Víctor López (PÚBLICO), 13 de Junio de 2026
- EEUU ha prohibido la entrada de los aficionados de Costa de Marfil, República Democrática del Congo, Senegal, Haití e Irán. Uzbekistán y sus jugadores han sido registrados al llegar a Nueva York. Y un árbitro somalí ha sido deportado nada más pisar Miami.
- «Las autoridades no han dado ninguna garantía pública ni privada de que los aficionados que tengan pensado reunirse para seguir los partidos o acudir a los estadios vayan a estar a salvo», sostiene Carlos de las Heras, de Amnistía Internacional.

Estados Unidos, México y Canadá recibirán durante las próximas cinco semanas a miles de aficionados de hasta 48 países distintos con motivo del Mundial de Fútbol 2026. España, Japón, Senegal, Brasil, Egipto, Corea del Sur, Haití o Sudáfrica intentarán hacerse con la copa dorada que diseñó hace medio siglo el italiano Silvio Gazzaniga. Lo harán desde estadios y ciudades de los tres países anfitriones. Estados Unidos acogerá tres de cada cuatro partidos. Lo hará en plena escalada de la represión y las deportaciones masivas. Lo hará tras una abrupta campaña de limitación de visados y militarización de las calles. Lo hará mientras Donald Trump continúa con sus ataques ilegales en Irán o Gaza. Los otros treinta encuentros se jugarán en Monterrey, Guadalajara, Vancouver o Toronto.
«Donald Trump intenta utilizar esta competición para lavar su imagen y vender una supuesta unidad entre aficiones, pero nada más lejos de la realidad. La falta de libertad de expresión, las políticas migratorias y la discriminación que sufren las personas trans o el colectivo LGTBIQ+ preocupaban antes del Mundial y preocupan -todavía más, si cabe- durante el Mundial», desliza Carlos de las Heras, responsable de Deporte y Derechos Humanos en Amnistía Internacional. «El hecho de que no se denuncie -abiertamente- este blanqueo como sí se hizo hace cuatro años en Catar tiene que ver sobre todo con una cuestión de cifras. El Mundial de 2022 se saldó con miles de muertes durante la construcción de los estadios. Esto no ha ocurrido en Estados Unidos, pero tampoco le quita gravedad al asunto: muchos estadios los han construido migrantes en situación irregular que corrían el riesgo de ser identificados, deportados o sancionados», continúa el activista.
Las alarmas han sonado incluso antes de que lo hicieran los silbatos. Estados Unidos ha vetado a los aficionados de Costa de Marfil, República Democrática del Congo, Senegal, Haití e Irán. Trump intentó expulsar a este último país del torneo. Y como no ha podido cumplir su plegaria, hará que los jugadores de la selección iraní tengan que alojarse siempre en México y viajar -cuando toque- a alguna de las sedes de la competición en Estados Unidos. Uzbekistán y su cuerpo técnico han sido registrados y cacheados con detectores de metales al llegar a Nueva York. El delantero de Irak, Aymen Hussein, ha sido detenido -durante varias horas- por los funcionarios de inmigración norteamericanos, tal y como han informado Reuters y The New York Times. Y el fotógrafo del equipo ha sido directamente deportado por las patrullas fronterizas de Donald Trump. La misma suerte ha corrido Omar Artan, uno de los árbitros de la FIFA para este Mundial. El colegiado somalí ha tenido que volver a su país de origen tras la denegación de su visado nada más aterrizar en Miami.
«Este tipo de vetos y expulsiones reforzarán la imagen de que Estados Unidos no es un país seguro para muchos ciudadanos del mundo, una percepción sin duda acertada desde que el trumpismo se instaló de nuevo en la Casa Blanca. La Administración está cometiendo graves errores y esto es algo que ocurre con frecuencia», sostiene Mariano Aguirre, investigador no residente del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB). «Más que un lavado de imagen, Estados Unidos intenta apropiarse de un megaevento deportivo para demostrar su capacidad de control, fuerza y soberanía, tanto a nivel interno como externo», matiza Jorge Resina, profesor de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid. «La falta de críticas creo que -también- tiene mucho que ver con un tema comercial, hablamos de una competición en la que se mueven muchos intereses comerciales y todos sabemos como puede reaccionar [aranceles, represalias] Donald Trump», continúa el también autor de La izquierda después de la izquierda (Comares, 2026).
El país que se van a encontrar los aficionados
México y Canadá acogerán trece encuentros respectivamente. Estados Unidos, 78. El torneo arrancó este jueves, un día después de que Donald Trump firmase un decreto para inflar con 70.000 dólares extra al ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) y la Patrulla Fronteriza. «La FIFA ha prometido hacer de este Mundial una competición inclusiva y acogedora, pero ni una cosa ni la otra. Los principales riesgos son los que enfrentan las comunidades migrantes. El ICE y los demás cuerpos policiales suponen una amenaza real para los aficionados que acuden desde otros países y para las personas migrantes que viven en Estados Unidos. Las autoridades no han dado ninguna garantía pública ni privada de que los aficionados que tengan pensado reunirse para seguir los partidos o acudir a los estadios vayan a estar a salvo», sostiene Carlos de las Heras.

El Gobierno de Donald Trump también ha intensificado de forma radical sus ataques contra periodistas y medios de comunicación críticos con sus políticas. El derecho a la libertad de reunión pacífica no está asegurado, como tampoco lo está la protección de las personas trans y del colectivo LGTBIQ+. Red Nacional de Refugios ha puesto el foco además en las violencias que sufren las mujeres durante los macroeventos deportivos. «Estados Unidos ha reforzado su narrativa de seguridad en un sentido amplio, una narrativa que lleva acompañada la criminalización de la protesta y una serie de prácticas cada vez más autocráticas. Esto en el plano interno, porque en el [plano] externo lo que se van a encontrar los aficionados es totalmente anómalo: un país anfitrión que está bombardeando a uno de los países participantes«, añade Jorge Resina.
«Los turistas blancos, sin embargo, posiblemente no vean nada fuera de lo normal [durante su estancia] más allá de los elevados precios de las entradas, los hoteles y el transporte. Las persecuciones diarias y la represión no creo que se vayan a practicar cerca de los estadios y las cámaras», vaticina Mariano Aguirre. Las fuentes consultadas por este diario ponen además el foco en la «complicidad» de la FIFA. Gianni Infantino le entregó a Donald Trump en diciembre su particular Premio de la Paz. Lo achacó al «compromiso inquebrantable» del magnate con «el avance de la unidad». Trump venía de respaldar los ataques sobre los territorios palestinos ocupados y estaba a punto de ordenar el secuestro de Nicolás Maduro y poner en marcha una oleada de ataques sobre Irán. El papel del órgano rector de los futbolistas de todo el mundo no termina aquí. La FIFA prohíbe en su Código de Conducta la exhibición de «símbolos políticos» durante los partidos del Mundial, entendiendo por «símbolos políticos» las banderas LGTBIQ+ o los mensajes contra el genocidio en la Franja de Gaza.
La responsabilidad de la FIFA
La sociedad civil y distintas organizaciones humanitarias han impulsado durante las últimas semanas la campaña Fuera ICE de la Copa, una cadena de acciones para manifestarse contra las eventuales redadas policiales en el marco del Mundial de Fútbol 2026. El miedo es uno más en esta competición. «El ICE y otras agencias constituyen una escalofriante amenaza para la población: muchas familias migrantes y grupos de amigos no se van a reunir para ver los partidos porque temen identificaciones y consecuencias. La FIFA tiene aquí su parte de responsabilidad«, recalca Carlos de las Heras. Amnistía Internacional ha pedido al organismo que garantice la entrada de todas las selecciones y aficionados a Estados Unidos. «Y no hemos tenido respuesta», reconocen desde la plataforma en una conversación con Público.
«El hecho de que estén poniendo trabas a algunas de las delegaciones clasificadas para entrar al país tiene su impacto, pero creo que lo más sensible es lo que tiene que ver con los aficionados: mucha gente que en otro país y otras circunstancias hubiera ido a los partidos no va a acudir por miedo, tanto a las restricciones del visado como a los controles y complicaciones del ICE. Esto es un desincentivo», añade Jorge Resina. El politólogo recuerda además las diferencias con el Mundial de Catar. Y deja la pelota en el área de la FIFA: «Infantino exigió entonces una serie de cambios y movimientos -al menos sobre el papel- como permitir el consumo de alcohol en las zonas habilitadas [algo que no contemplan las leyes islámicas]. Y esto no es algo tan fundamental, no hablamos de derechos humanos. La pregunta es qué está exigiendo la FIFA ahora a Estados Unidos, qué está haciendo para garantizar los derechos de las selecciones y aficionados. Y la respuesta es que creo que no está haciendo nada».
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