Hojat Ghalandari (Z NETWORK), 8 de Agosto de 2026
Imagen de buques de guerra estadounidenses en el estrecho de Ormuz por el sargento Alexis Flores, Armada de los Estados Unidos / Wikimedia Commons, en dominio público.
En gran parte de la teoría política, la emancipación se concibe a través del lugar de trabajo. Si se supera la alienación en la producción, si los trabajadores reconocen sus intereses comunes y si el trabajo se organiza en condiciones más justas, entonces quizás surja la solidaridad. Esta es la premisa esperanzadora que subyace a muchas teorías de liberación centradas en el trabajo; la fábrica ha ocupado un lugar privilegiado en el imaginario político. La explotación se produce donde el trabajo se organiza; la solidaridad se forma a través del trabajo compartido; la emancipación comienza cuando los trabajadores reconocen sus intereses comunes y transforman las relaciones de producción. El lugar de trabajo se convierte en el principal escenario de la lucha política. Esta visión ya no describe con precisión el mundo en que vivimos.
Desde mi perspectiva en Irán, las luchas decisivas de nuestro tiempo se centran cada vez más no en la producción, sino en la circulación. La capacidad de fabricar bienes sigue siendo importante, pero la producción misma depende ahora de vastas infraestructuras que determinan si se permite el movimiento de bienes, capital, energía, información y finanzas. La cuestión central ya no es simplemente quién es dueño de la fábrica. La cuestión es quién controla las rutas marítimas, los sistemas de compensación financiera, las plataformas digitales, los corredores energéticos, los puertos, los regímenes de sanciones y la seguridad marítima de los que depende toda economía moderna.
Como afirma Charles Taylor, el capitalismo contemporáneo se sustenta en dos bases inseparables: el comercio y la seguridad. Los mercados no pueden existir sin rutas seguras para la circulación de bienes, capital e información. El transporte marítimo depende de la protección naval. Las finanzas dependen de sistemas de pago fiables. El comercio digital depende de una infraestructura de comunicaciones estable. Los seguros, el derecho marítimo, la logística y la estabilidad geopolítica no son pilares secundarios del capitalismo; son condiciones constitutivas del mismo. La producción crea valor, pero la circulación determina si ese valor puede existir económicamente.
Pocos lugares lo demuestran con tanta claridad como el estrecho de Ormuz. Este estrecho es una de las principales arterias de la circulación energética mundial. Cualquier interrupción repercute de inmediato en los precios del petróleo, los costes de transporte marítimo, los mercados financieros y los cálculos geopolíticos. La importancia estratégica del estrecho evidencia que el poder contemporáneo reside cada vez más en la capacidad de regular la circulación, más que en la producción misma.
Esto ayuda a explicar la singular posición de Irán en la geopolítica contemporánea. Ya sea por su ubicación geográfica, sus alianzas regionales o su capacidad para amenazar las rutas marítimas y los flujos energéticos, Irán posee una influencia que no puede comprenderse únicamente a través de la teoría laboral. La importancia estratégica de este país radica menos en sus fábricas y más en su posición dentro de las infraestructuras que sustentan la economía global. Por lo tanto, el conflicto político no solo se manifiesta a través de ejércitos o centros de trabajo, sino también mediante sanciones, restricciones financieras, rutas marítimas, mercados de seguros, puertos y redes energéticas.
La experiencia de los iraníes de a pie refleja esta transformación. Las dificultades económicas están sin duda ligadas al trabajo, pero también se experimentan directamente a través de la inflación provocada por las sanciones, las restricciones a la banca internacional, la inestabilidad monetaria, las interrupciones en el comercio y la incertidumbre en torno a la seguridad regional. La alienación ya no se limita a la fábrica; también puede manifestarse a través de las infraestructuras que organizan la propia circulación. Las aduanas, el tipo de cambio, las terminales marítimas y la red financiera pueden ser fuentes de opresión y explotación, al igual que el lugar de trabajo.
Esta transformación también revela un cambio más amplio dentro del capitalismo. Muchas de las empresas más influyentes del mundo logran su dominio no tanto a través de la propiedad de fábricas, sino más bien mediante el control de redes, logística, plataformas, datos y acceso al mercado. De hecho, si se cuenta con la infraestructura necesaria, lanzar plataformas como Amazon y Meta y convertirlas en gigantes financieros mundiales no es tarea difícil. En otras palabras, su poder depende de infraestructuras que permiten realizar transacciones a escala global. Su éxito presupone rutas comerciales estables, sistemas financieros seguros, comunicaciones fiables y órdenes políticos capaces de sustentar el intercambio internacional.
Si este diagnóstico es correcto, la teoría política debe reconsiderar dónde se ubica la emancipación. El trabajo sigue siendo indispensable, pero ya no basta como principal herramienta para comprender la dominación política. Una política centrada únicamente en el ámbito laboral corre el riesgo de pasar por alto los mecanismos mediante los cuales se ejerce realmente el poder contemporáneo. Hoy en día, la influencia reside cada vez más en la capacidad de controlar la movilidad; de hecho, necesitamos controlar el flujo de capital: transporte marítimo, aduanas, banca, soberanía monetaria; y la única forma de obtenerlo es mediante la guerra asimétrica, los bloqueos y el sacrificio estratégico. Mientras no contemos con poder estructural, la reconciliación es una trampa.
Por eso, el estrecho de Ormuz tiene una importancia que trasciende las fronteras de Oriente Medio. Este estrecho simboliza una transformación en la geografía del poder. Los conflictos decisivos de nuestro siglo se libran cada vez más en torno a puertos en lugar de fábricas, logística en lugar de talleres, sistemas financieros en lugar de cadenas de montaje y corredores marítimos en lugar de distritos industriales. Las infraestructuras de circulación se han convertido en el nuevo terreno donde se organizan tanto la dominación como la resistencia.
La cuestión para la teoría política, por lo tanto, ya no es simplemente cómo los trabajadores pueden recuperar los medios de producción. Se trata de si la emancipación política genuina es posible sin transformar las infraestructuras que rigen la circulación global. Quien controla estas infraestructuras ejerce una influencia extraordinaria sobre los estados, los mercados y las poblaciones por igual. En el siglo XXI, la lucha por la libertad comienza cada vez más no en la fábrica, sino en las redes a través de las cuales se mueve el mundo.
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