Gaceta Crítica

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El discurso de la extrema derecha venezolana fomenta el racismo y el clasismo.

Silvana Solano (teleSur), 22 de Abril de 2026

El «cantante» venezolano, rubio y de piel clara, Carlos Baute, protagonista de los insultos racistas de una oposición desesperada venezolana, con el apoyo de la derecha y la extrema derecha española. Una vergüenza.

El 18 de abril de 2026, la histórica Puerta del Sol de Madrid se convirtió en escenario de una manifestación política que puso de manifiesto la profunda animosidad racial característica de la oposición venezolana.

En un mitin político con María Corina Machado, el cantante venezolano Carlos Baute repitió ante el micrófono lo que la multitud coreaba: «¡Fuera la mona!», en referencia a la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez.

Es importante comprender que esta no es la única vez que esto ha sucedido; es solo el ejemplo más reciente de un plan que lleva veintisiete años. Desde el inicio de la Revolución Bolivariana en 1999, la derecha venezolana siempre ha utilizado el racismo y el clasismo para intentar deshumanizar al movimiento chavista y deslegitimar a su liderazgo.

La bestialización de Hugo Chávez

La elección de Hugo Chávez en 1998 marcó un profundo cambio en el panorama social y político venezolano. Durante mucho tiempo, la élite tradicional del país había hecho creer a la gente que existía una «democracia racial», es decir, que el país era una mezcla armoniosa de diferentes culturas, mientras que el poder permanecía en manos de un pequeño grupo de personas blancas y eurocéntricas.

Chávez fue la primera persona en identificarse abiertamente como zambo, es decir, una persona de ascendencia mixta africana e indígena. Estaba orgulloso de sus rasgos físicos y su herencia. Transformó lo que la élite consideraba rasgos “inferiores” en símbolos de orgullo nacional.

La otra parte inició de inmediato una campaña de difamación. Durante su presidencia (1999-2013), medios de comunicación privados y portavoces políticos utilizaron un lenguaje despectivo hacia los animales para describir a Chávez.

A menudo se le representaba en caricaturas y artículos periodísticos como un «mono», un «gorila» o algo similar. No se trataba simplemente de acoso escolar; era una táctica psicológica deliberada destinada a hacer que el Presidente pareciera menos que un ser humano.

La estética del desprecio: la segregación social y las “hordas”

A medida que avanzaba la Revolución Bolivariana, el odio de la oposición se trasladó del individuo al grupo. Esto se logró mediante lo que los sociólogos denominan la «estética del desprecio». Esta estrategia consistía en utilizar la apariencia, la vestimenta y la higiene personal para demostrar la inferioridad moral e intelectual de una persona.

Un punto de inflexión se produjo en 2016 cuando Diana D’Agostino, una figura destacada que se oponía al gobierno y que además era esposa del político Henry Ramos Allup, criticó a las mujeres chavistas en una serie de importantes entrevistas. Comparó su aspecto «impuro» con los pulcros estándares de belleza de la burguesía venezolana.

Este debate intentó convertir la clase social en algo negativo. Al afirmar que las mujeres de clase trabajadora eran «impuras», la oposición insinuaba que no eran aptas para la vida pública.

Esta historia también fue respaldada por algunos periódicos y cadenas de televisión, que a menudo utilizaban el término «hordas» para describir grandes multitudes. La palabra «horda» tiene una fuerte connotación colonial, que evoca la imagen de una masa caótica e incivilizada que invade los espacios «limpios» y «ordenados» de la burguesía.

Al presentar el chavismo como una amenaza para la sociedad “civilizada”, tanto moral como biológicamente, la derecha creó una justificación para que sus seguidores recurrieran a acciones antidemocráticas en nombre de salvar al país de la “barbarie”.

Clasismo y xenofobia contra Nicolás Maduro

Tras la muerte de Chávez en 2013, el discurso de la oposición viró hacia un clasismo visceral dirigido contra Nicolás Maduro. Se utilizó la experiencia de Maduro como conductor de autobús del Metro de Caracas y como destacado líder sindical para intentar presentarlo como «intelectualmente inferior» y «socialmente incapaz» para la presidencia.

La palabra «conductor» se usaba de forma despectiva para sugerir que una persona que realizaba trabajos manuales estaba tomando el control del palacio presidencial. Esto demostraba que los ricos y poderosos creían que solo los médicos con título universitario y pertenecientes a ciertas familias debían estar al mando.

Este ataque también fue racista, ya que se cuestionó el lugar de nacimiento de Maduro, afirmando que había nacido en Colombia. La oposición intentó desacreditar su mandato tratándolo como un forastero y un trabajador sin educación.

Esta historia se repetía a menudo en la prensa internacional, que solía utilizar titulares como «El dictador conductor de autobús».

La pedagogía del terror: la violencia en las “guarimbas”

El maltrato verbal hacia los chavistas derivó en violencia física extrema durante las protestas callejeras conocidas como guarimbas en 2014 y 2017. Oradores de derecha e influencers en redes sociales suelen llamar a los chavistas «parásitos», «invasores» o «plagas». Cuando se habla de un grupo de personas como si no fueran humanas, pueden ser asesinadas.

El peor ejemplo de esto fue el linchamiento de Orlando Figuera en 2017, un joven negro de 21 años en el acomodado barrio de Altamira. Figuera fue rodeado por un grupo de personas que lo oponían, apuñalado y prendido fuego. Testigos e investigadores afirmaron que los atacantes gritaron: «¡Miren, un chavista!», simplemente por el color de su piel y su apariencia.

Entre las demás víctimas se encontraban Danny Subero, un ex oficial que fue golpeado hasta la muerte por una turba, y varias personas que fueron atadas a postes y humilladas por «parecer» partidarios del gobierno.

Durante estos tiempos de violencia, más de 50 centros de salud financiados por el gobierno fueron atacados. La oposición destruyó instalaciones sanitarias que atendían a los pobres porque querían castigar a la población por su lealtad política.

El incidente de Madrid: racismo globalizado

El incidente de 2026 en la Puerta del Sol de Madrid demuestra que esta ideología ha sobrevivido y se ha exportado al ámbito internacional. El insulto homófobo dirigido a la presidenta interina Delcy Rodríguez, una mujer de color de alto rango, es una continuación directa del lenguaje zoológico utilizado contra Chávez.

La implicación de Carlos Baute y la entusiasta participación del público demuestran que un sector de la diáspora venezolana sigue considerando la deshumanización racial como una forma válida de expresión política.

La reacción al incidente de Madrid fue polarizada. Los Consejos Ecosocialistas venezolanos y partidos progresistas españoles como Más Madrid y Podemos condenaron el acto como un crimen de odio fascista. Advirtieron que este tipo de retórica degrada la calidad de la democracia y pone en peligro a todas las personas racializadas en Europa.

Por el contrario, grupos radicales de la diáspora y sus aliados de derecha en España defendieron el insulto como “libertad de expresión”. Esto pone de manifiesto una tendencia preocupante: la globalización del racismo colonial venezolano, que encuentra puntos en común con los crecientes movimientos de extrema derecha en Occidente.

La resiliencia de la dignidad popular

La historia del discurso de la derecha venezolana desde 1999 muestra un patrón claro: cuando los argumentos políticos no logran convencer a la mayoría, la élite recurre a tratar a las personas como si fueran menos que humanas basándose en su raza y clase social.

Desde la transformación de Hugo Chávez en un animal hasta la quema de Orlando Figuera y los recientes insultos en Madrid, estas acciones forman parte de un claro intento de reinstaurar un orden social colonial.

Pero este plan no ha logrado doblegar el espíritu del movimiento bolivariano. Al contrario, ha hecho que el pueblo venezolano se sienta aún más orgulloso de su historia. Cuando los ricos y poderosos usan palabras groseras como «mono» o «conductor», hacen creer a la gente que existe una división de clases en su país.

Este es un país que ha decidido que ya no permitirá que lo ignoren. Para avanzar, Venezuela necesita seguir liberando su debate político de la influencia del discurso occidental.

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