Martin Barnay (LE MONDE DIPLOMATIQUE), 6 de Julio de 2026
¿Cómo ven los demócratas el mundo, ahora que las decisiones diplomáticas del presidente Trump son cada vez más impopulares? A falta de un líder y más allá de un simple regreso a la era de Obama y Biden, cuesta encontrar en sus filas una estrategia de política exterior propiamente dicha. Por no hablar de un consenso interno, ya sea respecto a Oriente Próximo o a China.
James Esber. — Sin título (Two Gun Cowboy) (Pistolero con dos revólveres), 2015
Tras meses de tergiversaciones, por fin se ha hecho público el tradicional informe de “autopsia” encargado por el Comité Nacional Demócrata (DNC, por sus siglas en inglés) para identificar las causas de la derrota de Kamala Harris en las elecciones presidenciales. El texto ha suscitado las iras de una parte de los dirigentes del partido, que le reprochan pasar por alto los asuntos más sensibles, como las consecuencias electorales del apoyo de la Administración de Biden-Harris a la guerra israelí contra Gaza.
Esta laguna ha llamado singularmente la atención. Los trabajos preparatorios del DNC arrojaban luz sobre el coste político del apoyo brindado por el presidente Joseph Biden al Gobierno de Benjamín Netanyahu. Pero en la versión final del documento —de cerca de 200 páginas— no figura mención alguna a Israel, Gaza o los palestinos, y ello pese a que la propia Harris había admitido, a finales del pasado febrero, que la Administración de la que era vicepresidenta debió haberse distanciado de Netanyahu. Una encuesta realizada antes de los comicios en varios estados bisagra advertía, por añadidura, que, por cada elector inclinado a condenar un embargo estadounidense sobre las armas enviadas a Israel, había cinco que se mostraban a favor de la medida. En la actualidad, cerca de dos tercios de los simpatizantes demócratas se declaran más favorables a los palestinos que a los israelíes: tres veces más que en 2013 (1).
La penetración del lobby israelí
Sin embargo, en la reunión celebrada esta primavera, el DNC rechazó varias resoluciones que proponían condicionar la ayuda militar estadounidense al respeto del derecho internacional. La línea oficial sigue siendo poco más o menos la misma que en la era Biden: críticas a veces severas al Gobierno de Netanyahu acompañadas de una negativa a poner en tela de juicio los cimientos de la asociación estratégica entre Washington y Tel Aviv. Esta constancia se explica por el peso de la costumbre a la que se ve sometida una clase política modelada por décadas de relaciones privilegiadas con Israel. También se debe a que, desde el 7 de octubre de 2023, el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), la principal organización del lobby proisraelí, ha aumentado considerablemente su financiación de campañas electorales e invertido sumas récord para que los candidatos demócratas más críticos con Netanyahu salgan derrotados.
Las primarias organizadas con vistas a las elecciones parlamentarias de medio mandato, cuya celebración está prevista para noviembre de este año, han demostrado, no obstante, que el grupo de presión proisraelí ha captado el cambio de talante de los estadounidenses a propósito de Israel. Su influencia se ejerce hoy por medios más indirectos. Sus inversiones a menudo disimulan la causa a la que sirven transitando por mecanismos de título anodino, como, en Illinois, “Elegir a las mujeres de Chicago” o “Un Chicago asequible para todos”. Con todo, y aunque la favorita del lobby se ha hecho con la candidatura a un escaño de senadora, varios candidatos apoyados por estas redes han sido derrotados en el estado.
Estas son las fuerzas —presión de las bases, peso de los donantes e inercia del aparato del partido— con las que debe arreglárselas la joven guardia demócrata, cuya figura más destacada es Alexandria Ocasio-Cortez. El lenguaje de esta representante por Nueva York —cercana a Bernie Sanders— a propósito de Israel contrasta con la cautela del establishment: acusa a Israel de cometer un genocidio y denuncia la responsabilidad de Washington en la prosecución de la guerra. Así y todo, sus aspiraciones senatoriales —tal vez hacerse con el escaño del muy proisraelí Charles “Chuck” Schumer, presidente del grupo demócrata en la cámara alta— le imponen cierta dosis de compromiso: Ocasio-Cortez ha votado sostenidamente en favor de la financiación de la “Cúpula de Hierro” israelí.
Habida cuenta de que la política exterior se ha convertido en un terreno de alto riesgo para los demócratas, tras la derrota de 2024 el partido se ha esforzado por orientar el debate hacia asuntos juzgados menos controvertidos, como el coste de la vida, la vivienda o los abusos cometidos por los agentes del servicio de inmigración (ICE). Y cuando los dirigentes demócratas se han visto en la necesidad de pronunciarse sobre las operaciones militares emprendidas en Venezuela e Irán, su oposición ha sido moderada: crítica de las formas, silencio sobre el fondo.
Por ejemplo, en lo tocante a la incursión en Caracas, Hakeem Jeffries, jefe de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes, se conformó con emitir un lacónico comunicado en el que celebraba el secuestro del “criminal y dictador autoritario” Nicolás Maduro, limitándose a señalar que la Casa Blanca no había “informado debidamente de antemano al Congreso” y a recordar que el presidente tenía “la responsabilidad constitucional de respetar la ley y proteger las normas democráticas” (2)…
La guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán, en lo que supone un nuevo enfrentamiento directo entre el país norteamericano y un adversario capaz de plantarle cara, ha puesto al partido en una posición todavía más delicada. Resulta difícil atenerse a una crítica puramente formal cuando nueve de cada diez votantes demócratas se declaran opuestos al actual conflicto. Tanto más por cuanto las operaciones resultan extremadamente costosas: en torno a 35.000 millones de dólares solo en los dos primeros meses (3). Y eso mientras la Administración de Trump sigue adelante con drásticos recortes en los presupuestos destinados a educación, sanidad y ayuda alimentaria.
De ahí que los dirigentes demócratas hayan elevado un tanto el tono. Christopher Coons, copresidente de la Comisión de Ética del Senado, ha denunciado una intervención guiada por los “caprichos” del presidente antes que por “los análisis y consejos de expertos” (The New York Times, 4 de marzo de 2026). Al igual que en el caso de Venezuela, el énfasis se pone en el procedimiento —como las derivas del Ejecutivo o el hecho de ignorar al Congreso— más que en la dimensión moral de la intervención, su legitimidad a la luz del derecho internacional o lo fundado de sus objetivos.
Ir más lejos obligaría a los demócratas, en efecto, a reconocer su parte de responsabilidad en la escalada. En un artículo de opinión publicado en el New York Times, Robert Malley, negociador jefe para Oriente Próximo en tiempos de Barack Obama, y el historiador Stephen Wertheim, una figura de la corriente “realista” en relaciones internacionales, pusieron en entredicho la política de las Administraciones de Obama y Biden. En su opinión, ambos presidentes demócratas contribuyeron a encerrar a Estados Unidos en una lógica de confrontación con Irán en la que la opción militar tiende a imponerse como la solución por defecto (4).
El acuerdo de 2015 sobre el sector nuclear iraní contradice en apariencia este análisis: incluso le valió a Obama ser desafiado por Netanyahu ante el Congreso estadounidense. Pero ese compromiso, al que se llegó pese a la oposición de una parte de Washington —incluso entre los demócratas—, no modificó el marco de las relaciones con Teherán. Es más, Obama lo presentó como un mecanismo de alcance limitado cuyo fin era impedir que Irán se hiciera con el arma nuclear, pero sin cuestionar los demás recursos coercitivos en manos de Estados Unidos. En ausencia de arraigo parlamentario, el acuerdo no sobrevivió a la llegada al poder de Trump, que se deshizo de él en 2018.
Las reacciones más acaloradas contra la presente intervención proceden de personalidades asociadas al ámbito del movimiento MAGA, como el comentarista político Tucker Carlson, la exdiputada Marjorie Taylor Greene o el exdirector del Centro Nacional de Contraterrorismo Joseph Kent. No obstante, en el Congreso se ha impuesto la disciplina partidista: a principios de junio, solo cuatro miembros republicanos de la Cámara de Representantes apoyaron una resolución destinada a obligar a Trump a solicitar la aprobación de los parlamentarios. El Senado no hizo lo propio. Y aunque tal hubiera sido el caso, el presidente habría podido recurrir a su derecho de veto.
El rechazo al belicismo de Trump ha dado nuevo impulso a la idea de un acercamiento entre una izquierda antimperialista y una derecha libertaria, ambas hostiles a las intervenciones armadas. Ya sucedió en el pasado. Durante la guerra de Vietnam, el demócrata George McGovern y el republicano Mark Hatfield trataron de imponerle a Richard Nixon un control parlamentario de las actividades militares en el extranjero. Su iniciativa fracasó, pero abrió la puerta a la aprobación, en 1973, de la Ley de Poderes de Guerra (War Powers Act), que obliga al presidente a solicitar la autorización del Congreso cuando las acciones de las tropas superan los sesenta días. La mayoría de las Administraciones —que han cuestionado la constitucionalidad de la ley— han evitado respetarla por medio de diversos artificios, como el de aparentar que una guerra ha acabado cuando, en realidad, sigue adelante.
El legado bipartidista de la década de 1970 ha hallado su prolongación en la actualidad en la iniciativa del parlamentario republicano en final de mandato Thomas Massie y su homólogo demócrata Ro Khanna. Este último es un antiguo colaborador del presidente Obama y el principal opositor de izquierda al intervencionismo de la Administración de Trump. Las resoluciones presentadas por ambos representantes sobre Venezuela e Irán han impulsado un debate sobre el despliegue de fuerzas estadounidenses, y permite esperar que se dé una coalición transpartidista contra las guerras interminables. Pero las manifestaciones en contra del intervencionismo de algunas personalidades mediáticas apenas hallan eco en los centros de decisión de Washington, tanto más por cuanto los cargos electos republicanos que se apartan de la línea dominante se exponen a una sanción inmediata. Massie lo ha experimentado en carne propia: ha sido vencido en las primarias de su partido por un candidato apoyado tanto por tres multimillonarios proisraelíes —Miriam Adelson, John Paulson y Paul Singer— como por una vehemente campaña del propio Trump.
Alexandria Ocasio-Cortez en Múnich
A pesar de Gaza, de Irán y de las presiones de sus bases, el Partido Demócrata parece incapaz de revisar a fondo su doctrina en materia de política exterior. Ninguno de los principales pretendientes a la investidura de 2028 —entre quienes figuran Harris y el actual gobernador de California Gavin Newsom— propone reducir sustancialmente las acciones militares estadounidenses en el extranjero u oponerse a los presupuestos que las permiten.
El pasado febrero, varios dirigentes del partido acudieron a la Conferencia de Seguridad de Múnich, un encuentro clave para las élites diplomáticas occidentales financiado por la industria armamentística de Estados Unidos. Frente al secretario de Estado Marco Rubio, cabeza de cartel de la delegación estadounidense, los demócratas asumieron el papel de “poli bueno” para tranquilizar a los aliados europeos, presentarse como interlocutores fiables y prometer un regreso a la “normalidad”. Newsom calificó al trumpismo de paréntesis: “Donald Trump es temporal. En tres años se habrá ido” (5).
Esta esperada normalidad tiene un nombre: internacionalismo liberal. Una concepción que —sobre todo desde los tiempos de Clinton (1993-2001)— presenta a Estados Unidos como el garante de un orden mundial basado en las alianzas, el derecho y las instituciones, pero apoyado por las armas estadounidenses y los presupuestos militares de los Estados miembros de la Alianza Atlántica (OTAN) cuando las circunstancias lo requieren. La reaparición de un discurso antibelicista en la izquierda no ha agrietado, empero, el consenso demócrata sobre Ucrania. Khanna votó, junto con el resto de su partido, a favor de los planes de ayuda a Kiev. Y Ocasio-Cortez, también presente en Múnich, denunció la falta de firmeza de la Administración de Trump frente a Rusia, acusando a la primera de favorecer una era en la que Vladímir Putin puede “hacerse el duro con Europa” (The Guardian, 13 de febrero de 2026).
La presencia de Ocasio-Cortez en Múnich tenía una función simbólica: confiaba en demostrar que su visión geopolítica no se reducía a la denuncia de la masacre de los palestinos. Pero su fórmula de una política exterior “para los trabajadores” encontró dificultades para superar la prueba de los escenarios posibles. Preguntada sobre la posibilidad de un despliegue estadounidense en defensa de Taiwán, evitó pronunciarse sobre el tema con una confusa respuesta.
Y es que, mientras que Gaza constituye la línea divisoria moral del partido, la rivalidad con China define el horizonte estratégico del mismo. En este punto, es más bien Newsom el que rompe con la ortodoxia. Gobernador de California desde 2019, tras haber sido durante ocho años el adjunto de su predecesor, dispone de experiencia directa en lo tocante a las relaciones con Pekín. Los centros industriales chinos siguen siendo, de hecho, claves para las cadenas de valor de Silicon Valley, así como para la transición energética, un ámbito en el que California se presenta como un modelo a seguir.
De ahí que, en Múnich, Newsom abogara por una colaboración razonable con Pekín, recordando que esta controla una parte decisiva de las tierras raras necesarias para el desarrollo de las tecnologías verdes. “Sabemos hacia dónde se dirigen los mercados: hacia las energías limpias —resumió—. China lo ha entendido […]. Para ellos es una cuestión de poder, de control de las cadenas de valor. Con eso no bromean, y lo digo con admiración” (X, 13 de febrero de 2026). Esta admiración pone a Newsom en una posición comprometida. Aunque el aparato demócrata se adhiere al objetivo de la descarbonización, aborda la futura transición como un espacio de enfrentamiento geopolítico, siguiendo en esto la retórica de “competencia entre grandes potencias” que domina en Washington desde finales de la década de 2010.
Pese a todo, no se descarta la búsqueda de un modus vivendi entre ambas superpotencias. La Administración de Biden, que tanto hizo por aumentar las tensiones comerciales con Pekín, acabó por establecer numerosas exenciones a sus restricciones a la exportación tras recibir presiones de gigantes como Nvidia e Intel. El propio Trump realizó reiteradamente declaraciones agresivas contra China antes de que su documento sobre estrategia de seguridad nacional, publicado a finales de 2025, presentara a Pekín como un competidor económico, más que como un enemigo. Su visita del pasado mayo a China se desarrolló en un clima relativamente sereno, y está previsto que en otoño reciba al presidente Xi Jinping en Washington. Este apaciguamiento, en vez de calmar a los demócratas, los ha llevado a endurecer el tono. Algunas semanas antes del encuentro entre los dos jefes de Estado, los responsables del partido en el Senado publicaron el informe The price of retreat 2.0, en el que se acusa a la Casa Blanca de debilidad frente al Partido Comunista de China. El documento denuncia, sobre todo, la venta de microprocesadores avanzados de fabricación estadounidense, olvidando mencionar que los propios demócratas la consintieron cuando estaban en el poder.
Una proporción apreciable de votantes demócratas ya no confía en el partido debido a lo confuso de su orientación. Animado por un instinto de supervivencia, su aparato logra contener las disidencias. Pero, al margen de la oposición sistemática a Donald Trump, sigue mostrándose incapaz de renovar su corpus doctrinal.
(1) Véase Serge Halimi, “Incluso los estadounidenses se cansan de Israel”, Le Monde diplomatique en español, diciembre de 2025.
(2) “Leader Jeffries statement on Trump administration actions in Venezuela”, comunicado de prensa, 3 de enero de 2026, https://jeffries.house.gov
(3) Eric Schmitt y Jonathan Swan, “Iran war has drained U. S. supplies of critical, costly weapons”, The New York Times, 23 de abril de 2026.
(4) Robert Malley y Stephen Wertheim, “Of Course Trump Bombed Iran”, The New York Times, 5 de marzo de 2026.
(5) “Newsom takes his anti-Trump arguments to Europe during Munich security conference”, Associated Press, Nueva York, 13 de febrero de 2026.
Martin Barnay Sociólogo.
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