Antoni Kapcia (JACOBIN.LAT), 27 de Junio de 2026

Mucho antes que Fidel Castro, José Martí advirtió que la independencia de Cuba significaría muy poco si el dominio estadounidense terminaba sustituyendo al dominio español.
Como la figura histórica más conocida de Cuba hasta el ascenso al poder de Fidel Castro —y sin duda la más respetada—, el estatus de Martí como héroe nacional ya estaba consolidado mucho antes de 1959. Escribió prolíficamente en diversos campos; sus obras completas abarcan veintiséis volúmenes. Uno de los principales poetas modernistas del mundo hispanohablante, fue también un elocuente periodista y cronista, un prodigioso escritor de cartas e incluso diplomático de tres países latinoamericanos.
Para los cubanos, sin embargo, fue simplemente la persona que, desde los dieciocho años, conspiró para lograr la independencia de Cuba frente a España, pasando gran parte de su vida en el exilio luchando por ese objetivo y planificando lo que se convertiría en la tercera y última rebelión contra la Corona española en 1895. Esta se conoció como la Guerra de Independencia, para distinguirla de los levantamientos anteriores de 1868-1878 y 1879-1880.
Un líder perdido
Sin embargo, el propio Martí cayó en combate en 1895 durante una de las primeras acciones de la rebelión, dejando a los rebeldes sin su principal organizador y sin su líder político más hábil y popular. El resto, como suele decirse, es historia: una intervención estadounidense se apropió de la lucha por la independencia cubana en 1898, transformándola en la Guerra Hispano-Estadounidense. A los cubanos ni se los mencionó. Una España derrotada entregó entonces el control de la isla a Estados Unidos.
Tras casi cuatro años de ocupación militar, Washington otorgó a Cuba una independencia condicionada en 1902. La Enmienda Platt, incorporada por la fuerza a la Constitución de 1901, permitió el control estadounidense sobre áreas clave de la economía, la sociedad y el sistema político. Cuba se convirtió así en una neocolonia estadounidense establecida legal y constitucionalmente durante décadas.
Una de las curiosidades de la vida de Martí fue que, de hecho, pasó más de la mitad de sus cuarenta y dos años fuera de la isla. Fue durante esos años en el extranjero cuando escribió casi todas sus obras y se dedicó por completo a la causa independentista, especialmente en Estados Unidos, entre los trabajadores tabacaleros cubanos emigrados a Tampa —muchos de los cuales eran socialistas o anarquistas— y otros exiliados en el noreste.
Fue el contacto con esos trabajadores lo que forjó el propio radicalismo de Martí. Se fue dando cuenta de que solo el sueño de la igualdad uniría a los cubanos de a pie y a esos obreros de mentalidad internacionalista en la lucha por la libertad nacional. Sin embargo, también lo impulsaba su compromiso con la doctrina del krausismo, que curiosamente no se menciona en este volumen, aunque fue fundamental para sus ideas.
Inspirado en la obra de Karl Christian Friedrich Krause, un filósofo alemán activo a principios del siglo XIX, el krausismo promovía un ideal de armonía social y política basada en la igualdad. Esto llevó a Martí a valorar los objetivos de igualitarismo y unidad que defendían aquellos trabajadores. Rechazó el planteo de Karl Marx sobre la lucha de clases, al tiempo que admiraba su compromiso con los oprimidos.
Cuba Libre
Lo más importante es que ese objetivo de unidad llevó a Martí a buscar la unificación de las diferentes facciones independentistas en Cuba y en la diáspora. Este fue un propósito que se reflejó en el Partido Revolucionario Cubano, que él mismo creó y dirigió en 1892, y que organizó la rebelión final.
La unidad fue también su lema para cualquier auténtica «Cuba Libre» que surgiera tras la victoria: una unidad que había sido dinamitada por los característicos mecanismos de «divide y reinarás» del colonialismo español y que, con el tiempo, también sería saboteada por la dominación neocolonial estadounidense. Este objetivo acabaría convirtiéndose en un grito de guerra especialmente poderoso para los cubanos descontentos a medida que se deterioraba la pseudorrepública posterior a 1902.
La adopción de una constitución radical en 1940 para sustituir a la carta magna de 1901 prometía mucho, ya que la odiada Enmienda Platt fue reemplazada por un texto que buscaba promover la construcción de una nación soberana y más igualitaria. Sin embargo, esas esperanzas fracasaron rotundamente en la práctica.
Para la década de 1950, el contraste entre las ideas y el ejemplo de Martí y la cruda realidad de la Cuba que siguió a su muerte lo convirtió en un poderoso símbolo tanto para los socialistas como para los nacionalistas radicalizados. Los conservadores y liberales patriotas, en el extremo opuesto del espectro, también recurrían a su memoria.
Curiosamente, el nacionalismo inicial de Martí estaba, en realidad, más cerca de la izquierda que de la derecha. Era crítico con el imperialismo español, pero nunca con España ni con los españoles: al igual que muchos criollos de la época, era hijo de españoles, fue deportado dos veces a la península por sus actividades y estudió allí durante años. Su estancia en Estados Unidos lo hizo cada vez más consciente de lo que él consideraba los objetivos y la mentalidad imperialistas emergentes de esa nación.
Su carta más famosa (dirigida a Manuel Antonio Mercado), incluida en la colección, advertía que él había vivido dentro de «el monstruo» y conocía «sus entrañas», proclamando que su honda era la de David dirigida contra el Goliat estadounidense. En varios otros escritos incluidos aquí, también advirtió a los demás pueblos latinoamericanos sobre las ambiciones y los designios de ese nuevo imperialismo.
Una figura olvidada
Apesar de su protagonismo, curiosamente Martí siguió siendo una figura algo olvidada durante los años posteriores a su muerte. Se lo conocía con mayor frecuencia, tanto dentro como fuera de Cuba, por su poesía, de la cual la colección incluye ejemplos significativos.
Ese olvido se debió en parte a que sus ideas radicales sobre una futura Cuba Libre chocaban con las de otros líderes y, sin duda, diferían sustancialmente de las realidades de la Cuba posterior a la independencia. No fue sino hasta las décadas de 1920 y 1930, cuando se hicieron más evidentes los costos de la creciente dominación estadounidense, que los radicales y nacionalistas cubanos tomaron mayor conciencia de Martí. Al final, se convirtió en el símbolo popular de la Cuba que pudo haber sido.
El 26 de julio de 1953, en el centenario del nacimiento de Martí, un Fidel Castro de veintiséis años lideró un audaz asalto contra el cuartel Moncada en Santiago de Cuba. Durante el interrogatorio tras el sangriento fracaso de la acción, se le preguntó a Castro quién estaba detrás del complot. Sus interrogadores asumieron que actuaba a instancias de viejos políticos ambiciosos o (peor aún) de los comunistas; sin embargo, él describió repetidamente a Martí como su «autor intelectual».
Los círculos del exilio cubanoamericano han acusado a Castro de envolverse en el manto de Martí mediante tales gestos. Sin embargo, en realidad esto reflejaba la admiración generalizada por Martí, así como las raíces martianas —muy evidentes— de la singular fusión de socialismo y nacionalismo que se abriría paso en gran parte de los planes para una nueva Cuba tras la victoria de Castro y sus compañeros rebeldes.
Mentalidades coloniales
En cierto sentido, la huella de Martí fue especialmente evidente en la revolución que siguió a los acontecimientos de 1959, y sigue siéndolo en el asediado sistema revolucionario actual, a pesar de todos los cambios y concesiones que ha sufrido desde el colapso soviético a principios de la década de 1990. A medida que sus ideas se desarrollaban, Martí se volvió notablemente perspicaz respecto a la necesidad de lo que hoy llamaríamos una descolonización de las mentalidades, algo que resultaba sumamente pertinente en la Cuba de su época.
Casi cuatro siglos de colonialismo español, con una mayor inmigración proveniente de la península tras el fracaso de la primera rebelión en 1878, habían creado todas las divisiones características de cualquier sociedad colonial. Esto incluía el componente esencial de un grupo lo suficientemente grande de cubanos dispuestos a aceptar la ortodoxia implícita de los colonizadores.
Según los términos de esa ortodoxia, ellos —los cubanos— eran el problema (por sus deficiencias y su composición racial) que debía ser resuelto desde afuera por los europeos, más civilizados (y más blancos). Esa aceptación, y la ambivalencia que implicaba, llevó a un número significativo de criollos en las décadas de 1840 y 1850 a abogar por la anexión a Estados Unidos en lugar de la independencia cubana. Temían que la independencia, al dejarlos vulnerables a las intenciones británicas, pudiera poner fin a la esclavitud de la que dependían.
Esa misma ambivalencia aseguró la prolongación y luego la claudicación de la primera rebelión, y siguió afectando a los separatistas a partir de entonces. Esto fue especialmente cierto cuando los beneficios materiales derivados de la modernización de la floreciente economía azucarera de Cuba, impulsada por Estados Unidos, convencieron a algunos cubanos de la superioridad inherente del emergente «sueño americano».
Nuestra América
La respuesta de Martí fue abogar por un mayor orgullo en los atributos de los propios cubanos, en sus ideas e identidad. En su ensayo más radical, «Nuestra América» (es decir, en oposición a la otra América), Martí argumentó que los cubanos no debían buscar la solución en el exterior, ya que el exterior era el problema, bajo la forma de un colonialismo asfixiante (además de su creciente temor a la amenaza que Estados Unidos representaba para la frágil independencia de América Latina). En última instancia, fue esa percepción, más que ideas o planes específicos, la que dejó la huella más profunda en lo que sucedió después de 1953.
Permaneció arraigada en los enfoques cubanos después de 1962, cuando la versión cubana del socialismo se volvió obstinadamente más radical que las interpretaciones más dogmáticas del marxismo-leninismo que la Unión Soviética defendía para las naciones subdesarrolladas. Volvió a cobrar protagonismo después de 1991, cuando, como supuestamente dijo Castro, «al menos los cubanos ahora podían cometer sus propios errores». En ese sentido, el sistema cubano sigue estando moldeado en parte por el martianismo.
Martí, por supuesto, es tan admirado, homenajeado y conmemorado en Miami como en La Habana, aunque con menos énfasis en el aspecto radical de su pensamiento que en la isla. Debemos recordar que el apelativo de admiración que recibió como «El Apóstol» (de la independencia) no fue una creación de los líderes de 1959, como uno podría imaginar.
De hecho, ya se lo habían otorgado otros en 1889, antes de su muerte, y los trabajadores emigrados de Florida lo retomaron después, reflejando el recuerdo de su rectitud moral e incluso de su santidad, más que simplemente su historial de defensa de la independencia. Del mismo modo, el título de héroe nacional es muy anterior a 1959, lo que permite tanto a Miami como a La Habana reivindicar su lealtad a Martí, aunque de maneras diferentes.
Antoni Kapcia. Profesor de historia latinoamericana en el Centro de Investigación sobre Cuba de la Universidad de Nottingham. Entre sus obras destacan Leadership in the Cuban Revolution: The Unseen Story, A Short History of Revolutionary Cuba: Revolution, Power, Authority and the State from 1959 to the Present Day y Cuba in Revolution: A History Since the Fifties.
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