Juan Torres López -Economista Univ. Sevilla- (CTXT) 15 de mayo de 2026

Desde hace semanas, la página web de la Casa Blanca se abre con un texto que termina diciendo: «Hemos entrado indudablemente en una Edad de Oro de la grandeza estadounidense, que promete aún mayores oportunidades y seguridad en el futuro». Un mensaje que el presidente Trump suele repetir añadiendo que su país es la primera gran potencia mundial en todos los ámbitos.
Es indudable que el poder de ese país es inmenso y que está en la vanguardia del mundo en muchos ámbitos cruciales para la economía, la política y la vida de los seres humanos. Pero la administración estadounidense y su máximo líder hacen una lectura bastante parcial del lugar que Estados Unidos ocupa en el mundo.
Según las fuentes estadísticas internacionales más solventes, Estados Unidos no es ni mucho menos la primera potencia mundial en todos los aspectos: ocupa el último lugar entre las naciones más avanzadas en los indicadores de salud, el 57 en libertad de prensa y estado del clima y el medio ambiente, el 46 en esperanza de vida, el 29 en ausencia de corrupción, el 27 en movilidad social, el 26 en indicadores educativos y el 24 en la felicidad que sienten sus ciudadanos. Sí está en el primer lugar, por el contrario, en número de personas encarceladas, en muertes por armas de fuego, tiroteos escolares, muerte por drogas, quiebras familiares por gastos médicos, obesidad infantil, muerte por desesperación… y, entre los países más ricos del planeta, también en desigualdad de ingreso y riqueza, mortalidad materna y pobreza infantil. En cuanto a indicadores económicos, igualmente es cierto que Estados Unidos es la primera potencia mundial en gasto militar y endeudamiento. Lo mismo que ocupa esa posición de privilegio por el número de guerras que ha provocado o en las que ha participado, y en los golpes de Estado que ha impulsado o dado directamente, utilizando sus servicios de inteligencia o fuerzas armadas.
Estados Unidos destaca sobremanera en los rankings mundiales. Es cierto. Pero también lo es que todas esas posiciones de vanguardia, como acaba de señalar, no son precisamente como para sentirse orgulloso, y que no permitan afirmar que ese país se encuentre en una Edad de Oro.
La verdad es que Estados Unidos es un imperio en declive. Hay unos datos muy elementales que quizá lo demuestren de forma muy rápida y elemental. Al terminar la segunda Guerra Mundial, su Producto Interior Bruto representaba el 50% del global, su producción industrial equivalía al 60% de la de todos los países del mundo juntos, y disponía del 80% de las reservas de oro existentes en el planeta. Hoy día, el PIB de Estados Unidos representa el 25% del mundial, su industria el 17% de la producción industrial global y sólo dispone del 25% de las reservas de oro totales. Su peso en la economía, el comercio, las finanzas, la tecnología e incluso en el poderío militar sigue siendo muy alto, pero en todos esos ámbitos decae sin cesar. Y lo hace, además, frente a China, una nación pobre y atrasada hace muy pocas décadas y que ahora ha logrado superar a Estados Unidos en muchos de los indicadores estratégicos más relevantes.
Imperios en declive
Ante esta situación en la que se encuentra Estados Unidos me parece fundamental tener en cuenta que el declive de todos los imperios que se han conocido y estudiado suele tener características semejantes que es muy probable que se vuelvan a dar ahora, en su caso.
Los imperios nunca declinan suavemente, digamos que aceptando pasivamente su pérdida de influencia y poder. Lo hacen, por el contrario, aumentando su agresividad, intensificando la extracción de riqueza a otras naciones y convirtiéndose en más peligrosos que nunca. Cuando su pujanza económica disminuye, aumentan la coerción militar, la presión financiera y el control político. Y, al no poder integrar ya bajo su manto a las demás naciones con consensos y convicción, recurren a la amenaza y exigen obediencia ciega.
Eso ocurrió con Roma, un imperio que terminó devorándose a sí mismo cuando, incapaz de seguir expandiendo su poder, comenzó a exprimir a los campesinos y artesanos y a generar una inflación disparada para poder financiar un gasto militar que terminó provocando su colapso. La desigualdad que eso produjo no fue un efecto colateral del declive, sino una de sus causas estructurales más relevantes.
España controló durante el siglo XVI los mayores flujos de metales preciosos que el mundo había conocido. Era el imperio donde nunca se ponía el sol, pero comenzó a encadenar bancarrotas y se convirtió en el Estado más endeudado de su época. Casi la mitad de los ingresos de la Corona terminaban como intereses de la deuda en los bolsillos de banqueros genoveses y alemanes, mientras se deterioraban las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población.
El Imperio británico, por el contrario, sí mantuvo su base productiva en la etapa de apogeo, pero no pudo evitar ni fue capaz de enfrentarse al ascenso de otras potencias como Alemania y Estados Unidos, en las últimas décadas del siglo XIX. Pero también reaccionó ante ello aumentando la agresión, la expansión colonial y las guerras cada vez más inútiles y costosas. La conocida como Guerra de los Bóers, en Sudáfrica, se había concebido como una operación rápida y de bajo coste. Sin embargo, se convirtió en un conflicto de desgaste que costó un cuarto de millón de bajas, generó una auténtica ruina financiera y puso al descubierto las limitaciones militares de un imperio que hasta entonces había podido actuar con total impunidad allí donde se le antojaba. El paralelo con las últimas guerras promovidas por Estados Unidos en Afganistán, Irak o Irán no puede ser más evidente.
Un mismo patrón
La mayoría de los imperios conocidos han recurrido a la coerción y a la expansión militar cuando su liderazgo económico menguaba y por eso registran gastos militares exagerados en esa etapa que agudizan el deterioro económico. Lo mismo que está sucediendo con los Estados Unidos de nuestra época, un imperio que prácticamente no ha dejado de estar en ningún momento en guerra durante los últimos veinticinco años.
También está aumentando ahora la extracción creciente de riqueza a quienes habían sido los mejores aliados del imperio estadounidense. Se comprueba particularmente con Europa, que soporta costes energéticos extraordinarios, pérdida de capital industrial, dependencia militar y tecnológica y subordinación estratégica a Estados Unidos sin precedentes. Y lo que aún es más revelador es que esa presión sobre los aliados produce precisamente el efecto contrario al deseado. La hostilidad de Trump logra unir a Europa, acercar a China, Japón y Corea del Sur, o generar un bloque cada vez más numeroso de países antagónicos a Washington.
Por otro lado, los imperios en declive no sólo aumentan su agresión y control hacia el exterior, sino también dentro de sus propias fronteras. tal y como está ocurriendo ahora con Estados Unidos. Con la excusa de combatir el terrorismo, allí se vigila masivamente a sus ciudadanos, se militariza la acción policial y las libertades y derechos civiles se erosionan sin cesar.
Quizá el síntoma más claro y paralelo con el patrón histórico es lo que está ocurriendo con la distribución de la riqueza interna en Estados Unidos. Roma exprimió a sus campesinos para pagar a los mercenarios, España esquilmaba a sus vasallos para pagar a sus banqueros, y ahora Estados Unidos recorta la sanidad y ayudas destinadas a la población más pobre para financiar su gasto militar y los privilegios fiscales que concede a los oligarcas.
Es igualmente característico de los imperios en declive que sus clases dirigentes se conviertan en algo así como autómatas incapaces de reconocer las limitaciones que afectan a su poder y capacidad de influencia. Los reyes siguieron embarcando a España en guerras imposibles a pesar sus bancarrotas. El imperio japonés atacó a Estados Unidos cuando se sabía perfectamente que no estaba en condiciones de hacerle frente. La Francia napoleónica se precipitó ella misma hacia el colapso creyéndose dueña y señora del mundo en las estepas rusas… Los grandes imperios en declive nunca se detienen a tiempo.
Y, por último, en todos ellos se da un fenómeno que también estamos viviendo en estos momentos cuando comienza a producirse el de Estados Unidos, la financiarización extrema de sus economías. Lo que comienza siendo un imperio basado en el poderío productivo, agrícola, industrial y comercial termina por no poder sostenerse nada más que en la fuerza artificialmente lograda de su moneda divisa, además de en los ejércitos.
No es precisamente su Edad de Oro
Estados Unidos no va a colapsar, ni a corto plazo ni siguiendo un guión simple o predecible. No podemos saber lo que ocurrirá en los próximos años, pero sí se puede sostener con certeza algo que ya ha comenzado a producirse y a evidenciarse ante nuestros ojos: Estados Unidos está entrando en la fase más peligrosa de todos los procesos de dominio imperial. Aquella en la que el imperio sigue siendo extraordinariamente poderoso, pero no lo suficiente como para imponer su poderío sin costes igualmente extraordinarios a los demás y a sí mismo. Tanto por el deterioro de los motores que le dan fuerza interna, como por la existencia de competidores que alteran las reglas de privilegio que había establecido para poder sostener su imperio.
El mundo de hoy día ya no es unipolar y Estados Unidos se sigue comportando, sin embargo, como si lo fuera. Y su superioridad económica, financiera, tecnológica y militar ya no es suficiente, ni siquiera, para imponerse a una potencia media como es Irán. Algo, hace décadas impensable. Y, como nos ha enseñado la historia, cuando todo esto ocurre es cuando el imperio y el mundo sobre el que se proyecta se vuelven más inestables y violentos. La prepotencia y la soberbia insultante de Trump no son rasgos personales, son la característica estructural y muy dolorosas para todos de los imperios que comienzan a caer.
También sabemos, por supuesto, que la historia no tiene por qué repetirse siempre de la misma forma. Pero, por si acaso, deberíamos prepararnos para estar en condiciones de enfrentarnos a lo peor.
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