiencia de la guerra de Ucrania. Para Moscú, ambos conflictos forman parte de una misma disputa estratégica: la redefinición del poder occidental y del futuro equilibrio internacional. La multiplicación de los escenarios de confrontación confirma, desde su perspectiva, el progresivo agotamiento del predominio unilateral de Estados Unidos. Las declaraciones de Serguéi Lavrov, insistiendo en que este tipo de conflictos terminarán resolviéndose sobre el terreno y no en las mesas de negociación, reflejan esa visión. Para Rusia, la cuestión ya no es una negociación concreta, sino la nueva correlación de fuerzas mundial.
La consecuencia de este cambio es evidente. Oriente Próximo ha dejado de ser un escenario regional relativamente aislado para integrarse en una disputa mucho más amplia sobre la configuración del nuevo orden internacional. La crisis ya no enfrenta únicamente a Estados Unidos e Irán; expresa el choque entre un sistema internacional que pierde capacidad para imponer sus reglas y otro que intenta abrirse paso. Esa es la razón por la que cualquier incidente, por limitado que parezca, puede desencadenar una escalada de consecuencias mucho mayores que las previstas por sus propios protagonistas.

De la confrontación bilateral a la guerra regional
El mayor peligro de la crisis actual no reside únicamente en un enfrentamiento directo entre Estados Unidos e Irán. La principal novedad es que conflictos hasta ahora relativamente separados comienzan a fusionarse en un único escenario estratégico. Si las negociaciones fracasan y expira el plazo de la segunda semana de agosto sin ningún acuerdo, las posibilidades de una escalada militar aumentarán de forma considerable. La confrontación dejará de ser bilateral para convertirse en una guerra regional en la que cada frente alimentará a los demás.
Oriente Próximo posee una característica que lo diferencia de otros escenarios: las fronteras políticas no coinciden con las líneas estratégicas; es una consecuencia práctica de las divisiones geográficas fijadas por las potencias colonizadores durante el siglo XIX y XX. Una decisión adoptada en un solo país puede alterar inmediatamente el equilibrio de toda la región. Por eso, la crisis ya no puede analizarse como una suma de conflictos independientes, sino como un único tablero donde cada movimiento condiciona el conjunto.
La situación se complica porque el conflicto no se desarrolla en un vacío regional. En el mar Rojo, Yemen ha dejado de ser un escenario periférico para convertirse en un actor con capacidad para alterar el equilibrio internacional. El control de las rutas marítimas que conectan Asia con Europa convierte esta zona en una pieza esencial del comercio mundial. Cualquier interrupción prolongada afectaría al transporte de mercancías, al suministro energético y a la estabilidad económica global. La confrontación en torno a Yemen trasciende así el ámbito local para integrarse en la disputa por el control de los principales corredores estratégicos.

Arabia Saudí vuelve a ocupar una posición decisiva. Tras años de enfrentamiento con Yemen y después del acercamiento diplomático a Irán, Riad ha modificado su posición. El bombardeo del aeropuerto internacional de Saná supuso, de hecho, la ruptura del Memorándum que había puesto fin a una devastadora guerra de diez años. Desde entonces, Arabia Saudí se ha alineado con la estrategia de Estados Unidos y ha promovido una coalición militar integrada por países muy alejados geográfica y políticamente del conflicto. Esa heterogeneidad, lejos de reforzarla, aumenta sus contradicciones internas y dificulta su cohesión. La coalición militar que pretende establecer Riad, implica a países tan distintos como Níger (África) o Bangladesh (Asia) lo que aumenta el riesgo de conflagración mundial.

Irak constituye otro de los puntos críticos. Su posición geográfica, entre Irán, Siria, Turquía y el Golfo, la ha convertido históricamente en un espacio donde confluyen los intereses de las principales potencias. La presencia de las Unidades de Movilización Popular, con más de 220.000 combatientes bien armados y próximos a Teherán, añade un nuevo factor de inestabilidad. Cualquier operación militar contra Irán tendría consecuencias inmediatas en territorio iraquí y posiblemente Kuwaití. Las bases estadounidenses allí desplegadas son ya objetivos prioritarios, ampliando el conflicto mucho más allá de las fronteras iraníes.

Pakistán representa quizá el mejor ejemplo de las contradicciones que atraviesa esta crisis. Mantiene una estrecha relación con Arabia Saudí, pero necesita preservar sus vínculos con China y evitar una ruptura con Irán, vecino con el que comparte una extensa frontera y cuya estabilidad resulta esencial para su propia seguridad. A ello se suma la existencia de una importante comunidad chií, cercana a los cincuenta millones de personas. Participar en una guerra contra Irán tendría un enorme coste político interno. Por esa razón, Islamabad intenta conservar un difícil equilibrio que le permita mantener sus alianzas sin verse arrastrado a una confrontación regional.

Turquía introduce otra incógnita. Su pertenencia a la OTAN la convierte en un actor diferente al resto de países de la región. Una intervención militar directa de Ankara sería interpretada no solo como una decisión nacional, sino como una implicación de la propia Alianza Atlántica. Ese sería uno de los puntos de ruptura más peligrosos. Si Turquía entrara en la guerra, difícilmente podría sostenerse que la OTAN permanece al margen del conflicto. Mientras la confrontación continúe limitada a actores regionales todavía existirá un cierto margen para la contención. Pero si la OTAN acaba implicándose de forma directa, la naturaleza del conflicto cambiará por completo y aumentará el riesgo de una confrontación entre grandes bloques. Ucrania parece consciente de ello y busca mantener el respaldo político y militar occidental ampliando la conexión entre ambos escenarios. En esa lógica se enmarcan las acciones dirigidas contra intereses iraníes que contribuyen a presentar los conflictos de Europa oriental y Oriente Próximo como parte de una misma confrontación estratégica.

La suma de todos estos factores explica la gravedad del momento. Ya no existe un único frente de guerra, sino una red de escenarios interconectados. Israel, Gaza, Yemen, Irak, Arabia Saudí, Turquía y Pakistán han dejado de ser crisis independientes para formar parte de un mismo tablero estratégico, donde cada movimiento altera el equilibrio del conjunto. El desenlace dependerá de si todavía existe margen para la negociación o si, por el contrario, el vencimiento del plazo previsto para mediados de agosto termina desencadenando una escalada de consecuencias imprevisibles.

El tablero mundial: Rusia, China y el nuevo equilibrio internacional
La evolución de la crisis ya no depende únicamente de las decisiones que adopten Washington o Teherán. Oriente Próximo se ha convertido en el punto de encuentro de intereses mucho más amplios, donde las principales potencias miden su capacidad para influir en el nuevo equilibrio internacional. Rusia contempla esta crisis desde la experiencia acumulada en la guerra de Ucrania. Para el Kremlin, ambos conflictos forman parte de una misma disputa estratégica: la redefinición del poder occidental y el surgimiento de un orden internacional multipolar. Desde esa perspectiva, la ampliación de los escenarios de confrontación confirma el progresivo agotamiento del predominio unilateral de Estados Unidos.
China mantiene una estrategia diferente. Pekín evita una implicación militar directa, pero no permanece al margen. Su prioridad es preservar las rutas energéticas y comerciales de las que depende su desarrollo económico. El Golfo Pérsico, el mar Rojo y el océano Índico forman un espacio estratégico esencial para sus intereses.

En ese contexto adquiere especial importancia el eje que une China, Pakistán e Irán. Las conexiones entre el oeste chino, el puerto pakistaní de Gwadar y el puerto iraní de Chabahar constituyen una infraestructura estratégica destinada a garantizar el suministro energético y reducir la dependencia de otras rutas marítimas. Una guerra prolongada en esa zona supondría un grave riesgo para los intereses chinos. Por ello, Pekín procura reforzar su influencia sin asumir un protagonismo militar directo.
Ucrania responde a una lógica distinta. Necesita mantener el respaldo político, económico y militar de Occidente en un conflicto que se prolonga en el tiempo. En ese contexto deben interpretarse las acciones dirigidas contra intereses iraníes, con el objetivo de reforzar la conexión política entre ambos escenarios y presentar a Irán, Rusia y sus aliados como parte de un mismo desafío estratégico para Occidente.

Conclusión
Oriente Próximo se ha convertido ya en el principal escenario donde confluyen las tensiones del nuevo orden mundial. La incógnita no es si la crisis ha adquirido una dimensión regional e internacional, sino hasta dónde llegará y qué consecuencias tendrá sobre el equilibrio global. Tucídides lo advirtió hace más de dos mil años: cuando cambia la relación de fuerzas entre las potencias, aumenta el riesgo de conflicto. Porque las guerras cambian fronteras. Las crisis estratégicas cambian las épocas. La verdadera cuenta atrás no es la escalada militar, sino la de un mundo que está dejando atrás una era para entrar en otra.

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