Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

Trump busca asfixiar a Cuba

Juan Antonio Fernández Palacios (Embajador de Cuba ante la UE) -JACOBIN.LAT, 5 de Junio de 2026

Desde apagones de 30 horas hasta una escasez extrema de combustible, la situación en Cuba bajo el segundo mandato de Trump es una catástrofe. Aun así, los cubanos demuestran una creatividad y una resiliencia extraordinarias frente al asfixiante bloqueo.

Está a la venta nuestro undécimo número, “La libertad guiando al pueblo”. La suscripción a la revista también te garantiza el acceso a material exclusivo en la página.

Entrevista por
Sebastián Ronderos
y Arthur Borriello

La Habana está al límite de sus fuerzas. Por primera vez desde el Período Especial, Cuba se enfrenta a una crisis de proporciones casi existenciales, y ahora se habla abiertamente de la amenaza de una intervención militar estadounidense.

La visita a Cuba del director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), John Ratcliffe, no hizo más que aumentar la presión. A puertas cerradas, Washington parece estar preparando una acusación contra Raúl Castro por el derribo en 1996 de dos aviones civiles operados por Hermanos al Rescate, un grupo de exiliados con sede en Miami con un largo historial de violaciones del espacio aéreo cubano. Tres décadas después, mientras Cuba lucha por respirar, el momento elegido habla por sí solo.

Cualquiera que pregunte al embajador Juan Antonio Fernández Palacios, representante de Cuba ante Bélgica y la Unión Europea, sobre esa posible acusación, recibirá la misma respuesta: 1976. Ese año, una operación vinculada a Miami bombardeó en pleno vuelo el vuelo 455 de Cubana de Aviación, matando a las setenta y tres personas a bordo (entre ellas, todo el seleccionado cubano de esgrima). Para Cuba, esa atrocidad es el verdadero telón de fondo de la actual farsa de Washington.

Hace unas semanas, Sebastián Ronderos y Arthur Borrielo, colaboradores de Jacobin, conversaron con el embajador Fernández Palacios sobre las crecientes tensiones con Estados Unidos y la crisis que azota a la isla.

Arthur Borrielo /
Sebastián Ronderos

¿Qué explica la hostilidad visceral de Estados Unidos hacia un país con no más de diez millones de habitantes?

Juan Antonio
Fernández Palacios

Cuba fue la última colonia de España. Cuba permaneció bajo el dominio colonial incluso después de que las grandes campañas de liberación se extendieran por todo el continente, hasta bien entrado el siglo XX. Antonio Cánovas del Castillo, el primer ministro español de la época, declaró en una famosa frase que Cuba debía defenderse «hasta el último hombre y la última peseta». Cuba era la joya más preciada de la corona.

Sin embargo, la discordia con Estados Unidos es anterior a todo esto. Surgió de una ambición de larga data de dominación y anexión. El dilema subyacente siempre ha sido el mismo: dominación frente a soberanía; anexión frente a nuestro derecho a existir como nación. Esa tensión nunca ha desaparecido realmente.

Ya en 1783, John Adams —quien más tarde sería presidente de Estados Unidos— describió a Cuba como, y cito textualmente, «una extensión natural del continente norteamericano», argumentando que la continuidad de Estados Unidos a lo largo de ese continente implicaba necesariamente la anexión de Cuba. La idea fue posteriormente refinada por su hijo, John Quincy Adams, en su famosa teoría de la «fruta madura» de 1823. En ese momento, Washington ni siquiera creía que fuera necesaria una guerra con España. La penetración del capital estadounidense y los crecientes lazos económicos entre la isla y los Estados Unidos los llevaron a suponer que Cuba acabaría cayendo por su propio peso, como una fruta madura de un árbol, en la Unión Americana. Uno sospecha que hoy circulan fantasías similares.

Por eso es importante el contexto histórico. Nos permite trazar un hilo conductor desde hace dos siglos hasta el presente y captar la esencia de esta discordancia. Repito: no se originó con la revolución, aunque la revolución sin duda la aceleró por otras razones.

Curiosamente, fue precisamente en 1823 cuando surgió la Doctrina Monroe, y hoy regresa bajo otro nombre. Ahora aparece disfrazada como la «Doctrina Donroe», pero la esencia sigue siendo la misma: América para los estadounidenses. En aquel entonces, el mensaje se dirigía principalmente a las potencias europeas, sobre todo a Gran Bretaña y Francia. Hoy, sin embargo, la lógica se extiende aún más, al punto de resultar insultante: se habla de llegar «hasta Groenlandia». Históricamente, la mirada imperial se fijaba en lo que les gustaba llamar su «patio trasero», desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego. Ahora el horizonte se expande para incluir a Canadá, imaginado como un potencial estado número 51, y a Groenlandia, que codician abiertamente. En otras palabras: todo el hemisferio occidental. Lo que vemos aquí, una vez más, es la notable continuidad del pensamiento imperial dentro de las clases dominantes de Estados Unidos.

Eso, en términos generales, aborda la primera mitad de la historia. El siguiente capítulo se refiere a lo que siguió a la Guerra Hispano-Cubano-Estadounidense de 1898, nuestra segunda guerra de independencia. Para entonces, España estaba agotada, prácticamente ya derrotada, cuando Estados Unidos intervino tras la explosión del USS Maine. El resultado, sin embargo, no fue la soberanía cubana, sino la derrota de España seguida de la ocupación de la isla de 1898 a 1902.

Cuba logró formalmente la independencia en 1902, siendo la última república de América en hacerlo. Puerto Rico, por supuesto, permanece en una condición colonial hasta el día de hoy. Pero Cuba fue la última república independiente del hemisferio, y esto es esencial para comprender lo que siguió: la Enmienda Platt, cuyas consecuencias aún nos acompañan.

¿Qué fue la Enmienda Platt? En esencia, institucionalizó el derecho de intervención. Siempre que Estados Unidos consideraba que sus intereses o su seguridad estaban en riesgo —y siempre invocando la «seguridad»—, se reservaba el derecho de intervenir militarmente en Cuba. Eso fue precisamente lo que hizo a lo largo del siglo XX, en varias ocasiones. Junto a esto vino el Tratado Cubano-Estadounidense de Estaciones Navales y de Abastecimiento de Carbón, lo que explica la existencia continuada de la Base Naval de Guantánamo —hoy sinónimo internacional de tortura— y la ocupación actual de una parte del territorio nacional cubano. A esto se sumaba un supuesto tratado de reciprocidad comercial, aunque la reciprocidad no era más que un eufemismo.

Así era la Cuba republicana, si es que «república» es siquiera la palabra adecuada. En realidad, era una república neocolonial, una especie de protectorado, moldeada por el dominio del capital norteamericano sobre la riqueza esencial del país: la industria azucarera, la banca, la tierra, la infraestructura. En 1958, Estados Unidos controlaba aproximadamente el 70 por ciento del comercio exterior de Cuba. La propiedad de vastas fincas se concentraba en manos extranjeras. Todos los nombres de las empresas estaban en inglés: la Compañía Eléctrica de Cuba, la Compañía Telefónica de Cuba. Esa era la realidad de Cuba durante la primera mitad del siglo XX: una profunda dependencia, con un control externo que se extendía por igual a la vida económica, política y social.

Hay que dejar claro desde el principio algo importante: lo que llamamos la discordancia histórica —más que un mero conflicto— entre Cuba y Estados Unidos no comenzó con la revolución, ni con la llegada de Fidel Castro, ni siquiera con el triunfo del 1º de enero de 1959. Sus raíces son mucho más profundas. En realidad, se trata de una fractura histórica que se remonta a siglos atrás, al menos al siglo XVIII.

Todo esto ayuda a explicar, al menos en parte, los orígenes de la propia revolución. Cuba atravesó sucesivos momentos revolucionarios: la fundación del primer Partido Comunista en 1925; la Revolución de 1933, que finalmente se estancó y se vio frustrada; la creciente descomposición del sistema político; el golpe de Estado de Fulgencio Batista y el establecimiento de una dictadura abiertamente brutal. También hay que recordar que América Latina en ese momento estaba saturada de dictaduras: Marcos Pérez Jiménez, Anastasio Somoza Debayle, François Duvalier, Rafael Trujillo. El panorama regional era abrumadoramente autoritario. Batista descarriló efectivamente el escaso desarrollo pseudo democrático que había experimentado la república.

Y es importante enfatizar esto, especialmente para el público extranjero, donde a menudo persiste la confusión: la Revolución Cubana fue profundamente auténtica y profundamente popular. El Ejército Rojo no llegó a La Habana. Los tanques soviéticos no impusieron el socialismo en la isla. La revolución surgió desde dentro de la propia sociedad cubana: autóctona, radical y genuinamente basada en el pueblo. Esa es la verdad.

El triunfo revolucionario marcó un punto de inflexión en la vida nacional e intensificó inevitablemente la discordia histórica con Estados Unidos. Casi de inmediato se produjeron las primeras medidas de represalia: el inicio del bloqueo, la eliminación de la cuota azucarera, los primeros mecanismos de coacción económica y presión política… todo ello antes incluso de que la revolución hubiera declarado formalmente su carácter socialista. Estamos hablando de los años de Dwight D. Eisenhower. Luego vino la preparación de la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, ya bajo el mandato de John F. Kennedy.

A partir de ese momento, especialmente tras la declaración del socialismo, la revolución se embarcó en un proceso radical de nacionalización y transformación estructural. En otras palabras, la recuperación de la soberanía sobre los recursos nacionales llevada a cabo en el marco del derecho internacional. Esto inauguró más de seis décadas de bloqueo cada vez más intenso: una densa red de leyes, sanciones, decretos y medidas extraterritoriales que, en conjunto, conforman el asedio económico más prolongado de la historia moderna. Más de sesenta y cinco años.

Documentos estadounidenses desclasificados de 1960 afirman explícitamente que, dado el apoyo popular de Castro, la única estrategia viable era generar dificultades económicas lo suficientemente graves como para debilitar el respaldo público al gobierno: reducir los salarios reales, provocar escasez, crear condiciones de ingobernabilidad.

Por eso la historia importa. Porque la lógica sigue siendo esencialmente la misma hoy en día: asfixia económica diseñada para producir fatiga social, desilusión y, en última instancia, un cambio de régimen. Ese ha sido siempre el objetivo.

A lo largo de estas décadas, el bloqueo ha sido la característica definitoria de las relaciones bilaterales, pero nunca ha existido de forma aislada. Ha ido acompañado de sabotaje, infiltración, terrorismo e incluso guerra biológica. Y cuando aquí se habla de terrorismo, no se habla en sentido figurado. Basta con recordar el atentado contra el avión de Cubana de Aviación en 1976. En aquel momento, muy pocas personas parecían dispuestas a llamarlo terrorismo.

AB / SR

Luis Posada Carriles, ¿verdad? Era un agente de la CIA y exiliado cubano, el autor intelectual del atentado terrorista contra el vuelo 455 de Cubana de Aviación el 6 de octubre de 1976. El avión explotó en pleno vuelo cerca de Barbados, lo que provocó la muerte de las setenta y tres personas a bordo.

JAFP

Exactamente, Posada Carriles hizo estallar el avión con todo el equipo cubano de esgrima, ganadores de los Juegos Centroamericanos y del Caribe en ese momento. La destrucción de ese avión sigue siendo uno de los crímenes más repugnantes que se puedan imaginar: el atentado contra un avión civil. Pero no terminó ahí. Después vinieron las bombas en hoteles, los ataques contra embajadas cubanas en el extranjero. De hecho, recientemente conmemoramos otro aniversario del atentado terrorista contra nuestra embajada en Portugal, donde perdieron la vida dos compañeros, Adriana Corcho y Efrén Monteagudo.

Portugal tampoco fue un caso aislado. Hubo atentados contra nuestra misión ante las Naciones Unidas en Nueva York y el asesinato de Félix García Rodríguez. Durante décadas, Cuba ha vivido bajo un estado permanente de agresión: un escenario de operaciones encubiertas, sabotajes, terrorismo y una guerra ininterrumpida por otros medios.

Digo todo esto porque es imposible entender la trayectoria de Cuba desde la revolución sin comprender las condiciones en las que se desarrolló ese proceso. Después de todos estos años de construir el socialismo, no hemos podido lograr todo lo que soñábamos con lograr. No se han hecho realidad todas las aspiraciones. En verdad, solo hemos logrado lo que era posible en las condiciones de un país sitiado.

Cuba no posee grandes reservas energéticas, ni tierras raras, ni ninguna de esas riquezas estratégicas de las que tanto se habla hoy en día. Y, sin embargo, Cuba se convirtió, en muchos sentidos, en un símbolo de resistencia. Nuestro principal recurso —como sugiere el propio escudo nacional— siempre ha sido nuestra posición geográfica: la llave del Golfo.

La posición de Cuba le otorga un dominio estratégico sobre la cuenca del Caribe, desde el Golfo de México hasta las proximidades de Panamá. Es por eso que la isla siempre ha aparecido, en la imaginación imperial, como el fruto maduro, la manzana codiciada.

AB / SR

¿Y qué hay de nuevo en la coyuntura actual? ¿Qué cambió bajo el mandato de Donald Trump en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos? Más específicamente, ¿en qué se diferencia la situación actual del llamado Período Especial que siguió al colapso de la Unión Soviética?

JAFP

La llegada de esta administración, lo que se podría llamar Trump 2.0, ha supuesto una clara intensificación del bloqueo y una profundización de la política de máxima presión. Ya durante el primer mandato de Trump se adoptaron más de 240 medidas y acciones ejecutivas contra Cuba. El bloqueo se convirtió en lo que he descrito antes: una inmensa telaraña, diseñada no solo para presionar, sino para asfixiar. Fue bajo el mandato de Trump, por primera vez, cuando se activó el Título III de la Ley Helms-Burton, tras haber sido suspendido por todas las administraciones anteriores. La política de hostilidad alcanzó niveles sin precedentes, no solo en escala sino en precisión: una estrategia mucho más quirúrgica dirigida directamente a las principales fuentes de ingresos y supervivencia económica de Cuba.

Por un lado, hubo un asedio energético y una persecución sistemática de las transacciones comerciales legítimas de Cuba. Y junto a eso vino la persecución financiera, sobre todo a través de la reincorporación de Cuba a la infame lista de Estados patrocinadores del terrorismo. Las consecuencias de esa designación son devastadoras porque, en la práctica, aísla al país del sistema financiero internacional.

La gente a menudo no comprende lo que esto significa en la práctica. Incluso aquí en Bélgica, nos encontramos con enormes dificultades con los bancos (KBC, por ejemplo, o Belfius). Nos niegan cuentas o nos someten a formas extraordinarias de vigilancia. Simplemente deducen 1100 euros cada mes en concepto de las llamadas «comisiones de monitoreo», sin consulta previa, de cuentas con saldos extremadamente modestos. Esa es la realidad concreta de ser incluido en una lista de ese tipo.

Y quizás la medida más extrema de todas llegó con la orden ejecutiva del 29 de enero, que declaró a Cuba una «amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad nacional de los Estados Unidos… un país de nueve millones de habitantes. Bajo ese pretexto, Washington ahora amenaza tanto a actores públicos como privados —Estados, empresas, compañías navieras— que suministran petróleo o combustible a Cuba.

Para comprender la magnitud de la crisis, consideren esto: en los últimos cuatro meses, solo un petrolero ha llegado a los puertos cubanos, el de la Federación Rusa. Cuba requiere, como mínimo, ocho petroleros al mes simplemente para mantener el funcionamiento básico del país. Dos buques por semana, aproximadamente cien mil toneladas métricas, simplemente para mantener la continuidad de la vida económica, social, cultural y política.

La situación actual es, desde cualquier punto de vista, grave. Crítica, dura, rozando los límites de una emergencia humanitaria. Los efectos sobre el sistema de salud y el sistema educativo, dos de los logros sociales más importantes de la revolución, han sido profundos. Tomemos, por ejemplo, el Hospital Juan Manuel Márquez, uno de los principales hospitales pediátricos de La Habana. Atiende a unos seiscientos niños cada día. Para seguir funcionando, solo ese hospital necesita quinientos litros de combustible cada ocho horas simplemente para mantener la electricidad y los servicios esenciales.

Los apagones se han vuelto extremos. En algunas provincias duran treinta horas: más de un día entero sin electricidad. Incluso en La Habana, los cortes de doce, catorce o dieciocho horas se han vuelto comunes. Es una situación de extraordinaria dificultad, diferente a todo lo que hemos vivido antes.

AB / SR

¿De qué manera el endurecimiento del bloqueo afecta la vida cotidiana de los cubanos comunes?

JAFP

Afecta todo. Todo el tejido social. Los ritmos habituales de la vida cotidiana. Tomemos el ejemplo que mencioné antes, porque se conecta directamente con esta idea de resistencia creativa. ¿Qué se puede hacer? ¿Acaso los hospitales simplemente cierran? Por supuesto que no. El Estado ha reorganizado los recursos para que, en cada municipio, al menos ciertos hospitales y policlínicos clave puedan funcionar con un grado de autonomía energética. Los priorizamos, los protegemos y tratamos de asegurar la continuidad de la atención.

Pero entonces, ¿cómo llega el médico al hospital si no hay transporte público? ¿Cómo regresa la enfermera a casa después? ¿Cómo cocinan las familias si no hay electricidad, ni gas y, a menudo, falta incluso el agua corriente? Cuando la electricidad colapsa, toda la cadena se derrumba con ella. Más del 80% de los cubanos reciben agua potable del grifo, por así decirlo, pero esa agua debe ser bombeada. Sin electricidad, las bombas dejan de funcionar. Las comunicaciones también se ven afectadas. Lo mismo ocurre con la vida cultural, que en Cuba es extraordinariamente vibrante y fundamental para la experiencia social del país.

Y me duele decir esto como habanero, como cubano: hoy, al caminar por La Habana, uno se encuentra con una quietud alarmante. Las avenidas están vacías. Apenas circulan autos. Pocas personas caminan por las calles. El Malecón, ese gran malecón que se extiende a lo largo de la costa de La Habana. A menudo lo llamo el «gran sofá de Cuba», porque generaciones de cubanos se han sentado allí para sentir la brisa, escapar del calor, hablar toda la noche, compartir un primer beso, descubrir un primer amor. Es uno de los grandes espacios emocionales de la vida cubana. Y hoy está casi desierto. No porque la gente ya no lo quiera, sino porque simplemente no puede llegar hasta allí. No hay transporte, no hay combustible, no es fácil moverse por la ciudad. Esa es la realidad.

Y, sin embargo, como dije antes, Cuba sobrevive sobre todo gracias a sus propios esfuerzos, a la resistencia colectiva. Pero sería injusto de mi parte no mencionar también la inmensa solidaridad que seguimos recibiendo de todo el mundo. Antes hablamos de la solidaridad que Cuba ha ofrecido a otros pueblos a lo largo de las décadas. En cierto sentido, tal vez, ahora estamos presenciando cómo se devuelve esa solidaridad.

AB / SR

¿Qué efectos concretos ha tenido esta coyuntura en la transición energética? ¿Han ayudado estas expresiones de solidaridad a Cuba en ese esfuerzo?

JAFP

Quizás hayan visto la reciente caravana de Nuestra América, que invocaba a José Martí. Fue una iniciativa profundamente conmovedora. Los grupos siguen llegando a Cuba trayendo lo que, en este momento, es quizás la forma más valiosa de apoyo imaginable: la ayuda práctica. Amigos de Cuba, organizaciones solidarias, gente común: se están movilizando a través de todos los canales posibles, recaudando fondos, enviando materiales, contribuyendo directamente a la propia transición energética.

Algunos envían paneles fotovoltaicos. Otros envían pequeños kits solares que permiten que los hogares, las clínicas rurales o los puestos médicos funcionen independientemente de la red eléctrica. Y eso es de enorme importancia en Cuba debido a la estructura de nuestro sistema de salud. Como saben, tenemos el modelo del médico de familia: un médico y una enfermera para aproximadamente cada 120 familias, incluso en regiones montañosas y remotas donde puede que no haya servicio telefónico y, a veces, ni siquiera electricidad. Allí también se están instalando paneles solares.

En cierto sentido, el sol se ha convertido en nuestro aliado más confiable. Pueden bloquear barcos, combustible, transacciones, sistemas bancarios, pero no pueden bloquear la luz del sol. 

Preguntaste qué distingue este momento del Período Especial. Ciertamente, hay paralelismos en la gravedad de la crisis. Algunas de las medidas que ha adoptado el gobierno —reducciones en las horas de trabajo, racionamiento más estricto de combustible y recursos— reflejan las tomadas en la década de 1990.

Pero también hay una diferencia importante. Cuba se asienta hoy sobre cimientos más sólidos que entonces, y el lenguaje que predomina ahora no es simplemente el de la resistencia, sino el de lo que el gobierno llama resistencia creativa. La resiliencia siempre ha formado parte de la experiencia cubana, pero la idea ahora no es simplemente sobrevivir de manera pasiva, esperando a que las condiciones mejoren. La «resistencia creativa» significa buscar soluciones a través de la inteligencia, la innovación y el esfuerzo colectivo: encontrar oportunidades donde parece que no las hay.

El ejemplo más claro es el impulso acelerado hacia la transición energética. Cuba está intentando, en condiciones extraordinariamente adversas, reducir su dependencia de los combustibles fósiles importados y avanzar hacia las fuentes de energía renovables. En apenas un año, la generación renovable —principalmente energía solar fotovoltaica— ya ha alcanzado aproximadamente el 10% de la matriz nacional. Pero no se debe idealizar la situación. La realidad sigue siendo extremadamente difícil: dura, crítica, agotadora. Cuba sigue viviendo bajo una presión inmensa.

La solidaridad también llega en forma de medicamentos, alimentos, material médico y generadores. Y proviene de todas partes. Hoy, al abrir los medios de comunicación cubanos o las redes sociales, se ven donaciones que llegan desde Bélgica, Chipre, países africanos y América Latina.

Colombia, por ejemplo, realizó recientemente una importante contribución a través del gobierno del presidente Gustavo Petro. México, también, ha mostrado una solidaridad extraordinaria, lo que refleja los lazos históricos que siempre han unido a México y Cuba. Y luego están los innumerables esfuerzos de los movimientos sociales, las redes de solidaridad, los sindicatos y los cubanos que viven en el extranjero. Todo eso importa. Todo eso nos ayuda a soportar este momento.

AB / SR

Más allá del bloqueo económico, financiero y energético, también parece haber una creciente amenaza militar. ¿Cómo se está preparando Cuba en este contexto? ¿Está el país contemplando un escenario militar? ¿Qué decisiones se están tomando al respecto?

JAFP

La amenaza es real. Hay una banda criminal en el poder. Se trata de una administración agresiva, belicista y atroz. Hemos sido testigos de los acontecimientos del 3 de enero: la intervención y el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro y su esposa, Silvia Flores. Una operación militar en la que cayeron treinta y dos cubanos —el círculo de protección más cercano— junto con otros venezolanos.

La orden ejecutiva del 29 de enero y la guerra ilegal en Irán que estamos presenciando. En las últimas semanas se han reiterado las amenazas, ahora explícitas, desde el presidente hasta el secretario de Estado, el secretario de Defensa, e incluso políticos de Florida, que piden una intervención militar en Cuba.

Nada justifica una intervención en Cuba; no hay motivo alguno para ello. Somos un país de paz. América Latina y el Caribe son una zona de paz. Nada justificaría una intervención de Estados Unidos. Tenemos derecho a preservar nuestra soberanía, nuestra independencia, nuestro modelo y nuestro sistema político.

AB / SR

¿Existen canales de comunicación abiertos con sectores políticos de Estados Unidos?

JAFP

Sí, hay contactos preliminares. Pero estamos muy lejos de lo que se podría llamar negociaciones formales. No hay una mesa de negociación, ni un proceso estructurado de ese tipo en esta etapa. Lo que existe son canales iniciales de comunicación: conversaciones exploratorias, intercambios destinados a identificar las principales diferencias, los temas urgentes, las áreas en las que el diálogo puede o no ser posible. Pero aún estamos en una fase muy temprana. Sería prematuro hablar de negociaciones en el sentido estricto de la palabra.

Dicho esto, Cuba siempre ha mantenido la misma posición, y esto no es nada nuevo: estamos dispuestos a resolver las diferencias por medios pacíficos, a través del diálogo, mediante la negociación, siempre que haya respeto por la soberanía y la independencia política. Lo que no es negociable es el sistema político de Cuba, al igual que ningún país soberano pondría su propio sistema a disposición de una negociación externa. El cambio de régimen no es, ni será nunca, un tema sobre la mesa.

Lo que aspiramos es a algo mucho más sencillo y razonable: vivir, como dice la Carta de las Naciones Unidas, en paz como buenos vecinos. Al fin y al cabo, apenas nos separan noventa millas. Eso no es nada. La geografía obliga a la coexistencia. Debemos aprender a vivir con nuestras diferencias, pacíficamente, porque la paz es lo que todos necesitamos en última instancia.

AB / SR

Pasemos ahora al modelo político cubano y sus evoluciones más recientes. En 2022, Cuba celebró un referéndum sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo y la política familiar, y unos años antes otro sobre la propia Constitución. ¿Por qué este recurso a los referendos? ¿Es este un mecanismo que las autoridades cubanas pretenden utilizar con mayor frecuencia en el futuro?

JAFP

Sí. Aunque debería comenzar aclarando algo con respecto al referéndum de 2022, porque a nivel internacional a menudo se redujo simplemente a la cuestión del matrimonio entre personas del mismo sexo.

En realidad, el referéndum se refería al nuevo Código de la Familia, que era algo mucho más amplio y, en muchos aspectos, profundamente revolucionario. Y digo revolucionario de manera absolutamente consciente, porque Cuba sigue siendo, en aspectos importantes, una sociedad profundamente patriarcal y machista, pese a todas las transformaciones sociales que la revolución ha producido a lo largo de las décadas. Cambiar las instituciones es una cosa; cambiar las mentalidades es otra.

Ahora, con respecto a los referendos en general: sí, forman parte de nuestro marco constitucional. La Asamblea Nacional puede decidir someter cuestiones de gran importancia nacional directamente a la población. Lo hicimos con la Constitución en 2019 y con el Código de la Familia posteriormente.

Pero no es un instrumento que se utilice de manera rutinaria. Esto no es Suiza, donde se organizan referendos para decidir si se abre una calle o se cambia una señal de tránsito. Los referendos son políticamente significativos y materialmente costosos. En Cuba, se reservan para reformas constitucionales o leyes consideradas fundamentales para la vida nacional.

Así que sí, imagino que se seguirán utilizando cuando las circunstancias lo requieran. El mecanismo existe y sigue disponible. Pero nuestro sistema político funciona a través de otras formas de participación a nivel local.

El modelo cubano tiene una estructura profundamente local. En su base se encuentra el barrio y la elección de delegados a nivel comunitario. Los candidatos son propuestos directamente por los vecinos dentro de las circunscripciones locales. La votación es secreta, directa, y la ley exige que haya múltiples candidatos. El recuento en sí es público.

A partir de ahí, el sistema se mueve hacia arriba: asambleas municipales, estructuras provinciales y, finalmente, la Asamblea Nacional. Pero el nivel más inmediato y representativo, en muchos sentidos, es el delegado de barrio. Y, lo que es importante, los delegados también pueden ser destituidos. Los mismos vecinos que los eligen pueden organizarse y destituirlos si creen que no están cumpliendo con sus responsabilidades. Es por eso que los referendos ocupan un papel más excepcional dentro del sistema cubano. Muchos asuntos se resuelven a través de estas estructuras más inmediatas y locales de lo que Cuba llama poder popular, en lugar de mediante plebiscitos nacionales constantes.

AB / SR

En la evolución del modelo cubano, claramente ha habido transformaciones económicas: aperturas en ciertos sectores, especialmente el turismo, y nuevas formas de actividad económica privada. Sin embargo, muchos observadores sostienen que estos cambios no fueron acompañados de una liberalización política en el sentido más amplio del término. 

Señalan la ausencia de sindicatos independientes del partido o afirman que la libertad de expresión y la crítica al gobierno siguen estando insuficientemente desarrolladas dentro de la cultura política cubana. ¿Está de acuerdo con ese diagnóstico? ¿Cómo respondería a estas críticas?

JAFP

No, no. Para empezar, voy a adoptar el término o concepto de «liberalización» que usted utiliza, que se emplea comúnmente en los medios de comunicación, porque entiendo que puede ser mejor comprendido por el público occidental o por quienes no están familiarizados con realidades distintas y diferentes como la nuestra.

Estamos impulsando una actualización de nuestro modelo económico y social. La revolución es legítima y se encuentra en un estado de cambio permanente. Fidel lo dijo cuando expuso su concepto de revolución: hay que cambiar todo lo que hay que cambiar. Estamos ajustando, actualizando el modelo económico. En la Constitución de 2019, por primera vez, se reconoce al sector privado —como no habíamos hecho antes— como una de las formas de propiedad. No solo la propiedad cooperativa, la propiedad estatal, sino también la propiedad privada. Es un ejemplo de lo que estoy diciendo. A raíz de este proceso de mayor apertura, las pequeñas y medianas empresas (PYMES) han resurgido como actores complementarios. Se han aprobado nuevas leyes para fomentar una mayor asociación y sinergia entre los sectores estatal y privado, ambos trabajando por el desarrollo del país. Es un proceso dialéctico normal dentro de la doctrina.

Ahora bien, no veo por qué debe haber un paralelismo —por usar el término nuevamente— con el liberalismo político. No veo la necesidad de un cambio de régimen, ni creo que sea el deseo de la mayoría de los cubanos. O si por liberalismo político se entiende cambiar el sistema, no lo veo. Profundizar nuestra democracia para hacerla cada vez más participativa, involucrando más al pueblo y a los trabajadores en las decisiones: sí, eso lo necesitamos. Sí, es necesario. Y creo que también estamos en ese camino.

Usted mencionó a los sindicatos. Tenemos una única organización central, la Central de Trabajadores de Cuba. Pero cuenta con más de diecisiete sindicatos independientes afiliados. ¿Acaso somos el único país con una única central? No. En Uruguay existe el PIT-CNT, una única central sindical. En nuestro caso, responde a una tradición dentro del movimiento obrero. La Central de Trabajadores de Cuba es prerrevolucionaria; no se creó con la revolución. Viene de mucho antes.

AB / SR

Este año se cumple el centenario del nacimiento de Fidel Castro. Él parece inseparable de la Revolución Cubana. ¿Qué significa su legado para la Revolución Cubana hoy y qué lecciones ofrece para este momento particularmente delicado que Cuba, y tal vez el mundo, está viviendo?

JAFP

Fidel Castro, un gran hombre entre los cubanos del siglo XX, un paradigma de la nación, es quien nos puso en el mapa. Esa Cuba prerrevolucionaria era el burdel y la sala de juego de los Estados Unidos y de los grupos mafiosos que también controlaban la isla. Fidel simplemente hizo la revolución más profunda y auténticamente popular, con el mérito de lograr la unidad de las fuerzas revolucionarias, de las fuerzas progresistas, y de liderar la revolución triunfante que perdura hasta el día de hoy. Fue un golpe de suerte tenerlo durante gran parte de este viaje, esta larga marcha, preservando nuestra independencia y nuestros valores.

Fidel es un punto de referencia necesario, y su legado es enorme. Su influencia en la política internacional, en el mundo, su visión de largo alcance (casi como si fuera capaz de mirar al futuro, regresar y contarnos lo que vio)… Estamos en el año de su centenario, lo que nos inspira a seguir adelante y buscar sus enseñanzas. Siempre volvemos a él incluso para entender los problemas del presente.

Fidel también representaba la nobleza, el no arrodillarse, el mantener la frente alta. Esto era fundamental en su visión antimperialista e internacionalista. Como ser humano, no era perfecto. Pero sus virtudes eran mayores. Martí dijo: «Solo los ingratos ven las manchas del sol. Los agradecidos prefieren ver la luz, que siempre es mayor». Seguimos caminando por el sendero de sus ideas en este mundo impredecible y amenazante.

No tomamos las amenazas a la ligera. Y también nos estamos preparando. La mejor manera de evitar una guerra, una intervención que no deseamos, es prepararnos. Hace tiempo que tenemos nuestra propia doctrina: la guerra de todo el pueblo. La relación con Estados Unidos es absolutamente asimétrica. Son la principal potencia militar del mundo. Es difícil imaginar que la pequeña Cuba pueda derrotar militarmente al ejército de Estados Unidos. Pero en la guerra moderna, en la relación asimétrica entre quien se considera poderoso y la parte más débil, la victoria se decide por el tiempo y la resistencia. Irán lo está demostrando en cierta medida.

Nosotros —repito— nos estamos preparando. Nuestras fuerzas armadas también, con carácter disuasorio. Pero nuestra doctrina es la guerra de todo el pueblo, tanto urbano como rural. Aquellos hombres barbudos bajaron de las montañas, sabemos luchar. Así se hizo la revolución: la guerra de guerrillas desde las montañas y, también en las zonas urbanas, la acción de los movimientos revolucionarios. Hemos aprendido a luchar y a defender lo más sagrado, que es la patria. Nuestro himno nacional —el lema «Patria o muerte, venceremos»— solo capta ese tremendo sentido de la independencia y la vocación de los cubanos, que proviene de nuestro himno nacional del siglo XIX: morir por la patria es vivir.

Eso es lo que me gustaría decir. Que esto no suceda. Nadie lo desea. América Latina y el Caribe no lo necesitan. El mundo no lo necesita. Pero sí, nos estamos preparando. Ojalá no suceda.

La unidad siempre ha sido una vocación del movimiento obrero cubano. Nos han acostumbrado a dividirnos. Cuando entiendo la división en términos de democracia, la discusión se vuelve infinita. Pero Martí, para buscar la independencia de Cuba, fundó un partido único: el Partido Revolucionario Cubano, la unidad de todas las fuerzas revolucionarias. Si queremos ganar… en nuestra historia, que es rica y también dolorosa, hemos perdido guerras y batallas cuando no hemos estado unidos. Perdimos la Guerra de los Diez Años, la primera guerra de independencia. La división en las filas revolucionarias, en las filas del Ejército de Liberación, condujo al fracaso de esa guerra y al Pacto de Zanjón, un pacto sin independencia, una rendición ante las autoridades coloniales. Esa enseñanza de Martí fue posteriormente retomada por Fidel: la unidad de las fuerzas. Lo mismo ocurre en el movimiento obrero. Pero insisto: se trata de una única central con diecisiete o dieciocho sindicatos afiliados.

Las demás libertades típicas y bien conocidas están todas protegidas por la Constitución y sus leyes complementarias. En verdad, quienes insisten en que no hay libertad de expresión no nos conocen. Basta con pasear por las calles de Cuba para escuchar la enorme diversidad de opiniones. Yo mismo soy crítico con ciertas cosas que no me gustan, y no me avergüenza decir que deben cambiarse. De hecho, he comentado: sí, creo que necesitamos profundizar el sistema democrático, más participación popular, más representatividad, más implicación de los trabajadores en las decisiones económicas, incluso a nivel empresarial. Eso es lo que falta; tenemos que lograrlo.

Pero todas estas libertades bien conocidas están protegidas por la Constitución. En Cuba hay más de dos mil asociaciones y organizaciones no gubernamentales. La Ley 54 protege la libertad de asociación, de reunión y de expresión. Ahora bien, fíjense —porque estos son debates interesantes—: la libertad de expresión, al igual que la libertad de asociación, tiene límites legítimos que el derecho internacional reconoce.

Después de todo, todos los países europeos —incluida Bélgica— han presentado enmiendas y reservas a la Convención de la ONU sobre la Discriminación Racial y al Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. Una expresión racista no es libertad de opinión. Es racismo. ¿Lo ven? Hay límites legítimos: la moral pública, la seguridad y los valores humanos que reconocemos.

Un partido xenófobo de extrema derecha es legítimo en Europa. No veo eso en Cuba. Simplemente no. Alguien que odia a sus semejantes, que aboga por la exclusión… No veo que tenga un derecho o un espacio democrático. Porque lo que predica es antidemocracia. Es exclusión. Para mí, eso no es libertad de expresión. Es asunto suyo, y no pretendo interferir, pero no me gusta y no creo que sea legítimo. Europa está infestada de partidos de extrema derecha, racistas, xenófobos e incluso fascistas. Esas son libertades, pero no las quiero para mí.

No digo que nuestro sistema sea perfecto. Creo que debemos avanzar. La búsqueda de la justicia social, de las libertades más plenas, es siempre un camino casi infinito, en constante crecimiento. En eso sí creo.

Juan Antonio Fernández Palacios Embajador de Cuba ante Bélgica y la Unión Europea.

Deja un comentario

Acerca de

Writing on the Wall is a newsletter for freelance writers seeking inspiration, advice, and support on their creative journey.