Shatha Hanaysha (MONDOWEISS), 12 de Mayo de 2026
Hoy hace cuatro años que Shireen Abu Akleh fue asesinada por un soldado israelí. Desde entonces, Israel ha matado a más de 275 periodistas en Gaza y Líbano. El mundo que permitió que el asesino de Shireen quedara impune hizo posible todo esto.
(Derecha) Amal Khalil reportando en el sur del Líbano para el periódico libanés al-Akhbar (Foto: página de Facebook de Amal Khalil). (Izquierda) Shireen Abu Akleh reportando para Al Jazeera. (Foto: Wikimedia Commons)
Sigo bajo el árbol . A mi lado están Shireen y cientos de periodistas de Gaza y Líbano, tomados de la mano, intentando sobrevivir al monstruo de la ocupación.
El día en que Amal Khalil fue asesinada en el sur del Líbano —tras los llamamientos que hizo al ejército libanés y a la Cruz Roja para que la evacuaran a ella y a su colega, Zeinab Faraj, después de quedar atrapadas en un edificio mientras informaban sobre los ataques de Israel contra Bint Jbeil— me vi de nuevo bajo aquel árbol con Shireen, rodeadas de balas.
Hoy hace cuatro años que una bala disparada por un soldado israelí alcanzó a Shireen Abu Akleh en la cabeza, causándole la muerte. Ese día, la guerra de la ocupación israelí contra los periodistas se hizo visible para todo el mundo.
Pero desde entonces, la vida de los periodistas en esta región no ha hecho más que empeorar día a día. Los crímenes de la ocupación no han cesado. Los asesinos nunca rindieron cuentas. Y el derecho internacional no impidió que la ocupación volviera a matar.
La gente me pregunta cómo estoy después de estos cuatro años. Les digo que más de 275 periodistas han sido asesinados en Gaza y Líbano desde el asesinato de Shireen. Si el mundo hubiera responsabilizado a Israel por aquel primer crimen, ¿habríamos llegado a esta cifra?
Esa falta de rendición de cuentas es lo que posibilita la conducta actual de Israel, que se ha vuelto tan descarada que anuncia abiertamente y con orgullo cuando asesina a periodistas, médicos y paramédicos. Lo hizo con Anas Al-Sharif , Hasan Eslayeh e Ismail al-Ghoul en Gaza, y con Ali Shuaib, Fatima Ftouni y su hermano Muhammad en el sur del Líbano. En cada uno de esos casos, y en muchos otros, el ejército israelí emitió comunicados oficiales confirmando que habían sido el objetivo, después de haber amenazado con matarlos, a veces abiertamente en las redes sociales.AnuncioAnuncio
El mundo entero, sus instituciones, sus organismos de derechos humanos y sus foros internacionales, son responsables del derramamiento de sangre en Gaza, Cisjordania y Líbano. Incluida la sangre de los periodistas que se encuentran ahora mismo en prisiones israelíes: más de 44 detenidos bajo detención administrativa, viviendo en aislamiento, sufriendo hambre, enfermedad y sed, sin una fecha clara de liberación. Su único delito es ser periodistas.
Hace unos días, el periodista Ali al-Samoudi fue liberado tras un año de detención administrativa. Ali había acompañado a Shireen el día de su muerte y esa misma mañana resultó herido de bala en el hombro. Salió demacrado, con los ojos hundidos y con historias que harían llorar a cualquiera. Dijo que durante el interrogatorio le dijeron: «Nos molestaste, Ali».
Su compañero Mujahid Al-Saadi, que también nos acompañaba ese día, permanece detenido en Israel. No hay noticias sobre su estado de salud ni fecha prevista para su liberación.
Luego está Raneen Sawafta, fotógrafa de Reuters y amiga mía, quien sobrevivió milagrosamente después de que colonos la atacaran mientras cubría la cosecha de aceitunas en las montañas de Nablus. Le arrojaron piedras y la golpearon con palos. Todavía recibe tratamiento en hospitales.
Mi colega Mujahid Bani Mufleh, uno de los mejores editores en árabe de Palestina, estuvo detenido durante ocho meses. Cuatro días después de su liberación, sufrió un derrame cerebral. Aún permanece hospitalizado en estado crítico. Un amigo me dijo: «No puedo imaginar lo que Mujahid debió haber vivido en prisión para salir así». El propio Mujahid me contó que dos presos habían muerto en su habitación. Al oírlo, sentí como si hubiera visto entrar la muerte en la habitación, la hubiera olido y hubiera esperado a que lo alcanzara.
Cada día, periodistas en Gaza, Cisjordania y el sur del Líbano abandonan sus hogares sin saber si regresarán. Cada día es una lucha por la supervivencia: un misil lanzado desde un avión israelí, una bala disparada por un soldado israelí, un colono armado con un garrote atacando todo lo palestino.
Y cuatro años después de Shireen, sigo bajo ese árbol.
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