Bertrand Daugeron (LE MONDE DIPLOMATIQUE JUNIO 2026), 27 de Junio de 2026
En la frontera entre la India y Bangladés, dos gigantes desembocan en el océano: el Ganges y el Brahmaputra. A medida que sus brazos se ramifican, estos ríos forman el delta más grande del mundo, que abarca varios miles de kilómetros cuadrados. Antaño enfrentados, grandes felinos y habitantes intentan ahora resistir juntos la afluencia de turistas, los ciclones y la subida del nivel del mar.
BERTRAND DAUGERON. — Un mural representa el parque nacional de los Sundarbans en la estación de Calcuta, 2026
Los Sundarbans indios: donde los brazos de los deltas del Ganges y el Brahmaputra se entrelazan en el mayor bosque de manglares del mundo. Cerca de 10.000 kilómetros cuadrados de tierras y aguas compartidos entre la India y Bangladés, en la desembocadura del sistema fluvial Ganges-Brahmaputra, en el golfo de Bengala. En el lado indio, 4.200 kilómetros cuadrados, 102 islas —54 de ellas habitadas—. Este bosque de manglares, inscrito desde 1987 como patrimonio mundial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), es el más grande del mundo y el último que permanece intacto. Una circunstancia física que lo condiciona todo: el 70% de las tierras se sitúan entre 1,5 y 3 metros de altitud. Sin relieve, sin elevaciones que sirvan de refugio. Todo el delta aflora al nivel del mar. En algunas zonas, los diques ya están sumergidos.
En este territorio viven cinco millones de personas, en el lado indio, en la zona tampón (o de amortiguamiento) de la reserva de la biosfera. Las comunidades podían extraer recursos del bosque hasta 1973: pescar en los canales interiores y recolectar miel. Ese año, el Gobierno indio creó la Sundarban Tiger Reserve y dio así el primer paso hacia una separación estricta que se iría consolidando por etapas sucesivas. En 1984, el corazón del bosque fue declarado parque nacional: el acceso quedaba totalmente prohibido. En 1989, todo el delta (bosque protegido e islas habitadas) fue declarado reserva de la biosfera.
Bertrand Daugeron. — Los guardas forestales durante la vigilancia de las orillas del santuario del tigre, 2026.
Algunos sectores forestales de la zona de amortiguamiento, la franja próxima al parque, siguen siendo accesibles para los pescadores locales, bajo permisos de temporada y para ciertas especies. Pero en Sajnekhali, no lejos del pueblo de Pakhiralay, en la isla de Gosaba, el control es estricto y se impone a todos: pescadores, residentes y turistas. Se ha trazado una línea entre dos mundos. De un lado, la naturaleza administrada. Del otro, lo humano constreñido. Y entre ambos, una economía que se ha reorganizado parcialmente en torno a esa separación, con el turismo y la esperanza del desarrollo económico. Pero ¿por cuánto tiempo?
El agente del Sajnekhali Wildlife Sanctuary (‘Santuario de Fauna de Sajnekhali’) al que acompañamos desde hace tres horas en su patrulla hace un alto repentino y mira a su alrededor: aquí es imposible planificar a más de diez años vista, explica. Para entonces, todo habrá desaparecido.
Cada día, llueva o haga viento, mientras una multitud de embarcaciones turísticas navega en busca de un gran felino, un equipo de guardabosques inspecciona las redes: más de cien kilómetros de nailon tensado entre cañas de bambú que recorren el borde del manglar en todo el perímetro. Protegen la isla de Gosaba del tigre de Bengala, al tiempo que preservan la naturaleza de la actividad humana: de su pesca, de su caza y, ahora también, de sus cámaras fotográficas. Esta protección, construida por los aldeanos a petición del santuario de Sajnekhali a través de los comités locales de las aldeas (Joint Forest Management Committee, JFM), delimita una frontera física entre el mundo de los humanos y el de la naturaleza.
Bertrand Daugeron. — Un humedal protegido administrado por el Departamento Forestal, 2026
Desde hace algunos años, el Departamento de Bosques arbitra esas fronteras. En el lado habitado, los diques —terraplenes protegidos por lonas que bordean las riberas— separan las aldeas del agua e intentan retener lo que el delta querría recuperar. En el lado de la naturaleza, el manglar, una barrera física y simbólica. El límite entre el territorio de los humanos y el del tigre. Entre ambos, los canales. El río Datta. El agua que circula, que erosiona, que ensancha.
En algún lugar detrás de las cercas, las cámaras trampa toman fotos continuamente. En un despacho, se identifica a cada felino por sus rayas, como si fueran huellas dactilares. El ojo mecánico identifica lo que el ojo humano no ve. Desde el censo de 2022, se sabe que aquí hay 101 tigres y que ya no cruzan el brazo de mar. No los vemos; ellos a nosotros sí. Antes de las redes, los recolectores de miel que se adentraban en el manglar llevaban una máscara con ojos pintados en la parte posterior de la cabeza. El tigre ataca por detrás: nunca hay que darle la espalda. Actualmente, la máscara ha sido sustituida por las barreras de nailon que recorren toda la orilla.
Bertrand Daugeron. — Inspección diaria de las redes que recorren las orillas, frontera con el mundo natural, 2026
Aunque desde hace unos años los incidentes han dejado de producirse casi por completo, los pocos casos que aún se dan invitan a la reflexión. “¿Por qué ataca el tigre?”, pregunta el agente. Porque se entra en su territorio. “No caza, se defiende”. Esta interpretación lo cambia todo en la gestión de los conflictos: ya no se trata de neutralizar al animal, sino de mantener la distancia que separa a unos de otros. De ahí las redes.
Queda ayudar a la especie a soportar la transformación del territorio. Sin embargo, las cifras sugieren que esto no es nada fácil. La reserva contaba con 274 tigres en 2004. Hoy queda menos de la mitad. El declive observado en las 56 reservas de tigres en la India motivó la decisión de convertir este territorio en santuario en 2007. Una especie de última línea de defensa para una población gravemente amenazada por la reducción de su espacio vital, por la caza y por el furtivismo, que merman sus recursos. Se está ganando la batalla del contacto entre el ser humano y el animal, pero no la del hábitat.
El agente de protección forestal del santuario, actor protagonista de esta organización espacial, ocupa una posición central en los arbitrajes entre tres entidades: las comunidades rurales, la reserva cuyo símbolo es el tigre y la industria turística en plena expansión. Cuando le preguntamos si la situación es difícil para la población local, el agente responde sin dudar: “La vida es dura para todos”. Hace una pausa y añade: “Para las personas, para los animales y para el territorio”. Una simple constatación de la realidad.
El río es ancho, sus aguas son “internacionales”. Actualmente, setecientos metros separan la isla de Gosaba de la orilla de enfrente. Hace veinte años, estaban al alcance de la voz la una de la otra. Una persona puede haber visto a lo largo de su vida todas estas cosas: el río que se adentra, metro tras metro, en lo que antes era tierra. El agua que avanza, la orilla que retrocede, y nadie para detenerla. El tráfico marítimo que sube desde el golfo de Bengala acelera la erosión de las riberas, mientras los ríos cambian de curso cada año. Aquí, la geografía fluctúa. Es una realidad que se sufre, que se integra.
Bertrand Daugeron. — El dique recientemente reconstruido, un baluarte frente a las inclemencias naturales, 2026
En el dique que bordea Gosaba, las orillas recientemente reconstruidas conviven con edificios en ruinas destripados por la erosión: muros inclinados sobre el agua, techos varados en el barro, incluyendo el de las oficinas de los guardabosques que tuvieron que reconstruirse cien metros más allá. El dique en sí parece un baluarte medieval: separa dos mundos que todo condena a reunirse. De hecho, acaban de elevarlo, por precaución. De un lado, el espléndido manglar, intacto, inaccesible. Del otro, el pueblo, los pequeños hoteles que se están levantando, los grupos de turistas que desembarcan con sus maletas de ruedas y regresan llevándose tigres de peluche.
Según el agente de protección forestal, este territorio se enfrenta a las necesidades específicas de tres actores: las aldeas, el parque y la industria del turismo. Tres fuerzas que coexisten, que dependen unas de otras y que se contradicen constantemente, en un equilibrio precario amenazado por cada perturbación y que cada respuesta no hace más que postergar.
Aquí, la “perturbación” tiene un nombre: ciclón. Del 23 al 28 de mayo de 2021, el bautizado “Yaas” barrió la zona durante cinco días. Los diques se rompieron en doscientos puntos. Las imágenes siguen presentes en la memoria de todos. Dieron la vuelta al mundo. Las carreteras, el alumbrado público, las barreras contra el agua: todo tuvo que volverse a construir a mano; todo tuvo que ser transportado por barco. ¿Coste estimado por el Gobierno de Bengala Occidental? El equivalente a 2.300 millones de euros. Entre 2019 y 2022, se sucedieron cuatro ciclones destructivos: Fani, Bulbul, Amphan y después Yaas. El distrito de South 24 Parganas, al sur de Calcuta, registra estadísticamente un ciclón de gran intensidad cada tres o cuatro años. Es decir, el tiempo necesario para reparar los daños del anterior.
Pero la violencia de los daños no se debe únicamente a los ciclones. Si Aila, un sistema de potencia moderada aparecido en 2009, inundó por completo el territorio, fue porque coincidió con una marea viva. Yaas golpeó exactamente en el momento de la pleamar máxima. Y las tierras inundadas por agua salada permanecen improductivas para cualquier cultivo durante al menos dos o tres años.
Los pescadores son los primeros en sufrir el golpe. El volumen de las capturas de pescado resulta insuficiente. Cangrejos, gambas y pescados se venden en el mercado local, sin que ello permita a los pescadores más modestos invertir ni hacer frente al menor imprevisto. Tras el paso de Yaas, el 62% de la población activa en las zonas afectadas perdió su fuente principal de ingresos. Al menos un miembro del 75% de las familias trabaja ahora en otro estado del país. Suraj tiene unos veinte años. Conduce un tuc-tuc eléctrico entre el pueblo y el embarcadero: turistas por la mañana desde las cinco y grupos a media mañana. La temporada dura unos meses. El resto del año se traslada a Bangalore, donde limpia apartamentos de lujo. No se queja, simplemente calcula. También están los hombres que todavía pueden quedarse algún tiempo más como peones y albañiles. Descargar materiales: arena, cemento, ladrillo, grava. Construir hoteles. Reconvertirse de la pesca a la construcción, antes de que el próximo ciclón se lo trague todo. El jefe de los guardabosques añade: “¿Entiende la presión psicológica? Vivir entre dos catástrofes”.
Ciclones, mareas… A estas dos fuerzas destructivas se suma una tercera, aún más silenciosa. Cada año, los ríos cambian de curso, un fenómeno natural en un delta aluvial. Pero aquí se ve acelerado por el tráfico marítimo internacional. A lo largo de los años, los diques han bloqueado los flujos de las mareas que aportaban los sedimentos que permitían a las islas regenerarse. El lecho de los ríos se eleva, las islas se hunden, el mar sube. Desde 1973, el delta indio ha perdido 478 kilómetros cuadrados de tierras a causa de la erosión, mientras que solo se han ganado 400 gracias a la acreción sedimentaria producida por los aportes fluviales. Las aguas saladas del golfo de Bengala penetran en el delta; las aguas dulces retroceden. Por capilaridad, la sal asciende tierra adentro.
Aquí, la geografía es una variable, nos explica el agente. Lo que invalida cualquier plan a largo plazo, cualquier infraestructura concebida para perdurar, cualquier equilibrio buscado entre los tres polos antes de que el próximo ciclón vuelva a poner los contadores a cero.
Cada mañana, al amanecer, los primeros barcos zarpan de los embarcaderos para llevar a los turistas de la víspera de vuelta al continente. A media mañana llegan los siguientes grupos con sus guías locales y operadores turísticos que venden paquetes con todo incluido: hotel, reserva, restaurante. Entre 200.000 y 300.000 visitantes al año, según el Instituto Indio para la Fauna Silvestre (Wildlife Institute of India), concentrados en menos del 35% del territorio. Una presión creciente sobre un espacio cerrado y frágil.
Bertrand Daugeron — Trasiego de turistas en el embarcadero, 2026
El Departamento de Bosques es el organismo encargado de emitir las matrículas de las quinientas embarcaciones en activo, así como el número de permisos para turistas (este último está regulado). Redistribuye el 40% de los ingresos a las comunidades a través de los comités de cogestión forestal de cada pueblo. El 60% restante se destina al funcionamiento y desarrollo del territorio. El turismo no es una amenaza que provenga del exterior, sino la reconversión forzosa de una población cuyas bases económicas tradicionales han desaparecido. Cuando el mar se apodera de las tierras y el bosque se cierra a las explotaciones tradicionales, el turismo se convierte en el único recurso local viable. Aun así, es necesario alcanzar un equilibrio frágil. El que busca el agente: ni demasiado, ni demasiado poco. Más turismo significa más ingresos para las comunidades y más presión sobre un ecosistema frágil. Menos turismo significa menos degradación, pero también menos dinero para una región que ya no tiene otra opción.
Prodip ronda los cincuenta años. Es el encargado de la recepción de uno de los hoteles más recientes. En 1981, su padre se adentró en el bosque y no regresó. Su cuerpo nunca fue encontrado. El manglar no devuelve a sus muertos. Prodip tenía entonces unos diez años. Era el mayor de una familia de tres chicos y una chica. Durante diez días no hubo nada que comer. Así que se puso a trabajar para que sus hermanos y hermana pudieran ir a la escuela.
Cuarenta años después, su hijo Arjun, de diecinueve años, trabaja en la cocina del hotel. Al lado, unos muros a media altura: son los cimientos del restaurante que Prodip lleva tiempo construyendo, cuando consigue reunir dinero. “¡Hay que hacerlo!”. La gente viene a ver al tigre, el que se llevó a su padre. Por ironías de la historia, el animal que ayer destruyó a su familia se ha convertido hoy en la condición de su supervivencia.
¿Hasta cuándo durará, pues, este equilibrio precario? “No lo sabemos”, responde el agente. Únicamente objetivos a corto plazo. Planificar a largo plazo en el Sundarbans es construir sobre algo que se mueve. Así que se hace de otra manera. Se construye lo que pueda resistir hasta el próximo ciclón. Se reparará lo que el siguiente destruya. Y después, se volverá a empezar.
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