Gaceta Crítica

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Segunda fase de la ofensiva reaccionaria. (2026–)

La nueva guerra híbrida de América Latina

Boaventura de Sousa Santos (SAVAGE MINDS), 15 de agosto de 2026

Un mitin de campaña el mes pasado en Medellín, Colombia, para Abelardo De La Espriella, el candidato presidencial de derecha. Crédito de la foto: Federico Ríos.

La segunda fase se caracteriza por una injerencia imperial más intensa contra las instituciones democráticas de los países objetivo, combinando la manipulación institucional con acciones extrainstitucionales —violentas o no— que implican graves violaciones del derecho internacional. También se caracteriza por dos nuevas formas de injerencia: el cristianismo político y la creciente intervención de Israel. De ahí el término «guerra híbrida». La magnitud de la injerencia reaccionaria aumenta exponencialmente en esta fase; sus instrumentos son tan sofisticados que reducen la soberanía de las naciones a meros juguetes o chistes de bar, y el número de países involucrados sigue creciendo. Se está desarrollando un vasto proceso de recolonización, que adopta la forma política del fascismo global. Se está gestando una internacional de extrema derecha, con los países latinoamericanos y europeos como sus principales objetivos.

Dada la naturaleza secreta de estos planes, solo podemos identificar las tácticas y estrategias indirectamente, a través de su aplicación concreta en el campo de las operaciones de contrainsurgencia. Es muy posible que su alcance sea mucho mayor que el que se detecta en los casos de injerencia conocidos. A principios de 2026, tres casos merecen especial mención: Venezuela, Honduras y Colombia. El hecho de haber presenciado tres intervenciones tan diversas —pero igualmente intensas— en tan poco tiempo revela un plan de intervención sumamente ambicioso. En este vasto laboratorio, el aparato de opresión opera a toda máquina.

Venezuela

Lo ocurrido en Venezuela desde enero de 2026 no tiene precedentes en la historia reciente de América Latina. La injerencia imperial en la política interna venezolana tiene una larga historia y se ha intensificado significativamente desde que Hugo Chávez lanzó la Revolución Bolivariana a principios del milenio. A pesar de la fuerte retórica antiimperialista de Chávez, las relaciones comerciales con Estados Unidos continuaron, particularmente en el sector petrolero. Figura carismática, Chávez dejó clara desde el principio su intención de ejercer plena soberanía sobre los recursos naturales del país, utilizando los ingresos para mejorar las condiciones de vida de poblaciones que hasta entonces no se habían beneficiado de la inmensa riqueza nacional. Se crearon extensos programas de redistribución social, entre los que destacarían las misiones —iniciativas en áreas como salud, educación e infraestructura, organizadas al margen de las normas burocráticas que rigen la intervención estatal—. Así surgió una forma de Estado paralelo que le granjeó a Chávez una inmensa popularidad, al tiempo que exacerbó la oposición interna de las clases sociales que hasta entonces se habían beneficiado, directa o indirectamente, de los ingresos petroleros generados y distribuidos por el “Estado Mágico”, como lo denominó el gran sociólogo venezolano Fernando Coronil. En escritos anteriores, he analizado —con solidaridad y a la vez con críticas— el proceso bolivariano, liderado por Chávez hasta su prematura muerte en 2013 y posteriormente por su sucesor, el exvicepresidente Nicolás Maduro.

En este texto, me limitaré a señalar que las políticas regionales e internacionales de Chávez y Maduro traspasaron varias líneas rojas impuestas por el imperialismo estadounidense. Una solidaridad concreta e inédita con Cuba. Una política regional que promovió la organización de los países del subcontinente fuera de la tutela estadounidense. Relaciones políticas y comerciales privilegiadas con China, Rusia e Irán. Una política de gestión petrolera que podría poner en peligro la posición del dólar como moneda de reserva mundial.

La respuesta imperialista fue inmediata. Desde el principio, incluyó los instrumentos de injerencia que hoy son habituales: un golpe de Estado, intentos de asesinato, embargos, sanciones, la confiscación de las reservas depositadas en el extranjero, la deslegitimación del presidente electo y la promoción internacional de un presidente títere, una farsa en la que la Unión Europea participó con entusiasmo. Dado que nada de esto funcionó, el componente militar de la injerencia se intensificó con el bombardeo de pequeñas embarcaciones en aguas territoriales venezolanas bajo el pretexto de que transportaban drogas. Así nació la caracterización del Estado bolivariano como un Estado narcoterrorista. Fue la primera gran expansión del concepto de terrorismo, a la que seguirían otras, como veremos.

El 3 de enero, fuerzas especiales estadounidenses capturaron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa durante la noche, asesinaron a más de dos docenas de miembros de la guardia presidencial —en su mayoría cubanos— y los trasladaron a Estados Unidos para que Maduro compareciera ante la justicia estadounidense por sus presuntos vínculos con el narcotráfico. También neutralizaron todo el sistema de defensa aérea. La “normalidad” se restableció rápidamente, y la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió la presidencia de la república.

Pronto se supo que la gestión de la producción y el comercio de petróleo se había transferido a empresas estadounidenses y que los ingresos petroleros, en lugar de ingresar al Tesoro venezolano, irían al Tesoro estadounidense, desde donde se distribuirían a Venezuela según criterios definidos por las autoridades estadounidenses, es decir, por el Secretario de Estado Marco Rubio. En cuestión de semanas, la Venezuela antiimperialista de la Revolución Bolivariana quedó reducida a la condición de protectorado estadounidense, administrado por el virrey Marco Rubio.

Resulta asombroso que esta violación sin precedentes de la integridad de un país soberano no haya provocado ninguna reacción en el llamado mundo occidental, ni siquiera en América Latina, donde las críticas no han ido más allá de vagas declaraciones de protesta.

En cuanto a la ONU, mejor no hablar de ella, no sea que nos desanimemos. Ha desaparecido, se desconoce su paradero y los esfuerzos por rescatarla se están reduciendo, dada la escasa esperanza de encontrarla con vida.

La intensidad de la injerencia imperial en la segunda fase es, por lo tanto, cualitativamente mayor que en la primera. Es difícil determinar hasta dónde llegará. Los indicios son preocupantes. Aún más preocupante es el hecho de que la influencia israelí en la intervención se hace cada vez más visible. Daré tres ejemplos —a modo de aclaración— de los que no pretendo extraer conclusiones definitivas.

Como la desgracia nunca viene sola, dos violentos terremotos azotaron Venezuela el 24 de julio. Varios países ofrecieron ayuda humanitaria, y es comprensible que Venezuela no pudiera elegir entre ellos. Sin embargo, resulta curioso el gran protagonismo que se le dio a la ayuda proporcionada por el ejército israelí. Las fuerzas militares responsables de la muerte de miles de niños palestinos en Gaza ahora desplegaban todo su celo en el rescate de niños venezolanos entre los escombros. Sin menospreciar la ayuda prestada, esto parecía una operación de limpieza de imagen o, simplemente, un énfasis en la «banalidad del mal» cometido en Gaza. No pude evitar recordar que Heinrich Himmler, el líder nazi responsable de la muerte de miles de judíos, entraba a su casa por la puerta trasera para no despertar al canario.

El segundo ejemplo se refiere a la Corte Penal Internacional. Es bien sabido que Israel, con la complicidad de Estados Unidos, ha librado una feroz campaña contra la Corte desde que esta solicitó una orden de arresto contra líderes israelíes, con Netanyahu a la cabeza. El 24 de julio, Venezuela anunció su retirada “firme e irrevocable” de la CPI. Independientemente de nuestra valoración de la CPI a lo largo de su existencia —y la mía es bastante crítica—, el momento y las circunstancias de la decisión de Venezuela no sugieren una mera coincidencia. Cabe señalar que Chávez criticó a la CPI por ser un “brazo del imperio estadounidense”. No es creíble que estas sean las razones detrás de la decisión del gobierno venezolano en este momento.

Finalmente, la composición de la delegación de congresistas estadounidenses que visitó Venezuela a finales de julio resulta reveladora sobre lo que está por venir. Dos de ellos, Brian Mast y Randy Fine, están estrechamente vinculados al lobby israelí en Estados Unidos, AIPAC. Una congresista, Kat Cammack, se especializa en seguridad nacional, asuntos fronterizos y defensa. Otro congresista, Jonathan Jackson, hijo de Jesse Jackson, aboga por el fin de las sanciones contra Venezuela y la descongelación de las reservas internacionales del país. El factor Israel —con sus inversiones y participación en la defensa de minerales raros— y la renovación del proyecto “Escudo de las Américas” de Trump, con la posible participación de Venezuela, parecen ser los temas a tratar en el futuro cercano.

Honduras

Como mencioné anteriormente, Honduras fue el primer país en sufrir el regreso de los golpes imperialistas al subcontinente en 2009. En abril de 2026, se hicieron públicas grabaciones de audio que contenían intercambios entre el actual presidente, Nasry Asfura, y el expresidente Juan Orlando Hernández, quien se encuentra encarcelado en Estados Unidos, tras haber sido condenado en 2024 a 45 años de prisión por narcotráfico e indultado por el presidente Trump en 2025. Ambos políticos pertenecen al mismo partido conservador, y los mensajes revelaron las condiciones para el regreso del expresidente al país como parte de un plan internacional liderado por Estados Unidos, Israel y Argentina para desestabilizar a los gobiernos progresistas del subcontinente, particularmente en Colombia, bajo el mandato de Gustavo Petro, y en México, bajo el mandato de Claudia Sheinbaum. El plan incluía el uso de iglesias evangélicas para la manipulación ideológica, nuevas bases militares, inversiones estadounidenses y la creación de zonas económicas especiales; ya conocemos el caso de la ciudad privada de Próspera en la isla de Roatán, financiada por Peter Thiel de Palantir. También contemplaba la creación de una unidad de periodismo digital para difundir noticias falsas con el objetivo de desestabilizar gobiernos progresistas y un marco legal que favorecería a las empresas de inteligencia artificial de Estados Unidos e Israel.

Nuevas grabaciones de audio, publicadas el 26 de julio por Diario Red (https://www.diario-red.com) en un artículo de Valeria Duarte Galleguillos, revelaron planes para “recuperar instituciones”, como el Tribunal Supremo y la dirección del Ministerio Público. Pero lo más inquietante de estas nuevas filtraciones —de confirmarse— es una vasta operación de espionaje y ciberespionaje llevada a cabo por empresas israelíes, en colaboración con las operadoras telefónicas Claro y Tigo, dirigida contra políticos, activistas de derechos humanos y ciudadanos comunes.

Los israelíes afirmaron que, mientras las personas se comuniquen dentro de Honduras utilizando números ubicados en territorio hondureño, es posible obtener cierta información, como con quién se comunican y otros datos. El software que poseen se limita exclusivamente a la colaboración con Tigo y Claro. Nota de voz de Nasry Asfura (audio 168)

Aparentemente, nada de esto es nuevo, ya que durante la presidencia de Hernández se detectó la interceptación de llamadas telefónicas —sin dejar rastro para el usuario— utilizando las tecnologías de Palantir de Peter Thiel, y Pegasus, el programa desarrollado por el grupo israelí NSO, tampoco es nuevo en el subcontinente. En 2011, México fue el primer comprador mundial de Pegasus, aún bajo la presidencia de Felipe Calderón, y con él, bajo Enrique Peña Nieto, se habría llevado a cabo ciberespionaje a 15.000 personas, entre ellas periodistas, activistas anticorrupción y abogados que representaban a víctimas (https://www.france24.com/es/am%C3%A9rica-latina/20210720-pegasus-espionaje-mexico-pena-nieto). Se dice que lo mismo ocurrió en Colombia bajo la presidencia de Iván Duque.

A la actividad de espionaje se suma la industria de la desinformación.

El 2 de agosto de 2026, el Times of Israel informó que Facebook había prohibido decenas de cuentas, páginas y grupos, muchos de ellos vinculados al Grupo Arquímedes de Israel, por «comportamiento inauténtico coordinado» en África subsahariana, América Latina y el sudeste asiático, con el objetivo de «moldear la realidad según los intereses del cliente» (https://www.timesofisrael.com/facebook-takes-down-network-of-fake-accounts-pages-linked-to-israeli-firm/).

Sus operaciones siempre se basan en la misma combinación: capacidad técnica para la vigilancia —que requiere una legislación que permita la eliminación del anonimato en las redes sociales y en los teléfonos— y herramientas para fabricar «hechos» y narrativas.

El uso masivo del espionaje combinado con la desinformación parece ser una de las herramientas preferidas de esta segunda fase de injerencia en países soberanos con gobiernos progresistas.

Colombia

Colombia es el tercer ejemplo de las operaciones destinadas a interferir y desestabilizar a los gobiernos progresistas que caracterizan esta segunda fase.

Las elecciones de mayo pasado dieron como ganador al candidato de extrema derecha Abelardo de la Espriella, abogado de narcotraficantes y grupos paramilitares armados —las “autodefensas”—, quien posee doble nacionalidad colombiana y estadounidense y reside en Miami. Su campaña, apoyada activamente por Donald Trump, trasladó el debate público a las plataformas digitales. No solo contó con mayor financiación, sino que se basó en gran medida en la desinformación y la manipulación de los votantes.

Según el periodista Lucas Ospina en La Silla Vacía , la mayor parte de la operación se desarrolló en servidores informáticos y grupos de WhatsApp organizados por niveles de «destinatarios», con vídeos generados algorítmicamente y adaptados al perfil de cada votante. Para el uribista acérrimo, el candidato aparecía como «El Tigre», aplastando guerrilleros. Para el evangelista, aparecía rodeado de pastores. Para el joven indignado por Gustavo Petro, el presidente de izquierda, el meme transformaba a De la Espriella en un felino omnipotente saltando sobre las ruinas del palacio de Petro. Para la madre soltera y cabeza de familia, el vídeo lo retrataba como un esposo-proveedor bíblico. Para el nuevo votante de clase media que soñaba con el orden, se le presentaba un vídeo épico con música de superhéroes, en el que el candidato implacable llegaba a una región asolada por la violencia para capturar al malhechor y traer prosperidad.

Cito extensamente este artículo porque arroja luz sobre las estrategias de manipulación y desinformación que se utilizan hoy en día en todo el mundo. Para resistirlas, es necesario comprenderlas.

Un estudio realizado por el Observatorio de Redes Sociales de la Universidad Católica de Colombia descubrió que la campaña de De la Espriella fue la que dominó con mayor fuerza el espacio virtual al presentar «los problemas sociales como amenazas urgentes», creando «la necesidad de respuestas inmediatas» y reforzando «su mensaje de autoridad».

La plataforma de campaña de De la Espriella se llamaba defensoresdelapatria.com y funcionaba según la misma lógica piramidal que gruposrodolfistas.com, el sitio web del candidato de derecha en 2022: enlaces de referencia personalizados, su propio código QR, un panel de puntos y un «Kit de Batalla» descargable. La campaña incluso lanzó un concurso que prometía viajes al Mundial de 2026 para el activista que consiguiera más contactos. Un esquema de marketing multinivel al estilo Herbalife, con bandera tricolor y camiseta incluidas.

Pero el gasto declarado es solo la punta del iceberg. Una investigación del blog Hyperconectado documentó una campaña activa de Google Ads, con 600 anuncios simultáneos en la red de display —visibles en cualquier sitio web monetizado en Colombia— que dirigen a los usuarios a un formulario para recopilar datos personales: nombre completo, edad, correo electrónico, número de WhatsApp, departamento y ciudad. El anunciante registrado en Google se identifica como “Luisa Portela”, sin identidad verificada. El financiador declarado del gasto publicitario es otra persona, “Juan Esteban Méndez”, cuya identidad tampoco ha sido verificada. El formulario no incluía una política de privacidad ni un mecanismo de consentimiento, violando la Ley N° 1581 de 2012 sobre protección de datos y la Circular Externa N° 002 de 2026 emitida por la Superintendencia de Industria y Comercio.

Todo se presenta hábilmente como una “iniciativa ciudadana”.

Alguien posee ahora una base de datos con los números de WhatsApp y la geolocalización de miles de colombianos que hicieron clic en un anuncio de Google. Se desconoce quién la gestiona o con quién se comparte. Pero su valor operativo es evidente: una lista segmentada por departamento y ciudad es precisamente el activo que completa el circuito de la red multinivel: su red de contactos, niveles de consumo, educación y ubicación. Es la diferencia entre disparar una ametralladora y disparar un rifle de francotirador, en palabras del operador digital Lester Toledo, quien contribuyó a la llegada de Bukele a la presidencia de El Salvador, cuando reduce a cada ser humano a un algoritmo electoral: «Un ciudadano es alguien con un teléfono celular».

Otro factor novedoso en la segunda fase de la injerencia es la religión política. Los mercaderes de la fe se aprovechan de las creencias religiosas de las poblaciones empobrecidas para ofrecerles una supuesta plenitud que, en absoluto, altera el statu quo de desigualdad y precariedad social. Se trata de un factor nuevo debido a la intensidad con la que se emplea actualmente, aunque se utiliza desde el Informe Rockefeller de 1969, tras el fracaso de la Alianza para el Progreso en contener el impulso progresista que la Revolución Cubana había inyectado en las clases trabajadoras. Poco después, pastores evangélicos —principalmente pentecostales y neopentecostales— inundaron el subcontinente. Sus iglesias y emisoras de radio, bien financiadas, transformaron gradualmente el catolicismo progresista que entonces dominaba —el de las comunidades eclesiales de base, fundamentado en la Teología de la Liberación— en un agente del «ateísmo satánico del comunismo».

La primera muestra de su poder provino de Guatemala, cuando el general Efraín Ríos Montt, miembro de la iglesia neopentecostal El Verbo , llegó al poder mediante un golpe de Estado con el apoyo de Ronald Reagan. Casi cuarenta años después, en 2019, Jeanine Áñez asumió el poder tras el golpe de Estado contra Evo Morales y el Estado Plurinacional de Bolivia, blandiendo la Biblia y proclamando que “la Biblia regresa al Palacio”.

La victoria de De la Espriella en Colombia no puede explicarse sin este factor religioso. En la edición del 29 de junio de 2026 de Diario Red , se puede leer un análisis detallado de la importancia del fenómeno religioso, utilizando como ejemplo una de las regiones del país:

El verdadero salto cualitativo en las urnas se produjo gracias a la Asociación de Pastores de Bucaramanga y Santander y la red de megaiglesias aliadas, que posteriormente se extendió por todo el país. El bloque religioso lanzó una discreta pero contundente campaña de educación cívica desde los púlpitos. A diferencia del voto de opinión, que fluctúa según los debates o escándalos de la semana, el voto religioso coordinado responde a directrices que buscan preservar la identidad. Fuentes cercanas a las uniones pastorales de la región confirman que el discurso difundido en las semanas previas al 31 de mayo equiparaba la plataforma de De la Espriella con “la defensa de la familia y las libertades frente a la agenda progresista”. Esta red sectorial proporcionó una base electoral inquebrantable de más de 35.000 votos altamente movilizados en el área metropolitana de Bucaramanga y se convirtió en la fuerza motriz y garante del voto en los colegios electorales el día de las elecciones.

Colombia es el primer gran país latinoamericano donde se aplica con máxima intensidad la ingeniería más sofisticada de manipulación y desinformación de la opinión pública, combinada con la politización conservadora del cristianismo. Los tres pilares políticos de esta injerencia son el imperialismo estadounidense, el sionismo israelí y el cristianismo político. Todo indica que los próximos países objetivo serán Brasil y México. Si esta estrategia tiene éxito, por ahora pondrá fin al ciclo de políticas progresistas en el subcontinente. Dos siglos después de su primera proclamación, la Doctrina Monroe alcanza su máxima expresión.

La intensidad de la manipulación y la desinformación hace que, en muchos casos, el debate sobre la existencia o no de fraude electoral pierda sentido. El fraude no se comete durante el recuento de votos, sino de antemano, cuando la opinión pública está libre y masivamente desinformada. La famosa frase, quizás inspirada por Umberto Eco y Pier Paolo Pasolini, cobra todo su significado: «La gente vota por un verdadero fascista creyendo que es un farsante, por miedo a un falso comunismo que consideran real».

Conclusión

Algunos científicos sociales latinoamericanos de izquierda —cuyos nombres no mencionaré para no avergonzarlos— han criticado duramente durante años a los países y gobiernos progresistas que, durante más de una década, han sido blanco de un ataque imperial cada vez más sofisticado. Para resumir sus críticas, acuñaron el concepto de «progresismo», que utilizaron peyorativamente para caracterizar a estos gobiernos. Implícitamente —y a veces explícitamente— argumentaron que tales gobiernos no eran de izquierda. En los últimos años, la extrema derecha ha capitalizado la deslegitimación proveniente de estos mismos «aliados» para profundizar la desestabilización. Como tantas veces en el pasado, estos científicos sociales sirvieron como títeres de estrategias que los trascendían. ¿Por qué una izquierda bienintencionada siempre se equivoca más que una derecha que no piensa?

Estoy convencido de que el departamento de liberación del gran laboratorio latinoamericano no está completamente desactivado, pero por ahora solo quedan ruinas. Estoy seguro de que estas ruinas sirven como semillas: un recordatorio de un pasado de lucha y resistencia y, a la vez, un presagio de un futuro de vida digna, tanto para los seres humanos como para los no humanos.

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