Gaceta Crítica

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Black Rock: corralito en ciernes

EDUARDO LUQUE (Topo Express), 18 de Abril de 2026

Todavía no es pánico, aún no vemos carreras entre los inversores por colocarse en la ventanilla de los reembolsos; aun no ha transcendido lo suficiente. Una creciente presión se cierne sobre BlackRock, el mayor gestor de activos del mundo. El miedo al “corralito” en uno de sus fondos de inversión amenaza con desencadenar un estallido en el sistema financiero global. Hasta ahora, gracias al control que esta corporación ejerce sobre los medios de comunicación, se ha logrado contener el pánico entre los pequeños inversores y la opinión pública. La pregunta se hace inevitable: ¿hasta cuándo?

En 2008 fueron las subprime, ahora el problema son los fondos de crédito privado; la denominada «banca en la sombra. Un conjunto de entidades financieras no bancarizadas que operan al margen de la supervisión de los bancos centrales. Se dedican a conceder capital a empresas o instituciones a cambio de unas supuestas rentabilidades. Sus plazos de vencimiento son de cinco a diez años. Entre sus grandes inversores, aunque sin saberlo puesto que el control de la gestión siempre es opaca, están los fondos de pensiones. Por ejemplo, BlackRock ofrece ETFs (iShares) que replican el comportamiento de diversas acciones e índices bursátiles. Si los inversionistas centran su atención en un determinado nicho de mercado, los fondos de pensiones, controlados por el banco, copiarán el modelo de inversión, poniendo en grave riesgo, si fracasa la operación, al propio fondo de pensiones. En el caso que nos ocupa significará que los jubilados, confiando en la buena gestión de su fondo, pueden perder todos o una parte substancial de sus ahorros.

Como estamos viendo los problemas que tiene esta “banca en la sombra” son de una especial significación para los fondos de pensiones de capitalización. Sus gestores, que en muchas ocasiones invierten en activos frágiles y altamente expuestos, corren altísimos riesgos en la búsqueda de una rentabilidad que el sistema no produce normalmente (como sucedió en 2008). Cuando se produce algún movimiento alarmante, las entidades invocan la letra pequeña de los contratos y evitan que los inversores puedan recuperar su dinero. Es un corralito de facto pero no de iure. Esta forma de operar que promueven algunas entidades impacta muy negativamente en los pensionistas que notarán muy pronto como sus fondos disminuyen o se volatizan. La consecuencia: no podrán recuperar su dinero si lo necesitan. Mientras esto sucede, en paralelo se intentan desmontar los sistemas de pensiones públicas de reparto.

El volumen de la “banca en la sombra” es enorme; según el Consejo de Estabilidad Financiera suma más de 238,8 billones de euros, lo que representa casi la mitad de todos los activos financieros globales. En nuestro país y según los datos del Banco de España, alcanza los 1,6 billones de euros. El problema no es solo su dimensión, sino que estas firmas de inversión privada están profundamente interconectadas con el resto del sistema financiero y, si se produce una fallida, los efectos se propagarán como un dominó. En octubre del año pasado, el consejero delegado de JP Morgan, Jamie Dimon, advirtió que ya se estaban viendo “cucarachas” en el sistema financiero, refiriéndose a quiebras de firmas pequeñas como Tricolor y First Brands, que, aunque comparativamente pequeñas en volumen, son capaces de provocar daños colaterales. Ana Botín, presidenta del Banco Santander, las comparó con “medusas”: no detienen la actividad, pero obligan a una vigilancia constante para que no te toquen.

El caso de BlackRock se agrava por la estructura de sus fondos. Su filial, la que ha provocado ese corralito (HPS Corporate Lending Fund), ha limitado los reembolsos de uno de sus fondos de crédito privado después de recibir solicitudes de retiro por un 9,3% del patrimonio. Solo permitirá atender el 5% anualmente, (lo decía el contrato en letra pequeña) lo que deja a muchos inversores sin acceso inmediato a su dinero, en un movimiento que técnicamente no es un corralito, pero en la práctica sí lo parece y podría extenderse a todo el sistema financiero si el pánico se dispara.

Además, otros gigantes de la inversión, como Blackstone o Apollo[1], también han limitado los reembolsos ante el aumento de solicitudes, reflejando la creciente angustia en el sector. Los marcadores financieros muestran signos de alarma. Por ejemplo:  el volumen de créditos que se negocian por debajo del 80% de su valor nominal se ha duplicado desde finales del año pasado hasta 25.000 millones de dólares, de los cuales casi un tercio corresponden a préstamos ligados a la inteligencia artificial, sector que el mercado considera especialmente frágil (la crisis financiera en la IA se ve agravada por la destrucción de servidores y centros de datos importantes en Emiratos, Israel o Arabia Saudita por efecto de la actual guerra en el Golfo), se trata de un escenario que recuerda la última gran crisis financiera. Inversiones desmesuradas en activos que no son rentables ni a corto ni medio plazo fruto de una enorme sed especulativa.

Lo ocurrido con Black Rock no es un accidente aislado ni un simple tropiezo de mercado; es una manifestación tangible de las contradicciones de un sistema financiero globalizado que concentra poder en manos de unas pocas gestoras y bancos. Cuando entidades como Black Rock, JP Morgan, Santander, Banco de Bilbao, Deutsche Bank o Commerzbank controlan enormes flujos de capital, cualquier tensión en sus fondos se traduce en un riesgo sistémico.

BlackRock no es entidad menor, su influencia trasciende al sector financiero; sus ideas sobre pensiones, desarrollo tecnológico……son adoptadas sin crítica por la mayoría de los gobiernos occidentales, especialmente cuando se trata de justificar recortes en el bienestar social y las pensiones. Esta nueva crisis en ciernes no es sólo financiera, es también una crisis de deuda, una crisis ecológica, una crisis por los recursos….es su conjunción la que empuja hacia una “tormenta perfecta”. Las sucesivas crisis y las explosiones sociales que se derivarán no sólo afectan al sistema financiero, van más allá del marco meramente especulativo, conllevan un riesgo para las libertades públicas: al capitalismo senil ya no le interesa sostener el modelo democrático que legitimaba socialmente su dominio; apuesta cada vez más, en medio del marasmo de las fuerzas transformadoras, por las soluciones autoritarias. Extraer la riqueza social y ponerla en manos privadas requiere cada vez más el uso de una violencia y un autoritarismo social mayor. La crisis financiera acelera necesariamente la involución política.

La historia se repite, como farsa o como tragedia diría Marx, aunque en este caso es una profecía auto cumplida: la concentración de poder en corporaciones como BlackRock, la expansión de la banca en la sombra y la exposición de los fondos de pensiones a activos frágiles, en un contexto de creciente pánico y restricciones de liquidez, dibujan un escenario donde la próxima crisis podría ser sistémica, golpeando no solo los mercados sino el bienestar de millones de personas.

El episodio de BlackRock nos recuerda que la estabilidad financiera es una construcción política, no natural. La liquidez prometida puede ser retenida, las ganancias supuestamente seguras pueden evaporarse. Mientras las crisis geopolíticas y la dependencia estructural de Europa respecto a Estados Unidos y al capital financiero global pueden amplificar cualquier sacudida. El capitalismo financiero avanzado ha alcanzado un punto en que sus crisis ya no son contingentes, sino estructurales. La pregunta que queda abierta es cómo se distribuirán sus costes y quién pagará finalmente la factura de sus desequilibrios y, sobre todo, cual será la respuesta popular.

[1] Por cierto, desde principios del 2026 este fondo es accionista mayoritario del Atlético de Madrid consolidando a través del equipo colchonero su penetración en España.

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