Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

Análisis de la Huelga General de hace un siglo en dos actos

Romaric Godin (La Tribune y Conversación sobre la Historia), 25 de Junio de 2026


Por segunda vez en Conversación sobre la Historia hemos creído oportuno “ensamblar” dos textos que al unirnos producen un efecto de complementariedad. Hemos organizado la lectura siguiendo un patrón de una obra de teatro que se saborea en doce escenas. Lo hemos hecho a modo de una moderna representación en la que el público decide entre dos finales. En el primero de esos finales (escena X) pude decirse que la solución se mueve entre la esperanza y la utopía. En el segundo (escena XII), se nos abre la puerta de un pasillo que va desde lo racional hasta lo evidente. Pero ahora toca ver la obra desde el inicio. Todo empieza (primeras escenas) hace cien años, cuando los mineros británicos contaban con la solidaridad de una gran parte de los trabajadores quienes iniciaron la Huelga General de mayo de 1926. Por último, informar al lector que el texto utilizado para el segundo acto no está íntegro, pero no nos resistimos a poner su recomendación final: “En honor al fallecimiento de Claus Offe [1 de octubre de 2025], y debido a sus contribuciones, «Two Logics» merece un lugar en cualquier lista de lectura socialista.”

MAYO DE 1926: LECCIONES DE LA HUELGA GENERAL – PRIMER ACTO

Escena I – La huelga va tomando cuerpo

El martes 4 de mayo de 1926 las calles de Londres y del resto del Reino Unido adquirieron un aspecto inusual. Salvo contadas excepciones, ningún autobús de dos pisos recorría la ciudad esa mañana. Los tranvías tampoco circularon. Las estaciones de metro, desiertas, solo acogieron algún que otro convoy vacío.

En las estaciones, los trenes estaban parados, al igual que la mayoría de las fábricas. En los muelles de Londres ya no se descargaba nada y ninguna mercancía salía de los almacenes. Acababa de comenzar la mayor huelga general de la historia del Reino Unido.

Un siglo después la historia de esta gran movilización se ha ido perdiendo poco a poco, sustituida por otras luchas más recientes, como la de los mineros contra Margaret Thatcher en 1985 o las luchas de los años 70. Pero sigue siendo un momento único en el que los trabajadores y trabajadoras de una gran potencia capitalista desafiaron el orden social existente. Un momento aún más interesante si se tiene en cuenta que la idea de la huelga general sigue rondando los movimientos sociales y que la experiencia británica de 1926 es sin duda el caso más avanzado.

Oficialmente la huelga general duró nueve días, del 4 al 12 de mayo, pero en realidad, como veremos más adelante, se prolongó al menos hasta el 19 de mayo y, en el sector minero, hasta el otoño. En su momento, este movimiento único fue considerado como un episodio decisivo de la lucha de clases internacional.

Así, el 14 de mayo de 1926, en las páginas de Le Populaire, el semanario de la SFIO —el actual Partido Socialista francés—, Jean Zyromski, representante del ala izquierda, lo dice sin rodeos: “La batalla social que se está librando [en el Reino Unido] es sin duda una de las más grandes, quizá la más grande, de la historia”.

Poco antes, subrayaba en el mismo artículo: “Frente a las fuerzas del proletariado en movimiento, el bloque burgués se reconstituye y la lucha de clases se afirma con claridad y rigidez, ya no queda enmascarada por situaciones políticas o parlamentarias ocasionales”.

Quizá sea precisamente por eso por lo que, cien años después, es necesario volver a sumergirse en este gran movimiento social que ofrece importantes lecciones estratégicas e históricas. Pero antes de llegar a eso, hay que repasar esas dos semanas que sacudieron el país y que son poco conocidas a este lado del Canal de la Mancha.

Marcha del Primero de Mayo de 1926 (foto: People’s History Museum)

Escena II – La larga agitación social británica

El movimiento de 1926 se encontraba en la encrucijada de dos historias. La primera era británica. A principios del siglo XX el Reino Unido era una potencia económica en declive, superada en el mercado mundial por Alemania y Estados Unidos. Su industria había perdido competitividad y, en consecuencia, aumentaba la presión sobre los salarios.

En respuesta, entre 1911 y 1914, se pone en marcha un movimiento social de gran envergadura, conocido como el Gran Conflicto Laboral (Great Labour Unrest). Este conflicto afectó a todos los sectores, con dos momentos álgidos: la Gran Huelga de Ferroviarios de 1911 y la de los Mineros, la primera de ámbito nacional, en 1912.

Este movimiento, precisan Callum Cant y Matthew Lee en su reciente libro sobre la huelga de 1926 (The Future in Our Past, Verso, 2026), fue liderado por jóvenes trabajadores que a menudo actuaban sin el apoyo oficial de los sindicatos y extendían la huelga de un sector a otro”.

El movimiento sindical británico, surgido de la aristocracia obrera y profundamente comprometido en la colaboración de clases, tuvo que seguir el ritmo. En 1914, las tres grandes centrales sindicales de mineros, transportistas urbanos y ferroviarios respondieron a la presión de las bases uniéndose en una triple alianza que prometía la solidaridad entre estas industrias.

La guerra [la segunda de las historias] vino a romper este impulso. Los sindicatos se sumaron rápidamente a la consigna de unión nacional y al Gobierno. Pero la agitación continuó en las bases. En el valle del Clyde, en Escocia, surgió un movimiento basado en la elección de delegados y delegadas de los trabajadores y trabajadoras. Este Shop Stewards Movement (movimiento de delegados sindicales) organizó la resistencia al servicio militar obligatorio y llevó a cabo huelgas salvajes, algunas de las cuales, en 1917, serán lo suficientemente importantes como para inquietar a Downing Street [residencia del Primer Ministro].

A partir de esa fecha, en la clase obrera occidental se fue gestando una contestación al propio capitalismo. En su libro The Capital Order University of Chicago (2022), Clara Mattei muestra hasta qué punto la convulsión de la Primera Guerra Mundial desembocó en una “crisis de legitimidad” del capitalismo y en un profundo movimiento que exigía la “democratización de la producción”.

Esta tendencia alcanzó su máxima expresión en el movimiento de los Consejos que se extendió principalmente por Alemania e Italia, pero que se difundió entre las filas de los trabajadores y trabajadoras de otros países, sobre todo en el Reino Unido, donde, teniendo en cuenta lo que acabamos de decir, el terreno era fértil para esta contestación.

El año 1919 fue un año de gran agitación social en el Reino Unido. Los mineros, los empleados, los ingenieros, los ferroviarios e incluso los policías llevaron a cabo largas huelgas. En los muelles londinenses, se negaban a cargar el Jolly George, un barco cuya función es abastecer a las tropas británicas enviadas en apoyo del Ejército Blanco (frente al Ejército Rojo) en la guerra civil rusa. La irrupción de la revolución rusa y de movimientos por toda Europa reforzó la combatividad de los trabajadores británicos.

Campaña Hands off Workers’ Russia (foto: Socialist Worker)

Escena III – La retirada táctica del Gobierno

Callum Cant y Matthew Lee recuerdan que, por aquel entonces, la idea de una huelga general estaba constantemente en el aire. En un primer momento, en 1919, el Gobierno conservador-liberal de David Lloyd George estuvo a la defensiva y jugó la carta de las concesiones. Pasar en ese momento a la huelga general significaba abrir una fase revolucionaria, ya que ni el Ejército ni la Policía daban garantías y la clase obrera parecía unida.

En su libro The General Strike 1926: A New History (Pen & Sword, 2023), el historiador David Brandon cuenta que el propio Primer Ministro reconocía su debilidad frente a los sindicatos: “Me veo obligado a decirle que estamos a su merced”. Por suerte para el Gobierno, los líderes sindicales no querían ni oír hablar de una revolución y aprovecharon las concesiones del Gobierno para intentar calmar a las masas.

Por fin, en enero de 1919, aceptaron poner fin a una huelga de los mineros para crear la comisión Sankey, cuyas conclusiones, favorables a las y los trabajadores, fueron enterradas por el gabinete ministerial. En octubre de 1919, se abandonó la huelga de ferroviarios tras recibir de forma casi inmediata las primeras concesiones del Gobierno. Como dijo un miembro del Gobierno citado por David Brandon: Las organizaciones sindicales eran lo único que se interponía entre nosotros y el caos”.

Pero la colaboración de Lloyd George con los sindicatos fue una retirada táctica. La imposición de una austeridad presupuestaria y monetaria a partir de finales de 1919 provocó una crisis económica que favoreció el acercamiento entre las direcciones sindicales y el Gobierno para “defender los empleos, pero que también debilitó la solidaridad intersectorial. El 15 de abril de 1921, la Federación de Transportes se negó a apoyar a los mineros en huelga contra los recortes salariales. Ese viernes negro marcó la victoria provisional de la reacción y el fin de la triple alianza.

Una victoria provisional, porque no solo la agitación social siguió siendo intensa y se organizó en torno a movimientos autónomos respecto a los sindicatos, como el Movimiento Nacional de los Minoritarios (MNM), sino sobre todo porque el Partido Laborista llegó, por primera vez, a la cabeza en las elecciones de febrero de 1924. Ramsay MacDonald, su líder, se convirtió en Primer Ministro de un Gobierno en minoría. El impacto fue enorme para los capitalistas británicos, los cuales fueron presa del pánico.

1 de agosto de 1926: El Comité Especial del Consejo General del Congreso de Sindicatos, convocado en 1925 para trabajar en el conflicto de la industria del carbón que condujo a la Huelga General de 1926. La foto del Comité está tomada en Downing Street donde tuvo lugar la reunión con el Primer Ministro Stanley Baldwin. Los miembros son (de izquierda a derecha): Alonzo SwalesArthur HaydayEdward L. PoultonGeorge HicksBen TillettJohn MarchbankJohn Bromley y A. G. Walkden. Fuente: Illustrated London News, Wikimedia Commons,

Escena IV – La carrera hacia la huelga

En octubre de 1924 el Gobierno de MacDonald cayó y las nuevas elecciones dieron la mayoría a los conservadores. Stanley Baldwin se convirtió en Primer Ministro y retomó la obsesión de la clase dirigente: restaurar la situación idealizada de antes de la guerra. Para ello, había que restablecer el papel central de la City en la economía británica y, por tanto, volver a fijar la convertibilidad de la libra en oro a su nivel de antes de la guerra.

Este proyecto estaba estrechamente ligado a la otra prioridad de las élites del país: sofocar de una vez por todas la conflictividad obrera que duraba quince años. La sobrevaloración de la libra condujo a un nuevo ajuste a la baja en el nivel de vida de los trabajadores y trabajadoras, lo que llevó al enfrentamiento social. Pero esta vez el Estado ya no estaba contra las cuerdas como en 1919; estaba presto y, mejor aún, deseaba el enfrentamiento, porque necesitaba una derrota clara del movimiento social.

La convertibilidad de la libra en oro se restableció el 28 de abril de 1925. Inmediatamente, los directivos de las empresas mineras pusieron en marcha un plan de recortes salariales y aumento de la jornada laboral para compensar los efectos de la libra fuerte. Por su parte, el MFGB (Federación de Mineros de Gran Bretaña), el gran sindicato minero, está listo para el pulso. Y consiguió el apoyo de la máxima instancia de coordinación intersectorial, el Congreso de Sindicatos (Trades Union Congress, TUC). La triple alianza parecía haberse reformado.

Sin embargo, el Gobierno necesitaba tiempo para prepararse. El 31 de julio de 1925, concedió una subvención al sector minero para que pudiese mantener los salarios y la jornada laboral. Pero esta subvención cesó el 1 de mayo de 1926. Para los sindicatos este viernes rojo se presentó como una victoria que permitía olvidar el viernes negro de 1921.

Sin embargo, no fue así. “En cuanto se puso en marcha la subvención, se tomaron medidas, en el más absoluto secreto, para coordinar en todas partes las medidas necesarias para hacer frente a la inevitable emergencia nacional”, destaca David Brandon. Se crearon organizaciones semisecretas para organizar a los rompehuelgas, si era necesario con el apoyo de los movimientos fascistas y nacionalistas, y para organizar la respuesta a una huelga general.

Entrega de porras a los agentes especiales de policía durante la Huelga General de 1926 en Hornsey, Londres. (Fuente: Photo by Fox Photos/Getty Images)

Escena V – La Huelga General

Esta preparación contrastaba con la indolencia de los sindicatos. Callum Cant y Matthew Lee señalan que, al mismo tiempo, el TUC “no hicieron nada” y considera que “la amenaza de la huelga general será, una vez más, suficiente para hacer retroceder al Estado”. Pero no fue así. El 1 de mayo de 1926, se suprimió la subvención, y el TUC no tuvomás remedio que convocar una huelga de solidaridad con los mineros para el 4 de mayo.

Y la movilización de los trabajadores y trabajadoras fue notable. Sorprendió incluso a la propia dirección de los sindicatos. Es cierto que, en realidad, no se trataba de una huelga general en sentido estricto, en la que se paralizan todas las actividades, pero sí fue una huelga de gran alcance, que reunió hasta a tres millones de trabajadores y trabajadoras que bloquearon en gran parte la economía del país. Por otra parate, el TUC decidió actuar por etapas: varios sectores quedaron en reserva y siguieron trabajando a la espera de la orden de huelga del Consejo General del TUC.

El movimiento adquirió una magnitud sin precedentes y se basó en una sorprendente solidaridad de clase. La base tomó claramente al mando y asumió la iniciativa sin pedir permiso a los sindicatos. En Gales las y los huelguistas iban de empresa en empresa para cortarles la luz sin afectar a los particulares.

Los piquetes eran lugares de socialización y solidaridad donde se defiendía la lucha contra los intentos del Gobierno y de los rompehuelgas. Frente a ellos, por muy preparado que estuviera, el Gobierno no pudo hacer gran cosa. Es cierto que miles de voluntarios se presentaban para sustituir a los huelguistas, pero a menudo eran muy pocos y, sobre todo, estaban muy poco formados.

David Brandon cuenta cómo estudiantes de Oxford o Cambridge condujeron trenes poniendo en peligro a los pasajeros que transportaban. “Es un milagro que hubiera tan pocos accidentes”, subraya. Pero sin duda hay que atribuir ese milagro a la escasa afluencia de tráfico.

Estudiantes de la Universidad de Oxford voluntarios para conducir los trenes durante la Huelga General de 1926. (Fuente: Fox Photos/Getty Images)

Escena VI – La traición y la derrota

Rápidamente el Gobierno optó por la fuerza. Se movilizó al Ejército. Los buques de guerra se desplegaron en el Támesis o en el puerto de Liverpool. Se multiplicaron los enfrentamientos con la policía y los rompehuelgas.

El centro del conflicto se situó en los muelles de Londres, un lugar estratégico donde se decidía el abastecimiento de la capital. El 8 de mayo, con el apoyo de blindados y soldados fuertemente armados, el Gobierno consiguió organizar el acceso a los muelles y descargar parte de la mercancía en Hyde Park, transformado en plataforma logística.

La dirección del TUC se mostró cada vez más preocupada por la determinación de las bases y del Gobierno. Temía que se instaurase una lógica de guerrilla y, sobre todo, la autonomización del movimiento y su politización, cuando los sindicatos querían limitarse a objetivos económicos y sociales. Poco a poco el TUC volvió a asumir su papel de último recurso del orden capitalista.

El 12 de mayo a mediodía los dirigentes sindicales anunciaron el fin de la huelga basándose en un memorándum propuesto por un lord liberal, Herbert Samuel. Este documento ratificaba las reducciones salariales y no ofrecía ninguna garantía a los sindicatos. Se limitaba a dejar abiertas algunas áreas en la negociación, ahora bien, sin ninguna garantía.

En una conversación con un sindicalista neerlandés un miembro del TUC explicó que “para mucha gente del consejo general del TUC, las cosas habían ido demasiado lejos”. Esto parecía una capitulación sin condiciones y, para muchos huelguistas, una traición.

Un tanque blindado británico saliendo del cuartel de Wellington en Londres en el penúltimo día de la Huelga General de 1926. (Fuente: Hulton Archive/Getty)

De hecho, el 12 de mayo no marcó el fin del movimiento. Muchos trabajadores y trabajadoras no siguieron la consigna de volver al trabajo. Callum Cant y Matthew Lee señalan que, según las estimaciones del Parlamento, el 13 de mayo había 100.000 huelguistas más. Pero en ese momento el movimiento carecía de coordinación y la represión patronal, con el apoyo del Estado, se puso en marcha: se amenazó con despedir a los huelguistas. La solidaridad con los mineros se fue desvaneciendo poco a poco.

El movimiento se prolongó aún durante buena parte de la semana antes de irse extinguiendo por todos los lugares salvo en las cuencas mineras donde los mineros continuaron solos la lucha antes de rendirse a principios de octubre. Se redujeron los salarios, hubo despidos masivos de huelguistas y se alargaron las jornadas laborales.

La derrota fue total y marcó de forma duradera el movimiento social británico. A la deserción de los sindicatos le siguió en 1931 otra igual de grave: la formación por parte de Ramsay MacDonald, reelegido primer ministro en 1929, de una unión nacional con los conservadores para hacer frente a la crisis. Durante los años 1930 ni los laboristas ni los sindicatos fueron capaces de dar una respuesta a la recesión.

No obstante, 1926 sigue siendo un momento clave de la historia social, no solo británica, sino también occidental. Un momento en el que la base tomó la iniciativa y empezó a darse cuenta de que podía escribir la historia. A esto hay que añadir que aunque la situación de entonces parezca muy alejada de la nuestra, sigue resonando hoy en día. La segunda parte de esta serie tratará de entender cómo.

Anuncio del final de la huelga en el periódico oficial de los trabajadores. (Fuente: The National Archives/nationalarchives.gov.uk)

Escena VII – Las lecciones de la huelga general

¿Qué queda hoy de la gran huelga británica de 1926? En un relato de viaje por varios puntos clave del movimiento (The Future in Our Past, Verso, 2026), dos autores británicos, Callum Cant y Matthew Lee, han buscado, cien años después, las huellas actuales de ese pasado.

En el sur de Gales, antaño marcado por la minería del carbón y convertido en un desierto desindustrializado; en Swindon, nudo ferroviario del sur de Inglaterra transformado en centro logístico para los gigantes digitales; y en los barrios periféricos gentrificados del Este de Londres, esos rastros son ahora mínimos. El recuerdo de 1926 parece haber desaparecido bajo el peso de los cambios estructurales del capitalismo.

De hecho, nada parece, a primera vista, más alejado de nuestro presente que aquella época dominada por una masa de trabajadores industriales que trabajaban juntos y se veían impulsados por un poderoso movimiento emancipador. Nuestro capitalismo terciarizado y atomizado ya no parece tener esa capacidad de movilizar al mundo laboral.

En realidad, los marcos del orden capitalista siguen siendo los mismos, aunque con formas diferentes. La presión sobre los salarios y las condiciones laborales continúa; es, más que nunca, una realidad que afecta a los trabajadores y trabajadoras a ambos lados del Canal de la Mancha y en otros lugares. Al igual que hace cien años esta presión cuenta con el apoyo del Estado y, a veces, con una forma de complicidad de ciertos sindicatos, siempre dispuestos a limitar la lucha a las empresas o a objetivos parciales.

En sus andanzas por el Reino Unido de 2025 los dos autores citados anteriormente llegan a la misma conclusión: “A primera vista puede que no veas la lucha de clases, pero sigue ahí”Esta lucha persiste en las interminables jornadas y las presiones que sufren los oficinistas londinenses, al igual que en las luchas por sobrevivir de las y los repartidores en bicicleta o en la desesperación de las poblaciones abandonadas por la desindustrialización rural. Nuestro mundo está construido por el poder del capital, y ese poder era el mismo adversario que el de los huelguistas de 1926.

Escena VIII – Construir una huelga general

Durante el movimiento contra la reforma de las pensiones de 2023 en Francia muchos llamaron, en vano, a una “huelga general” para detener los planes del Gobierno. Al comienzo del curso 2024 volvió a manifestarse la voluntad de “bloquearlo todo”: una vez más sin futuro. Estos dos intentos parecen hacer aún más urgente una reflexión sobre la huelga británica de 1926, ya que ofrece tres lecciones: en primer lugar, la huelga general es un fenómeno complejo, pero posible; en segundo lugar, un movimiento así abre la posibilidad de una transformación social importante; por último, no es más que una herramienta y no un fin en sí misma. En otras palabras: puede suceder y fracasar.

La huelga general no era más evidente en el Reino Unido de 1926 de lo que lo es en la Francia de 2026. Aunque, sin duda, el nivel de agitación social era mayor en aquellos años. Callum Cant y Matthew Lee han contabilizado, entre 1917 y 1926, ocho momentos en los que se planteó o se intentó esta opción, pero no llegó a materializarse. Varios factores parecen haberse conjugado para provocar la explosión de 1926 y no tienen mucho que ver con la existencia de un capitalismo industrial.

En primer lugar, la perspectiva de una nueva represión social tras una serie de crisis y políticas de austeridad continuadas desde 1920. Luego, la sensación de que no había salida a través de la negociación y el compromiso tras los fracasos cosechados por los sindicatos y los del Gobierno laborista. Por último, una solidaridad de clase con los mineros, que parecían ser las primeras víctimas de esta nueva ola de represión social. Las actuales condiciones no parecen menos capaces de provocar la movilización que las de entonces.

Por supuesto, no hay recetas infalibles para construir un movimiento así. Las circunstancias y el contexto juegan un papel decisivo. Pero lo que distingue a 1926 de 2026 no parece ser tanto las condiciones objetivas de la explotación como la práctica de las luchas. Los trabajadores y trabajadoras británicos contaban en 1926 con una historia de casi quince años de luchas prácticamente ininterrumpidas que iban mucho más allá de los sectores emblemáticos de las minas, los ferrocarriles y el transporte.

Aquella concatenación de luchas había alimentado una profunda puesta en cuestión del orden capitalista entre las masas que, además, la guerra no había hecho más que acentuar. Aquellas luchas continuas habían empezado a corroer los lazos de la alienación. Por tanto, la huelga general no fue fruto de unos sindicatos dispuestos en todo momento a limitar la amenaza, ni siquiera lo era de los agitadores comunistas que no supieron mantener el movimiento tras el 12 de mayo, llevando a la capitulación sindical. Fue fruto de una maduración en el mundo del trabajo, una huelga se construyó sobre la práctica casi constante de la contestación.

Hoy en día, la dificultad para organizar una huelga general está relacionada tanto con la dificultad inherente de construir una acción política de solidaridad de masas como aquella, y además teniendo presente el marco actual en el que se tendría que llevarla a cabo. Si una consigna sindical puede servir de chispa, solo podrá seguirse si, precisamente, las masas ya han superado los objetivos sindicales, si ya han construido, a través de la lucha, su propia agenda. La huelga de 1926 es el resultado del conflicto iniciado por los trabajadores y trabajadoras británicas desde al menos 1911.

Mitin en el Albert Hall durante la huelga de ferrocarriles de septiembre-octubre de 1919 (foto: Wikimedia Commons)

Escena IX- La acción contra la alienación

El estrecho vínculo entre la práctica de las luchas y la emancipación se revela aún más en el corazón mismo de la huelga general. Es otra lección central del movimiento de 1926 que explica por qué los poderes que se supone que representan a los trabajadores desconfían profundamente de la huelga de masas.

Como señalan Callum Cant y Matthew Lee, “la cuestión del poder está en el aire” en 1926. La huelga de masas, al poner de manifiesto la centralidad social del trabajo, la incapacidad de la clase dominante para sustituirse a sí misma por la clase trabajadora y la posibilidad de una organización social sin la mediación del capital, reveló de repente el secreto que el orden capitalista ha ocultado cuidadosamente en el corazón de la mercancía: el poder capitalista no es legítimo por naturaleza.

La huelga general no es solo una acción de protesta, sino que actúa sobre la realidad. Hace que el mundo del trabajo pase del papel secundario y pasivo que le atribuye el capital en la organización de la sociedad a un papel activo. En momentos como aquellos las masas toman el control sobre sus vidas, forjan su propia historia. Es en este tipo de movimiento donde se refuerza la capacidad de los trabajadores para salir de la alienación capitalista.

Para que este movilización se ponga en marcha toda huelga general ha de pasar por la ocupación del lugar de trabajo y la toma del control de la producción. La Huelga de 1926 empezó, por cierto, con un acto simbólico: en la noche del 3 al 4 de mayo los impresores del Daily Mail se negaron a poner en marcha las rotativas para publicar la edición del día siguiente, que contenía un editorial incendiario contra la huelga. A raíz de ello, para responder a la propaganda vertida por el Gobierno a través de la BBC y de su periódico, el British Gazette, esos mismos impresores, en coordinación con los huelguistas, publicaron el British Worker, un diario que alimentó los debates de las asambleas generales en todo el país.

The British Worker, primer ejemplar del 5 de mayo de 1926 (Fuente: Trade Unions Congress/Wikimedia Commons)

Esta anécdota demuestra, por un lado, que la huelga de 1926 no se limitó a los mineros y ferroviarios y, por otro, que fue una fuente de poder y creatividad. En todo el país, la defensa de los piquetes y la organización del abastecimiento, del suministro eléctrico o de ciertos servicios demostraron la capacidad de autoorganización del movimiento.

Desempeñaban un papel en la historia del que normalmente se ven privados aquellos que deben conformarse con votar a uno de los tres principales partidos que se presentan a las elecciones”, resume el historiador David Brandon, autor de The General Strike 1926: A New History (Pen & Sword 2023), para quien “esa sensación de formar parte de la historia era una experiencia que les daba un poder inmenso.

Por eso precisamente quienes, en teoría, obtuvieron su poder de la representatividad de los trabajadores se asustaron tanto ante esta repentina emancipación. Los trabajadores y trabajadoras ya no necesitaban mediadores entre ellos y el capital porque, poco a poco, descubrían su capacidad para prescindir del capital. Ahí es donde el movimiento iba demasiado lejos para el Trades Union Congress (la organización que agrupa a los sindicatos británicos – TUC) y por lo que esta organización se apresuró a poner fin a la huelga.

De forma casi caricaturesca, el líder del Consejo General del TUC, quien decidió pedir el fin de la huelga el 12 de mayo, Jimmy Thomas, tuvo una carrera notable. Diputado laborista desde 1910, fue secretario de Estado para las Colonias en 1924 y luego entre 1929 y 1936 ocupó importantes cargos en los Gobiernos. Tras pasarse al bando conservador con Ramsay MacDonald, tuvo que dimitir en 1936 a raíz de un escándalo bursátil. Con líderes así, se entiende que el movimiento de 1926 tuviera que luchar tanto contra sí mismo como contra el Gobierno.

Escena X – Las causas del fracaso

El fracaso es precisamente la última lección de este movimiento de 1926. Esta huelga general terminó en un fracaso profundo y duradero seguido de una represión violenta. Algunos y algunas huelguistas tuvieron que esperar diez años para ser readmitidos en sus empresas. Esta conclusión debe recordarnos que no solo organizar una huelga general no es fácil, sino que llevarla a buen puerto es aún más difícil. En otras palabras: la huelga general por sí sola no basta. Como cualquier herramienta hay que usarla con un objetivo claro.

Sin duda, eso es lo que le faltó al movimiento de 1926. A pesar de quince años de movimientos surgidos desde la base, la unidad del proletariado británico seguía dependiendo en gran medida de los sindicatos. En otras palabras, existía una contradicción fundamental en el seno del movimiento entre lo que lo cimentaba y la emancipación que impulsaba. Eso fue lo que acabó destruyéndolo.

Esta dependencia de los marcos de acción sindical hizo difícil, por no decir imposible, la autonomización de la huelga tras el 12 de mayo. Callum Cant y Matthew Lee opinan que “los siete días del 12 al 19 de mayo fueron el momento exacto en el que podría haberse abierto un nuevo futuro”. Lo que es cierto, porque entonces la huelga no pertenecía a nadie más que a las y los huelguistas: ante el abandono de los sindicatos, era posible construir un poder autónomo de las y los trabajadores.

Pero la autonomía del movimiento no fue suficiente. En los movimientos sociales británicos la base nunca rompió realmente con los sindicatos. Los elementos más radicales se veían a sí mismos como vanguardias cuya función era presionar a la burocracia sindical. Incluso el Partido Comunista (CPGB) mantuvo hasta el 12 de mayo la consigna “todo el poder al consejo general” del TUC.

Cuando los sindicatos se retiraron del movimiento, las y los huelguistas no contaban con las mediaciones organizativas para continuar el movimiento: su coordinación se hizo imposible. El movimiento social británico nunca construyó, propiamente dicho, consejos autónomos respecto a los sindicatos y por ello pagó un alto precio. Ya el 17 de mayo, el British Worker dejó de publicarse, señal de la atomización del movimiento.

Esta situación hacía imposible la construcción de una contra-sociedad basada en la organización de los trabajadores y trabajadoras. Aislados, los y las huelguistas se encontraron solos frente al poder del capital. Es precisamente a eso a lo que los sindicatos querían llegar: volver a ser el intermediario necesario. Pero para entonces la huelga ya estaba enterrada.

Quizá sea esta la lección más importante de aquel movimiento de 1926 y, un siglo después, sigue siendo más actual que nunca. Si un movimiento social pretende llevar a cabo una huelga general debe fijarse como objetivo la lucha contra la centralidad del capital. Una lucha que también pasa por una autonomización del movimiento respecto de sus representantes sindicales y políticos oficiales. Esto es aún más cierto cuando, como hoy, estos últimos están debilitados y, por ello, son aún más dependientes del orden existente. En otras palabras, más que nunca: la emancipación de los trabajadores y trabajadoras será obra de los propios trabajadores o no será.


POR QUÉ BAJO EL CAPITALISMO LAS REGLAS DEL JUEGO ESTÁN HECHAS CONTRA LOS TRABAJADORES – SEGUNDO ACTO
Klaus Offe y Jürgen Habermas (foto: Cornelia Woll en Linkedin)
Paul Heideman
Doctor en Historia por la Universidad de Rutgers

(…)

Escena XI – Obstáculos asimétricos: las dos lógicas de la acción colectiva

Claus Offe (1940-2025) realizó su doctorado bajo la dirección de Jürgen Habermas, discípulo de Adorno y Horkheimer. Más tarde describiría el «parroquialismo» de la vida intelectual alemana de posguerra, en la que autores anglosajones como Talcott Parsons, Seymour Martin Lipset o C. Wright Mills eran prácticamente inaccesibles. Offe se propuso escapar de ese aislamiento intelectual y, en las décadas siguientes, dialogó activamente con la teoría social en lengua inglesa.

Esa hibridación intelectual, que combinaba la indagación filosófica de Habermas con el enfoque empírico y crítico de Mills, sentó las bases de Dos lógicas de la acción colectiva.

El ensayo puede leerse como una crítica ampliada al economista Mancur Olson y su obra La lógica de la acción colectiva. Olson sostenía que, en muchos casos, la cooperación entre individuos con intereses comunes resultaba mucho más difícil de lograr de lo que se suponía.

Aunque formuló su argumento en el lenguaje de la economía neoclásica, la lógica es simple: en numerosos contextos, las personas que se beneficiarían de cooperar obtienen ese beneficio tanto si participan como si no. Si cooperar implica costos —de tiempo, esfuerzo o dinero—, lo racional para cada individuo es «viajar gratis» (free rider), esperar que otros cooperen y beneficiarse del resultado.

El resultado es que nadie coopera, aunque todos saldrían ganando si lo hicieran. Olson utilizó esta lógica para sostener que el conflicto de clases descrito por Marx —entre trabajadores y capitalistas organizados— era improbable, dado que ambos tendrían incentivos para evitar la acción colectiva.

Offe y Wiesenthal no negaron el problema del free rider: cualquiera que haya intentado organizar una huelga o una simple asamblea estudiantil conoce su realidad. Pero argumentaron que existen dos lógicas distintas de acción colectiva: una para los trabajadores y otra para los capitalistas. Mientras estos últimos apenas enfrentan obstáculos para coordinarse, para los trabajadores los problemas de acción colectiva son estructuralmente devastadores y solo pueden superarse en condiciones excepcionales.

El primer punto de Offe y Wiesenthal es que los capitalistas en realidad no necesitan organizarse. Su poder de clase deriva del derecho de propiedad: de la capacidad de excluir a los trabajadores del uso de sus medios de vida. El simple hecho de poseer una empresa les permite despedir empleados y negarles el sustento. Ese poder coercitivo —individual y permanente— no requiere organización colectiva. (…).

Los trabajadores, en cambio, solo pueden ejercer poder si se organizan colectivamente. Para lograr una elección sindical o iniciar una huelga necesitan construir organización, asumir costos y exponerse a represalias. Además, todos los trabajadores de una empresa se benefician de los logros de la negociación, participen o no: de ahí que cada individuo tenga incentivos para dejar que otros asuman los riesgos.

El segundo punto de Offe y Wiesenthal es que los capitalistas pueden agruparse fácilmente, mientras que los trabajadores no. Las empresas pueden fusionarse, reduciendo costos administrativos sin perder capacidad de disciplinar a sus empleados. Por el contrario, los sindicatos más grandes suelen volverse más heterogéneos y burocráticos, con mayores dificultades para armonizar intereses y movilizar a sus bases.

Helmut Wiesenthal en 2012 (foto: Stephan Röhl/Flickr/Wikimedia Commons)
Escena XII – El dilema dialógico

Finalmente, Offe y Wiesenthal subrayan que la relación entre capital y trabajo es interdependiente pero asimétrica. En abstracto, ambos se necesitan; en la práctica, los trabajadores dependen mucho más de «sus» capitalistas que estos de ellos.

Mientras que los capitalistas pueden, por lo general, elegir a quién quieren contratar en un momento dado, o incluso decidir no contratar a nadie, la mayoría de los trabajadores tienen que aceptar cualquier trabajo que se les ofrezca (…).

Pero Offe y Wiesenthal sacan una conclusión de esta asimetría que es menos obvia. Como ellos mismos dicen, «la colectividad de todos los trabajadores debe estar, paradójicamente, más preocupada por el bienestar y la prosperidad de los capitalistas que los capitalistas por el bienestar de la clase trabajadora». Los trabajadores tienen que considerar cómo sus acciones afectarán a aspectos como el ritmo de inversión o la viabilidad financiera de su empresa, para no encontrarse con que su militancia los deja sin empleo.

Esa necesidad de considerar los intereses del capital mientras se lo enfrenta complica aún más el proceso de organización. Formar una organización obrera significa construir un interés colectivo a partir de una diversidad de intereses individuales —los jóvenes priorizan licencias o estabilidad, los mayores, jubilaciones—, tarea ya de por sí compleja, que se vuelve más difícil cuando debe hacerse bajo la amenaza constante del desempleo o la desinversión.

Los capitalistas no necesitan preocuparse por los intereses de sus trabajadores. Aunque los bajos niveles de desempleo pueden hacer que los capitalistas se apresuren a intentar atraer trabajadores, la mayoría de las veces lo que Marx denominó el ejército industrial de reserva de desempleados garantiza que siempre habrá alguien lo suficientemente desesperado por conseguir un trabajo como para someterse a cualquier trato injusto que los capitalistas estén dispuestos a infligirle. Además, los capitalistas que se enfrentan a una escasez de mano de obra tienen la opción de reducir aún más su dependencia de los trabajadores mediante la automatización de parte del proceso laboral.

El hecho de que los trabajadores tengan que tener en cuenta los intereses del capital, incluso cuando se organizan contra él, añade una nueva dinámica a los primeros puntos, que se refieren a la necesidad y la viabilidad de la organización colectiva. La organización es siempre un proceso de formación de intereses colectivos. Los trabajadores individuales tienen una amplia variedad de intereses que les gustaría que se abordaran mediante la organización colectiva.

(…)

Offe y Wiesenthal llaman a este tipo de organización «dialógica», en contraste con la «monológica», típica de las empresas o burocracias, donde las decisiones se toman solo en la cúpula. Las organizaciones obreras, si aspiran a perdurar, deben asumir el modo dialógico, con toda la carga que implica: deliberación, conflicto interno, lentitud, desgaste.

Una vez que los sindicatos se establecen como organizaciones, tienen una opción. Pueden adoptar un modo de organización más monológico, confiando en un pequeño órgano de liderazgo para tomar decisiones en nombre de una membresía en gran parte pasiva. No faltan ejemplos del pasado y del presente del movimiento sindical estadounidense de sindicatos que funcionan de esta manera. Para Offe y Wiesenthal, esta es la esencia del oportunismo en el movimiento sindical, durante mucho tiempo la pesadilla de los socialistas de todo el mundo.

Sin embargo, este oportunismo no es simplemente una traición o un caso de dirigentes con intereses diferentes a los de sus afiliados. El poder que establecen los sindicatos es intrínsecamente inestable. Por un lado, depende, en última instancia, de su capacidad para movilizar a sus afiliados con el fin de ir a la huelga. Por otro lado, sin embargo, también depende de su capacidad para contener de forma creíble a sus miembros una vez alcanzado un acuerdo. Un sindicato que no puede garantizar que sus miembros volverán al trabajo y cumplirán el contrato una vez firmado no es un sindicato con el que los empresarios tengan interés en llegar a un acuerdo en primer lugar. El poder de la clase trabajadora depende, por tanto, tanto de la movilización como de la desmovilización simultáneamente.

En este contexto, el oportunismo es «la única transformación que no amenaza la supervivencia de la organización ni interfiere en sus posibilidades de éxito». Lejos de ser producto de «fakires laborales» o «líderes engañosos», como los diversos polemistas del movimiento socialista han denominado a los líderes sindicales con los que no están de acuerdo, la evolución hacia modos de acción monológicos es inherente a los dilemas de la acción colectiva de la clase trabajadora.

Sin embargo, aunque ofrece una solución a estos dilemas, el modo de actuación monológico socava su capacidad para hacerlo. Al final, un sindicato burocratizado con una afiliación pasiva se verá incapaz de obtener concesiones de los empresarios, ya que ha perdido la capacidad de movilizar a sus afiliados. Podría decirse que esta es la situación de la mayoría de los sindicatos en los Estados Unidos hoy en día, cuyo poder se ha atrofiado tan profundamente que, en la práctica, han vuelto al principio del proceso, cuando solo el proceso dialógico de profunda participación de los miembros puede traer el éxito organizativo.

Offe y Wiesenthal no proporcionaron ningún tipo de solución intelectual decisiva a estos dilemas. En política, eso no existe. Pero al trazar con tanta precisión las líneas de poder que estructuran la organización de la clase trabajadora y los dilemas muy reales a los que se enfrentan estas organizaciones, hicieron una contribución vital al esfuerzo por superar los problemas que describen.

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