Gerardo Lisco (Espai Marx), 14 de Julio de 2026

En los últimos meses me ha llamado la atención la publicación del ensayo El momento straussiano de Peter Thiel, empresario, fundador de Palantir Technologies y uno de los principales inspiradores de la política de Donald Trump. El volumen constituye una clave de interpretación útil para comprender la evolución ideológica de una parte significativa de las élites estadounidenses y el progresivo abandono del universalismo liberal en favor de una concepción abiertamente mesiánica de la misión de Estados Unidos en el mundo. El ensayo parte de dos acontecimientos fundamentales: el atentado del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas y la constatación de que, a pesar de los cientos de miles de millones de dólares transferidos a los países en desarrollo tras la Segunda Guerra Mundial, esas mismas sociedades se han rebelado progresivamente contra la hegemonía estadounidense. En esencia, el «soft power», las ayudas económicas e incluso la superioridad militar no han logrado convencer a esos pueblos de que el «American way of life» representara el modelo universal al que aspirar.
No obstante, cabe señalar que esos miles de millones de dólares no se destinaron a las inmensas masas de pobres que viven en África, Asia o América Latina. Se dirigieron principalmente a oligarquías políticas, clases dirigentes y, muy a menudo, a dictaduras sanguinarias fieles a los intereses geopolíticos de Estados Unidos. Thiel escribe: «El siglo XXI se inauguró con el estruendo devastador del 11 de septiembre de 2001. En aquellas horas, todo el marco político y militar de los siglos XIX y XX, y de toda la era moderna, basado en la disuasión armada, en la racionalidad de los Estados-nación, en la opinión pública y en la diplomacia internacional, se resquebrajó…» Para Thiel, aquel atentado marca el fin de toda una época histórica y hace necesario un nuevo pacto social basado en la limitación de las libertades individuales y en el fortalecimiento del Estado de seguridad. No es casualidad que el artífice de esta teoría sea también el fundador de Palantir Technologies, una empresa que recopila enormes cantidades de datos, los organiza y los pone a disposición de los servicios de inteligencia y las fuerzas armadas estadounidenses para orientar las decisiones políticas y militares. La construcción del Estado de vigilancia no representa, por tanto, únicamente una elección teórica, sino que coincide perfectamente con los intereses económicos y empresariales del propio Thiel. En otro pasaje del ensayo, afirma:
«Tras la Segunda Guerra Mundial, el Consenso de Washington exigió enormes transferencias de riqueza del mundo desarrollado al mundo en desarrollo…»
Según Thiel, el proyecto de desarrollo internacional promovido por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones occidentales debería haber generado crecimiento económico y estabilidad política. El hecho de que esto no haya sucedido se interpreta como el fracaso del enfoque universalista de Occidente. Sobre estas premisas toma forma la reflexión filosófica del autor. De hecho, Thiel comienza con una crítica radical de la Ilustración.
En su opinión, fue precisamente a partir de la cultura ilustrada cuando se fue abandonando progresivamente toda reflexión sobre la naturaleza humana. Por lo tanto, propone un retorno a las grandes tradiciones filosóficas anteriores a la Era de la Ilustración. Escribe: «Existe, naturalmente, una tradición occidental más antigua…». Para Thiel, los seres humanos no son buenos por naturaleza, ni se guían espontáneamente por la razón. Son potencialmente malvados, o al menos peligrosos. Desde Agustín hasta Maquiavelo, la tradición preilustrada habría tenido el mérito de no olvidar nunca esta característica fundamental de la naturaleza humana. En definitiva, son tres los pilares sobre los que se asienta su construcción teórica: el trauma del 11 de septiembre, el fracaso del Consenso de Washington y la convicción de la maldad fundamental del ser humano. Traducido en términos políticos, el razonamiento es muy sencillo: Estados Unidos habría sido generoso con el resto del mundo, pero una humanidad intrínsecamente malvada habría respondido con violencia y con el rechazo de la civilización estadounidense. En este punto entran en escena Carl Schmitt y Leo Strauss. La referencia a Schmitt es fundamental sobre todo para la distinción entre amigo y enemigo y para la concepción de la política como conflicto permanente. Al referirse al enfrentamiento entre Occidente y el Islam, Thiel señala que el mundo islámico conserva una sólida concepción religiosa y política de la realidad, mientras que Occidente habría perdido ya las razones profundas de su lucha. Paralelamente, recurre a Leo Strauss y a su crítica de la modernidad. Dos afirmaciones resultan especialmente significativas: la existencia de una jerarquía de fines universalmente válidos, pero no de normas universalmente válidas, y la idea de que las consideraciones dirigidas a los enemigos externos pueden extenderse también a los elementos subversivos internos. Leídos en conjunto, estos principios constituyen el fundamento teórico de la suspensión de la democracia en nombre de la salvación del orden político. Lo que queda es el liberalismo transformado en una verdad revelada de la que Estados Unidos se considera guardián y defensor. La religiosidad a la que alude Thiel no coincide simplemente con el cristianismo, sino con una concepción mesiánica de la historia según la cual la sociedad estadounidense habría sido llamada por una misión providencial a civilizar el mundo. Hoy en día, esa misión se percibe como amenazada tanto por los enemigos declarados —China, Rusia y el mundo islámico— como por los aliados considerados ingratos. Desde esta perspectiva, cobran sentido muchas de las posturas adoptadas por Donald Trump. Las críticas dirigidas a la Unión Europea, la petición de anexionar Groenlandia, las presiones ejercidas sobre Canadá, la exigencia de que los aliados europeos sufraguen íntegramente el coste de la guerra en Ucrania y aumenten el gasto militar en el marco de la OTAN responden todas a la misma lógica. Si Estados Unidos garantiza la seguridad de Occidente, los aliados deben demostrar una lealtad absoluta y contribuir económicamente al mantenimiento del imperio.
La última referencia teórica es René Girard, de quien Thiel se considera discípulo. El concepto central es el del chivo expiatorio. Según Girard, la guerra de todos contra todos termina cuando la violencia colectiva se concentra contra una única víctima, cuya eliminación restablece temporalmente el orden. Trasladada al ámbito geopolítico, esta teoría plantea interrogantes inquietantes.
¿Quién será el chivo expiatorio destinado a reconstruir un nuevo equilibrio mundial? Israel se perfila como el aliado privilegiado de la actual Administración estadounidense, mientras que, en el ámbito interno, la creciente tribalización de la sociedad estadounidense hace que la competencia entre grupos sociales y políticos sea cada vez más encarnizada. En este contexto, el papel que desempeña Palantir a través del control y la organización de los datos adquiere una importancia decisiva. En el plano internacional, el principal problema afecta, por su parte, a Europa. Tal y como está organizada hoy en día, la Unión Europea no parece capaz de hacer frente a un enfrentamiento estratégico con Estados Unidos. Adquiere armamento estadounidense, importa gas y petróleo de Estados Unidos y ha asumido gran parte de la carga financiera del conflicto entre Rusia y Ucrania. A ello se suman las presiones ejercidas por los países bálticos y Polonia, la convicción ideológica de que hay que defender el honor de Occidente mediante el apoyo incondicional a Ucrania y la confusión generalizada entre la crisis del liderazgo estadounidense y una supuesta crisis irreversible de todo Occidente. Volviendo al Momento straussiano, más allá de la superficialidad y la tosquedad de la elaboración filosófica de Thiel, lo que realmente debería preocupar es el fuerte componente mesiánico y religioso que impregna todo el volumen. Thiel está convencido, y con él millones de estadounidenses, de que Estados Unidos ha sido llamado a una misión histórica y providencial: moldear el mundo a su imagen y semejanza. Si se rechaza esta misión, la respuesta no puede ser otra que el castigo de la disidencia. Desde esta perspectiva, el liberalismo deja de ser una doctrina política y se convierte en una fe, mientras que la política internacional adquiere cada vez más los rasgos de una guerra religiosa librada en nombre de una verdad revelada.
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