Tony Wood (SIDECAR NLR), 8 de Agosto de 2026

En marzo de 1934, un joven militante comunista llegó a caballo al pequeño asentamiento de Estación Camarón, en Nuevo León, al noreste de México. Había sido enviado por el partido para apoyar una huelga de campesinos algodoneros arrendatarios, en su mayoría familias migrantes empobrecidas provenientes del sur. Aunque solo tenía diecinueve años, ya había estado en prisión por su activismo, incluyendo una temporada en la colonia penal de las Islas Marías en 1932. Su llegada a Camarón llamó la atención de las autoridades locales y, en menos de una semana, fue arrestado; luego fue trasladado de una prisión a otra antes de ser enviado nuevamente a las Islas Marías.
Aunque José Revueltas (1914-1976) aún estaba lejos de convertirse en un novelista célebre e intelectual marxista, estas experiencias fueron claramente formativas: su estancia en las Islas Marías inspiraría su primera novela publicada, Los muros de agua (1941), mientras que su breve visita al extremo norte proporcionó el escenario y la materia prima para El luto humano (1943) . Sin embargo, no solo existe poca documentación sobre la estancia de Revueltas en Camarón —algunas notas dispersas y una breve carta a su madre—, sino que también hay pocos rastros de la huelga en sí: algunas menciones en la prensa comunista, un folleto extraviado en los archivos gubernamentales. No está claro si los huelguistas lograron alguna de sus demandas. De no ser por la breve aparición de Revueltas, la huelga podría haber sido otro de los grandes silencios anónimos en la historia de la lucha popular.
Esta laguna es el punto de partida de Autobiografía del algodón (2026) de Cristina Rivera Garza , que combina una profunda investigación histórica y memorias familiares con una reinterpretación novelística. Los abuelos paternos de Rivera Garza también estuvieron en Camarón en 1934, una coincidencia que la lleva a preguntarse:
¿Se conocieron allí José Revueltas y José María Rivera Doñez, en Estación Camarón, sobre la tierra blanquecina y ácida de la frontera, entre el viento, los arbustos y los robles enanos? ¿Era mi abuelo o mi abuela uno de esos rostros «severos y solemnes» que aún permanecían grabados en la memoria de José Revueltas años después, cuando escribía a mano —cuaderno tras cuaderno, hasta llenar nueve— su segunda novela? Espero que sí. Pero no hay forma de saberlo.
Nacida en 1964 en la ciudad fronteriza de Matamoros, Tamaulipas, Rivera Garza pasó parte de su infancia a treinta kilómetros al suroeste, en el pueblo de Anáhuac, adonde sus abuelos se habían mudado desde Camarón en 1937. Estudió sociología en la UNAM de la Ciudad de México antes de cambiarse a historia y obtener un doctorado en la Universidad de Houston, donde actualmente dirige el programa de escritura creativa en español. Reconocida a ambos lados de la frontera, ha recibido numerosos galardones en México, pero quizás sea más conocida en el mundo angloparlante por su obra ganadora del Premio Pulitzer, * El verano invencible de Liliana* (2023). Una poderosa memoria sobre su hermana menor, asesinada en 1990 por un exnovio que eludió la justicia, es también, inevitablemente, una reflexión más amplia sobre el feminicidio en México. El éxito de ese libro parece haber impulsado una oleada de traducciones: solo en el último año, han aparecido la novela La muerte me lleva (2025) y una colección de cuentos, Terrestrial (2026), así como Autobiografía del algodón ( Autobiografía del algodón, 2020).
Desde su primer libro de cuentos, La guerra no importa (1991), Rivera Garza ha publicado en múltiples géneros, desde poesía y novelas hasta obras de historia, aunque varios de sus libros son híbridos inclasificables de ficción, crítica y memorias. Por ejemplo, Había mucha neblina o humo o no sé qué (2016) es un análisis crítico de la obra de Juan Rulfo, pero también contiene elementos de crónica de viajes y reconstrucción imaginativa: extrapolaciones ficticias basadas en el registro histórico, similares a lo que la académica de estudios afroamericanos Saidiya Hartman ha denominado «fabulación crítica». El objetivo de Hartman era abordar los silencios o las lagunas en el registro histórico —escribir «con y contra el archivo», como ella misma lo expresó en 2008—. En Autobiografía de Cotton , Rivera Garza adopta una estrategia similar en relación con un pasado muy distinto, empleando una mezcla de géneros parecida a la de su libro sobre Rulfo para recrear las numerosas migraciones de su familia y situarlas en el contexto de la historia moderna de México. El resultado es, a mi parecer, una obra más convincente que gran parte de la ficción de Rivera Garza, que intencionadamente tiende a cierta abstracción u opacidad; en sus obras híbridas, por el contrario, el contrapunto entre los diferentes modos narrativos tiene un efecto propulsor, anclando los elementos ficticios a la vez que libera el material histórico. Si El verano invencible de Liliana era intensamente íntimo, Autobiografía es personal de una manera muy diferente. Más que un acto de reconstrucción o recuperación, es a la vez un intento de dar forma narrativa a las experiencias de sus antepasados y de afrontar los ciclos de despojo y migración que han moldeado el norte de México.
La cronología del libro se mueve con una fluidez onírica. La mayor parte de la narración transcurre entre la década de 1930 y la actualidad, reconstruyendo la llegada de sus abuelos al noreste de México y la nueva vida que comenzaron allí como agricultores de algodón, parte de un gran proyecto del gobierno de Lázaro Cárdenas para poblar la zona fronteriza y distribuir tierras. También se incluyen viajes anteriores que Rivera Garza realizó al norte con sus padres en la década de 1970 y, ya adulta, en la de 1980, así como pasajes que nos transportan aún más atrás, a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando sus ancestros emigraron hacia el norte desde las minas de San Luis Potosí hasta Coahuila. En un momento dado, Rivera Garza incluso retrocede hasta el siglo XVII, a la larga resistencia indígena a la colonización española en las tierras altas del centro-norte conocidas como Gran Chichimeca. Este pasado indígena es uno de los muchos legados sumergidos que ella desvela en el libro: en algún momento durante el transcurso de sus numerosas migraciones, su abuelo paterno, descrito como indígena en su certificado de nacimiento de 1879, se deshizo de esta etiqueta; un ejemplo concreto de cómo funcionó en la práctica la conversión silenciosa de indígenas en mestizos , y una clara demostración de la naturaleza construida y relacional de la identidad indígena en México.
Estilísticamente, Autobiografía está escrita en múltiples modos y con múltiples voces. Rivera Garza recurre a una abundante investigación de archivo —reproduce varios documentos y telegramas—, además de incluir interpolaciones ficticias de gran riqueza imaginativa; en otros momentos, el libro adquiere un carácter más ensayístico o de carácter más reflexivo. Una transición característica se produce cuando Rivera Garza describe la máquina de escribir Oliver de 1895 —«la carcasa del primer modelo era de color verde oliva y tenía grandes teclas octogonales blancas»— en la que uno de los protagonistas de Duelo humano de Revueltas escribe cartas a las autoridades; a continuación, imagina al líder del sindicato local de trabajadores agrícolas utilizando una máquina similar para escribir una carta denunciando la detención de Revueltas en 1934.
El domingo siguiente, desesperado tras esperar más de una semana, Arnulfo se sentó frente a la temible máquina de escribir y, luchando por controlar una rabia que apenas le permitía respirar, escribió una carta al gobernador del estado. Papel cebolla. Cinta negra de máquina de escribir. Las mayúsculas rebeldes saltando por encima o por debajo de una línea imaginaria. Y sus dedos índices golpeando las teclas.
Rivera Garza reproduce entonces la carta misma, y la escena imaginaria precedente se filtra en nuestra percepción del documento real. Este vaivén entre los registros históricos supervivientes y las narrativas fragmentarias y ficcionalizadas confiere al libro una cualidad inquietante, a la vez insistentemente material y desvinculada de certezas empíricas. No en vano Rivera Garza recurre repetidamente al título original de Revueltas para Duelo humano , con su doble sentido de ausencia corpórea y presencia fantasmal: Las huellas habitadas .
El propio Revueltas está presente en todo el texto, a la vez como fuente, protagonista, interlocutor y modelo estilístico. Su volumen autobiográfico Las evocaciones requeridas (1987), una recopilación póstuma de memorias, diarios y correspondencia, contiene un fragmento que escribió en la década de 1930 sobre Sabinas Hidalgo, donde se detuvo de camino a Camarón:
El norte es una tierra blanquecina y hiriente. Llanuras y desiertos aún indómitos: hostiles, poblados por arbustos y robles enanos, por cactus dolorosos que torturan la carne… El horizonte resuena, perforado por los rayos de un sol impune, rojo como una bola de fuego. La tierra se agrieta bajo los cascos de los caballos, seca y sedienta. El viento es un viento salvaje, implacable. Viento del norte. Feroz viento mexicano, libre, el más libre de todos; aúlla a través de las grietas de las casas de madera; levanta nubes de polvo gris; grita en medio de la desolación de los campos afligidos.
Rivera Garza abre Autobiografía evocando imágenes similares, como si habitara el lenguaje de Revueltas mientras lo ubica dentro de la escena; aunque su versión de Revueltas es aún más atenta a la vida orgánica a sus pies:
Primero se oye el sonido de los cascos golpeando la arena. Luego la respiración, tensa y entrecortada. Jadeos. Un resoplido. El suelo blanco se abre para dejar al descubierto acacias retorcidas, con sus copas redondeadas y raíces profundamente incrustadas en la tierra, y las ramas espinosas de los mezquites, de los que cuelgan largas y estrechas vainas y, ahora que es casi primavera, estas flores amarillas. El galope no cesa. Las herraduras esquivan los cactus barril esféricos, cuyas puntas espinosas y brillantes aparecen aquí y allá a lo largo del camino. Las flores blancas de la anacahuita. Los correcaminos. Los lagartos gusano. ¿No le habían dicho que esto era un desierto?
La escritora feminista chicana Gloria Anzaldúa es otra presencia destacada en el libro. Anzaldúa creció entre aparceros y trabajadores agrícolas en el lado texano de la frontera, «rebelde, terca, queer», como lo describe Rivera Garza; desarrollaría un lenguaje híbrido e intermedio para lidiar con su herencia plural en Borderlands/La Frontera: The New Mestiza (1987). Muchos miembros de la familia de Rivera Garza se establecieron en Estados Unidos —del otro lado— , mientras que otros se mudaban con frecuencia entre ambos países. Rivera Garza se cuida de no establecer un paralelismo demasiado directo entre las formas de marginación que experimentaron y las que sufrió Anzaldúa, pero es evidente un sentimiento de afinidad, arraigado en el paisaje implacable y sus peligros: Anzaldúa reconocía a la serpiente de cascabel como su nahual o animal guardián; la mordedura de este mismo animal mató a la abuela de Rivera Garza.
Pero los fantasmas que más inquietantemente planean sobre el libro provienen de un pasado muy reciente: las incontables víctimas de la «guerra contra las drogas» en México, que ha asolado este rincón del país con particular ferocidad. Rivera Garza señala la estrecha coincidencia entre los topónimos de su narración y los que aparecen repetidamente en los reportajes periodísticos:
Anáhuac, La Gloria, Las Tortillas, Antiguo Guerrero, Ciudad Mier, Camargo, Reynosa, El Control, Anáhuac. Para los habitantes del México del siglo XXI, esos son los nombres de lugares destruidos por la violencia y luego abandonados rápidamente sin siquiera mirar atrás. Allí han descubierto —y siguen descubriendo— fosas comunes donde convergen tantos huesos, tantas ausencias… Cuesta creer que, no hace tantos años, los nombres de esos pueblos evocaran esperanza en lugar de terror.
A pesar de este marcado contraste entre la promesa del pasado y la atrocidad contemporánea, Rivera Garza percibe una continuidad subyacente entre la década de 1930 y el presente, argumentando que existe una relación entre el breve período de abundancia de algodón y la sangrienta guerra que el Estado mexicano ha librado contra sus ciudadanos. El monocultivo de algodón provocó erosión del suelo y una crisis agrícola, solo parcialmente mitigada por el cambio al sorgo; luego llegaron las maquiladoras y la liberalización del comercio bajo el TLCAN, que trajo consigo, en el mejor de los casos, una explotación precaria para muchos. El desastre infligido al México rural desencadenó una nueva oleada de migración hacia el norte. La guerra contra el narcotráfico asoló entonces una región ya devastada; como lo expresa Rivera Garza: «Cuando todo esto terminó, cuando los recursos terrestres y humanos se agotaron, la región presenció la llegada imperiosa de la violencia: ahora despojada de todo disfraz, violencia pura, simple y sin adornos».
La sección final del libro se titula «Terricidio», subrayando la idea de un prolongado ataque contra la tierra. Pero, ¿quién o qué ha librado esta guerra? En ocasiones, Rivera Garza culpa al algodón mismo: «algodón atroz», que «no conoce la compasión» y que, de diferentes maneras, también devastó el sur de Estados Unidos. En otros pasajes, señala a agentes humanos, incluida su familia, atrapados sin saberlo en una batalla más amplia en la que el algodón era simplemente un instrumento: «Estábamos en guerra… El nombre de esa guerra era modernización». Ella misma, como señala, es producto de ese proceso de modernización: gracias a la relativa estabilidad que lograron sus abuelos, sus padres pudieron acceder a la educación, dentro de un contexto —el México de mediados del siglo XX— en el que aún era posible cierto grado de movilidad social.
Pero el autor implícito del terror parece ser el Estado mexicano, responsable tanto del ambicioso proyecto de colonización del algodón en la década de 1930 como de la violencia militarizada desatada contra sus propios ciudadanos en la actualidad. Ciertamente, existen matices: por ejemplo, Rivera Garza incluye un brillante retrato de Eduardo Chávez, el ingeniero que supervisó el proyecto de irrigación y la asignación de lotes de los que se beneficiaron sus abuelos. De hecho, el Estado cardenista aparece bajo una luz positiva, reflejada en las historias orales y en la memoria de los campesinos cuyas demandas escuchó y atendió. Sin embargo, Rivera Garza tiende a presentar la relación entre Estado y pueblo como fundamentalmente antagónica; ya sea en la actualidad o en el pasado histórico, el Estado se presenta como un agente de «despojo y saqueo» cuyas atenciones la gente común debe eludir o soportar. En un momento dado, incluso afirma, en un aforismo algo desconcertante, que «la arquitectura es una invención del Estado», y luego describe la construcción por parte de sus antepasados de refugios improvisados y móviles como una búsqueda de autonomía constantemente interrumpida.
El carácter represivo y recurrente del Estado mexicano, desde la época porfiriana hasta Tlatelolco y la guerra contra el narcotráfico, es innegable. Pero, ¿puede la cadena histórica de acontecimientos en el norte de México, desde el cultivo del algodón hasta la narcoviolencia, subsumirse realmente en una sola campaña llevada a cabo por un Estado inmutable? ¿O nos encontramos, en cambio, ante una concatenación incesante de sucesos que se desarrollan en el mismo espacio geográfico, pero bajo condiciones estructurales fundamentalmente diferentes, impulsadas por factores materiales distintos y actores sociales y políticos dispares? La propia Rivera Garza evoca con claridad el contraste entre el Estado cardenista y sus sucesores posteriores del PRI, ya sea en su faceta desarrollista o como ejecutor tecnocrático del neoliberalismo. Un análisis materialista del proceso de desarrollo capitalista en la región sin duda debería tener en cuenta estos y otros momentos de ruptura, de fisuras en la continuidad que Rivera Garza identifica.
Esto nos lleva a la fractura principal, extrañamente subestimada en la narrativa de Rivera Garza: la frontera entre Estados Unidos y México. Claro que gran parte del libro trata sobre la zona fronteriza, y ella reflexiona con frecuencia sobre cómo su vida y la de su familia se han visto marcadas tanto por la permeabilidad como por la dura solidez de esa frontera. Pero lo que resulta menos evidente es el papel de la frontera como una división que evidencia un enorme desequilibrio de poder entre dos Estados-nación. Cada uno posee estructuras socioeconómicas y regímenes políticos muy diferentes, pero es imposible concebir cualquier aspecto de la historia moderna de México —desde su composición territorial hasta sus patrones migratorios, desde sus cambiantes fortunas económicas hasta su papel como corredor de tránsito de drogas— sin tener en cuenta la vasta y decisiva asimetría entre este país y su vecino del norte. El otro lado —el otro lado— no es, en ese sentido, un lugar separado, sino una fuerza siempre presente, como la gravedad, que constantemente moldea la trayectoria de México.
Rivera Garza conoce mejor que nadie estos efectos estructurales, pues los ha vivido de cerca; en su Autobiografía, ha preferido centrarse en la lucha humana por la supervivencia que se desarrolla bajo su peso. Sin embargo, la línea en el mapa ha moldeado inexorablemente las condiciones en las que se produce esa lucha, no solo al delimitar zonas de enorme desigualdad de riqueza y poder, sino también al contribuir a crear esas disparidades y luego a afianzarlas. Estas diferencias han transformado repetidamente el Estado y la sociedad mexicanos, ya sea estableciendo los términos de la integración del país en el mercado mundial; remodelando su economía mediante los altibajos de la inversión; abasteciendo tanto la demanda de drogas como las armas que sustentan el narcotráfico; o imponiendo límites claros a la capacidad del Estado para proteger o proveer a sus ciudadanos.
Es a través de las diferencias creadas y perpetuadas por la frontera que se ha desplegado la larga desposesión que describe Rivera Garza, no como el proyecto continuo de un solo Estado, sino como sucesivas iteraciones de desarrollo capitalista y despojo, cada una con la impronta de un sistema totalizado de desigualdades que trasciende la frontera. Estos patrones también acechan en Autobiografía del algodón de maneras más sutiles. Antes de que una combinación de plagas y vulnerabilidades del mercado pusiera fin al auge del algodón en el noreste de México, señala Rivera Garza, la variedad de Gossypium hirsutum que más se cultivaba en Tamaulipas se llamaba, apropiadamente, Empire.
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