Vandana Shiva (TERRESTRES Y ESPAI MARX), 18 de Abril de 2026

Este texto es la introducción del libro de Vandana Shiva Régénérer ou dégénérer. La crise climatique est une crise alimentaire, traducido al francés por Marin Schaffner y publicado por las editoriales Rue de l’Échiquier y Wildproject (colección «Le monde qui vient») en 2026.

La sexta extinción masiva, el caos climático y la crisis alimentaria son a la vez los síntomas y las consecuencias de la violencia y la guerra desencadenadas por la codicia del 1 % contra la Tierra y sus habitantes 1. Este 1 % explota, acapara y contamina un entorno a la vez sensible e inteligente, destruyendo las condiciones de vida en la Tierra al apropiarse de los recursos que constituyen la base de los medios de subsistencia de las poblaciones.
La palabra «Antropoceno» se utiliza con frecuencia para calificar nuestra época. No acepto este término porque no toda la humanidad es depredadora. Los seres humanos no han causado las catástrofes climáticas ni la sexta extinción como especie; han sido las prácticas de explotación descontroladas del 1 % las que lo han hecho. No nos enfrentamos a las consecuencias antropogénicas de las acciones llevadas a cabo por el conjunto de la humanidad, sino a las consecuencias capitalogénicas de las acciones imprudentes del 1 %. Si no utilizo el término «Antropoceno», es también porque debemos superar el antropocentrismo para poder cultivar un futuro común con todas las formas de vida de la Tierra. La Tierra es para todos los seres vivos, no solo para los humanos.
El 1 % de los seres humanos que más CO₂ emiten contamina 1000 veces más que el 1 % que menos emite. Como indica el informe de Oxfam de 2023, las emisiones de carbono del 1 % más rico superan, por sí solas, a las de los dos tercios más pobres de la humanidad2. Esto se debe a que carecemos de perspectiva (ni de experiencia o conocimiento) sobre las consecuencias ecológicas y sociales de esta «economía de la codicia», y porque carecemos de discernimiento sobre las verdaderas soluciones a los verdaderos problemas ecológicos, el rechazo democrático mundial al dominio del 1 % esconde hoy en día una negación de la gravedad de las crisis ecológicas —que, sin embargo, amenazan la vida de una gran diversidad de especies, así como la de los miembros vulnerables de la comunidad humana.
Los desastres climáticos se suman a las consecuencias destructivas del colonialismo y del mal desarrollo, que anteponen el beneficio económico a la naturaleza y a las poblaciones. Está surgiendo un nuevo colonialismo verde a través del «greenwashing» : la crisis ecológica —por compleja y llena de interdependencias que sea— se reduce a una serie de crisis distintas y desconectadas, es decir, a síntomas unidimensionales; y se promueven ciegamente falsas soluciones con el objetivo de aumentar aún más los beneficios y el control ejercido sobre la Tierra, sus recursos y nuestras vidas.
Son los países del Sur3 los que, de manera desproporcionada, pagan el precio más alto por la destrucción ecológica, a pesar de ser los que menos han contribuido a ella. Son ellos quienes sufren las peores consecuencias de las inundaciones, las sequías, los ciclones y las olas de calor. He trabajado con comunidades afectadas por el enorme ciclón que arrasó el actual estado indio de Odisha en 1999, donde más de 10 000 personas perdieron la vida; pero también con las afectadas por las inundaciones masivas de Kedarnath en 2013, donde murieron 6054 personas; o por las inundaciones en el valle del río Rishiganga en 2021, que se cobraron 250 víctimas.
Las crisis medioambientales nos invitan a superar la arrogancia antropocéntrica que conduce a la guerra contra la Tierra y que hace que el 1 % se muestre completamente indiferente ante la destrucción de la diversidad y los procesos ecológicos. Sin embargo, para agravar aún más la situación, los contaminadores están ampliando y acelerando la destrucción al apropiarse ahora de los tratados internacionales sobre el medio ambiente —que precisamente se crearon para regular sus prácticas—. De este modo, están transformando dichos tratados en instrumentos que permiten crear nuevos mercados basados en la contaminación y los daños al medio ambiente.
Tres décadas de tratados internacionales sobre el clima
Desde la década de 1970, los movimientos ecologistas se han desarrollado como reacción a la destrucción ecológica provocada por un modelo de economía extractivista, al que se puede llamar sucesivamente «desarrollo», «crecimiento» o «globalización». La destrucción de la biodiversidad en los bosques, en los campos y en los océanos durante las últimas cuatro décadas —debido a la generalización de los monocultivos industriales en la silvicultura, la agricultura y la pesca— ha dado lugar a la aparición de movimientos de protección. La contaminación del aire y de la atmósfera ha alterado el clima, provocando tanto fenómenos climáticos extremos como cambios estructurales. Esta contaminación, procedente de los combustibles fósiles y de los productos químicos tóxicos derivados de ellos, dio lugar a la introducción de dos tratados internacionales sobre el medio ambiente, firmados por los gobiernos de todo el mundo durante la Cumbre de la Tierra celebrada en Río en 1992: el Convenio sobre la Diversidad Biológica, cuyo objetivo es conservar y proteger la biodiversidad; y la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Estos dos tratados están interrelacionados, al igual que lo están la biosfera y la atmósfera.
A la Cumbre de la Tierra le siguió la conferencia de Marrakech de 1994, en la que se creó la Organización Mundial del Comercio. La Cumbre de la Tierra, celebrada por tanto en una época anterior a la globalización y a la expansión del control de las empresas, respondía a preocupaciones ecológicas apremiantes, en un momento en que los movimientos ecologistas obligaban a los gobiernos nacionales y a las agencias internacionales a comprometieran con la protección del medio ambiente y de los pueblos indígenas.
El sistema de las Naciones Unidas creado tras la Segunda Guerra Mundial se basaba en el principio de «un país, un voto». En la Cumbre de la Tierra, los acuerdos sobre biodiversidad y clima fueron, por tanto, moldeados en gran medida por los países del Sur, ya que estos no solo albergan la mayoría de los 36 puntos críticos (hotspots) de biodiversidad esenciales para la supervivencia, sino también a más de 2000 millones de personas —entre las que se encuentran algunas de las más pobres del mundo— que dependen directamente de ecosistemas saludables para su subsistencia y bienestar.

El Convenio sobre la Diversidad Biológica tenía por objeto proteger y conservar a la vez la biodiversidad, los conocimientos de los pueblos indígenas y la soberanía de los países. Con el paso del tiempo, este convenio ha sido completamente cuestionado: las regulaciones destinadas a impedir la biopiratería se eluden hoy en día; las normativas en materia de bioseguridad se eluden mediante la cartografía genética asistida por ordenador y los organismos modificados genéticamente; y la destrucción de la biodiversidad se oculta masivamente, bajo el pretexto de las «compensaciones medioambientales». Esta transformación de los tratados internacionales sobre el medio ambiente, que se supone que deben responder a la crisis ecológica planetaria, se produce, por tanto, tanto a nivel ecológico como a nivel político-económico. Hoy en día, el ámbito internacional ya no es intergubernamental; ahora está controlado por los agentes de la globalización, es decir, por el 1 %.
Han transcurrido treinta años desde el despertar colectivo de la Cumbre de la Tierra de Río, y la erosión de la biodiversidad se ha convertido en una emergencia: ahora nos enfrentamos a un riesgo mundial de extinción. La crisis climática se ha convertido en una catástrofe climática, a pesar de las convenciones anuales sobre el clima de la Conferencia de las Partes (COP), que se reúnen para debatir estrategias y avances en la lucha contra el cambio climático.
La pendiente resbaladiza de la desregulación y la privatización
El cambio climático es una cuestión de justicia y una cuestión de vida o muerte. El tratado de las Naciones Unidas sobre el clima tenía como objetivo poner fin a la contaminación y a las injusticias climáticas, y era jurídicamente vinculante: los contaminadores debían dejar de contaminar y debían pagar. Los objetivos de reducción de emisiones fijados por el tratado se aplicaban originalmente a los 37 países industrializados —designados como tales en el anexo B de la COP3 de Kioto en 1997—, responsables de la contaminación relacionada con los combustibles fósiles. La primera fase del Protocolo de Kioto (adoptado en 1997, pero que no entró en vigor hasta 2005) exigía a los países ricos —los contaminadores históricos— que, entre 2008 y 2012, redujeran sus emisiones hasta un 5 % por debajo de los niveles de 1990. Sin embargo, en 2012, los contaminadores transformaron estas restricciones jurídicamente vinculantes en un mercado de la contaminación, mediante la Enmienda de Doha al Protocolo de Kioto.
Las dos reuniones más importantes de la COP se celebraron en Copenhague y en París, respectivamente en 2009 y en 2015. En 2009, el presidente estadounidense Barack Obama viajó a Copenhague y propuso desmantelar el marco jurídico existente para sustituirlo por simples compromisos voluntarios, y lo hizo con un pequeño grupo de países, al margen de las negociaciones de la COP. A continuación, ofreció una rueda de prensa y se marchó. Por eso, el presidente boliviano Evo Morales se levantó en la sala de negociaciones y declaró: «Estamos aquí para proteger los derechos de la Madre Tierra, no los derechos de los contaminadores». » Tomó la iniciativa de movilizar a ciudadanas y ciudadanos de todo el mundo para redactar una Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra, un proceso en el que participé4. Fue para esta Cumbre de Copenhague de 2009 por lo que escribí Soil Not Oil («Suelo, no petróleo»5). En aquel momento, también llevamos a cabo una amplia investigación participativa, titulada «El cambio climático para el tercer polo», en cuya ocasión realizamos una peregrinación al oeste del Himalaya para evaluar los efectos del cambio climático en las comunidades y los ecosistemas locales —habitantes que claramente no han contribuido a la contaminación que derrite sus glaciares y amenaza sus vidas con terribles catástrofes6.

La COP21, celebrada en París en 2015, marcó el fin de un marco jurídicamente vinculante. En ella solo se habló de compromisos «voluntarios». Y lo que es más importante, esta COP marcó el fin de los acuerdos de la ONU como acuerdos entre países —es decir, aplicables a través de sus gobiernos elegidos, responsables ante el pueblo—. El Acuerdo de París desplazó el el objetivo concreto y jurídicamente vinculante de reducir las emisiones de los verdaderos contaminadores hacia las promesas voluntarias de 196 países para mantener el aumento de las temperaturas medias mundiales por debajo de los 2 °C. La COP21 también puso en marcha un nuevo proceso de «resultados» y «decisiones» dirigido por multimillonarios como Bill Gates, al margen de las negociaciones oficiales entre los gobiernos.
Por su parte, la COP28, celebrada en 2023, fue presidida por el sultán Ahmed Al-Jaber, director de la Abu Dhabi National Oil Company, en la que BlackRock Inc., Eni SpA y KKR & Co Inc. poseen inversiones internacionales. El Sr. Al-Jaber es también presidente de Masdar, la principal empresa de construcción y materiales de construcción de Arabia Saudí. Era la primera vez en la historia de la Convención sobre el Clima —cuyo objetivo es reducir las emisiones debidas a los combustibles fósiles— que el director ejecutivo de un gigante petrolero presidía las negociaciones. De manera totalmente irónica, esta reunión sobre la reducción de emisiones se organizó en la capital mundial del petróleo, por lo que fue en pleno desierto donde se reflexionó sobre el futuro de la agricultura mundial.
Las empresas responsables de la contaminación por combustibles fósiles —tanto por su uso directo como a través de los productos químicos de la agricultura industrializada e intensiva— estuvieron ampliamente representadas en Dubái. Aunque la alimentación y la agricultura han sido ignoradas hasta ahora en la mayoría de las COP, el dominio de las empresas en cuestión sobre la agenda en materia de alimentación y agricultura fue totalmente evidente en la COP28.
La conferencia sobre el clima se inauguró con una sesión especial dedicada a la Declaración de los Emiratos Árabes Unidos sobre agricultura sostenible, sistemas alimentarios resilientes y acción climática. Los líderes de 134 países firmaron esta declaración histórica, cuyo objetivo (según sus propios términos) es fortalecer los sistemas alimentarios, desarrollar la resiliencia frente al cambio climático, reducir las emisiones mundiales y contribuir a la lucha contra el hambre en el mundo7. Los Emiratos Árabes Unidos solo prometieron 100 millones de dólares, al tiempo que se comprometieron a aportar 30 000 millones de dólares a un nuevo fondo de inversión verde, privado y con sede en Dubái, denominado Alterra, que se asociará con BlackRock y otras sociedades de gestión de activos para realizar «inversiones climáticas» en el hemisferio sur8.
La agroindustria —representada por ADM, Bayer, Cargill, Danone, Nestlé, Olam, Syngenta y Google—, que ha destruido de forma sistemática la biodiversidad de los suelos y el medio ambiente, ha lanzado una iniciativa destinada a hacer creer que va a contribuir a lo que denomina «agricultura regenerativa» . La Dairy Methane Action Alliance («Alianza Láctea de Acción sobre el Metano») ha sido creada conjuntamente por las grandes empresas lácteas y alimentarias (Danone, General Mills, Kraft Heinz, Nestlé, Bayer, Cargill, Louis-Dreyfus, Olam, Pepsi, Tyson y Yara) y las grandes empresas agrícolas, todas las cuales anuncian que esta iniciativa tiene como objetivo «descarbonizar» la producción alimentaria, a pesar de que sus actividades contribuyen al 50 % de la contaminación mundial asociada a los sistemas alimentarios industriales9.
Como es habitual, al final de la sesión sobre agricultura, Bill Gates subió al escenario para anunciar, en esta ocasión, una colaboración entre los Emiratos Árabes Unidos y la Fundación Bill y Melinda Gates, con un fondo de 200 millones de dólares destinado a los sistemas alimentarios, la innovación agrícola y la acción climática. Este fondo pretende así financiar la investigación agrícola, la difusión de innovaciones y la asistencia técnica para la aplicación de la declaración de la COP28. Como señaló The Guardian (también financiado por Gates): «La cuestión de la alimentación por fin se ha puesto sobre la mesa10».
La presente obra analiza las causas profundas del cambio climático. Explora los estrechos vínculos entre nuestra alimentación y el clima, y se pregunta si la falsa «innovación» alimentaria promovida por Bill Gates puede ser una solución a la malnutrición, al hambre en el mundo y al cambio climático —o si, por el contrario, no corre el riesgo de exacerbar estas crisis. Este libro propone también otras vías, que operan en armonía con la naturaleza (es decir, en consonancia con las leyes ecológicas de la naturaleza), y que son, de hecho, las verdaderas soluciones al cambio climático, ya que regeneran la Tierra al tiempo que garantizan la seguridad alimentaria.

Cómo las grandes fortunas han desviado las negociaciones climáticas
Bill Gates no es un gobierno; no es una «parte» en las negociaciones de la ONU. Pero en París, por primera vez, se presentó como el «amo» en la tribuna mundial, utilizando la COP para promover la geoingeniería, la ingeniería genética, así como (esto era nuevo) los alimentos falsos11, las «emisiones netas cero» y las compensaciones de carbono. Mediante la manipulación, Gates logró ocupar el lugar de los gobiernos elegidos y, por lo tanto, desplazar a la democracia. Ha sustituido el principio de «quien contamina paga» por el de «quien contamina es pagado», alegando falsas soluciones climáticas para crear nuevos mercados, acaparar nuevos bienes comunes y encontrar nuevas formas de ganar aún más dinero.
En los años posteriores a la COP21 de París, la agenda de las falsas soluciones no ha hecho más que ganar terreno. Bill Gates culpa a la naturaleza y a los agricultores, impulsando medidas en su contra que no harán más que agravar las crisis sociales y ecológicas. El Sol no es el problema; el problema es la contaminación. Por lo tanto, no es «ocultando el Sol» mediante la inyección de aerosoles en la atmósfera como se resolverá el calentamiento global. Del mismo modo, el enemigo número uno no son las vacas, sino las granjas industriales. Alimentar a las vacas con piensos a base de maíz y soja —con un elevado coste energético— es una fuente importante de contaminación; el problema no proviene del metano que producen las vacas al digerir. Los árboles tampoco son el problema, por lo que los «árboles artificiales» no pueden ser una solución al cambio climático. Durante el evento Climate Forward, celebrado en Nueva York en septiembre de 2023, Bill Gates, al ser interrogado por David Gelles, del New York Times, declaró que quienes piensan que los árboles absorben dióxido de carbono son idiotas: «¿Somos científicos o idiotas?12». Bill Gates presenta los sistemas industriales y mecánicos de captura de carbono como innovaciones tecnológicas. Pero los árboles artificiales en cuestión, que capturan el carbono mecánicamente, no pueden realizar la fotosíntesis; tampoco pueden producir alimentos y fibras, ni dar o mantener la vida , ya que no pueden crear humus ni suelo vivo, ni regenerar y conservar el agua. Nos encontramos aquí ante una mentalidad mecanicista que solo ve una única función e intenta sustituirla, sin tener en cuenta la diversidad de las demás funciones…
Además, el objetivo de «cero emisiones netas» no significa cero emisiones: se trata, de hecho, de ganar más dinero mediante un astuto juego financiero. El propio Bill Gates admitió que el cero del que habla no significa realmente cero: «Ninguna solución realista para volver a cero pasa por un abandono total de estos combustibles [fósiles] o por la interrupción de todas las demás actividades que producen gases de efecto invernadero (como la fabricación de cemento, el uso de fertilizantes o la evacuación de metano de las centrales que funcionan con gas natural) . Con toda probabilidad, en un futuro con cero emisiones de carbono, por el contrario, seguiremos emitiendo carbono, pero dispondremos de los medios para erradicar dichas emisiones13». La iniciativa Net Zero, presidida por el exgobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, habla de «cambiar para siempre las tuberías del sistema financiero », pero en realidad no es más que otra forma de que el 1 % gane aún más dinero «compensando» la contaminación mediante «créditos de carbono», todo ello basándose en datos económicos y científicos falseados. Las empresas financieras y contables están dispuestas a poner en marcha la infraestructura financiera para este Net Zero. Según un informe de McKinsey sobre la transición hacia las cero emisiones netas: «Estimamos que el gasto mundial en activos físicos en el marco de esta transición ascendería a unos 275 billones de dólares, entre 2021 y 205014».

Las profundas conexiones entre biodiversidad, clima, alimentación y salud
La crisis de la biodiversidad, la crisis climática y la crisis alimentaria y sanitaria constituyen una única y misma crisis planetaria, ya que la biosfera y la la atmósfera son sistemas íntimamente relacionados dentro de nuestra Tierra viva. La biosfera ha creado y regulado el sistema climático de la Tierra. Y esta misma biosfera, a su vez, se sustenta gracias a los ciclos alimentarios y a los diversos flujos de alimentos, que son la moneda de cambio de la vida entre las especies y los ecosistemas. Así, el ciclo del carbono es un ciclo alimentario. Lo que circula en los sistemas vivos es la nutrición. Y el ciclo fundamental de la vida es, por tanto, el ciclo nutricional. Comienza con la absorción del dióxido de carbono presente en la atmósfera, que se produce mediante la fotosíntesis con ayuda de la luz solar. A continuación, las plantas transforman el carbono atmosférico en hidratos de carbono. Y así, el carbono vuelve a la biosfera, alimentando la biodiversidad de las plantas y la biodiversidad de los suelos. Posteriormente, los animales (lo que incluye a los seres humanos) se alimentan de las plantas y emiten dióxido de carbono. Este es el ciclo del carbono. El cambio climático es consecuencia de la ruptura de este ciclo, provocada por los combustibles fósiles.
El paso de sistemas alimentarios basados en la biodiversidad a sistemas alimentarios basados en el petróleo y otros combustibles fósiles, así como en los productos químicos derivados de ellos, ha alterado los ciclos ecológicos de la Tierra. Este paradigma de extractivismo lineal, generador de residuos, contamina tanto las aguas como los suelos, la atmósfera y nuestra alimentación. La capacidad de la Tierra para regular su clima a través de la biosfera y la biodiversidad se ve así perturbada por la contaminación debida a los combustibles fósiles y a su uso derivado en forma de productos petroquímicos. Esta contaminación genera lo que se conoce como gases de efecto invernadero, cuyos niveles no han dejado de aumentar desde el inicio de la era industrial.
La contaminación de la atmósfera por las emisiones de gases de efecto invernadero (dióxido de carbono, óxido nitroso, metano…) es una de las principales causas del cambio climático; y la producción alimentaria industrializada y globalizada es responsable del 50 % de estas emisiones. El «Cartel del veneno15» ya ha atrapado a los y las campesinas de todo el mundo en un sistema agrícola energívor, químico y capitalista, que hoy en día provoca profundas crisis agrarias, alimentarias y sanitarias. La era del petróleo ha transformado por completo nuestros sistemas alimentarios. Ahora comemos petróleo: desde la producción de los alimentos hasta su distribución, pasando por la transformación industrial y los envases de plástico. Por un lado, la energía nociva (junk energy) de los combustibles fósiles perjudica el metabolismo terrestre y provoca desastres climáticos; por otro, los alimentos nocivos (junk food), ultraprocesados, alteran el metabolismo humano y provocan una pandemia de enfermedades crónicas.
Los trastornos climáticos son tales que las catástrofes naturales (como las inundaciones y las sequías) se vuelven extremas y cada vez más frecuentes, lo que a menudo provoca malas cosechas, que agravan la inseguridad alimentaria. Los monocultivos industriales son más vulnerables a tales trastornos que los modos de agricultura indígena —diversificada y artesanal—. Y las estimaciones mundiales revelan que, para 2050, 3500 millones de personas sufrirán inseguridad alimentaria, es decir, 1500 millones más que en la actualidad16. El aumento de la temperatura, combinado con la alteración de los ciclos hidrológicos, ha tenido consecuencias nefastas para nuestros sistemas alimentarios. Entre 2021 y 2022, los agricultores y agricultoras del golfo de Bengala se vieron afectados por múltiples ciclones (Yaas, Gulab, Jawad, Asani y Sitrang), que destruyeron por completo sus cosechas en pie. En 2023, la falta de lluvias provocó una sequía que afectó a las plantaciones de arroz y a tubérculos como la cúrcuma y el taro. El 18 de junio, en el norte de la India, varios distritos del desértico estado de Rajastán se vieron azotados por el ciclón tropical Biparjoy, que diezmó la fauna local, incluidas las poblaciones de aves, lo que provocó graves daños en los campos, ya que la población de insectos nocivos se desarrolló entonces de forma descontrolada. En el valle de Doon, en el montañoso estado de Uttarakhand donde crecí, mientras que hace diez años los cultivos de legumbres como la alubia negra (urad), la alubia de arroz (navrangi), las lentejas rojas (masoor) o la alubia mungo (moong) aún estaban en pleno auge, hoy en día han desaparecido prácticamente debido a las recurrentes lluvias torrenciales. Por el contrario, en 2024, la ausencia de lluvias invernales arruinó las cosechas de trigo y mostaza. La región de Vidarbha, en el estado de Maharashtra, también se enfrentó a los efectos del cambio climático en 2023, cuando unas lluvias monzónicas inusuales descargaron en un solo día el equivalente a la mitad de las precipitaciones anuales locales. Estas fuertes lluvias destruyeron los cultivos de soja y algodón, y el 35 % de las explotaciones afectadas ni siquiera pudieron volver a sembrar.

La alimentación se encuentra, por tanto, actualmente en el centro del debate sobre el clima, tanto por los efectos de las catástrofes climáticas sobre la agricultura, como por los esfuerzos concertados del 1 % para erradicar las pequeñas explotaciones —y a los y las campesinas con ellas— mediante la financiación activa de una producción alimentaria basada en los combustibles fósiles y la tecnología. Bill Gates y los gigantes tecnológicos de Silicon Valley están invirtiendo masivamente en empresas que fabrican alimentos artificiales, así como en la compra de tierras agrícolas. Hasta tal punto que Bill Gates se ha convertido hoy en día en el mayor propietario de tierras agrícolas de Estados Unidos17.
Las falsas soluciones promovidas frente al cambio climático, que adoptan en particular la forma de alimentos artificiales fabricados en laboratorio, están dando lugar a una distopía: la de una agricultura sin agricultoras y de alimentos producidos lejos de los campos. Pero estos alimentos de laboratorio, en la medida en que su producción requiere grandes cantidades de materias primas, recursos y energía, contribuyen aún más al aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. Acelerar y llevar cada vez más lejos esta lógica industrial de una producción, transformación y distribución de alimentos voraz en recursos y energía no hará más que aumentar la centralización y el control del sistema alimentario mundial por parte de las empresas, acelerando así aún más la perturbación de la Tierra y de sus sistemas climáticos.
Regenerar la Tierra
Sin embargo, existe otro camino. Un camino que se traza caminando de la mano de la Tierra: siguiendo sus leyes ecológicas (la ley de la diversidad y la ley de la reciprocidad); reduciendo la distancia entre productoras y consumidoras; y desindustrializando y desglobalizando los sistemas alimentarios, con el fin de reducir las emisiones y mejorar la salud. Este camino ofrece soluciones tanto a la crisis climática como a la crisis de la biodiversidad y a las crisis alimentaria y sanitaria. Porque la salud del planeta y la nuestra están íntimamente ligadas.
Regenerar la Tierra mediante el cuidado es nuestro deber ético y ecológico. Es en la regeneración donde residen el potencial, el poder y la promesa de sanar el planeta y a la humanidad. Las leyes ecológicas han garantizado la perpetuación de la vida en la Tierra a lo largo de las diferentes etapas de su evolución, y es respetando estas leyes como funcionan las economías de subsistencia circulares —basadas en sistemas alimentarios locales, artesanales, biodiversificados y libres de productos químicos—, fomentando el reciclaje. Estos mismos procesos de regeneración de la biodiversidad, que producen alimentos saludables, también permiten hacer frente al cambio climático, al eliminar las emisiones procedentes de los combustibles fósiles y de los productos químicos derivados de ellos (utilizados masivamente en el marco de una producción voraz, pero también para el transporte de larga distancia y la transformación industrial). La vía ecológica, democrática y humana para luchar contra el cambio climático consiste en cultivar y consumir alimentos auténticos y saludables, que permitan regenerar la biodiversidad al tiempo que se crean economías alimentarias ecológicas, locales y circulares. Las soluciones artificiales propuestas por la industria alimentaria no harán más que agravar el hambre en el mundo, desviando los alimentos de las poblaciones hacia los laboratorios alimentarios; exactamente igual que el desvío de los alimentos para consumo humano hacia la alimentación animal y los biocombustibles ya ha agravado el hambre en el mundo en las últimas décadas. Además, estas soluciones artificiales agravarán el cambio climático al aumentar el consumo de energía, y favorecerán la aparición de enfermedades debido a la ultratransformación de los alimentos mediante ingredientes sintéticos.
La agricultura sin combustibles fósiles ni productos químicos, junto con la devolución de la materia orgánica al suelo, permite que florezca la biodiversidad del suelo; y la simbiosis entre las plantas y los organismos del suelo (como los hongos micorrízicos) produce alimentos más saludables. Cuando los hongos aportan minerales a las plantas, aumenta la fotosíntesis, lo que permite un mejor crecimiento al tiempo que nutre a los organismos del suelo. Los ciclos degenerativos se transforman entonces en ciclos regenerativos. La red de la vida nos nutre; y cuando nos integramos en las múltiples redes alimentarias naturales, alimentamos a cambio a la red de la vida.
Las ciencias ecológicas y la medicina ecológica reconocen que nuestra salud depende de la de nuestra microbiota intestinal, cuya destrucción es la causa de la mayoría de las enfermedades crónicas. Una alimentación sana y biodiversificada favorece una flora intestinal sana; y una alimentación sana crece en un suelo sano, es decir, rico en materia orgánica y rebosante de múltiples formas de vida. La agricultura ecológica regenerativa (que se basa en una gran biodiversidad y en el poder de la fotosíntesis) permite absorber más dióxido de carbono de la atmósfera, siguiendo así el camino trazado por la propia naturaleza para limitar el calentamiento global. Un tercio del carbono fijado por una planta se devuelve al suelo en forma de exudado. Los suelos orgánicos, ricos en biodiversidad, contribuyen asimismo a la riqueza nutricional de los alimentos; y, por ende, también a la calidad de nuestra alimentación y a nuestra salud.

Los hongos micorrízicos almacenan cada año en el suelo más del 30 % de las emisiones fósiles mundiales. Y las lombrices, por su parte, son también importantes motores de la producción alimentaria mundial, ya que contribuyen aproximadamente al 6,5 % del rendimiento de los cereales. Además, participan en la salud de los suelos y en la resistencia al cambio climático. Los suelos que contienen lombrices se drenan entre 4 y 10 veces más rápido que aquellos que carecen de ellas, y su capacidad de retención es un 20 % superior. Los turrículos, esos excrementos superficiales de las lombrices, que pueden representar entre 10 y 90 toneladas por hectárea, contienen cinco veces más nitrógeno que la tierra, siete veces más fósforo, tres veces más magnesio, once veces más potasio y una vez y media más calcio. Su labor de remoción del suelo favorece la actividad microbiana, esencial para la vida del suelo.
Desde hace al menos un siglo, la humanidad se ha preocupado principalmente por construir las infraestructuras de la era del petróleo. Co-crear las infraestructuras de la vida, junto con la Tierra y todos los seres vivos, debe convertirse en nuestro compromiso para el siglo que viene. En numerosas culturas, los conocimientos científicos tradicionales reconocen los vínculos entre la ecología, la agricultura, la alimentación y la salud —algo que la ciencia mecanicista ha dejado totalmente de lado.
Debemos volver a conectar la justicia terrestre con los derechos humanos, y reconocer que el sufrimiento de la Tierra está vinculado al sufrimiento de los pueblos. Es hora de establecer el vínculo entre la crisis climática, la crisis de la biodiversidad y el sistema alimentario industrial. Es hora de ver que la alimentación ultraprocesada se basa en un sistema voraz de combustibles fósiles, productos químicos y diversos recursos. Y que este sistema, que provoca trastornos metabólicos en los seres humanos, conduce también al trastorno metabólico de la Tierra —cuyo síntoma es el cambio climático—. En el origen de esta crisis múltiple e interconectada se encuentra una mentalidad mecanicista y militarista, un monocultivo del espíritu que reduce a la Tierra viva, biodiversa y autoorganizada a una simple materia prima destinada al enriquecimiento de algunos seres humanos. Es hora de reconocer la diferencia entre, por un lado, la falsa ciencia y las falsas soluciones propugnadas por el 1 %; y, por otro, las ciencias ecológicas profundas de los sistemas vivos, y las verdaderas soluciones ecológicas a las crisis reales e interconectadas a las que nos enfrentamos.
Para cambiar de paradigma, es necesario ir más allá del colonialismo climático y de las múltiples negaciones respecto a los trastornos climáticos en curso. Esto significa que debemos emprender el camino de la regeneración de la Tierra, como miembros de la familia terrestre —como comunidades interconectadas y entrelazadas en una gran red de vida próspera y viva en sí misma. En otras palabras, debemos buscar la justicia climática y la libertad alimentaria en nuestra vida cotidiana, en todas partes: reapropiarnos de nuestros alimentos, reapropiarnos de la Tierra y, de este modo, reapropiarnos de nuestras vidas, nuestras libertades y nuestro futuro.
Imagen principal: Acaparamiento de tierras, pintura de Federico Boyd Sulapas Domínguez y JPS.
Notas
- En consonancia con la perspectiva ecofeminista de Vandana Shiva, optamos por traducir los nombres genéricos en femenino con un punto medio.
- «Igualdad climática: un planeta para el 99 %», Oxfam Francia, 20 de noviembre de 2023.
- Nota del traductor: Traducimos South al plural, para subrayar la diversidad de realidades, condiciones de vida y dominaciones sufridas en los «países del Sur ».
- Para más detalles, remito a mis dos libros: Reclaiming the Commons: Biodiversity, Indigenous Knowledge, and the Rights of Mother Earth (Synergetic Press, 2020) y Origin: The Corporate War on Nature and Culture (Natraj Publishers, 2018).
- Vandana Shiva, Soil Not Oil, South End Press, 2008.
- Vandana Shiva y Vinod Kumar Bhatt, Climate Change at the Third Pole: The Impact of Climate Instability on Himalayan Ecosystems and Himalayan Communities, Navdanya/ RFSTE, 2009.
- «Declaración de la COP28 de los EAU sobre agricultura sostenible, sistemas alimentarios resilientes y acción climática», www.cop28.com/en/food-and-agriculture
- Joe Lo, «¿Qué es Alterra, el fondo de inversión verde de 30 000 millones de dólares de los EAU? », Climate Home News, 10 de diciembre de 2023.
- «La “davosización” de la COP sobre el clima», GRAIN, 15 de febrero de 2024.
- Whitney Bauck, «“La alimentación por fin está sobre la mesa”: la COP28 abordó la agricultura de manera realista», The Guardian, 17 de diciembre de 2023.
- Nota del traductor: A lo largo de su libro, Vandana Shiva utiliza la expresión fake food para referirse a los alimentos artificiales y sintéticos, que algunas multinacionales y start-ups sueñan con producir masivamente en laboratorio. Hemos decidido mantener su expresión original y traducirla como «comida falsa» o «alimentación falsa», según el contexto.
- «¿Puede plantar árboles ayudar realmente a combatir el cambio climático?», Al Jazeera, 3 de octubre de 2023; Gabriel Labbate, «Bill Gates causó revuelo con sus declaraciones sobre el cambio climático: he aquí por qué tiene razón —y lo que la mayoría de la gente pasó por alto», Fortune, 16 de noviembre de 2023.
- Bill Gates, Climat : comment éviter un désastre. Les solutions actuelles, les innovations nécessaires, trad. R. Clarinard, Flammarion, 2021.
- McKinsey Global Institute, «The net-zero transition: What it would cost, what it could bring», enero de 2022, www.mckinsey.com
- Nota del traductor: En su obra anterior, Memorias terrestres, Vandana Shiva explica que denomina «Cartel del veneno» a las empresas que fabricaron «los productos químicos que mataron a personas en los campos de concentración y en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial, [y que] siguen vendiendo esos productos químicos como productos agroquímicos, provocando una pandemia de cánceres ». Véase Vandana Shiva, Mémoires terrestres, trad. M. Schaffner, Rue de l’échiquier/Wildproject, 2023 [2022], p. 119.
- Institute for Economics and Peace, «Over one billion people at threat of being displaced by 2050 due to environmental change ,conflict and civil unrest», PRNews-wire.com, 9 de septiembre de 2020.
- Darren Orf, «The truth about why Bill Gates keeps buying up so much farmland», Popular Mechanics, 18 de enero de 2023; véase también Nick Estes, «Bill Gates is the biggest private owner of farmland in the United States. Why ?», The Guardian, 5 de abril de 2021.
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