Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

En busca de un sujeto político

Oliver Eagleton (NLR Y JACOBIN), 5 de Agosto de 2026

¿Cómo pueden las izquierdas dar continuidad a su tradición de lucha en un momento en que las viejas certezas se desmoronan?

¿Cuál es el sentido de los medios de izquierda cuando el horizonte del socialismo parece de una lejanía inalcanzable? Tribune se relanzó en los días más luminosos de 2018, en el punto más alto del «momento populista» británico, cuando el corbynismo emprendió un ataque directo contra las fortalezas del establishment. Vinculada históricamente al sector más esclarecido del Partido Laborista, la revista ocupaba una posición de privilegio para moldear este movimiento insurgente, haciendo converger a los sindicatos, las fuerzas parlamentarias progresistas y grandes masas de votantes desencantados. Cada página parecía encarnar ese proyecto histórico.

Sin embargo, siempre existió una tensión inherente, latente bajo el liderazgo de Corbyn y abierta tras su colapso. Por un lado, Tribune continuaba siendo una publicación de la izquierda organizada e institucionalizada, ligada al laborismo como el vehículo histórico de los intereses de la clase trabajadora. Por el otro, se había integrado a una marea de Nueva Izquierda que reflejaba la erosión de esa misma esfera cívica, disputando el vacío generado por el neoliberalismo mediante la pretensión de representar a un colectivo más amorfo: «el pueblo» o «las mayorías».

El dilema para Tribune radicaba en honrar sus raíces proletarias o sumarse al programa popular. ¿Debía mantenerse fiel a nuestro sujeto histórico clásico o abrazar a su presunto sucesor? La aplastante derrota electoral de 2019 sugirió que el populismo no era un terreno fácil de conquistar para la izquierda, en tanto un aristócrata egresado de Eton lo reclamó para la derecha, vinculando al «pueblo» con la «raza» y la «nación», y cosechando votos entre descendientes de mineros. Pero tampoco parecía viable regresar a las viejas categorías. En otro tiempo, el trabajo social había convertido al trabajador productivo en un potente portador de la emancipación universal: quienes construían colectivamente el mundo entero estaban facultados para rehacerlo. Luego llegaron las privatizaciones, la represión estatal, la desindustrialización y la globalización, fuerzas que desarticularon esa experiencia de clase en Gran Bretaña y destruyeron los mundos de vida que alimentaban las esperanzas socialistas. Pese a sus fallas, el populismo de izquierda de la década de 2010 constituyó al menos un esfuerzo serio por asumir la dimensión de esa tragedia: buscaba un sujeto político para el presente.

Hoy la tarea de la política radical consiste en continuar esa búsqueda, tras la derrota de la promesa socialista original y de su variante populista más reciente. La izquierda de la década de 2020 habita tanto la resaca del movimiento obrero del siglo XX como las ruinas del corbynismo, de Podemos, de Syriza y de la campaña de Sanders. En este paisaje arrasado, el qué hacer depende de quiénes conserven la capacidad de movilizarse: qué colectivos pueden articularse y bajo qué configuraciones para construir una sociedad más tolerable o, al menos, frenar la destrucción de la existente. Nuestro propio nombre plantea ahora un interrogante: ¿tribuno de quiénes?

Manteniendo una apertura mental absoluta en la búsqueda de nuevos sujetos sociales y políticos, nos proponemos arraigar la revista en cada rincón de la izquierda británica —en la política electoral, en los movimientos sociales, en los sindicatos grandes y pequeños— y reflejar toda la gama de sus luchas. Cultivaremos vínculos con socialistas del exterior cuyas experiencias ayuden a clarificar posibles caminos en nuestro propio país. Afinaremos nuestra mirada sobre la cultura y la experiencia vivida como ámbitos donde se moldean las subjetividades y donde la resistencia a la dominación del capital suele ser más aguda. Y sostendremos esta perspectiva plural poniendo en diálogo a distintos partidos, liderazgos y campañas, rechazando cualquier alineamiento exclusivo, bajo la convicción de que la izquierda solo podrá salir de su atolladero combatiendo en una multiplicidad de frentes.

Esta orientación se refleja en los ensayos que componen esta entrega, los cuales reflexionan sobre el escenario posterior al repliegue de la marea populista de izquierda. En conjunto, captan la asimetría definitoria de nuestra época, que denominamos populismo tardío: mientras la política socialista se tambalea tras fracasar en su intento de reemplazar a la clase trabajadora tradicional por «el pueblo» y busca afanosamente otros actores que ocupen ese lugar, la política reaccionaria avanza a paso firme, ampliando su base popular mediante la intolerancia y el pánico moral.

Aunque ninguno de los dos sectores ha abandonado el populismo como recurso retórico, la dinámica es sustancialmente distinta a la de hace una década. En la izquierda existe hoy una conciencia generalizada de que una guerra de maniobra mediática resulta insuficiente y de que se necesitan estrategias de más largo plazo para reconstruir la vida cívica e impregnarla de un sentido de transformación socialista. En la derecha, donde la invocación cínica del pueblo ha sido más eficaz, esta se combina cada vez más con las exigencias reales del ejercicio del poder: mover los engranajes del Estado, promulgar leyes y reprimir a la oposición. Mientras los sectores socialistas continúan excluidos de las instituciones del orden establecido, las fuerzas neonacionalistas consolidan su dominio sobre ellas.

Hay analistas que aún sostienen que la principal fractura política de nuestro tiempo enfrenta a «populistas» contra «neoliberales», mientras otros argumentan que las derechas y las izquierdas populistas ocupan posiciones estructuralmente equivalentes, siendo ambas fuerzas «hiperpolíticas» que generan un ruido estruendoso pero resultan incapaces de desplazar la hegemonía del centro. Estos diagnósticos pecan de autocomplacencia. La realidad es que los populismos de derecha y el neoliberalismo están convergiendo en los temas fundamentales —inmigración, libertades civiles, cambio climático, protección social— y tejiendo alianzas formales e informales de Occidente a Oriente. Al ofrecer formas limitadas de «protección» o «seguridad» a grupos étnicos privilegiados, la política reaccionaria le otorga al neoliberalismo la base de masas que requiere para apuntalar su legitimidad. El resultado es un proceso estatal de purificación racial y de consolidación de la clase dominante, avalado por casi todo el arco político, salvo por una izquierda que suele mostrarse impotente para frenarlo.

Ya no estamos ante el populismo disruptivo y vital de la década de 2010, cuando partidos emergentes irrumpieron en el mapa electoral abriendo nuevos horizontes de posibilidad. Desde entonces, los ritmos de la violencia estatal y las aventuras imperiales se han vuelto más monótonos: un vaivén predecible entre la histeria y la resignación, promesas vacías de crecimiento e infinitas exigencias de austeridad. Si el populismo temprano alimentó la esperanza de revertir el declive, el populismo tardío parece asumirlo como algo inevitable, ya sea lucrando con sus efectos o buscando cómo reconstruir entre los escombros.

Este número de Tribune busca rastrear esa lógica política en los países del Norte Global donde el populismo sufrió esta mutación en la última década. Comenzamos con una radiografía de Gran Bretaña, donde un profundo malestar engendró nuevos contendientes electorales —encabezados por los Verdes y Reform UK— cuyas apelaciones a sus respectivos «pueblos» están atravesadas por un discurso de crisis civilizatoria que la derecha domina con mayor destreza que la izquierda. A esa panorámica le sigue un texto de intervención de Jon Trickett, quien recupera sus décadas de trayectoria como diputado laborista para reflexionar sobre las encrucijadas de la socialdemocracia en un contexto de estancamiento económico. Tribune aprovecha así la oportunidad para hacer lo que mejor sabe hacer: propiciar conversaciones intergeneracionales que conjuguen los viejos principios socialistas con el compromiso de mirar de frente al presente. Frente a quienes hoy buscan la salvación inmediata en figuras como Andy Burnham, nuestra cautela se asienta en esta perspectiva histórica de más largo alcance.

A partir de allí, dirigimos la mirada hacia otras naciones donde se multiplican los síntomas del populismo tardío: Estados Unidos, Francia, España, Alemania y los Estados poscomunistas de Europa del Este. Mientras la derecha irradia odio en cada sistema político y la socialdemocracia se choca contra sus propios límites, la resistencia encuentra vía de escape en La Nueva Francia de Jean-Luc Mélenchon o en el socialismo municipal de Zohran Mamdani: combinaciones inéditas de recursos políticos, métodos de organización y configuraciones sociales mediante las cuales la izquierda intenta anticipar su proyecto transformador en el presente. Lo que unifica a las iniciativas socialistas más eficaces, según destacan nuestros autores, es su negativa a escindir la esfera «económica» de la «cultural», reconociendo que las presiones de la primera se experimentan inevitablemente en la segunda y que es en el choque entre ambas donde se produce la política.

Junto a este panorama internacional, presentamos ensayos sobre alternativas conceptuales y derivaciones del populismo de izquierda de las que pueden nutrirse activistas y militantes. Hal Foster reivindica los «bienes comunes» y su potencial utópico, capaz de desenterrarse incluso de lo que a primera vista parecen escombros distópicos. Gabriel Winant describe cómo la «interdependencia proletaria» en las comunidades desposeídas crea potencialidades políticas latentes que la labor de organización puede activar. Por su parte, Lea Ypi centra su atención en los impulsos emancipadores de «la lectura», capaz de vislumbrar una solidaridad olvidada entre las líneas del texto literario: un universal frágil que perdura en nuestros tiempos fragmentados.

Ninguno de estos conceptos constituye una solución mágica para el socialismo. Sin embargo, su inclusión en este número señala el comienzo de un proyecto político en Tribune que esperamos otorgue un rumbo más claro a la izquierda en Gran Bretaña y fuera de ella, mediante el trazado de los mapas conceptuales y las fuerzas de clase que puede articular en su desigual contienda contra la reacción. Si bien no debemos subestimar la fortaleza de nuestros enemigos, tampoco corresponde soslayar la propia. Por más adversa que resulte la coyuntura británica actual, hemos visto cómo quienes han sido estigmatizados como ajenos u oprimidos se han unido para resistir el recrudecimiento de la ofensiva gubernamental contra la población migrante y su complicidad activa con el genocidio: dos causas donde la confluencia de demandas materiales y culturales encendió la chispa política. En este terreno, la izquierda ha logrado frenar deportaciones, bloquear fábricas de armas, colmar las calles de manifestantes, forzar giros de política pública y llevar bancadas al parlamento: una base lo suficientemente sólida sobre la cual construir.

La cuestión racial resulta crucial para esta oposición emergente, en tanto las tentativas del Estado por fragmentar a la clase trabajadora según líneas étnicas terminan gestando nuevas formas de unidad popular y nuevas comunidades de resistencia, sobre todo entre quienes sufren con mayor dureza la represión. El reto que nuestro equipo editorial buscará abordar consiste en cómo traducir estas alianzas coyunturales —a menudo arraigadas en condiciones locales muy específicas— en una política de clase con vocación universal, a la altura de una era de catástrofes.

Nuestro nuevo editor sénior, Barnaby Raine, acaba de lanzar el pódcast insignia de la revista, postscript: un ciclo de entrevistas de reflexión sobre el futuro del socialismo mientras se desmorona la mitología de Occidente. Nuestro nuevo redactor, Matt Kennard, elaborará crónicas y ensayos de investigación para cada entrega trimestral, utilizando su notable talento periodístico para desenmascarar las brutalidades del sistema imperial y las vías más eficaces para desestabilizarlo. Asimismo, nuestra editora adjunta, Lauren Kelly, estará a cargo de crónicas de campo sobre aristas ignoradas de nuestra cultura política, trascendiendo la mera opinión para dar visibilidad a historias y experiencias que el periodismo hegemónico prefiere ocultar.

Nuestro proyecto excede la labor editorial: buscamos convertir a Tribune en un actor dinámico dentro del campo político mediante una agenda de actos públicos y alianzas con organizaciones afines. Estamos digitalizando el archivo histórico completo de la revista —con textos clásicos de George Orwell, Aneurin Bevan, Michael Foot y referentes anticoloniales de Sudáfrica e India, entre muchos otros— que pronto estará disponible en línea por primera vez. Con ello aspiramos a entablar un diálogo entre pasado y presente que responda a nuestro objetivo político de fondo: proyectar los legados de la lucha socialista en un momento en que las estructuras que solían cobijarlos se encuentran en pleno colapso.

Hacia el final de la ofensiva tatcheriana, el historiador Ross McKibbin especuló en las páginas de la London Review of Books con que el desmantelamiento del poder sindical podía resultar, a la larga, algo positivo. Argumentaba que eso eliminaría el gran fantasma agitado por la derecha y liberaría a la izquierda de una pesada carga. Resulta muy revelador observar cuán equivocado estaba aquel análisis, del mismo modo en que erran quienes hoy pretenden sostener posturas análogas: la idea de que si tan solo le diéramos la espalda a las personas migrantes, condenáramos a la población musulmana o nos distanciáramos de la comunidad trans, podríamos reanimar nuestras maltrechas expectativas políticas. Para que exista una izquierda con vitalidad, esta debe escuchar sus propias tradiciones y renovarlas. Ello implica reconocer la forma en que el movimiento obrero forjó culturas de solidaridad internacionalista. Significa encontrar los destellos de esa solidaridad en los sindicatos que aún combaten por sus bases y por una perspectiva de transformación social amplia; en quienes recuperan espacios y se movilizan contra los aumentos de alquileres o el avance del control policial; en quienes desafían la cárcel para inutilizar la infraestructura de la muerte; en quienes se niegan a que los centros comunitarios se conviertan en centros de procesamiento de datos; o en quienes rechazan las opresiones ligadas a la raza o al género para bregar por nuevas categorías colectivas.

¿Cómo puede terminar de configurarse este sujeto político? ¿Qué coaliciones nos permitirán profundizar y extender estos focos de resistencia? ¿De qué manera podemos rescatar horizontes de emancipación entre las ruinas de los proyectos del pasado? Esos son los interrogantes de nuestra época.

Oliver Eagleton es editor de New Left Review. Es autor de The Starmer Project: A Journey to The Right (Verso, 2022).

Deja un comentario

Acerca de

Writing on the Wall is a newsletter for freelance writers seeking inspiration, advice, and support on their creative journey.