Ilan Pappé (LE MONDE DIPLOMATIQUE), 15 de Mayo de 2026
La apropiación de las tierras y los recursos de Palestina no comenzó con las grandes expulsiones de 1948. En tiempos del mandato británico, el movimiento sionista ya había concebido y puesto en marcha un proceso de colonización avanzada que implicaba la eliminación de las poblaciones, estructuras y culturas preexistentes. No tardaron en estallar enfrentamientos.
DANA BARQAWI. — Hebrón (aproximadamente entre 1898 y 1946), 2018
A mediados de la década de 1920, el movimiento sionista cambió de rumbo: ya no se trataba de encontrar una tierra de acogida donde los judíos estuvieran a salvo —sin dejar de estar a merced de las grandes potencias imperiales—, sino de colonizar Palestina despojando a la población autóctona. Sus dirigentes comenzaron a considerar que esa usurpación era condición necesaria para obtener un hogar nacional.
Así, en 1926 el movimiento sionista rompió con las convenciones sobre propiedad de la tierra vigentes desde las reformas otomanas de mediados del siglo XIX. Estas reformas tuvieron como consecuencia que las tierras dejaran de ser propiedad del Estado arrendador y permitieron a particulares acaudalados convertirse en propietarios de vastas extensiones de tierra. En su mayoría eran no residentes, denominados hoy “propietarios absentistas”. Algunos de ellos eran notables palestinos.
Cuando se adquiría una parcela, esta se vendía junto con sus ocupantes y su aldea. Era costumbre que los aldeanos tuvieran ciertas obligaciones para con el propietario del terreno, pero nunca se planteaba que pudieran ser expulsados del lugar. Al menos, hasta que la administración británica cambió las reglas. En un primer momento, en 1920, suprimió muchas de las numerosas restricciones que regulaban las transacciones de tierras. En la práctica, el movimiento sionista podía adquirir tantas parcelas como deseara, en función de sus recursos. Los británicos modificaron asimismo el estatuto jurídico de los aldeanos palestinos, muchos de los cuales llevaban generaciones trabajando esas mismas tierras. Pasaron a ser agricultores arrendatarios, cuya permanencia quedaba ahora a expensas de la voluntad del terrateniente.
Entre 1921 y 1925, la American Zion Commonwealth compró cerca de 32.500 hectáreas en lo que entonces se llamaba Marj Ibn Amr, conocido hoy como valle de Jezreel, a la familia Sursock de Beirut. En 1929, el Fondo Nacional Judío se hizo con unas 3000 hectáreas en el entonces llamado Wadi el Hawarith, entre Haifa y Tel Aviv, al comprarlas a los herederos de su propietario libanés, que no podían hacer frente a sus deudas. En ambos territorios, los recién llegados colonos sionistas expulsaron a los aldeanos y campesinos que trabajaban esas tierras, en ocasiones por la fuerza. Los nuevos inmigrantes judíos exigieron a las autoridades británicas que les expidieran órdenes de desalojo. Las obtuvieron, y así comenzó la limpieza étnica de Palestina, que continúa hasta el día de hoy.
El sionismo se transformó en un proyecto de colonialismo de asentamiento, que dependía de la subordinación de otro pueblo. El objetivo del colonialismo de asentamiento es reemplazar completamente la sociedad autóctona por la del colonizador. A ojos de los colonos, dispuestos a todo para imponer su cultura y su sistema social, los autóctonos —tan diferentes de ellos— constituyen un obstáculo que hay que eliminar. Eso no puede hacerse sin brutalidad. En Australia, por ejemplo, se contabilizan al menos 270 masacres de la población indígena a lo largo de 140 años de colonización británica. Este proceso no se reduce al mero empleo de la fuerza bruta. Los colonos borran la historia de las sociedades autóctonas, haciéndola comenzar en el momento de su propia llegada. Las costumbres ancestrales desaparecen y los colonos se apropian también de la gastronomía de los pueblos originarios. En pocas palabras: la tierra no está deshabitada, de modo que los colonos la vacían de sus habitantes. Patrick Wolfe, académico australiano especialista en la materia, sostenía que un proyecto de colonialismo de asentamiento tiene como objetivo eliminar todo lo que le precede y, por su propia lógica, sigue su curso hasta que esa eliminación sea total. Dicho de otro modo: mientras la cultura estatal israelí se sustente en una lógica de colonialismo de asentamiento, no habrá convivencia pacífica posible con los palestinos.
Estas operaciones de depuración étnica y estos actos genocidas no surgen de la nada. Antes de perpetrarse y durante su ejecución, los colonos de asentamiento elaboran una justificación ideológica para legitimarlos: construyen un consenso. No dudan en comunicar sus intenciones —de forma directa o velada— a través de medios de expresión aparentemente inocuos, como la pintura. Así, los primeros pintores sionistas representaban los paisajes de su futuro hogar sin rastro alguno de aldeas palestinas.
¿A qué justificaciones recurrían entonces los colonos sionistas para explicar su actitud hacia la población autóctona? En primer lugar, deshumanizaban a los autóctonos, describiéndolos como “bárbaros” o “primitivos”. En Palestina invocaron la figura de “poblaciones nómadas”, sin arraigo a la tierra, cuando en realidad numerosas aldeas llevaban miles de años en pie. Al mismo tiempo, los colonos siempre proclamaban estar movidos por objetivos más nobles, como el de llevar los beneficios de la modernización (y de la civilización) a territorios atrasados.
La diferencia crucial entre los colonos ordinarios y los colonos de asentamiento radica en que los primeros orientaban sus esfuerzos de modernización hacia las poblaciones locales, mientras que los segundos se concebían a sí mismos como agentes modernizadores de los territorios y no de los autóctonos. Todavía hoy, muchos israelíes mantienen vivo el mito de que Palestina fue un vasto desierto hasta la llegada de los pioneros sionistas, que “hicieron florecer el desierto”. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, no fue una excepción al reproducir ese tópico manido en su mensaje dirigido a Israel con motivo de su 75.º aniversario. Pero ni Palestina era un desierto, ni sus habitantes eran nómadas o primitivos. Mientras esta propaganda engañosa se difundía para hacer el proyecto sionista más aceptable a los ojos de los judíos europeos y de otros lugares, sus promotores sabían perfectamente que antes habría que resolver la llamada “cuestión autóctona”.
Mucho antes de la década de 1920, algunos dirigentes sionistas debatían ya sobre las posibles políticas de desplazamiento de la población palestina. Algunos ideólogos esperaban que los palestinos emigraran voluntariamente a los países árabes vecinos a cambio de una compensación económica ventajosa. Sin embargo, en caso de que esa opción no funcionara, el traslado forzoso seguía siendo una posibilidad. Los responsables y militantes sionistas desarrollaron, a tal efecto, líneas de reflexión a lo largo de todo el periodo comprendido entre mediados de la década de 1920 y 1948, fecha en que hubo que orquestar su puesta en práctica. Las ideas, hasta entonces un tanto difusas, se articularon en un plan director que conduciría a la depuración étnica de la mitad de la población árabe de Palestina.
Las grandes adquisiciones de tierras de la década de 1920 y las operaciones de limpieza étnica que les siguieron pusieron así fin a los “años tranquilos”. A finales de esa década, las relaciones entre colonos judíos y palestinos se tensaron. Los enfrentamientos violentos se hicieron cada vez más frecuentes en los años treinta. Ambas partes también entraron en conflicto con las autoridades británicas, al considerar cada una de ellas que eran incapaces de garantizar su protección.
Los signos premonitorios de una catástrofe inminente eran cada vez más evidentes: la expulsión de los palestinos, recién despojados de sus tierras, provocó su éxodo hacia las ciudades. Estos palestinos eran víctimas de grupos sionistas “socialistas”, partidarios del “trabajo judío” (avodah ivrit), para los que el trabajo productivo era la única vía de modernización. Su objetivo era, por tanto, reservar las tareas agrícolas a los judíos. Algunos empleadores judíos que contrataban trabajadores agrícolas palestinos se oponían a esta política y se negaban a prescindir de esa mano de obra experimentada en beneficio de colonos que en ocasiones jamás habían trabajado en una explotación agraria. Pero los propietarios que adoptaban esa actitud eran atacados y humillados públicamente hasta que cedían. Los palestinos, empobrecidos y desposeídos, partían entonces en busca de trabajo a las ciudades.
En 1929, las tensiones estallaron de forma catastrófica en lo que los palestinos denominan la Revuelta del Buraq. El 15 de agosto de ese año, la milicia Haganá y partidarios del sionismo revisionista de Vladímir Jabotinski organizaron manifestaciones en las inmediaciones del Muro de las Lamentaciones, lo que dio lugar a contramanifestaciones al día siguiente. Tras la oración musulmana del viernes, el 23 de agosto, se produjeron graves incidentes que costaron la vida a diecisiete judíos. El caos se extendió rápidamente; en el transcurso de una semana murieron 133 judíos y 116 palestinos.
La violencia no se circunscribió a Jerusalén, sino que se propagó a otras ciudades, desembocando, en particular, en la célebre matanza de Hebrón del 24 de agosto de 1929. La comunidad judía de esta ciudad formaba parte de la pequeña minoría asentada en Palestina desde hacía varios siglos, mucho antes de la llegada del sionismo, y convivía pacíficamente con la comunidad musulmana. Para ambas religiones, Hebrón —o Al Jalil, en árabe— es una ciudad santa, pues alberga la tumba del profeta Abraham (Ibrahim). Sin embargo, los jóvenes estudiantes sionistas de las yeshivot —escuelas talmúdicas— que vestían a la europea no eran bien recibidos. Cuando llegaron noticias a Hebrón de lo que estaba ocurriendo en Jerusalén, musulmanes de las aldeas vecinas irrumpieron en la ciudad. Sesenta y siete judíos fueron masacrados, mientras que otros encontraron refugio en casas de vecinos musulmanes que los acogieron. Esta matanza y sus terribles actos de crueldad son instrumentalizados hoy en el discurso oficial israelí para “demostrar” que la convivencia pacífica es imposible y, paradójicamente, para justificar las masacres ulteriores de palestinos.
Aunque el detonante inicial de los sucesos de 1929 fue de índole religiosa, la propagación explosiva y devastadora de los disturbios obedeció también a la profunda frustración de los palestinos, que tenían la sensación de estar asistiendo, impotentes, al colapso del orden social tradicional. El movimiento sionista no había dejado de crecer y afianzar sus posiciones durante la década anterior, periodo en el que la población rural palestina había tenido tiempo de comprender lo que le esperaba al conjunto del pueblo palestino: una política deliberada de empobrecimiento y limpieza étnica.
En las barriadas de Haifa, en el norte, una nueva forma de resistencia —la guerrilla— emergió para combatir el proyecto sionista y a sus cómplices británicos. Entró entonces en escena un predicador carismático: el imán Izzedin al Qassam (1882-1935), cuyo nombre llevaría posteriormente la rama militar de Hamás. Con todo, también numerosos grupos de resistencia palestinos laicos reivindican su legado: fue el primero en introducir las tácticas de guerrilla en la lucha contra la ocupación británica.
Apoyándose en su experiencia anticolonialista en Siria, Al Qassam logró despertar el entusiasmo de jóvenes musulmanes que malvivían en las chabolas de las afueras de Haifa e incitarlos a crear sus propias células paramilitares. Su ambición era prepararse para una lucha prolongada contra el colonialismo británico. Sin embargo, debido al aumento de la inmigración judía y a la intensificación de la vigilancia de las autoridades del Mandato, se vio obligado a desvelar sus planes antes de tiempo. En las colinas cercanas a Yenín, él y once combatientes más resistieron durante varias horas los ataques de soldados británicos muy superiores en número que los tenían sitiados, hasta que Al Qassam y otros cuatro fueron asesinados el 20 de noviembre de 1935. Al día siguiente se declaró una huelga general en Haifa. Su muerte impulsó a numerosos jóvenes palestinos a tomar las armas contra los británicos y obligarles a abandonar su política favorable al sionismo. Aunque la revuelta armada de Al Qassam estaba condenada al fracaso, señaló el camino a quienes, en la segunda mitad de la década de 1930, querían comprometerse con un movimiento de resistencia más organizado.
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