Gaceta Crítica

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El neoestatismo estadounidense

Álvaro García Linera (ex vicepresidente de Bolivia) ANT/AGÓN, 14 de Julio de 2026

En esta contribución Álvaro García Linera saca las conclusiones de un comportamiento del capitalismo estadounidense que va más allá de la segunda presidencia Trump y se remonta a la presidencia de Biden: lo que denomina el «neoproteccionismo», donde el poder ejecutivo y sus agencias federales operan como agentes centrales del proceso de formación del capital financiero de las corporaciones mediante el uso del proteccionismo y la imposición de condiciones al capital inversor. 

Postal contra el libre comercio. La tarjeta muestra que el proteccionismo conduce a la prosperidad y a buenos salarios, mientras que el libre comercio conduce al desempleo y a la miseria. La tarjeta está fechada en 1910, después de que el tema dividiera al Partido Conservador y provocara una derrota ante los liberales en 1906. Getty Images. Creative Commons.
Postal contra el libre comercio. La tarjeta muestra que el proteccionismo conduce a la prosperidad y a buenos salarios, mientras que el libre comercio conduce al desempleo y a la miseria. La tarjeta está fechada en 1910, después de que el tema dividiera al Partido Conservador y provocara una derrota ante los liberales en 1906. Getty Images. Creative Commons.

 

Estados Unidos está ensayando un nuevo modelo de acumulación económica que marca un corte histórico con la forma neoliberal y globalista que predomino durante los últimos los 40 años. No es el clásico capitalismo de Estado, porque no crea empresas estatales de envergadura. Tampoco es un Estado como mera herramienta de los capitalistas, pues no es la competencia entre ellos la que regula las decisiones gubernamentales. Lo que hoy vemos emerger en Estados Unidos es un Estado que usa todo su poder económico (aranceles, inversión púbica, deuda, guerras y chantaje político) para dirigir y comandar a aquellos sectores empresariales que habrán de ser el núcleo de la acumulación y del crecimiento económico nacional.

Todo comenzó a manifestarse  al momento de la crisis de 2008. La burbuja inmobiliaria estadounidense, que desencadenó la crisis financiera mundial y la Gran Recesión, solo pudo ser atenuada por la inyección de dinero del Banco Central (Fed), equivalente al 6,5 por cien del PIB. En 2020, el nuevo “salvataje” para las empresas privadas llegó al 25 por cien (FMI, Monitor Fiscal, 2021). Claramente, los mercados no se salvan por sí mismos de las crisis que provocan. Necesitan de la prótesis gubernamental para ampararse, y de los recursos públicos para crecer. Luego vinieron los aranceles, no solo contra la economía industrial más poderosa (China), sino también contra todo el mundo.

Para 2026, los aranceles promedio que ha impuesto Estados Unidos son del 13 por cien. Para China, del 33 por cien; para la UE, del 15 por cien. Hace 20 años, estos no pasaban del 1,4 por cien (Banco Mundial, 2025). Pero lo más relevante de este neoproteccionismo exacerbado, es el uso coercitivo del mismo. Está siendo utilizado para obligar a países y empresas transnacionales a invertir en Estados Unidos en áreas que el gobierno considera prioritarias, a cambio de no ser asfixiadas con nuevos aranceles. El año 2025, Trump logró el compromiso de cerca de 9 billones de dólares de inversión, a cargo de los Emiratos Árabes, Qatar, Japón, Arabia Saudí, Corea del Sur y la Unión Europea; y de empresas como Apple, que se ha comprometido a invertir en territorio estadounidense 600.000 millones, o Nvidia, con 500.000 millones en chips e inteligencia artificial. Otros 500.000 millones en IA provienen de OpenAI y Softbank. También están entre las comprometidas a realizar inversiones IBM y TSMC, la principal productora de chips del mundo (El País, 16 de agosto de 2025).

Si a estas alturas de los acontecimientos los padres fundadores del liberalismo ya deben estar revolcándose en sus tumbas, no sé qué harán al enterarse de que, en el altar de la “seguridad nacional”, Estados Unidos hoy abandera la cruzada de las “políticas industriales” o de intervencionismo estatal para apuntalar el desarrollo de industrias locales sobre la base a subvenciones, créditos baratos, exenciones fiscales o transferencias directas.

El presidente Biden aprobó la Ley IRA, que dispone de hasta 500.000 millones de dólares para el traslado de cadenas de suministros energéticos a Estados Unidos. La Ley CHIPS dispone de 280.000 millones para apoyar la meta de autosuficiencia tecnológica en la elaboración de microprocesadores. La Ley de Infraestructura y Empleo moviliza 2.2 billones de dólares para la construcción de infraestructura federal para hacer “competitiva a la industria nacional” (NBER, 2026).

La administración Trump ha avanzado aún más. Ha asignado al Eximbank, el Departamento de Energía (DOE) y a la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional (DFC) la tarea de invertir en “proyectos que contrarresten la presencia china en regiones estratégicas y fortalezcan la cadena de minerales críticos”. La DFC tiene una cartera de 40.000 millones de dólares en más de 50 países, con preferencia en África y Europa del Este en proyectos de minerales críticos, energía e infraestructura. Para 2026, tiene a disposición otros 205.000 millones. Ello ha permitido que después de décadas, Estados Unidos superado a China como principal inversor en África en 2025. El método de financiación preferido es el de la compra de paquetes accionarios de las empresas. Es el caso de la empresa estatal congoleña Gécamines, para el cobre y el cobalto, o Serra Verde, en Brasil, con una inversión de 565 millones para extraer tierras raras magnéticas. En Mozambique, se han vuelto socios de una planta de procesamiento de grafito. En Kazajistán, con 900 millones del Eximbank, se han hecho con la propiedad de una mina de tungsteno (NYT, 28 de junio de 2026). En el interior de Estados Unidos, el gobierno ha adquirido participación en Thacker Pass, una mina de litio, y ha dispuesto de 1.600 millones de dolares para apoyar a la empresa USA Rare Earths en una cadena de valor “desde la mina hasta el imán” (Phenomenal World, junio de 2026).

Pero el apoyo estatal no es solo financiero, es también de garantía de retorno y apalancamiento. Se fijan precios mínimos de compra y una segura valorización en la bolsa. Por ejemplo, la compra estatal del 10 por cien de la empresa de microprocesadores INTEL logró que su valor de mercado pasara en pocas semanas de 176.000 MMUS a 543.000 MMUS (Bloomberg, V, 2026). Igualmente el Financial Times informa sobre las negociaciones para que el Estado acceda al 5 por cien del paquete accionario de OpenAI y Antrophic , antes que ellas hagan su salida a la Bolsa de valores (FT, 02 de julio de 2026). Aunque en menor escala, lo mismo ha sucedido con otras empresas como Lithium Americas o MP Materials, cuyo valor de acciones se han multiplicado un 200 por cien a raíz de inversiones estatales. Este dirigismo estatal para apuntalar o direccionar empresas privadas en áreas estratégicas de rivalidad estructural con China queda evidenciado con mayor claridad en las recientes acciones gubernamentales con respecto a TikTok, SpaceX y Anthropic. A la primera, de propiedad de empresarios chinos, la obligó a vender la mayoría de su paquete accionario a empresarios locales como requisito para seguir operando en Estados Unidos. La segunda, de propiedad de Elon Musk (dedicada al lanzamiento de cohetes espaciales reutilizables, incluyendo misiones a marte, internet global y turismo espacial) hizo una espectacular salida a la bolsa de valores para capitalizarse el 11 de junio, logrando recaudar 75.000 millones de dólares, pese a tener una facturación solo de 18.700 y una pérdida de 4.900 en 2025 (Morning Star, 26 de junio de 2026).

Horas antes, intempestivamente, Trump anunciaba que no habría más ataques a Irán ya que estaban aprobados los puntos de acuerdo entre ambas partes. Las bolsas de valores saltaron de júbilo y, “casualmente”, las acciones de SpaceX también. En el caso de Anthropic (empresa de Inteligencia Artificial que ha desarrollo el asistente Claude y modelos avanzados de ciberseguridad) se trata de castigo y devaluación.

Al negarse a trabajar con el gobierno en temas de armas autónomas y vigilancia nacional (BBC, 27 de febrero de 2026), la administración Trump la excluyó de cualquier contrato federal, le prohibió el uso de sus modelos avanzados por parte de extranjeros y la calificó como un “riesgo para la cadena de suministros”. Finalmente, se halló un compromiso de mutuo beneficio, pero bajo regulación y seguimiento gubernamental (CNN, 1 de junio de 2026) En todos los casos, ya no estamos ante un Estado que facilita y sirve de soporte a las fuerzas del mercado que asumían el protagonismo de la expansión y la acumulación empresarial (el neoliberalismo). Ahora, El Estado crea mercados, los regula, potencia con recursos públicos aquellas áreas y cadenas de valor que considera estratégicas, y castiga a quienes no se someten a sus prioridades geopolíticas. A diferencia del capitalismo de Estado de los años 50 y 60, el Estado norteamericano no es propietario de las áreas económicas de mayor acumulación y prioridad estratégica. Pero tampoco deja que el mercado defina las áreas de mayor dinamismo, como en épocas del neoliberalismo.

Aquí se amalgaman ambas fuerzas en un modelo hibrido donde el privado es el actor económico -de la acumulación y frente a los trabajadores-, pero el Estado es el que define -en torno a prioridades geopolíticas y de seguridad nacional- qué sectores son el eje del nuevo modelo de acumulación capitalista. Estamos transitando el paso del Estado soporte de los mercados a un régimen económico en el que el Estado es protagonista, creador cogestor de los mismos. Ciertamente este nuevo régimen de acumulación, no sigue un plan previo, sino que avanza a tropezones, improvisaciones y contingencias convergentes.

Lo grotesco y corrupto de los actos gubernamentales que lo acompañan solo confirma la naturaleza de todos los modos de acumulación capitalista. Si tomamos en cuenta que China, la otra gran potencia mundial, tiene también al Estado como el planificador de la acumulación, del mercado, del libre comercio y del equilibrio entre empresa privada y empresa pública, es por demás evidente que el neoestatismo es la marca de la nueva época económica que, torpemente, comienza a despuntar. Todos estos cambios globales están llevando a una fructífera discusión respecto a las mutaciones que atraviesa el capitalismo contemporáneo. Aunque los acercamientos son todavía imprecisos.

Por ejemplo, hay liberales atormentados que consideran que el intervencionismo estatal es una transgresión de las tradicionales reglas del marcado -como plantea el Cato Institute-. Ciertamente, se trata de un prejuicio más propio de un despiadado consuelo para pobres, que de un argumento consistente. Como lo muestran Hacker y Pierson, los grandes beneficios empresariales siempre han dependido de los vínculos políticos con las dependencias gubernamentales (Winner-Take-All Politics, 2010). Otros afirman que lo que estaría sucediendo en Estados Unidos sería un tipo de “capitalismo político” en el sentido de que “el poder político puro más que la inversión productiva es el factor determinante de la tasa de retorno” (Brenner & Riley, NLR, 2023). Ello estaría dando lugar a un nuevo tipo de acumulación económica rentista asegurada mediante el acceso privilegiado al Estado. Hace décadas, G. Arrighi en su estudio de los ciclos sistémicos de acumulación (El largo Siglo XX, 1999), ya vio que los hegemones globales, en su momento de declive, transitan de la fase productiva a la financiera, en la que los beneficios son obtenidos en la especulación, el crédito y las inversiones monetarias, que absorben el plusvalor generado en las esferas de la producción global. La pérdida del liderazgo industrial global estadounidense (del 30 al 17 por cien en 40 años) muestra esta transición.

Pero lo interesante de los últimos 5 años es el repunte de la inversión en inteligencia artificial (IA) en Estados Unidos. En 2025 se invirtieron 550. 000 millones de dólares, en tanto que para el 2026 se tiene previsto llegar a los 800.000. Es posible que en esta euforia por la IA haya una dimensión especulativa, pues se trata de una apuesta a la creencia de “rendimientos futuros”. De hecho, en las últimas semanas ha habido un desplome del valor de mercado de sus acciones, perdiendo más de 2 billones de dólares (Financial Times, 30 de junio de 2026) Pero también es innegable que hay una gran parte de inversiones en infraestructuras físicas complejas como los centros de datos, los aceleradores (GPU, ASIC, etc.), sistemas eléctricos y cableados. Un informe de Goldman Sachs calcula que hasta 2031 se gastarían cerca de 7 billones de dólares en este tipo de capital tecnológico masivo (G.S, 1 de mayo de 2026). De hecho, esta actividad es la que hoy sostiene el crecimiento de la economía norteamericana. Cerca del 30 por cien del del aumento del PIB real se debe a las inversiones materiales en IA (Fed, enero de 2026). Además, la IA no es una mera burbuja especulativa corporativa. Se trata de una tecnología que contribuye a la generación de enormes masas de valor mercantil. Sus centros de datos tienen como soporte todo el trabajo intelectivo -datos- que la sociedad global ha puesto en circulación digitalmente (información, imágenes, estructuras gramaticales…). Las empresas dueñas de los aceleradores computacionales y de los centros de datos se apropian gratuitamente de todo ese colosal trabajo individual de millones de individuos a lo largo de siglos -sus datos- y, luego, sus potentes procesadores, al articular, integrar, seleccionar, comparar y deducir nuevas informaciones, se apropian también de esta nueva fuerza productiva social emergente de la asociatividad de los datos individuales, garantizando el monopolio de una tecnología productiva que no sea agota con su uso, sino que se incrementa, y que permitirá a sus pocos poseedores -las Big Tech- unas ganancias extraordinarias. Como lo confiesa A. Karp, ejecutivo de Palantir, una de las empresas de software, IA y análisis de datos mas importantes del mundo, los datos son el gran “tesoro” de toda su actividad (Le Grand Continent, 3 de junio de 2026) Esto también echa por tierra las propuestas referidas a que el capitalismo habría sido sustituido por un nuevo sistema económico, el tecnofeudalismo, en el que unas pocas empresas tecnológicas que monopolizan el acceso a plataformas digitales cobran una renta a quienes deseen utilizarlas parcial y temporalmente (Duran, Tecnofeudalismo, 2021). Tiempo atrás, Marx ya estudió diversas formas de obtención de ganancias extraordinarias, bajo la forma de renta, pero también, como en este caso de las plataformas y la IA, de “plusvalía extraordinaria” resultante de la incorporación de tecnologías más productivas en el proceso laboral. El uso exclusivo de “fuerzas productivas extraordinarias” en una empresa le permite tener un “trabajo potenciado” de tal manera que en un lapso de tiempo iguale la empresa favorecida con la innovación tecnológica genera “valores superiores a los que produce el trabajo social medio del mismo tipo” (El Capital, t.I, pp. 386-387). Como el valor de un producto mercantil es social, es decir es el promedio del tiempo de trabajo en esa rama empresarial, el valor individual del producto de la empresa más productiva es menor, por lo que la porción del trabajo impago de la que el capitalista se apropia, es mayor. Esto se puede ver en la rapidez y economía de costos que otorga un buen asistente de IA especializado, por ejemplo, a un arquitecto, al momento de diseñar un plano de un gran edificio, a un ingeniero en el cálculo de resistencia de materiales para construir un puente, o a un investigador social cuando busca las referencias precisas de otros autores, etc. El trabajo de días y de varias personas queda sustituido por unas pocas instrucciones personales de media hora. La IA es una tecnología, y quienes controlan los procesos productivos y autogenerativos de la IA controlan una “fuerza productiva extraordinaria” que les permite apropiarse de un valor social. Igualmente, hay condiciones de producción de las que el capitalismo continuamente se apropia gratuitamente, sin que eso modifique su naturaleza ni haya dado lugar a “siervos” ni feudalismos tecnológicos. Es el caso del trabajo asociado, la cooperación, a la que Marx denomina “fuerza productiva social” que es subsumida a la producción sin que le cueste nada al empresario (El Capital, I, p. 400) La suma de varios trabajos separados siempre tiene muchísimo menos rendimiento que el trabajo asociado y combinado. Pero el dueño de la empresa no paga por la productividad de ese “cuerpo productivo global” que eleva la cantidad de trabajo impago del que se apropia. Lo mismo podemos decir del trabajo doméstico que forma la capacidad laboral de las personas y que aumenta el plusvalor despojado, etc. Algo parecido sucede con la expropiación de los datos personales de los consumidores digitales. Tomados uno a uno, son inservibles. Aunque son un tipo de trabajo a pequeña escala, su gigantesco valor radica en su volumen articulado, porque eso permite a los centros de cómputo de las Big Tech asociar los datos, hallar regularidades, establecer algoritmos y parámetros de desarrollo territorial, incidir sobre ellos, etc. Y ese “cuerpo productivo global”, esa “fuerza de trabajo combinada” resultante de la asociación de los datos (trabajo) individuales, más su procesamiento dirigido, es el valor agregado que introducen los monopolios tecnológicos y la clave de sus ganancias extraordinarias.

En conjunto, no estamos ni ante un accidente pasajero que el globalismo liberal enmendará con una nueva elección en Estados Unidos, tampoco ante el liderazgo de una acumulación capitalista por rentas depredadoras; y mucho menos ante la “muerte” del capitalismo (Varoufakis, 2024). Lo que existe es una modificación del modo de acumulación dentro del capitalismo, de la relación Estado-mercado, de la ampliación de las maneras de explotación y de la distribución de los monopolios legítimos.

Que esto vaya a ser la característica del nuevo ciclo de expansión económica global, dependerá de la consolidación de un soporte productivo expansivo que garantice un crecimiento sostenido durante las siguientes décadas y, con ello, de un nuevo sistema de creencias que cohesione a las sociedades hoy fracturadas. De no suceder así, todo ello será parte de los nuevos sustratos devorados por la vorágine de las crisis sistémicas, que duraran aún más. Europa lo sabe y por eso ha ensayado algunas iniciativas de proteccionismo ante la apabullante industria china, y ha dispuesto de recursos para apuntalar la autosuficiencia en ciertas áreas económicas consideradas prioritarias (defensa, energías renovables, semiconductores, IA). Pero se trata aún de un estatismo sin convicción, forzado y a media máquina. Sus élites liberales todavía tienen la mentalidad anclada en el extinto globalismo. La capacidad de aguante de las humillaciones que diariamente les arroja el presidente Trump habla del patético estupor de unos elegantes tecnócratas que, a estas alturas, ya huelen a naftalina. Y, en América Latina, el panorama tiende a ser más dramático por las gigantescas deudas sociales que arrastra el continente. Los gobernantes conservadores que, por hoy, tienden a predominar, en una exhibición de crueldad histórica contra sus pueblos, se aferran al cadáver putrefacto de un neoliberalismo marginal que lo único que les puede deparar es convertir a sus países en irrelevantes vasallos proveedores de materias primas, sin opción alguna a la soberanía o la industrialización.

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