Gaceta Crítica

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Defender y construir el socialismo bajo asedio: las nuevas medidas económicas de Cuba

Por Isaac Saney (RESUMEN LATIONAMERICANO) 22 de junio de 2026

Nuestra libertad y dignidad jamás se podrán comprar.

En uno de los anuncios de política económica más trascendentales desde el Período Especial de la década de 1990, Cuba ha presentado un paquete integral de reformas diseñado para afrontar la crisis económica más grave que atraviesa la isla en décadas, preservando al mismo tiempo los fundamentos socialistas de la Revolución. Aprobado por el Pleno Extraordinario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, el programa consta de veintitrés ejes estratégicos y 176 propuestas concretas destinadas a superar las dificultades económicas inmediatas, estimular la producción, atraer inversiones y fortalecer la protección social.En una era de guerra económica y asedio sin precedentes, bajo condiciones extraordinariamente adversas —condiciones que habrían aplastado a la mayoría de las naciones en poco tiempo—, estas medidas económicas están diseñadas para afrontar y superar la crisis económica de la isla, a la vez que contrarrestan la guerra económica cada vez más intensa que se libra contra Cuba, la cual sigue siendo la principal causa de las dificultades actuales del país. Al mismo tiempo, buscan impulsar la construcción del socialismo y la realización de la visión de José Martí de una Cuba “con todos y para el bienestar de todos”, defendiendo con firmeza la independencia, la soberanía y el derecho inalienable a la autodeterminación de Cuba. Lejos de representar una retirada, estas medidas constituyen un esfuerzo estratégico para preservar y profundizar los logros sociales de la Revolución frente a la implacable presión externa y los desafíos económicos sin precedentes.

Estas medidas surgen en un momento de extraordinaria presión. Cuba no solo enfrenta dificultades económicas, sino también lo que el presidente Miguel Díaz-Canel describió como un bloqueo económico, comercial, financiero y energético cada vez más intenso y agresivo impuesto por Estados Unidos. Bajo las administraciones de Donald Trump y sus aliados, incluido el secretario de Estado Marco Rubio, Washington ha intensificado su campaña de larga data para estrangular la economía cubana mediante sanciones, persecución financiera, restricciones al suministro de combustible y esfuerzos para obstaculizar la inversión extranjera y el comercio internacional.

El resultado ha sido una profunda crisis caracterizada por escasez de energía, inflación, disminución de la producción, dificultades para obtener importaciones esenciales y severas restricciones al acceso a divisas. Sin embargo, para comprender la situación actual de Cuba es necesario reconocer que estas dificultades no provienen del socialismo en sí, sino de la extraordinaria carga impuesta por el régimen de sanciones más exhaustivo y prolongado de la historia moderna. Por lo tanto, las nuevas medidas no representan ni un abandono del socialismo ni un retroceso respecto a los principios fundamentales de la Revolución. Más bien, constituyen un esfuerzo por defender y profundizar el socialismo en condiciones de asedio.

La reforma económica como resistencia

La importancia del nuevo programa queda plasmada en la contundente valoración de Díaz-Canel: «La realidad nos obliga a realizar cambios urgentes y necesarios». Esta declaración no refleja ni incertidumbre ideológica ni improvisación política. En cambio, evoca una arraigada tradición del pensamiento revolucionario cubano: el reconocimiento de que la construcción socialista debe adaptarse creativamente a las cambiantes condiciones materiales, preservando al mismo tiempo sus objetivos esenciales. La dirigencia cubana plantea explícitamente las reformas como instrumentos para defender el socialismo, ampliar la justicia social, generar riqueza y distribuirla equitativamente. Su propósito no es desmantelar la Revolución, sino asegurar su supervivencia y desarrollo futuro en circunstancias excepcionalmente adversas.

Como recalcó Díaz-Canel, el reto consiste en seguir impulsando la construcción socialista mientras se afronta lo que describió como «el bloqueo económico, financiero, energético y comercial más cruel, genocida y prolongado ejercido por la nación más poderosa del mundo». Lejos de adoptar la ortodoxia neoliberal, las reformas buscan ampliar la capacidad productiva manteniendo la propiedad pública de los sectores estratégicos, la planificación social y la responsabilidad del Estado en materia de bienestar social.

Inversión extranjera sin privatización

Entre los aspectos más debatidos de las reformas se encuentra la ampliación de las oportunidades para la inversión extranjera. Como era de esperar, los críticos han interpretado esta medida como evidencia de una inminente transición hacia el capitalismo. Tales conclusiones malinterpretan tanto el contenido de las medidas como la experiencia histórica de la Revolución Cubana. La búsqueda de inversión extranjera no es nueva. Tras el colapso de la Unión Soviética y la devastadora contracción económica del Período Especial, Cuba abrió sectores selectos al capital internacional para obtener tecnología, divisas, experiencia gerencial y acceso a los mercados globales. Fidel Castro explicó repetidamente que estas medidas respondían a la necesidad, más que a preferencias ideológicas.

Las reformas actuales surgen de una realidad similar. El nuevo marco busca eliminar los obstáculos burocráticos que han desalentado la inversión, al tiempo que amplía las oportunidades de colaboración entre empresas estatales, cooperativas, empresas privadas e inversores extranjeros. Ahora se permitirá la inversión extranjera directa en una gama más amplia de actividades, incluidas las colaboraciones con pequeñas y medianas empresas cubanas. Asimismo, se incentivará a los cubanos residentes en el extranjero a invertir en proyectos productivos.

Estos cambios no deben confundirse con la privatización. La privatización implica la transferencia de activos públicos y poder económico a manos privadas. Las reformas cubanas no conllevan la venta masiva de industrias nacionales, el desmantelamiento de la propiedad pública ni la entrega de sectores estratégicos a corporaciones extranjeras. En cambio, representan mecanismos socialistas híbridos diseñados para movilizar recursos preservando el control público sobre los sectores clave de la economía. Se invita al capital extranjero a participar en el desarrollo bajo las normas y la soberanía cubanas. El objetivo no es la restauración capitalista, sino la supervivencia y renovación socialista.

Liberando fuerzas productivas

Uno de los temas centrales de la nueva agenda es la necesidad de estimular la producción. Díaz-Canel enfatizó repetidamente que Cuba necesita “más producción en lugar de más restricciones”. Este reconocimiento refleja un consenso creciente entre los economistas cubanos de que los controles burocráticos excesivos pueden, involuntariamente, reprimir la iniciativa y fomentar los mercados informales. En consecuencia, las reformas buscan impulsar la productividad en múltiples sectores. Las empresas estatales gozarán de mayor autonomía en la toma de decisiones, la inversión, las prácticas laborales y la gestión financiera. Los gobiernos municipales contarán con mayor autoridad para implementar estrategias de desarrollo local. Se reducirán las restricciones a los agentes económicos no estatales, y la regulación sustituirá cada vez más a la prohibición.

El objetivo no es debilitar el sector estatal socialista, sino fortalecerlo mediante la eficiencia, la innovación, la rendición de cuentas y la flexibilidad. De hecho, Díaz-Canel reafirmó que la empresa estatal socialista seguirá siendo el pilar principal de la economía. Sin embargo, también reconoció que las empresas estatales no pueden desempeñar ese papel eficazmente si se ven limitadas por una excesiva injerencia administrativa. Esto refleja una importante evolución en el pensamiento socialista cubano: la planificación debe establecer objetivos, regulaciones y prioridades sociales, al tiempo que otorga a las empresas mayor autonomía operativa para alcanzar dichas metas.

Soberanía alimentaria y transformación agrícola

Quizás ningún tema ilustra mejor la urgencia de la reforma que la agricultura. «No hay soberanía con plato vacío», declaró Díaz-Canel. La factura de importación de alimentos de Cuba sigue siendo considerable a pesar de la existencia de extensos recursos agrícolas. Por lo tanto, las nuevas medidas hacen especial hincapié en la expansión de la producción de alimentos mediante una mayor distribución de tierras, mayores incentivos y un mayor acceso a insumos. Las tierras ociosas se asignarán a productores dispuestos y capaces de cultivarlas. Se ampliarán los acuerdos de usufructo. Los agricultores tendrán un mejor acceso a equipos, semillas, fertilizantes y tecnología importados.

Los productores tendrán mayores oportunidades de participar directamente en los mercados de exportación y en las transacciones de divisas. Es importante destacar que las reformas preservan la propiedad pública de la tierra, al tiempo que amplían los derechos de uso e inversión. Esta distinción es fundamental. La tierra sigue siendo un recurso social perteneciente a la nación. Sin embargo, quienes la cultivan gozarán de mayores incentivos y mayor seguridad. El objetivo es aumentar la producción, fortalecer la soberanía alimentaria y mejorar el nivel de vida, evitando la concentración de la propiedad de la tierra característica de la agricultura capitalista.

Seguridad energética e independencia económica

La crisis energética se ha convertido en una de las manifestaciones más visibles de la guerra económica estadounidense contra Cuba. Las sanciones de Washington han limitado gravemente la capacidad de Cuba para obtener combustible, financiación, repuestos e infraestructura energética. Por consiguiente, el nuevo programa económico pone especial énfasis en el desarrollo de energías renovables. La energía solar, el almacenamiento de energía en baterías, el transporte eléctrico y la generación de energía descentralizada recibirán un amplio apoyo. Se eliminarán los aranceles e impuestos a la importación de tecnologías de energías renovables. Se fomentará la inversión extranjera en proyectos de energías renovables. Los vehículos eléctricos y la infraestructura de carga recibirán incentivos especiales.

Estas iniciativas responden no solo a consideraciones medioambientales, sino también a preocupaciones estratégicas. Cada kilovatio generado a partir de fuentes renovables reduce la vulnerabilidad a las sanciones y fortalece la soberanía nacional. En este sentido, la transición energética se convierte en un instrumento de resistencia antiimperialista.

Socialismo y justicia social

La cuestión más importante en torno a las reformas se refiere a sus consecuencias sociales. ¿Puede coexistir la apertura económica con la igualdad social? La respuesta del liderazgo cubano es inequívoca. Díaz-Canel ha recalcado repetidamente que la protección social sigue siendo la prioridad central de la Revolución. Los subsidios generalizados que a menudo benefician tanto a los ricos como a los pobres serán reemplazados progresivamente por asistencia específica dirigida a las poblaciones vulnerables. Nuevos mecanismos brindarán apoyo a pensionistas, niños, adultos mayores y hogares de bajos ingresos.

La responsabilidad del Estado en materia de salud, educación, seguridad social y bienestar social permanece inalterable. Este compromiso refleja una distinción crucial entre las reformas cubanas y la reestructuración neoliberal en otros países. En las sociedades capitalistas, las reformas de mercado suelen buscar reducir las obligaciones sociales y aumentar la rentabilidad. En Cuba, las reformas económicas tienen como objetivo generar los recursos necesarios para sostener los compromisos sociales. El objetivo no es la acumulación por sí misma, sino el desarrollo al servicio del bienestar humano. Tal como lo vislumbró José Martí, Cuba sigue esforzándose por ser una nación «con todos y para el bienestar de todos».

El socialismo en un mundo capitalista

La trascendencia de las reformas cubanas radica en lo que revelan sobre el desafío de construir el socialismo dentro de un orden capitalista global hostil. Ninguna sociedad socialista se desarrolla bajo sus propias condiciones. El proyecto revolucionario cubano siempre ha estado condicionado por presiones externas, realidades económicas y limitaciones geopolíticas. Las medidas actuales reflejan esta realidad. Reconocen que la supervivencia económica requiere la participación en los mercados internacionales, el capital extranjero, la transferencia de tecnología y las redes de producción globales. Sin embargo, también buscan asegurar que dicha participación sirva al desarrollo nacional y no a la dominación extranjera.

Por lo tanto, las reformas no representan ni un repliegue ideológico ni una conversión al capitalismo. Constituyen un esfuerzo por sortear las contradicciones de la construcción socialista bajo presión. Como argumentó Fidel Castro durante el Periodo Especial, la flexibilidad en los métodos económicos no implica necesariamente el abandono de los objetivos socialistas. La cuestión fundamental es quién ejerce el poder político y a qué intereses sirve el Estado. En Cuba, los sectores clave de la economía siguen socializados, el poder político se mantiene arraigado en las instituciones revolucionarias y las políticas públicas continúan priorizando el bienestar colectivo sobre el beneficio privado.

La lucha continúa

El futuro del proyecto socialista cubano sigue siendo incierto. Ninguna revolución ofrece garantías. Los desafíos económicos son inmensos. El bloqueo continúa causando enormes daños. Washington mantiene su compromiso de lograr lo que persigue desde 1959: el derrocamiento de la Revolución Cubana y el restablecimiento del dominio estadounidense sobre la isla. Sin embargo, la respuesta de Cuba demuestra que la rendición no es una opción viable.

Las nuevas medidas económicas representan un esfuerzo por transformar la resistencia en renovación, convertir la crisis en oportunidad y fortalecer el socialismo mediante la adaptación en lugar de la rigidez. Quizás la trascendencia de este momento se refleja mejor en la declaración de Díaz-Canel al pueblo cubano: “No nos uniremos solo para resistir. Nos uniremos para crear. Para producir. Para decidir. Para supervisar. Para prosperar y transformar”.

Un aspecto central de los debates de la dirección revolucionaria ha sido la frustración recurrente ante la falta de implementación, la celeridad, la coherencia y la eficacia de varias reformas y medidas de ajuste económicas previamente aprobadas. Esto suele deberse a la persistencia de obstáculos burocráticos e inercia institucional. Sin embargo, más allá de la burocracia en sí, se ha reconocido repetidamente que se plantean cuestiones más amplias sobre la relación entre las estructuras estatales, el liderazgo político, la participación popular y los desafíos prácticos de la transformación socialista en condiciones de asedio. En consecuencia, se subraya que la teoría y la praxis socialistas deben analizar críticamente, comprender y aprender de las diversas experiencias mediante las cuales se ha llevado a cabo la construcción socialista en diferentes contextos, como Cuba, China y Vietnam. No obstante, dicho análisis debe evitar la imitación mecánica, e implicar un cuidadoso proceso de adaptación arraigado en las realidades históricas, políticas, económicas y culturales específicas de cada sociedad.

Al mismo tiempo, este debate necesario surge de un compromiso inquebrantable con la soberanía, la independencia y el derecho a la autodeterminación de Cuba; no puede convertirse en un instrumento para socavar la Revolución, legitimar la injerencia externa ni apoyar las persistentes amenazas, presiones e intervenciones del imperialismo capitalista. Por lo tanto, el desafío no consiste en elegir entre la reflexión crítica y la soberanía nacional, sino en impulsar ambas simultáneamente en el esfuerzo continuo por fortalecer y renovar el proyecto socialista.

Frente a la guerra económica, la guerra híbrida, las sanciones y las amenazas de recolonización, Cuba sigue defendiendo su independencia, soberanía y derecho a la autodeterminación. Las reformas anunciadas por el Pleno Extraordinario se comprenden mejor como parte de esa lucha: aperturas estratégicas emprendidas no por debilidad, sino por la determinación de preservar un proyecto revolucionario que, a pesar de la extraordinaria adversidad, permanece comprometido con la dignidad humana, la justicia social y la aspiración de construir una sociedad con todos y para el bienestar de todos.

Isaac Saney es profesor y especialista en Cuba y Estudios Afroamericanos, dentro del área de Estudios e Historia de la Diáspora Africana Negra, en la Universidad de Dalhousie, Halifax, Canadá. También es miembro del comité ejecutivo de la Red Canadiense sobre Cuba.

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