Gaceta Crítica

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Actualidad de Machado frente a la derecha en España: “Estos días azules y este sol de la infancia…”

Ignacio Escolar (eldiario.es), 4 de Julio de 2026


El último verso de Antonio Machado viajó con él en su camino más trágico. El poeta fue uno más entre el casi medio millón de exiliados. El 22 de enero de 1939 abandonó Barcelona, ante la inminente entrada en la ciudad de las tropas sublevadas. Primero en una ambulancia, por las carreteras colapsadas, hasta la frontera cerrada con Francia. Después a pie, entre el frío y la lluvia del invierno. De noche y sin más equipaje que el asma.

Machado, viejo y enfermo, aunque solo tenía 63 años. Huía con su hermano, con su cuñada y con su madre, una mujer octogenaria que en su delirio pensaba que volvían a Sevilla. Tardaron seis días en escapar desde Barcelona hasta Francia. Llegaron para morir. El poeta, a las tres semanas; la madre, tres días más tarde. 

Fue su hermano quien encontró en la chaqueta de Machado un papel arrugado con ese último verso, ese poema inconcluso: “Estos días azules y este sol de la infancia”. 

En su camino al exilio, según distintos relatos, Machado llevó también un puñado de tierra desde España. Un trozo de su país con el que pidió ser enterrado.

Antonio Machado era tan español como Maruja Mallo. Como Luis Buñuel. Como Rafael Alberti. Como Pau Casals. Como Rosa Chacel. Como Clara Campoamor. Como Juan Ramón Jiménez. Como Arturo Barea. Como María Zambrano. Como todos los cientos de miles de víctimas de la represión franquista y del exilio republicano. 

Como Antonio Machado, en 1939, solo hacia Francia escaparon 440.000 españoles. Al otro lado les esperaba un país hostil que los encerró en campos de internamiento. Algunos de esos republicanos acabarían luchando por esa misma Francia frente a la Alemania hitleriana. Miles fueron apresados y deportados a campos de concentración nazis, sobre todo a Mauthausen; allí murieron más de 4.000 españoles. Franco se desentendió de ellos: los despreció como apátridas. 

Aquella España era cruel y miserable.

“Yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos, pero odio al que es español por ser español nada más”, decía Lorca en su última entrevista, solo dos meses antes de que lo asesinaran. “Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego, no creo en la frontera política”.

Lorca tampoco creía en esa “madre patria” que pide a sus hijos que mueran por ella. “En todo caso una madrastra como la de Cenicienta”, escribió en su juventud, en un texto contra el patriotismo. “¡Nunca puede ser madre nuestra la que según decís tenemos que dar la última gota de nuestra sangre por ella! (…) Eso no lo ordena ninguna madre. (…) Lo que nos envía a matar hombres contra la razón no puede ser madre. Hay que ser hijos de la verdadera patria. La patria del amor y de la igualdad”.

Esa España del amor y la igualdad no cabía en la España del dictador Franco. Los nietos de aquellos exiliados, al parecer, tampoco caben en la España que quiere Vox.

Cuesta entender ciertas lógicas. Fue el PP, en 2015, quien concedió la nacionalidad española a los herederos de los judíos expulsados por Isabel la Católica. Fue Vox, en 2021, quien acusó al Gobierno de “antisemitismo” por no aprobar todas las solicitudes de supuestos sefardíes. Unas víctimas sufrieron a Franco, hace noventa años. Otras, a los Reyes Católicos, hace más de cinco siglos. ¿Por qué los nietos de las primeras tienen menos derechos que los descendientes remotos de las segundas?

Tampoco hubo queja alguna durante la tramitación parlamentaria de la hoy llamada “ley de nietos”. PP y Vox se opusieron a la Ley de Memoria Democrática, que tacharon de “totalitaria”. Pero en 15 meses de debates y enmiendas en el Congreso y el Senado, no plantearon una sola crítica a este asunto que hoy tanto les preocupa: conceder la nacionalidad española a los descendientes de los exiliados por el franquismo.

Durante años, el PP en general y Alberto Núñez Feijóo en particular defendieron la nacionalidad para los descendientes de todos los españoles emigrados. También su derecho al voto. Algunas de las mayorías del PP gallego se ampliaron gracias a ese voto emigrante, que ronda el 30% del censo de la provincia de Ourense y movió escaños a favor del PP en distintas elecciones autonómicas. Esa “ingeniería electoral” que Feijóo ahora denuncia la aprendió del fundador de su partido. “Te pagaban 50 dólares para ir a votar y todos fuimos a votar a Fraga”, contó un hijo de la emigración gallega en Argentina.

Es un ejercicio constante de incoherencia, un campeonato mundial de hipocresía. 

Es también un ataque a los cimientos del sistema democrático, que se basa en la confianza. La misma estrategia de Trump o de Bolsonaro: sembrar la duda sobre la limpieza de las elecciones para después, si las urnas no acompañan, no reconocer el resultado.

Como siempre, estas insidias se basan en bulos. Es falso que el Gobierno pueda asignar a estos nuevos españoles a las provincias que prefiera de manera arbitraria. Es falso que esto sea una improvisación de última hora. Es falso que vaya a tener un impacto determinante en las próximas generales. Es falso que vayamos a tener 2,5 millones de nuevos votantes.

La ley es de octubre de 2022. La instrucción sobre su aplicación –que amplió la medida a los hijos y nietos de emigrantes españoles– es de ese mismo mes. Hace casi cuatro años que este proceso está en marcha. Las embajadas y consulados no van deprisa: más bien están colapsados. Hay 2,5 millones de solicitudes, sí, pero solo se han aprobado alrededor de medio millón; la mayor parte no llegará a tiempo para las próximas elecciones. La inmensa mayoría tampoco votará, aunque consiga la nacionalidad a tiempo. En las generales de 2023, apenas participó el 10% de los españoles en el extranjero –y esto incluye el voto de los emigrados más recientes, que tienen mayor interés en la política española–. El impacto real en las elecciones probablemente será escaso. 

La única vez en que este voto exterior tuvo alguna relevancia en unas elecciones generales fue en 2023. Ya había entonces 2,3 millones de españoles en el censo electoral de residentes en el extranjero. En Madrid, el voto exterior decantó un escaño. Fue a favor del PP, no de la izquierda.

Esos 2,5 millones de solicitantes son los hijos y nietos de los cientos de miles que se fueron. Pero esto no va de números. Va de personas. Es probable que en la derecha se hayan quedado sorprendidos por el alto número de solicitudes; nunca han asumido la magnitud de aquel naufragio. Aquella España de 1939 se desangró, víctima de una guerra civil provocada por la sublevación de unos militares contra el Gobierno elegido en las urnas.

Cada una de esas solicitudes de nacionalidad es una historia familiar: un abuelo que cruzó a pie los Pirineos, una abuela que embarcó en Alicante o en Cartagena o en Valencia hacia Buenos Aires o La Habana, alguien que se fue porque en su país no había libertad, o pan, o las dos cosas. Gente que trabajó toda su vida con España en la memoria, que les habló de España a sus hijos y a sus nietos, que soñó con volver pero murió muy lejos de su tierra. Son esos nietos a los que ahora se señala como sospechosos; como cómplices de un «pucherazo».

Machado cruzó la frontera con un puñado de tierra de su país en el bolsillo. Pidió ser enterrado con él, y así descansa desde hace 87 años en el pequeño cementerio de Collioure, en una tumba que aún hoy se llena de flores y banderas republicanas

Machado no tuvo hijos, tampoco nietos. Pero sus herederos son también todos aquellos descendientes de quienes le acompañaron en ese último y doloroso viaje hacia el exilio, mientras el poeta soñaba con días azules y el sol de su infancia. 

Ellas y ellos son tan españoles como Max Aub. Como María Teresa León. Como Manuel Chaves Nogales. Como León Felipe. Como Victoria Kent. Como Luis Cernuda. Como María Casares. Como Margarita Xirgu. Como Pablo Picasso. Como Antonio Machado.

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