Gaceta Crítica

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Europa externaliza a los Balcanes el control de los migrantes

Jean-Arnault Dérens (LE MONDE DIPLOMATIQUE), 6 de Julio de 2026

La dimisión del alemán Christian Schmidt, alto representante internacional para Bosnia y Herzegovina, pone de manifiesto las crecientes divergencias entre la Unión Europea y Estados Unidos en los Balcanes. Divididos entre dos lealtades, los responsables políticos de la región hacen buenos negocios con allegados de Donald Trump al tiempo que aceptan que Bruselas les delegue su política migratoria.

JPEG - 118.7 KBBRILANT MILAZIMI. — Participating in Our Happiness (‘Contribuyendo a nuestra felicidad’), 2023

Puede que el futuro de la Unión Europea y de su proceso de ampliación se juegue en Gjadër. Esta modesta aldea al norte de Tirana apenas tiene ya habitantes. Cuenta con una cafetería cuyas tarifas, aunque modestas, resultan disuasorias para los jubilados, que prefieren compartir una cerveza comprada en la tienda de al lado. En tiempos de Enver Hoxha, los “camaradas chinos”, últimos aliados de Albania de 1961 a 1979, construyeron aquí un aeropuerto militar. En la actualidad, sobre la antigua plataforma del aeródromo, se alza hoy un recinto cuadrangular cercado por altos muros y alambradas; en su interior hay un conjunto de módulos prefabricados de doce metros cuadrados vigilados permanentemente por videocámaras. El campamento, que también cuenta con una unidad penitenciaria, prefigura la nueva política migratoria de la Unión Europea promovida por la presidenta de la Comisión, la conservadora alemana Ursula von der Leyen.

De hecho, mencionó estas instalaciones en una carta destinada a los dirigentes de los países miembros de la Unión Europea como “un ejemplo de reflexión fuera de los cauces tradicionales, basada en un reparto equitativo de responsabilidades con terceros países”. La presidenta de la Comisión Europea aboga desde hace mucho por la externalización de los procedimientos de asilo. Lleva desde el año 2020 proponiendo la abolición del Reglamento de Dublín, que reparte las demandas de asilo entre los países europeos, para reemplazarlo por “un nuevo sistema europeo de gobernanza de la migración”. La red Migreurop ve en ello la voluntad de sustituir “una Europa solidaria en la acogida” por “una Europa solidaria en mantener a distancia a las personas exiliadas” (1).

Esta opción fue la refrendada por el Pacto Europeo sobre Migración y Asilo, aprobado por el Parlamento Europeo en 2024 y en vigor desde el pasado 12 de junio, que generaliza la externalización del control de las fronteras y prevé la posibilidad de abrir “centros de retorno” fuera de la Unión Europea (UE) para aquellos cuyas demandas de asilo han sido rechazadas. Quince países de la UE habrían deseado llegar incluso más lejos. El 15 de mayo de 2024 le pidieron al Ejecutivo comunitario que desarrollara mecanismos destinados a “detectar, interceptar o, si se da una situación de emergencia, socorrer a los migrantes en alta mar y llevarlos a un lugar seguro determinado de antemano en un país socio no perteneciente a la UE” (2). El Gobierno de Italia, pese a ser uno de los firmantes de esta carta, acabó modificando la función de las instalaciones de Gjadër. En la actualidad se trata de un centro de retorno para las personas que han visto rechazada su solicitud de asilo, lo que garantiza su compatibilidad con el nuevo pacto. El Parlamento italiano ratificó dicha evolución a finales de mayo de 2025; los contenedores de Gjadër han empezado a llenarse.

El comisario europeo de Asuntos de Interior y Migración, el conservador austriaco Magnus Brunner, ha convertido la externalización del asilo en una prioridad personal. Los países candidatos de los Balcanes occidentales han sido animados a firmar acuerdos de readmisión que los comprometen a aceptar a los migrantes devueltos que han transitado por su territorio. Alemania lleva ya varios años devolviendo a Croacia a las personas a quienes se les ha negado el derecho de asilo, que de inmediato son trasladadas a su vez a Bosnia y Herzegovina. Las víctimas de estas expulsiones en cadena son con frecuencia abandonadas a su suerte, lo que les permite ponerse de nuevo en camino hacia Alemania. Un reciente informe de Centro Internacional de Estudios sobre Conflictos de Bonn señala el carácter “contraproducente” de estas medidas de alejamiento gracias a las cuales los traficantes de personas hacen su agosto (3).

En diciembre de 2021, Kosovo firmó un acuerdo con Dinamarca que contempla el alquiler por diez años de trescientas celdas de la cárcel de Gjilan a cambio de la fruslería de quince millones de euros anuales, más un cheque de seis millones para financiar la “transición verde” del pequeño Estado balcánico. Como se prevé que los primeros reclusos lleguen en 2026, varios funcionarios de prisiones kosovares realizaron cursos de formación en Dinamarca en 2025. Las autoridades de Copenhague garantizan unas condiciones de reclusión en todo semejantes a las existentes en Dinamarca, lo cual podría plantear problemas de soberanía, ya que el derecho danés prevalecería entre los muros del establecimiento penitenciario. Bélgica también manifestó su voluntad de transferir reclusos a Kosovo. El Consejo para la Protección de los Derechos Humanos y las Libertades de Pristina considera que el país está siendo tratado como un “vertedero de ‘desechos’ humanos” y calificó el acuerdo con Dinamarca de “tráfico de prisioneros”. Según este organismo, se tratará sobre todo de reclusos que no disponen de la ciudadanía danesa, que habrán de ser expulsados una vez cumplida su pena y que podrían ser obligados a permanecer un tiempo indefinido en Kosovo si su repatriación forzada se revelara impracticable.

A los ojos de los países de la Unión Europea, el interés por los Balcanes no se limita a su función de “depósito” para los “indeseables” que la UE no quiere dentro de sus fronteras. El 18 de julio de 2024, el entonces canciller federal de Alemania Olaf Scholz acudió a Belgrado para asistir a la firma de una “asociación sobre materias primas esenciales” entre Serbia y la Unión Europea. Acuerdos de este género ya han sido firmados con Australia, Chile, Uzbekistán o Ruanda. No obstante, aquella fue la primera vez que los 27 llegaban a un acuerdo con un país candidato y que, en principio, habrá de integrarse en la UE. Scholz estuvo acompañado de una imponente delegación de representantes de la industria automovilística alemana, y Berlín —al igual que Londres o París— presionó para que Belgrado volviera a poner en marcha los proyectos de explotación de litio, suspendidos a causa de la fuerte oposición de la población local. La propia Alemania dispone de importantes yacimientos de este mineral esencial para la fabricación de las baterías de los coches eléctricos, pero prefiere favorecer la explotación en Serbia antes que en su propio suelo (4).

Además, los Balcanes constituyen una valiosa cantera de mano de obra cualificada y bien formada, algo de lo que Alemania parece tener una necesidad inextinguible. Si bien la región siempre ha sido tierra de emigración, el éxodo no deja de crecer desde principios de la década de 2010 (5), lo cual echa por tierra el trillado discurso europeo sobre los constantes “progresos” que supuestamente están haciendo los países de los Balcanes. Un éxodo que, por lo demás, está vaciando tanto a Estados miembros de la UE —Bulgaria o Croacia, por ejemplo— como a los países candidatos. En Kosovo, los estudiantes de medicina o de las escuelas de enfermería reciben ofertas de contratación antes incluso de concluir sus estudios. Cada año, cerca de 300 enfermeras abandonan Kosovo con su flamante título bajo el brazo, y se calcula que el país ha perdido en torno a 850 médicos desde 2018: una hemorragia que pone en entredicho la supervivencia del propio sistema sanitario kosovar. La perspectiva de mejores salarios no es lo único que explica estas partidas: muchos jóvenes titulados hablan de la prevalencia del nepotismo, de las redes de recomendaciones o de la necesidad de tener “buenos contactos políticos” para aspirar hasta al más modesto de los empleos. Pierre Mirel, director honorario de la Comisión Europea que durante mucho tiempo estuvo a cargo de las políticas de ampliación y vecindad, admite que este éxodo “empobrece los Balcanes” tanto como “enriquece a Europa”.

La Unión Europea, que de tal modo se aprovecha de los sistemas educativos financiados por los Estados de los Balcanes, siempre puede recordar la importancia de los fondos que distribuye en el marco de las políticas de preadhesión. En noviembre de 2023, la Comisión Europea anunció un nuevo “plan de crecimiento” por un valor de 6.000 millones de euros para el periodo 2024-2027: 2.000 millones consisten en subvenciones no reintegrables, y los otros 4.000, de préstamos con un tipo de interés preferencial. El plan está dotado de varias medidas de apertura parcial del mercado europeo, mientras que la entrega de los fondos se condiciona a la aprobación de los programas de reforma que deben presentar los seis candidatos balcánicos. Según Bruselas, lo que se busca es permitir que los países de la región recuperen terreno en materia de desarrollo con relación a la media comunitaria, pero los expertos se muestran muy escépticos debido a lo limitado de los medios puestos a su disposición (6).

Mientras los dirigentes políticos locales inauguran con pompa y boato las infraestructuras financiadas por la Unión Europea, presentándose como los únicos garantes de la obtención de los subsidios, a menudo son las empresas cercanas a los partidos en el poder las que se encuentran en posición de responder a los pliegos de condiciones europeos, especialmente complejos. Los fondos europeos, por consiguiente, alimentan las mecánicas clientelistas. El maná europeo convierte a las élites locales en lo que la crítica marxista designa con el nombre de “burguesía compradora” en los países colonizados, en especial en América Latina: una clase dominante autóctona que saca provecho de su posición de intermediaria entre el mercado y los recursos locales, por un lado, y el capital internacional por el otro.

Igor Štiks, escritor y profesor en las universidades de Belgrado y Liubliana, habla de la existencia de un modelo particular en los Balcanes: “Las élites locales facilitan las inversiones extranjeras, pero básicamente para recabar el apoyo político de los países occidentales. En la actualidad se habla de una relación privilegiada entre Francia y Serbia. Una empresa francesa, Vinci, ha comprado el aeropuerto de Belgrado, otra construye el metro de la capital serbia, mientras que Serbia ha comprado doce aviones Rafale cuya utilidad está lejos de resultar evidente”. En agosto de 2024, durante la firma del contrato de venta de los Rafale, con motivo de una visita de Estado del presidente francés Emmanuel Macron a Serbia, el guion aportado por el Palacio del Elíseo señalaba la voluntad de “anclar a Serbia al bando occidental”. El éxito de esta estrategia no parece poder darse por hecho: pese a todas las “prevenciones” europeas, el presidente serbio sigue mostrando su proximidad con Vladímir Putin.

El 9 de abril de 2025, el presidente serbio Aleksandar Vučić fue recibido en París por Macron mientras Serbia llevaba meses viéndose sacudida por un movimiento de protesta de una amplitud y duración inauditas. El presidente francés no dijo ni una palabra ante su huésped de las exigencias de respeto al Estado de derecho expresadas por los manifestantes. Estas constituyen, sin embargo, el núcleo de las obligaciones de un país candidato a la integración europea. En realidad, los doce Rafale aún no han sido entregados, y nadie sabe por obra de qué ejercicio de prestidigitación presupuestaria logrará Serbia abonar la factura de 3.000 millones de euros. Belgrado puede, así, jactarse de haber comprado el apoyo de Francia a precio de saldo.

A menudo se habla del contexto geopolítico para explicar la sorprendente complacencia de los dirigentes europeos hacia el régimen serbio: conviene evitar que Belgrado se acerque demasiado a Putin. Paradójicamente, la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia, en 2022, ha reforzado esta tendencia, pese a que Serbia es el único país candidato a la integración europea que se niega a aplicar sanciones contra Moscú. “Los medios reales con los que cuenta Rusia para influir en los Balcanes son en la actualidad prácticamente nulos —considera Srdjan Cvijić, presidente del consejo internacional del Centre for Security Policy de Belgrado—. Pero los países europeos siguen en estado de parálisis. Eso le ha permitido a Belgrado realizar una política basada en echarse faroles continuamente. Aunque los meses de movilizaciones populares en Serbia han llevado a la Comisión Europea a dar muestras de un poco más de reserva, sigue sin ver alternativas al régimen de Aleksandar Vučić”.

En 2022, con la invasión de Ucrania, se habló mucho de una dinámica apta para impulsar la perspectiva de la integración europea. Mientras Moldavia y Ucrania “quemaban etapas” en el largo proceso de la integración al recibir el estatus oficial de países candidatos, se daba por sentado que era imposible dejar a los países de los Balcanes occidentales en el banquillo. Tres años después, no puede sino constatarse que, pese a la concesión simbólica de ese estatus de candidato, la integración de Ucrania y Moldavia no es una perspectiva cercana. Tanto Kiev como Chisináu no deberían olvidar que Macedonia del Norte goza de esa condición oficial de candidato desde… ¡diciembre de 2005!

El éxodo que vacía los Balcanes, el creciente malestar en Serbia, así como la crisis que no deja de agravarse en Bosnia y Herzegovina, muestran que el verdadero “pacto europeo” que se ofrece a los Balcanes es insostenible. Por un lado, propone una perspectiva política de integración siempre aplazada, como la liebre del canódromo que los perros nunca logran atrapar. Por otro lado, otorga carta blanca a los dirigentes corruptos y autoritarios de la región en nombre de la “estabilidad”. En esta ecuación, la región balcánica se ve reducida a desempeñar el ingrato papel de proveedora de recursos naturales y de zona tampón supuestamente destinada a proteger las fronteras exteriores de la Unión Europea frente a la inmigración.

(1) Sophie-Anne Bisiaux y Lorenz Naegeli, “Chantage dans les Balkans: comment l’UE externalise ses politiques d’asile”, Le Courrier des Balkans, París, 7 de junio de 2021.

(2) Kalin Stoyanov et al., “Joint letter from the undersigned ministers on new solutions to address irregular migration to Europe”, 15 de mayo de 2024, http://www.politico.e

(3) Marcel Berlinghoff et al., Report Globale Flucht 2025, Fischer, Fráncfort del Meno, 2025.

(4) Véase Ivica Mladenovic y Saša Dragojlo, “Codicias europeas en torno al litio serbio”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2022.

(5) Véase Jean-Arnault Dérens y Laurent Geslin, “Ese éxodo que despuebla los Balcanes”, Le Monde diplomatique en español, junio de 2018.

(6) Dušan Gajić, “Balkans occidentaux: Bruxelles mise sur la croissance pour relancer l’adhésion”, Le Courrier des Balkans, París, 21 de noviembre de 2023.

Jean-Arnault Dérens Periodista, redactor en el digital Le Courrier des Balkans. Última obra publicada: Géopolitique de l’orthodoxie. Des Balkans à la guerre en Ukraine, Tallandier, París, 2025.

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