Por Valerio Romitelli (Fuente: https://www.sinistrainrete.info/europa/33162-valerio-romitelli-suicidio-o-illusione-infranta-le-disavventure-dell-europa-e-l-avvenire-dell-internazionalismo.html), 22 de Junio de 2026

¿SUICIDIO O ILUSIÓN ROTA? LAS DESVENTURAS DE EUROPA Y EL FUTURO DEL INTERNACIONALISMO
Que Europa se haya suicidado es un tema recurrente en varios ensayos. Sin embargo, la condición previa obvia para cualquier suicidio es que lo cometa alguien que esté vivo. Pero es precisamente esto lo que quiero cuestionar aquí. Más que un euroescéptico, podría clasificarme como un eurocínico. Entre los cínicos más conocidos, ¿no fue Diógenes quien anduvo buscando al «hombre», rechazando a cualquiera que se presentara como tal? Pues bien, si la comparación es admisible, ¡me veo obligado a dudar de cualquiera que se presente como proeuropeo! Mi convicción es que la Europa política, la formada por 27 estados, la UE en resumen, no es más que una ilusión. Una ilusión que, como toda ilusión duradera, tiene efectos totalmente reales, pero que no se ajustan a las intenciones que la legitiman.
La cuestión es, francamente, que lo primero que me parece antieuropeo es la propia Europa, tal como se ha construido desde la Segunda Guerra Mundial: una Europa, por lo tanto, contraria, opuesta, antagónica a lo que Europa es geográficamente. Por supuesto, huelga decir que la geopolítica y la geografía no siempre coinciden, pero el caso en que una es incompatible con la otra representa una verdadera paradoja. Y esta es precisamente la paradoja de Europa tal como la hemos habitado desde los primeros años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial. El problema es que nos hemos acostumbrado tanto a esta paradoja que ya ni siquiera nos damos cuenta. La ilusión en la que vivimos consiste en considerar a Europa como menos de dos tercios del «viejo continente», mientras que tratamos el territorio restante, que corresponde a más de un tercio, como un espacio no solo extranjero, sino abiertamente hostil. Para muchos residentes de la primera mitad de Europa, obviamente esto no es así, pero ninguna protesta parece convencer a la mayoría de los gobiernos de esta parte del mundo de abandonar su creciente rusofobia. Sí, porque a estas alturas ya habrán comprendido que de lo que hablo no es otra cosa que del hecho de que casi la mitad de Europa es Rusia, y que, al mismo tiempo, la otra mitad se ve obligada a considerar esto un problema que hay que combatir. ¡Incluso hasta la muerte, incluso con armas en mano!
Quienes justifican esta actitud ilusoria y ciega atribuyen su origen a febrero de 2022 y a la invasión rusa de Ucrania.
El argumento más conocido para validar esta versión de los hechos es que, con esta invasión, Putin estaba convencido de que revivía el sueño zarista, con el objetivo de extender su dominio despótico lo más al oeste posible, preferiblemente hasta… ¡Lisboa! Como si los casi 18 millones de kilómetros cuadrados de su territorio actual no fueran suficientes, y como si su población de menos de 150 millones no fuera ya enormemente pequeña en comparación.
Sin extenderme más, creo que es más apropiado buscar en otro lugar la razón de la rusofobia que azota a la UE. ¿Dónde? Seamos claros: entre los países que le dieron su idioma, un idioma, cabe destacar, que no pertenece a ninguno de los que se hablan en las 27 naciones que conforman esta Unión. Pero es exclusivo del mundo angloparlante. Ahora bien, es innegable que, en la segunda mitad del siglo pasado, el inglés se convirtió en lo que el latín fue en tiempos del Imperio Romano, con todas las consecuencias que ello conlleva. Por lo tanto, es totalmente comprensible que la UE lo adoptara oficialmente, sin que ello reste importancia al hecho de que esto demuestra la subyugación cultural de todos sus países miembros a los países no miembros.
La pregunta clave entonces es: ¿por qué el Imperio Británico, luego el Imperio Americano, y finalmente lo que queda del primero y aún sobrevive del segundo, han deseado casi siempre una Europa antieuropea, opuesta a su enorme componente ruso? La respuesta es de sobra conocida: reside en la paranoia innata de Estados Unidos y el Reino Unido de verse aislados en medio del mar si Europa y Rusia, o peor aún, Europa y Asia, alcanzaran una mayor estabilidad política. Así, la rusofobia se revela como un virus inoculado en el viejo continente por los gobiernos británico y estadounidense para mantener una parte de este continente políticamente separada de la otra.
¿Historias antiguas ahora desactualizadas?
Desde luego que no, como veremos más adelante, pero primero recordemos un acontecimiento sensacional que puede considerarse un antecedente significativo del reciente sabotaje de los gasoductos submarinos Nord Stream el 23 de septiembre de 2022. Se trata de los bombardeos, en violación de las resoluciones de la ONU pero autoproclamados como «humanitarios», llevados a cabo por la OTAN contra Serbia entre marzo y junio de 1999 (en los que participó la propia Italia, con el gobierno de D’Alema y el ministro de Defensa Mattarella). Es importante centrarse en las fechas. El 1 de enero de 1999, el euro ya había sido adoptado y la Federación Rusa había mostrado interés en él como posible alternativa al dólar por diversos motivos. Sin embargo, con la guerra contra Serbia, esta potencial apertura de Europa hacia el Este se vio truncada de inmediato. Como decía un chiste de la época: «¡El euro ya había nacido!».
Pero volvamos a los primeros clamores de la propia Europa en los primeros años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuándo se empezó a hablar de ello? Ciertamente, también al final de la guerra, en 1941 en Ventotene, especialmente entre Altiero Spinelli y Ernesto Rossi, entonces en el exilio, como siempre se recuerda en honor al ahora famoso Manifiesto que redactaron. ¿Pero con qué público? ¿Con qué consecuencias reales? El hecho de que la guerra aún estuviera en pleno apogeo en aquel momento convierte a este documento en nada más que un testimonio de intenciones que solo se aprecian en retrospectiva, independientemente de cómo se las evalúe. Los esfuerzos de Churchill por promover nada menos que unos «Estados Unidos de Europa» tras el fin de la guerra, sin embargo, fueron de una naturaleza completamente distinta. Entonces, ¿cuándo comenzó esta actividad? Precisamente en 1946, pocos meses después de que el propio Churchill anunciara, en marzo de ese año, la caída del Telón de Acero entre las potencias vencedoras, dando inicio a la Guerra Fría entre las esferas angloamericana y soviética, Churchill, en Zúrich en septiembre de 1946, no solo concibió la formación de unos Estados Unidos de Europa, sino que también se proclamó jefe del recién creado Comité Internacional de Movimientos para la Unión Europea, con el fin de contener la entonces inevitable influencia de Moscú en Europa. El siguiente paso hacia la unificación angloparlante de Europa Occidental fue la creación del Consejo Europeo (para la defensa de los derechos humanos, el Estado de derecho, la democracia, etc.), que, no por casualidad, tuvo lugar en Londres. Pero aún más notable es que se produjo apenas un mes después de la fundación de la OTAN en abril de 1949.
Esta conexión entre la Alianza Atlántica y las instituciones europeas sigue siendo claramente evidente hoy en día, considerando la escasa distancia que separa las sedes de la primera y la segunda en Bruselas. El grado de simbiosis entre la OTAN y la UE se evidencia aún más en sus vacilaciones simultáneas: la primera, a instancias de la Casa Blanca; la segunda, debido a la falta de consenso que afrontan la mayoría de sus gobiernos.
La historia del viejo continente es una historia de potencias coloniales e imperialistas que se han sucedido dominando el mundo, recurriendo —como es bien sabido— a los métodos más abominables. Y solo después de ser derrotadas, debido a dos guerras mundiales que ellas mismas provocaron, accedieron a unirse entre sus vecinos, como un condominio de veteranos de guerra. Lo cierto es que fueron incapaces de concebir otra forma de hacerlo que no fuera a la manera imperial, eminentemente jerárquica, centralizada y de arriba hacia abajo. Por esta razón, se vieron reducidas a aceptar el dictado anglosajón de permanecer como una Europa truncada y heterodoxa, incapaz de determinar su propio destino. Hay una figura que ejemplifica bien esta realidad.
Su nombre es Walter Hallstein. ¿Quién era? Un eminente jurista alemán, en 1939 se encontraba en Roma al frente de la delegación nazi para discutir la futura partición de Europa con los fascistas. Poco más de una década después, en 1952, regresó para liderar una delegación alemana, pero esta vez para discutir la primera institución europea de la posguerra: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (que promovía a los países Italia, Francia, Alemania Occidental, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos). Sus méritos como arquitecto jurídico de la renovación europea le valieron no solo un rápido indulto por sus crímenes como funcionario de Hitler, sino también una brillante carrera en la construcción de la Europa de posguerra que Churchill había anhelado. Se sabe que esta conversión fue común entre muchos nazis, incluso algunos «prominentes», que escaparon de los juicios de Núremberg. En el caso de Hallstein, lo que pudo haberlo convencido de cambiar de rumbo fueron los dos años de cautiverio en Misisipi, donde estuvo recluido tras ser capturado en Europa como oficial de la Wehrmacht. Lo cierto es que, entre 1958 y 1967, fue el primer presidente de la Comisión Europea y responsable de muchos de los aspectos políticos y jurídicos de la posterior administración de la institución. Entre ellos se encontraba lo que se conocería como la «Doctrina Hallstein», que prohibía cualquier relación con Alemania Oriental; una prohibición que no se levantó hasta 1975 con los Acuerdos de Helsinki y el reconocimiento mutuo de las dos Alemanias.
¿Cuál es la moraleja? Un punto, al menos, que resulta más relevante aquí, y que esta historia biográfica demuestra claramente: la innegable, aunque relativa, continuidad entre la visión nazi y la visión de la UE de la posguerra. Una continuidad basada en la idea de imponer una identidad supranacional y rusófoba en el viejo continente. Ciertamente, no se puede pasar por alto que, según el plan nazi, Europa debía someterse a su propio régimen totalitario, mientras que Europa Occidental, ahora la UE, ha estado constituida por regímenes democráticos desde su creación. El hecho es que los procesos de formación de estos dos modelos diferentes de Europa fueron previstos e implementados no solo desde arriba y de forma unívoca, sino también desde fuera de las diversas realidades sociales y nacionales, y de manera mucho más abrupta y distinta que las formaciones históricas de, por ejemplo, Estados Unidos y el Reino Unido. ¿Cuántas vicisitudes, conflictos y compromisos, incluso entre partes radicalmente opuestas, fueron necesarios a lo largo de varios siglos para que estas dos entidades estatales tomaran forma? ¿Y por qué, a pesar de presentarlos como modelos de democracia liberal, pretendían crear una Europa unida en cuestión de años mediante medidas legales y monetarias restrictivas? Si admitimos que todo este proceso se desarrolló bajo la égida de las dos potencias anglófonas vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, podemos concluir que esto correspondía a sus estrategias para unificar el viejo continente: revivir sus tradiciones políticas más arcaicas, centralizadas y autoritarias, de corte monárquico e imperial, pero sin permitir que ningún país europeo llegara a tomar el control. No es casualidad que el corazón de la Europa de posguerra fuera precisamente Alemania, el país más humillado y devastado por la derrota de 1945.
Que su gobierno demuestre actualmente tal compromiso con el rearme no augura nada bueno. Si, en un futuro próximo, Alemania sucediera a Estados Unidos como principal potencia europea, no habría motivo de celebración. ¿Acaso no queda más remedio que refugiarse en la perspectiva soberanista de la defensa de los intereses nacionales? Pero si es cierto que las intrigas urdidas por las finanzas globales son económicamente omnipresentes, ¿cómo podría una nación reclamar sus propios «intereses»? ¿Dónde se podría encontrar un grupo de funcionarios estatales tan puros y fieles a su misión como para abstenerse de toda corrupción y oponerse sin temor a las exorbitantes y nómadas superpotencias que campan a sus anchas hoy en día? Para la cúspide del capitalismo global, hoy no existe patria salvo en los imperios multinacionales: ante todo, el decadente imperio estadounidense, el ascendente imperio chino y todos sus satélites. Los «intereses nacionales» que harían posibles entidades como las «burguesías nacionales» son meras abstracciones obsoletas. Esta categoría de «burguesía nacional» fue relevante mientras y dondequiera que se pudiera suponer que existían partes del mundo tan «subdesarrolladas» que aún no habían caído en las garras de la competencia global. Aun cuando tales territorios todavía existan, ciertamente no se encuentran en Europa, del mismo modo que no existe una «burguesía» nacional digna de tal nombre.
¿Y qué? Pues ni una cosa ni la otra. No debemos perseguir a la nación y sus supuestos «intereses», asumiendo que debemos expiar su traición por parte de una Europa que «no existe», ni debemos intentar aferrarnos a Europa «como debería ser», en lugar de sucumbir a las tentaciones soberanistas. Ha llegado más que nunca el momento de repensar y reactivar la perspectiva del internacionalismo como se merece. El problema es que debe hacerse en su forma más esencial y radical. De hecho, a diferencia de otras épocas, actualmente no existe una patria del socialismo o del comunismo que sirva de estrella guía en la búsqueda de una mayor justicia terrenal. Para quienes persisten en anhelarla, quizás nunca haya sido tan cierto que la «única patria» solo puede ser el «mundo entero». Otro problema es que, con la inminente crisis del derecho, en primer lugar del derecho internacional, pero aún más del derecho interno de cada país, estamos presenciando un fenómeno extraño. Cuando la justicia parece imponerse en las relaciones entre Estados, la injusticia parece reinar con supremacía dentro del propio Estado que la defiende. Irán es un ejemplo de ello. Por un lado, es la fuerza más activa en la oposición concreta, incluso a través de sus milicias aliadas, a la atroz e inaceptable limpieza étnica que se está llevando a cabo contra los palestinos. Por otro lado, es también un país donde la injusticia parece ser implacable con muchos, demasiados, de sus propios habitantes. Una paradoja casi inextricable, pues, que se suma a tantas otras similares dispersas como nunca antes por todo el mundo contemporáneo. Sin embargo, en lugar de intentar sortear las dificultades que esto plantea a la defensa de una justicia digna de nuestro tiempo, un enfoque internacionalista podría asumirlas como un terreno propio de análisis y experimentación.






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