Conversación sobre la Historia, 13 de Junio de 2026

Este pasado 25 de marzo, la Asamblea General de Naciones Unidas debatió y aprobó una resolución impulsada por Ghana que “declara”, entre otras cosas, “que la trata de africanos esclavizados y la esclavitud racializada de africanos constituyen el crimen de lesa humanidad más grave”. Una resolución que también “condena inequívocamente la trata de africanos esclavizados y la esclavitud racializada de africanos, la esclavitud y la trata transatlántica de esclavos”, fenómenos a los que “considera la injusticia más inhumana y duradera contra la humanidad”. Ese texto fue aprobado por el máximo organismo de la ONU con una amplísima mayoría de votos favorables (123) y con tan solo tres votos en contra (Estados Unidos, Israel y Argentina). Los estados que se abstuvieron de votar favorablemente fueron, eso sí, también numerosos (52). Entre los países que no quisieron votar a favor hallamos a todos los países de la Unión Europea, incluida España, así como el Reino Unido y Canadá.
La aprobación de esta importante resolución viene a ser, por ahora, la última expresión de un largo camino emprendido por una de las agencias de Naciones Unidas, concretamente por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). En agosto de 1994 la UNESCO lanzó en Ouidah (Benín), uno de los principales puertos de la trata transatlántica de africanos esclavizados, el magno programa “La ruta del esclavo” (renombrado más adelante como “la ruta de las personas esclavizadas”), un programa que se ha ido materializando durante más de 30 años y que ha tenido por objeto impulsar el conocimiento en torno al impacto global de la trata de cautivos africanos así como el estudio de las contribuciones y del patrimonio (material e inmaterial) de la diáspora africana fuera del continente africano.[1] Cuatro años después, en 1998, la propia UNESCO declaró el 23 de agosto como Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y su Abolición. El día elegido no fue casual: se pretende así conmemorar la noche del 22 al 23 de agosto de 1791, cuando más de mil mujeres y hombres esclavizados se reunieron en el Bois Caïman (hoy Haití) y participaron en una ceremonia vudú que sirvió como punto de partida de una triunfante rebelión de esclavos.[2]

Bajo el impulso de “la ruta de las personas esclavizadas” (UNESCO)
Animados, en buena medida, por los objetivos señalados en el programa “La ruta de las personas esclavizadas”, en estos últimos treinta años diversas ciudades y diferentes países, especialmente de África, de América y también de Europa, han llevado adelante iniciativas concretas, de todo tipo, en el marco de lo que podemos llamar políticas públicas de memoria de la esclavitud. La República francesa, sin ir más lejos, aprobó el 10 de mayo de 2001 la llamada Ley Taubira (así conocida por el apellido de su impulsora, la política guyanense Christiane M. Taubira), una ley que convirtió a Francia en el primer país del mundo en reconocer explícitamente la trata transatlántica de africanos esclavizados y la esclavitud como crimen de lesa humanidad. Entre otros efectos, la Ley Taubira obliga a que se analice y explique la trata y la esclavitud colonial tanto en los libros de texto como en la educación obligatoria. La Ley Taubira ha servido también como marco para la creación de la Fundación para la Memoria de la Esclavitud, una institución financiada con fondos públicos y liderada por académicos cuyo objetivo es dinamizar el conocimiento sobre la trata y la esclavitud, y divulgarlo entre la ciudadanía francesa.[3] Desde, al menos, 2007, cada diez de mayo se celebra, por otro lado, una ceremonia junto a la escultura Le Cri, L’Écrit, ubicada en los Jardines del Palacio de Luxemburgo, en recuerdo de las víctimas de la trata y la esclavitud. Una solemne ceremonia presidida habitualmente por el Presidente de la República.

En los principales puertos franceses de la trata esclavista se han llevado a cabo, por otro lado, diversas acciones en el campo de la memoria de la esclavitud. En Nantes cuentan, por ejemplo, desde 2012 con un Memorial de la Abolición de la Esclavitud así como con un recorrido por diferentes calles de la ciudad (bajo la denominación de “Nantes y la Trata Negrera”), en el que se señalan algunos de los vestigios materiales que se conservan hoy día, vinculados todos a su antigua condición de puerto de salida de buques de esclavos.[4] Más aún, también en Nantes, el Castillo de los Duques de Bretaña, sede del Museo de Historia, acogió entre 2021 y 2022 una magna exposición titulada “L’abîme. Nantes dans la traite atlantique et l’esclavage colonial, 1707-1830”. Una exposición que aún se puede visitar (aunque solo virtualmente).[5] En Burdeos cuentan, por otro lado, con una galería dedicada al pasado esclavista de la ciudad ubicada dentro del Museo de la Ciudad. [6] Recientemente, diferentes museos franceses, de diversas ciudades (entre las cuales están Nantes y Burdeos pero también Le Havre y Rouen) se han asociado para crear un proyecto, todavía en construcción, que consiste una exposición virtual dedicada al papel que desempeñaron Francia y las Américas en la trata atlántica y su abolición, desde el siglo XVII hasta mediados del siglo XIX.[7]

En general, tanto en Francia como en otros países de la Europa occidental, los Museos locales o departamentales han tenido un papel relevante en la difusión del fenómeno de la trata transatlántica y la esclavitud colonial, en las Américas, al actuar como agentes de memoria en ese campo. Un papel similar al de los museos ha sido llevado a cabo por algunos ayuntamientos de algunas de las principales ciudades portuarias europeas que estuvieron vinculadas con ese pasado esclavista. Varios ayuntamientos han financiado la investigación sobre los vínculos de su ciudad con el esclavismo (o, en algunos casos, con el colonialismo, en general) y se han preocupado para que el conocimiento que se ha generado llegue al conjunto de la ciudadanía, por diferentes medios. Así lo han hecho, por ejemplo, en los últimos años, las ciudades de Rotterdam[8] o de Amsterdam. En esta última ciudad conocemos, por ejemplo, donde se ubicaron todas las refinerías encargadas de transformar el azúcar de caña elaborado con trabajo de hombres y mujeres esclavizados en las colonias en un producto de consumo para los europeos. Se trata de un recorrido que funciona, desde hace tiempo, a modo de itinerario de memoria.[9] En el caso de los Países Bajos, ese amplio conocimiento generado, especialmente en los últimos diez años, ha permitido disponer de instrumentos de divulgación muy útiles de alcance más general como el de Mapping Slavery.[10] Una herramienta que está al alcance de la ciudadanía interesada y que puede asimismo funcionar como recurso didáctico. El interés por conocer el pasado esclavista de aquel país llegó, por ejemplo, al Banco de los Países Bajos, entidad financiera que encargó a tres historiadores de la esclavitud que realizaran un estudio (convertido después en libro y publicado en 2022) en torno a la vinculación de dicha entidad con la esclavitud colonial.[11] Conscientes de la importancia y de la profundidad del pasado esclavista de los Países Bajos, su entonces Primer Ministro (hoy Secretario General de la OTAN, Mark Rutte), primero, y su Jefe de Estado (el rey Guillermo Alejandro), después, creyeron prudente y conveniente pedir públicamente perdón por el pasado esclavista del país, algo que hicieron en diciembre de 2022 y en julio de 2023, respectivamente.
Impulsadas en buena medida por las demandas de la población británica procedente de Jamaica, de Barbados o del resto de las West Indies, también el Reino Unido ha llevado a cabo un amplio conjunto de iniciativas para rememorar sus profundos vínculos históricos con la esclavitud y la trata. Las autoridades políticas y diplomáticas británicas han obrado, de hecho, con profunda inteligencia y han conseguido darle “la vuelta a la tortilla” (de la historia a la memoria), si se me permite la expresión. Resulta conocido como, durante el siglo XVIII, la marina mercante británica fue la principal marina implicada en el tráfico transatlántico de cautivos africanos. En consecuencia, algunos puertos británicos (Liverpool, Bristol, Londres, …) se convirtieron en los puertos europeos más activos en la trata africana. A principios del siglo XIX, sin embargo, una mayoría parlamentaria optó en la Cámara de los Comunes por ilegalizar el tráfico de esclavos, impidiendo que los comerciantes británicos pudieran dedicarse a partir de entonces a tan peculiar y odioso tipo de comercio. Pues bien, en el momento que la Asamblea General de Naciones Unidas decidió, en 2006, establecer un Día Internacional en Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica escogió el 25 de marzo. Y si uno acude a la página de la web de la ONU y busca la respuesta a la pregunta: “¿Por qué el 25 de marzo?”, podrá leer que “la Ley de Abolición de la Trata de Esclavos se aprobó en el Reino Unido el 25 de marzo de 1807”.[12] Mediante este alarde de prestidigitación diplomática, Gran Bretaña aparece ahora, gracias a la ONU, como el adalid del abolicionismo mundial. Poco importa que el Reino Unido mantuviera la esclavitud en sus colonias, más allá de 1807, hasta 1833 (o 1839 si tenemos en cuenta el final del “aprendizaje” obligatorio de sus ex esclavos); o que no fuera el primer país europeo en prohibir la trata a sus comerciantes, puesto que Dinamarca había acordado prohibirla en 1792, y había aplicado esa prohibición a partir de 1803.

A diferencia de la UNESCO (que eligió un día vinculado a un acto de resistencia, protagonizado por las propias personas esclavizadas, resaltando así la agencia y la labor de los propios sujetos esclavizados en la lucha por su libertad y por la abolición), la ONU optó por consagrar la fecha en la que un parlamento elegido por un sufragio censitario de hombres blancos y ricos, en el que solo tomaban asiento hombres ricos, tomó una importante decisión. Así, desde hace 20 años que la humanidad dispone de dos fechas distintas, a la carta, para escoger cuándo prefiere conmemorar el recuerdo de las víctimas de la esclavitud y la trata, establecida una por la UNESCO y otra por la ONU. Algo parecido sucede en el caso de Brasil, país en el que hay un día oficial de recuerdo de las víctimas de la esclavitud (el 13 de mayo), tomado por ser el día en que se aprobó, en 1888, la Ley Áurea, mediante la cual se abolió la esclavitud en el país; y en el que hay también un día no oficial (el 20 de noviembre o Día de la Conciencia Negra) reivindicado fundamentalmente por diversas organizaciones afrobrasileñas, en el que se recuerda el asesinato, en 1695, de Zumbí dos Palmares, el último rey del Quilombo de Palmares.
Sea como fuere, el 25 de marzo de 2007 (exactamente doscientos años después de que la Cámara de los Comunes ilegalizara la trata y un año después de que la ONU fijara aquel día como Día Internacional en Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica) abrió sus puertas al público, en Liverpool el Museum of Atlantic Slavery, una institución considerada por muchos como el modelo de lo que debe ser un museo dedicado al análisis y divulgación del fenómeno de la trata negrera y de la esclavitud colonial. La elección de Liverpool se justifica por su importante papel como puerto de salida de buques de esclavos. Tal es así que el propio Karl Marx resaltó específicamente cómo “en la paz de Utrecht, este país [el Reino Unido] arrancó a los españoles, por el tratado de asiento, el privilegio de poder explotar también entre África y la América española la trata de negros (…) Inglaterra obtuvo el privilegio de suministrar a la América española, hasta 1743, 4.800 negros al año. Este comercio servía, a la vez, de pabellón oficial para cubrir el contrabando británico. Liverpool se engrandeció gracias al comercio de esclavos. Este comercio era su método de acumulación originaria”.[13]
El de Liverpool no es, sin embargo, el único museo británico dedicado a explicar el pasado esclavista del país. El Museum of London Docklands dedica su segunda galería (llamada “Londres, el azúcar y la esclavitud”) a analizar con detalle las relaciones de la capital británica con la institución de la esclavitud en las colonias británicas. El emplazamiento elegido no es casual: El propio almacén que alberga el museo es un antiguo almacén o depósito de azúcares coloniales. En el caso de Bristol, otro gran puerto inglés vinculado históricamente con la trata esclavista, la polémica figura de Edward Colston (1636-1721) ha actuado como el principal catalizador de un debate público sobre qué tipo de políticas públicas de memoria sobre la trata y la esclavitud deben abordarse ahora, a principios del siglo XXI. Cabe recordar que la estatua de Colston fue lanzada al río (y luego recuperada), el 6 de junio de 2020, en el marco de las movilizaciones impulsadas por el movimiento Blacks Lives Matter tras el asesinato, en Minneápolis, de George Floyd, por la violencia gratuita ejercida por varios agentes de policía.

Allí donde nació y murió George Floyd, en los Estados Unidos, el número de museos e instituciones dedicados a recordar el pasado esclavista del país son relativamente abundantes. Bajo el impulso de Barack Obama se construyó, por ejemplo, el Museo Nacional de Historia y Cultura Afrocamericana, una gran institución ubicada en el National Mall de Washington DC, es decir, cerca de la Casa Blanca, del Capitolio y en pleno centro político de la capital del país. Un museo inaugurado hace casi diez años, en septiembre de 2016, el cual responde a la importancia que tuvo la institución de la esclavitud en la propia configuración de los Estados Unidos, y en su camino hasta convertirse en una gran potencia económica, como bien demostró Edward E. Baptist.[14] Más allá de aquel gran Museo Nacional, un amplio conjunto de instalaciones diseminadas por toda la geografía estadounidense se dedican a divulgar “el legado de la esclavitud” en el país. O, como reza, el subtítulo del exitoso libro escrito por Clint Smith, son instalaciones útiles para analizar “cómo recuerda Estados Unidos su pasado más cruel”.[15] Aunque no son las únicas, las instalaciones que Clint visitó para elaborar su libro fueron las plantaciones de Monticello y Whitney, en Virginia y en Luisiana, respectivamente; la prisión de Angola, también en Luisiana; el cementerio de Blandford, en Virginia; la isla de Galveston, en Texas o la propia isla de Manhattan, destacando así los profundos vínculos de Wall Street con la economía de los estados esclavistas del Sur.
¿Y cómo recuerda España “su pasado más cruel”?
No está de más recordar que España ha sido un actor importante en la historia de la trata transatlántica de africanos esclavizados. Tan relevante, o más, que Gran Bretaña, Francia, Países Bajos o los Estados Unidos. Sirvan, para documentarlo, unas pocas cifras. Tal como sugieren Alex Borucki, David Eltis y David Wheat, a los dominios españoles del continente americano fueron llevados, desde África y contra su voluntad, más de dos millones de cautivos africanos. Estos tres autores hablan, exactamente, de 2.072.300 africanos: un 19,35 por 100 de todos los africanos esclavizados que llegaron al conjunto del continente americano. Esa cifra convierte a los territorios americanos de la Monarquía Hispánica en el segundo lugar de todo aquel continente al que llegaron más cautivos africanos (sólo por detrás de Brasil).

Los tres autores convienen en que 1.026.100 cautivos africanos fueron llevados al continente americano en buques bajo pabellón español (un 9,58 por 100 de todos los que llegaron al conjunto del Nuevo Mundo). Esa evidencia, en modo de cifra, desmiente esa idea, tan repetida como falsa, de que los comerciantes españoles no participaron directamente en la trata transatlántica. Cabe destacar, singularmente, el papel de Cuba en toda esta historia. Según han apuntado David Eltis y Jorge Felipe-González, a una isla de apenas 110.000 kilómetros cuadrados llegaron, en toda su historia, un total de 983.002 cautivos africanos. Una cifra impresionante que dobla holgadamente el número de cautivos africanos desembarcados en los Estados Unidos durante toda su historia, antes y después de su independencia (388.700).
Cautivos africanos desembarcados en Cuba para ser allí esclavizados
Entre 1500 y 1790: 127.137 12,93%
Entre 1791 y 1809: 128.841 13,11%
Entre 1810 y 1867: 727.024 73,96%
TOTAL 983.002 100,0 % [16]
No hay que olvidar que entre 1851 y 1867 el único lugar de América al que seguían llegando cautivos africanos era precisamente la isla de Cuba. Ni tampoco que más de 550.000 (de aquellos 983.002) cautivos arribaron a la mayor de las Antillas entre 1821 y 1867, es decir, cuando la trata era ya una actividad ilegal, prohibida por España. Sirvan esas cifras para recordar que España fue uno de los estados europeos más directamente implicados tanto en la trata transatlántica como en la esclavitud colonial, en las Américas, entre los siglos XVI y XIX. Y para recordar también que lo fue hasta el final.

Cabría esperar que esa incuestionable realidad histórica hubiera provocado (como ha provocado en Francia, Países Bajos, Gran Bretaña o los Estados Unidos) acciones concretas tomadas desde los poderes públicos, incluso iniciativas legislativas, en materia de políticas públicas de memoria de la esclavitud. El balance que aquí presentamos, aunque sea de manera somera, no invita precisamente al optimismo al valorar lo poco que se ha realizado hasta el momento desde el ámbito institucional. En un reciente estudio, coordinado por Celeste Muñoz y Oriol López-Badell a iniciativa del EUROM (Observatori Europeu de les Memòries), titulado “Estudio sobre iniciativas y demandas de reparación del colonialismo y la esclavitud en España”, sus autores han podido cartografiar diferentes iniciativas abordadas tanto desde los poderes públicos como, sobre todo, desde la sociedad civil relativas al pasado colonial o esclavista español.[17] Y aunque los objetivos y el alcance de ese trabajo van más allá del campo de las políticas públicas de memoria de la esclavitud, sus reflexiones resultan sin duda útiles para este ámbito. Afirman sus autores, en sus conclusiones, que “no se han producido avances significativos que muestren una responsabilización directa en el cambio social de la crítica colonial”. En “la categoría de memoriales y exposiciones” señalan “la falta de museos o centros de interpretación específicos” sobre la esclavitud y el colonialismo, aunque han podido detectar, eso sí, “algunas performances efímeras y exposiciones temporales”, registradas especialmente en Cataluña aunque también en Madrid y en el País Vasco.
Donde el balance me parece más desolador es en el ámbito de las iniciativas legislativas que han tenido lugar en los últimos años, bien en alguno de los parlamentos autonómicos o bien en el Congreso de los Diputados. De hecho, de los diecisiete parlamentos autonómicos sólo ha habido uno (el Parlamento de Cataluña) que haya debatido una resolución que puede encajar en el ámbito de lo que consideramos políticas públicas en materia de esclavitud. Se trata de una moción, aprobada el 11 de abril de 2019 por una amplia mayoría, mediante la cual el parlamento catalán acordó “asumir las responsabilidades morales de la participación de Cataluña en el colonialismo y la esclavitud dentro del imperio español” y quiso además, expresamente, “pedir disculpas a la sociedad e instituciones herederas de las víctimas de la explotación colonial y la esclavitud”.[18] Ningún otro parlamento autonómico ha debatido, en ningún momento, ninguna moción o resolución que expresara nada parecido a una declaración relacionada con el pasado colonial o esclavista.
En los últimos quince años se han presentado, eso sí, tres Proposiciones No de Ley (PNL) en el Congreso de los Diputados, dos de las cuales fueron aprobadas. Al tratarse, no obstante, de Proposiciones No de Ley, el gobierno de turno no está obligado a cumplirlas, como ha sucedido en esas dos PNL, en cuestión. La primera fue aprobada el 17 de febrero de 2010 por la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados. Fue, en realidad, la suma o fusión de dos iniciativas diferentes: de una PNL presentada el 7 de abril de 2009 por el Grupo parlamentario Popular “relativa al reconocimiento de la comunidad negra española” y de otra PNL presentada el 20 de octubre de 2009 por el Grupo parlamentario Socialista “sobre memoria de la esclavitud, reconocimiento y apoyo a la comunidad negra, africana y de afrodescendientes en España”. En el primer párrafo de la PNL que fue finalmente aprobada hubo un reconocimiento explícito del abolicionismo, a modo de homenaje póstumo a los abolicionistas:
“El Congreso de los Diputados, a través de la Comisión de Igualdad, desea rendir homenaje a los millones de personas que, colectiva e individualmente, tuvieron el coraje y la convicción moral de luchar por la abolición de la esclavitud en el mundo entero, condena dichas prácticas, así como la trata de esclavos y la esclavitud perpetrada contra el pueblo africano”.
De los seis puntos de su articulado, solo uno (el último) encaja con lo que cabe considerar propiamente políticas públicas de memoria de la esclavitud. Aquella PNL exhortaba al gobierno a “erigir en España, cuando se considere oportuno, un monumento a la memoria de las víctimas de la esclavitud”. Tal vez el problema parte del sintagma “cuando se considere oportuno” porque han pasado más de dieciséis años desde su aprobación y ninguno de los diferentes gabinetes que se han sucedido en el gobierno de España ha “considerado oportuno” erigir ese monumento. Naciones Unidas lo hizo, por ejemplo, cinco años después de haberse aprobado, en España, esa PNL: El 25 de marzo de 2015 inauguró, cerca de su sede en Nueva York, El Arca del Retorno, un monumento creado por el escultor estadounidense de origen haitiano Rodney León. Un lugar de memoria que nació, como explicó su autor, como la suma de tres elementos: (1) “reconocer la tragedia”; (2) “analizar el legado” y “no olvidemos”. El equivalente francés al Arca del Retorno (Le Cri, L’Écrit), obra del escultor Fabrice Hybert, se había inaugurado unos cuanto años antes de que se aprobara la PNL, en 2007, en los parisinos Jardines de Luxemburgo. En España aún estamos esperando que el gobierno de turno “considere oportuno” erigir un monumento en memoria de las víctimas de la esclavitud y la trata.

Una segunda PNL fue presentada en el Congreso por el Grupo Confederal de Unidas-Podemos “relativa al reconocimiento de la comunidad africana y afrodescendiente con perspectiva interseccional en el marco del Decenio Internacional para los Afrodescendientes (2015-2024)”. Publicada en el Boletín Oficial del Congreso de los Diputados el 7 de septiembre de 2018 aquella PNL caducó, finalmente, al no haberse llegado a debatir antes del final de la legislatura en cuestión, el 5 de marzo de 2019.
La tercera PNL llevó por título “Sobre memoria histórica sobre la esclavitud y su relación con España y de medidas de reparación” y fue presentada por el Grupo Confederal Unidas-Podemos en la Comisión de Política Territorial del Congreso. El diputado que la presentó lo hizo de la siguiente manera:
“… hemos llegado a un acuerdo con el Grupo Socialista que lo presentamos en forma de enmienda conjunta y lo que planteamos básicamente es que se constituya el día 23 de agosto como Día internacional del recuerdo de la trata de esclavos y de su abolición, que se busquen fórmulas adecuadas en coordinación con las comunidades autónomas y también con los ayuntamientos para la promoción de iniciativas y de medidas en materia de memoria histórica que visibilicen el papel de España en la historia de la esclavitud transatlántica y recuerden a sus víctimas, que se incorporen estos elementos también en el currículum educativo, porque es fundamental para tener unos niños y unas niñas formados en el espíritu democrático y también trasladar las propuestas anteriores en el marco del Decenio Internacional para los Afrodescendientes, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas”.

Aprobada efectivamente hace ya cuatro años (el 26 de abril de 2022) tampoco esta otra PNL ha tenido ningún efecto práctico, de ningún tipo. No se han llevado a cabo, en la legislatura en curso, ninguna acción que pueda encajar en unas políticas públicas de memoria de la esclavitud (y el colonialismo). De hecho, la dimisión voluntaria de nuestros gobernantes a la hora de evitar la puesta en marcha de acciones concretas en este ámbito ha provocado efectos como los que se analizan en un estudio que se ha publicado recientemente con el título “Historia y desmemoria de la trata atlántica de esclavos en los libros de texto españoles”.[19] Tras haber analizado “168 manuales escolares del período 1975 y 2023” sus autores describen “cómo el fenómeno de la esclavitud ha ocupado un papel secundario en los libros de texto, tanto en el papel de la Monarquía Hispánica en los inicios de este proceso en la Edad Moderna, como su impacto manteniendo la esclavitud en Cuba y Puerto Rico en la historia contemporánea de España”. Vale la pena reproducir aquí dos párrafos que resumen muy bien las conclusiones de ese estudio, tan necesario como significativo. Dos párrafos que expresan, por otro lado, las dificultades de los avances en la historiografía más reciente para aparecer en los manuales escolares:
“La trata de esclavos en los manuales analizados se asocia en los primeros siglos de la Edad Moderna a portugueses, británicos, franceses y holandeses. En escasas ocasiones se indica que era la corona española la encargada de firmar las licencias y permisos para la introducción de esclavos en sus colonias (…) Obviar el papel de España en el tráfico de esclavos permite mantener una visión positiva del papel desplegado por la corona española en América, poniendo el foco en la aportación cultural hispánica a través de la lengua, la creación de ciudades y la fundación de universidades”.
“La expansión de la nueva fase de la esclavitud después de 1800 convirtió a los territorios de Cuba, Brasil y Estados Unidos en actores clave de la economía global (…) El resultado fue una reactivación de la trata de africanos en la que Cuba ejemplifica a la perfección el proceso. Sin embargo, los manuales escolares sitúan de manera generalizada el ‘comercio triangular’ en el siglo XVIII, se traslada una imagen de la trata atlántica de esclavos como un proceso de otras épocas (Antiguo Régimen), desvinculando a nuestro sistema capitalista, burgués y liberal de las atrocidades cometidas a través de la esclavización de personas. Un sistema que nació, precisamente, en el momento más álgido del tráfico negrero. Se obvia que los beneficios adquiridos en la trata de esclavos nutrieron a los regímenes financieros globales de los capitales necesarios para la inversión en nuevas formas productivas, y que pervivió en España hasta el último tercio del siglo XIX”.

Motivos para ser optimistas
A pesar de todo lo que hemos dicho hasta el momento, estoy convencido de que, en relación a la memoria de la trata y de la esclavitud, existen motivos para ser optimistas. Si nos fijamos en la producción historiográfica, cabe destacar que el número de autores, y de obras publicadas sobre el pasado esclavista y colonial español en los últimos años, es abundante y no ha parado de crecer. Sin afán de exhaustividad, entre los autores españoles que han publicado libros o artículos en los últimos diez años, ciertamente renovadores en los estudios del tráfico o de la esclavitud colonial, en América o en África, podemos citar a un buen número de historiadores, entre los cuales se encuentran Luis Alonso Álvarez, Óscar Álvarez Gila, Carla Andrés Bauzá, Imilcy Balboa, Isabel Bedoya, José Luis Belmonte, Lizbeth Chaviano, Adrià Enríquez, Leida Fernández Prieto, Chelo Naranjo, Gustau Nerín, José Antonio Piqueras, Marc Riu, José Miguel Sanjuan, Jesús Sanjurjo o Xavier Sust, entre otros. A ese listado de autores cabría añadir la nómina de colegas que, trabajando desde otros espacios académicos, como el cubano o el norteamericano, han contribuido también a que conozcamos mejor el pasado esclavista español, gracias a su abundante producción historiográfica. Me refiero a Carmen Barcia, Manuel Barcia, Álex Borucki, Jorge Felipe, Alejandro de la Fuente, Oilda Hevia, Marial Iglesias, María de los Ángeles Meriño, Aisnara Perera, Lisa Surwillo, David Wheat o Michael Zeuske, entre otros. Podemos concluir así que, afortunadamente, el campo de los estudios sobre la participación española en la trata transatlántica y en la esclavitud colonial, entre los siglos XVI y XIX, goza de buena salud.
La abundancia de trabajos sobre la esclavitud y la trata, es decir, el conocimiento recientemente generado en este campo, se ha trasladado pronto al ámbito de la creación literaria. Son bastantes, por ejemplo, las novelas que se han publicado en los últimos años en España con el trasfondo de la esclavitud colonial, ambientadas en su mayoría en el siglo XIX. Autores superventas (como Carmen Posadas, con La Hija de Cayetana; Ildefonso Falcones, con Esclava de la Libertad; o Carmen Mola, con El Infierno) se han adentrado en los últimos años en un campo en el cual podemos también encontrar a otros novelistas no tan conocidos pero de indudable calidad. Las diversas obras, nacidas de la pluma de unos y de otras, publicadas en los últimos años, han permitido a miles y miles de lectores profundizar en alguna de las diferentes aristas de nuestro pasado esclavista: Hablo, por ejemplo, de Carlos Bardem (Mongo Blanco), Bibiana Candia (Azucre), Joaquín García de Romeu (La última negra), Jordi Maluquer de Motes (El darrer viatge de la goleta Panda), Josep M. Quintana (L’afortunada vida de Martí Olivar), Rafael Tarradas Bultó (El Valle los Arcángeles), Mayte Uceda (El maestro de azúcar) o Elia Vázquez de Gey (Una casa en amargura), entre otros. La novela ganadora del último premio Néstor Luján (El Sastre de Barcelona, de Pere Anglas) narra la vida de Luis Massó, un exesclavo nacido en Cuba que pasó luego a vivir en Barcelona. También en el ámbito del teatro podemos destacar la obra Amèrica, escrita por Sergi Pompermayer y dirigida por Julio Manrique. Una obra que agotó todas las entradas de todas las funciones, en los dos momentos en que se representó, en la barcelonesa Sala Villarroel.

Podemos también destacar, en el campo de la creación audiovisual, los diferentes documentales que se han estrenado en los últimos años y que han abordado, de una u otra manera, cuestiones que tienen que ver con esa memoria (o ausencia de memoria o desmemoria u olvido) de la trata, la esclavitud colonial y sus legados, en el Estado español. Desde, por ejemplo, “Gurumbé. Canciones de tu memoria negra” (dirigido por Miguel Ángel Rosales y estrenado en 2016) hasta “La maldición del azúcar” (producido por la cadena francoalemana Arte, dirigido por Mathilde Damoisele y estrenado en 2025) se han estrenado diferentes documentales en España, como “Cachita. La esclavitud borrada” (estrenado en octubre de 2020 y dirigido por Álvaro Begines) o como la serie documental, de cuatro capítulos o documentales, emitidos inicialmente, en marzo de 2022, en el Canal Historia (y ahora visible en Prime Video), llamada “Encadenados. La España esclavista” y dirigida por Jordi Ferrerons.
En esa labor de creación audiovisual hay que destacar la función de dos televisiones públicas autonómicas, la vasca y la catalana, las cuales han elaborado y emitido sendos documentales dedicados a divulgar el pasado esclavista de sus respectivos territorios. En el programa “Una historia de vasconia”, Euskal Telebista proyectó, en julio de 2020, el documental “Trata de negros y tráfico de chinos”. Y tres años después, en febrero de 2023, fue TV3, la televisión pública catalana, la que emitió el documental “Negrers. La Catalunya esclavista”. Años antes, en 2015, Televisión Española había proyectado, por su parte, el documental “Gallegos por esclavos”, dirigido por Carmen Bonet y dedicado a divulgar un polémico proyecto, liderado en 1853 por Urbano Feijoo Sotomayor, que consiguió llevar engañados a Cuba a miles de gallegos jóvenes y pobres, para trabajar la caña de azúcar, codo a codo con esclavos.
Para culminar este apartado hablaré de dos iniciativas que han intentado, y en buena medida conseguido, hacer llegar a un público no especialista parte del conocimiento generado recientemente por los historiadores en torno al pasado esclavista español consiste. La primera de esas iniciativas consiste en la web España esclavista, una página web que facilita gratuitamente a cualquier ciudadano el acceso a fuentes, documentos, recursos o estudios relacionados con el pasado esclavista español. Y que cuenta también con un mapa donde se geolocalizan y describen más de 200 lugares o edificios, ubicados en algún lugar de la España actual, directamente vinculados con ese pasado esclavista.
La otra iniciativa hace referencia a la exposición titulada “La Infàmia. La participació catalana en l’esclavatge colonial”. Una exposición realizada por el Museo Marítimo de Barcelona y que ha estado abierta al público durante catorce meses: entre febrero de 2025 y abril de 2026. Una de las exposiciones más visitadas de las que ha organizado este museo catalán y cuyo impacto, social y mediático, ha sido amplísimo. Ahora, con buen criterio, el propio Museo Marítimo ha permitido que sus contenidos puedan visitarse de forma virtual, desde cualquier ordenador o dispositivo conectado a internet.[20]

A modo de conclusión
Tal como antes señalé hay, en definitiva, motivos para ser optimistas. Los historiadores estamos haciendo nuestro trabajo. Los nuevos conocimientos que se generan van llegando, por distintos canales, a la sociedad. En España, desde luego, la cuestión del pasado esclavista está generando el suficiente interés como para que se haya escrito y representado alguna obra de teatro, escrita ad hoc, se hayan publicado numerosas novelas, se hayan proyectado diferentes documentales (en salas, en festivales, o en cadenas de televisión, abiertas o de pago) y se haya creado alguna página web para divulgar el conocimiento acumulado al respecto. Algún museo ha sido pionero y proactivo organizando una exposición cuyo impacto ha sido notable. Contamos, por lo tanto, con todos los ingredientes necesarios para que las instituciones de todos los niveles de la administración del Estado (local, autonómico o estatal) empiecen a definir políticas públicas de memoria, tal como viene reclamando la UNESCO desde hace más de treinta años. Y tal como vienen haciendo muchos países, en América, África y Europa, desde hace tiempo. En el ámbito de la Europa Occidental, los sucesivos gobiernos de España y Portugal son, de hecho, los gobiernos de los dos únicos estados que no han empezado a llevar adelante acciones concretas en materias de memoria de la esclavitud. Menos aún de abordar unas políticas públicas de memoria de la esclavitud, o del colonialismo. Y ya va siendo hora de dejar de ser una anomalía.
Reclamar que las diferentes instituciones del Estado sean capaces de llevar adelante iniciativas de todo tipo que materialicen políticas públicas de memoria de la esclavitud (y también del colonialismo, en su sentido más amplio y general) no implica entrar en competencia con otras memorias. No se trata de eso. En absoluto. De lo que se trata es de abrir el marco de nuestras miradas para incluir estas “otras memorias” (tráfico de personas esclavizadas, esclavitud, colonialismo) en las políticas públicas de memoria, a todos los niveles. Es necesario y perentorio hacerlo, y más en una sociedad, como la española, cada vez más diversa y heterogénea. Y si hace falta modificar la ley 20/2022 (conocida como Ley de Memoria Democrática), o aprobar una nueva ley, que acabe con esa anómala restricción del concepto de “memoria democrática” a la reparación de las víctimas de la guerra civil y de la dictadura franquista, habrá que hacerlo. Solo así la Secretaría de Estado de Memoria Democrática (y, en general, el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática) harán verdaderamente honor a su nombre. Solamente así España se alineará con el espíritu y la letra de la Resolución aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas el pasado 25 de marzo de 2026 cuando indica que la ONU “alienta a los Estados Miembros a promover programas educativos integrales, iniciativas de preservación de la memoria histórica e investigaciones académicas sobre la esclavitud, la trata de africanos esclavizados y la esclavitud racializada de africanos, así como sobre sus consecuencias, entre otros medios, a través de planes de estudios, museos, sitios del patrimonio y campañas de sensibilización pública”.
Quiénes pueden y deben hacerlo …. ¿lo harán? No debería ser tan difícil. Solamente hace falta poner algo de voluntad.

Notas
[1] https://www.un.org/es/rememberslavery/resources/unesco
[2] https://www.unesco.org/es/days/slave-trade-remembrance
[3] https://memoire-esclavage.org/
[4] https://memorial.nantes.fr/le-memorial-dans-la-ville/la-politique-memorielle-de-la-ville/
[5] https://www.chateaunantes.fr/expositions/labime/
[6] https://www.musee-aquitaine-bordeaux.fr/visiter/expositions/400-000-ans-dhistoires-de-la-prehistoire-au-21e-siecle/bordeaux-au-18e-siecle-le-commerce-atlantique-et-lesclavage
[7] https://expositionsvirtuelles.fr/esclavage/
[8] https://www.rotterdam.nl/koloniaal-en-slavernijverleden
[9] https://werkstattgeschichte.de/wp-content/uploads/2017/02/WG66_135-147_HONDIUS_URBAN.pdf
[10] https://mappingslavery.nl/beeldbank/?lang=en
[11] Karwan Fatah-Black, Lauren Lauret y Joris van den Tol, Dientsbaar aan de keten? De Nederlansche Bank en de laatste decenni a van de slavernij, 1814-1863, Leiden University Press, 2022.
[12] https://www.un.org/es/observances/transatlantic-slave-trade
[13] Karl Marx, El Capital, La Habana, Ciencias Sociales, 1980: Tomo I, p. 696.
[14] Edward E. Baptist, The Half Has Never Been Told. Slavery and the Making of American Capitalism, Basic Books, 2014.
[15] Clint Stmith, El legado de la esclavitud. Cómo recuerda Estados Unidos su pasado más cruel, Madrid, Capitan Swing, 2025.
[16] Elaboración propia en base a David Eltis y Jorge Felipe-González, “The Rise and Fall of the Cuban Slave Trade. New Data, new Paradigms”, en Alex Borucki, David Eltis y David Wheat: From the Galleons to the Highlands. Slave Trade Routes in the Spanish Americas, University of New Mexico Press, 2020 pp. 201-222.
[17] https://europeanmemories.net/wp-content/uploads/sites/19/2024/02/Redress-Report-ES-4.pdf
[18] https://www.parlament.cat/document/actualitat/319798.pdf
[19] Cosme Jesús Gómez Carrasco, Félix González Chicote y Juan Antonio Inarejos Muñoz, “Historia y desmemoria de la trata atlántica de esclavos en los libros de texto españoles”, Colonial Latin American Review, 2026, vol. 35, n. 1, pp. 72-98.
[20] https://www.mmb.cat/blog/el-museu/lexposicio-de-la-infamia-en-format-digital/
Portada: “Trabajadores del canal de Vento, naturales del Congo”, fotografía de N. Mestre, 1866 (AES-D 82. Reproducida en el libro de Jesús Guanche Iconografía de africanos y descendientes en Cuba: estudio, catálogo e imágenes, La Habana, Fundación Fernando Ortiz, 2008.
Compra de esclavos, La Habana, 1837 (Newly arrived enslaved Africans-being prepared for sale in Cuba)
Ilustraciones: Martín Rodrigo Alharilla y Conversación sobre la historia
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