Emmanuel Todd (LE MONDE DIPLOMATIQUE), 6 de noviembre de 2026
Los ensayistas neoconservadores y la mayoría de los medios contraponen un eje de potencias autoritarias (China, Rusia, Irán y Corea del Norte) a la alianza de las democracias liberales. ¿Qué hay de cierto en esta dicotomía? Al historiador Emmanuel Todd, que la cuestiona, rara vez se le invita a exponer sus análisis. También se pregunta por la posible relación entre las amenazas estadounidenses y el fortalecimiento del autoritarismo en los países que están en el punto de mira de Occidente.

Los platós de televisión están, una vez más, desesperados: Donald Trump vuelve a tratar sádicamente a Volodímir Zelenski y ha retomado su amistad con Vladímir Putin. Para explicar este giro del “hombre más poderoso del mundo” se señalan como factores el precio del diésel y la proximidad de las elecciones estadounidenses de mitad de mandato. Como es habitual, impera el más estricto cortoplacismo. Por lo general, estas explicaciones se acompañan de lamentos sobre la afinidad ideológica entre el presidente ruso y el estadounidense, de un alud de juicios morales sobre el traicionero Trump y de la exigencia de un compromiso aún mayor con Ucrania por parte de los europeos. Se toma a Emmanuel Macron, líder de la “coalición de voluntarios”, otra vez en serio, mientras su propio país, magistralmente desorganizado por una disolución, se hunde en el caos. Esta “tercera guerra mundial” se distingue de las dos anteriores por un estado de confusión interpretativa sin precedentes históricos.
En 1914 se sabía quién luchaba contra quién, por más que en 1915 Italia abandonase la alianza con Alemania y Austria-Hungría para combatirlas junto a Francia, Reino Unido y Rusia. En 1917, la entrada de Estados Unidos en la guerra y la salida de Rusia alteraron el escenario, pero con claridad: Estados aliados o enemigos; un mundo sangriento pero simple. Aunque sin coherencia ideológica: la Rusia de los zares era la aliada de las democracias francesa y británica frente a los “imperios centrales”.
Entre 1939 y 1945 también se sabía quién luchaba contra quién. Los bandos eran en líneas generales los mismos, con una Italia que, esta vez, cambió de bando tras el colapso del régimen de Benito Mussolini en julio de 1943. Aquí sí cabe hablar de ideología, con la salvedad de que el liberalismo —británico, francés o estadounidense— se alió con el comunismo soviético frente al nazismo alemán, el fascismo italiano y el militarismo japonés. Durante esta Segunda Guerra Mundial, fue la Unión Soviética y no Francia la que soportó el peso principal del ataque alemán y la que, como entonces se pensaba, “salvó la civilización”.
Cuando se dice que Trump es capaz de aliarse con Putin para ganar unas elecciones, nos situamos en otro universo conceptual. ¿Se puede hablar siquiera de guerra mundial? El número de muertos solo resulta significativo en Ucrania y, por supuesto, en Gaza. En Irán únicamente sus dirigentes, masacrados en dos ocasiones, han sufrido un número de bajas que recuerda a la guerra de trincheras o a las operaciones de la Wehrmacht en las llanuras rusas en 1941. Hoy en día, los paladines europeos de Occidente financian y arman, pero no combaten. En Oriente Próximo, los estadounidenses apenas toleran unas pocas decenas de muertos. Semejante guerra —asimétrica, librada con medios tecnológicamente superiores o mercenarios locales— remite más bien a las guerras coloniales de antaño.
Aterradora hipótesis politológica
¿Por qué afirmar entonces que la guerra es mundial? Porque existen dos bloques cuyo enfrentamiento va a trastocar el equilibrio del mundo. La derrota que está sufriendo Occidente es el resultado de su debilidad industrial, consecuencia a su vez de una globalización que ha financiarizado su economía. Rusia, Irán y China, y también Corea del Norte, demuestran ser capaces de producir muchas más armas. Volvemos a encontrarnos aquí ante la ecuación fundamental de los dos conflictos mundiales anteriores, que fueron tanto enfrentamientos económicos como carnicerías. Con una salvedad: la superpotencia industrial aún no involucrada en el enfrentamiento armado es China y no Estados Unidos. Acabamos de descubrir que los motores de los nuevos drones a reacción rusos son chinos. ¿Es China el arsenal de las dictaduras, al igual que Estados Unidos lo fue de las democracias?
Llegamos así a la cuestión central, la que nos permitirá salir de la confusión interpretativa. ¿Es la alianza entre Rusia, Irán, China y Corea del Norte comparable a alguno de los sistemas que estructuraron la Primera y la Segunda Guerra Mundial? ¿Y qué es el bloque occidental? ¿Una alianza entre Estados Unidos, los países europeos, Japón y Corea del Sur frente a un “eje del mal”, o algo completamente distinto?
En el caso de Rusia, Irán, China y Corea del Norte nos encontramos, en efecto, todavía en un mundo de Estados e incluso, fundamentalmente, de Estados-nación, en los que un pueblo, un Estado y un gobierno constituyen un todo unificado.
Los pueblos de Europa continúan la guerra en nombre de los Estados Unidos del pasado
De hecho, comparten un mismo ideal de soberanía, la cual defienden frente a la voluntad de hegemonía de Estados Unidos. Su concepción defensiva se basa en el rechazo, en la práctica, del paradigma estadounidense: una única potencia, Estados Unidos, pretende regir la organización económica y los valores del mundo; estos Estados-nación se oponen a ello.
Los cuatro regímenes pueden definirse como “autoritarios”. ¿Es un denominador común ideológico suficiente? ¿Acaso el ateísmo chino, la ortodoxia rusa, el chiismo iraní y el culto de tintes étnicos profesado a la familia Kim forman parte realmente de un mismo grupo cultural? Más seriamente, ¿cabe meter en el mismo saco el totalitarismo norcoreano, el sistema de partido único chino, el presidencialismo putinista y el “régimen de los mulás” iraní? La intensidad del control estatal sobre los individuos varía mucho en cada caso. La libertad de circulación, por ejemplo, permanece intacta en Rusia. El régimen iraní resulta especialmente difícil de definir: surgido de una revolución religiosa, multiplicó las instituciones concebidas para contrapesarse mutuamente bajo la autoridad reguladora de un “líder supremo”. El pluralismo electoral controlado por este estaba destinado, a mi juicio, a evolucionar hacia una auténtica democracia una vez cesaran las agresiones occidentales. Sin embargo, tal como me explicó un diplomático iraní a principios de la década del 2000, los ataques estadounidenses siempre terminan reforzando, a la vez, la posición estratégica de Irán y al bando conservador del país. La agresión pone, una y otra vez, el sentimiento nacional al servicio del autoritarismo. Acabamos de presenciar un ejemplo extremo de ese mecanismo tras la decapitación del régimen por el ataque israelí-estadounidense.
El vínculo antropológico general entre el sistema familiar antiguo y el temperamento político actual me lleva a dar por buena esta visión: el sistema familiar central de Irán es nuclear —como el de la cuenca parisina o el del mundo anglosajón— y tiene un rasgo patrilineal (1) que, sin embargo, no es tan potente como se suele creer. El lugar que ocupan las mujeres iraníes en el desarrollo educativo lo demuestra, así como su fecundidad, que desde hace veinte años se sitúa en el mismo nivel que el de las francesas. Por el contrario, la familia rusa es comunitaria —es decir, autoritaria e igualitaria—, con un predominio del rasgo igualitario de las relaciones entre hermanos sobre el rasgo autoritario de las relaciones entre padre e hijo. Así se explica la capacidad de Rusia para hacer dos revoluciones en el siglo XX: el derrocamiento del régimen de los zares en 1917 y del régimen comunista entre 1989 y 1991. La familia china también es comunitaria, pero con un predominio del rasgo vertical autoritario que explica la resiliencia del Partido Comunista chino. La familia troncal coreana no es igualitaria, y allí el comunismo ha adquirido un carácter dinástico.
Una idea me viene a la cabeza. ¿Y si el fortalecimiento del autoritarismo en Rusia bajo Putin fuera consecuencia, al igual que en Irán, de la amenaza estadounidense? El Estado ruso se ha visto obligado a protegerse frente a las intervenciones occidentales llevadas a cabo por organizaciones “no gubernamentales” auspiciadas, por ejemplo, por la Central Intelligence Agency (CIA). Desarrollemos hasta el final esta aterradora hipótesis politológica: en un régimen de hegemonía estadounidense es posible que la soberanía nacional solo pueda preservarse a través de un sistema político autoritario.
Esta hipótesis sobre las condiciones de la soberanía nos ayuda también a comprender la naturaleza del bando occidental. Sus regímenes políticos son sin duda pluralistas, pero definir el bloque como una alianza de Estados-nación soberanos resultaría del todo ridículo.
Para empezar, porque la mayoría de los países “aliados” de Estados Unidos, miembros de la Unión Europea, se adhieren explícitamente a una ideología que defiende la superación del Estado-nación, renunciando al concepto de soberanía. Se trata de un proyecto bastante avanzado. Un país miembro, por ejemplo Francia, al pertenecer a la zona euro y aceptar que “Europa” (en realidad una zona de dominación difusa de Alemania) controle su política comercial, carece ya de soberanía económica. Las próximas elecciones presidenciales no serán más que una farsa si la pertenencia a la Unión Europea le impide de antemano al presidente francés toda clase de acción económica en un periodo de debacle industrial y presupuestaria. Para el experto en geopolítica, Francia representa el caso fascinante de un Estado que pierde su soberanía pese a poseer el arma nuclear.
Consideremos, de manera esquemática pero en su conjunto, Europa occidental. En ella, clases medias altas distanciadas de los sectores populares mediante diversos mecanismos educativos, religiosos y económicos han renunciado al concepto de soberanía, en un movimiento unificado de adhesión a Europa y al atlantismo (2). Esta estructura de las sociedades europeas define la naturaleza geopolítica del bando occidental y explica la forma, sumamente sorprendente, que adopta su disolución, resultado de la derrota de Estados Unidos frente a Rusia e Irán.
Una plutocracia pluralista
El bloque occidental —de manera evidente desde Nicolas Sarkozy y el retorno de Francia a la OTAN— es el espacio de dominación militar, política y cultural estadounidense; un conjunto imperial en el que las clases medias altas han renunciado al ideal de soberanía. El pluralismo interno de los regímenes políticos europeos no es más que un espejismo. En toda Europa, clases medias altas impulsadas por la ideología de los valores occidentales y controladas por el sistema político-militar atlantista se proponen resistir a partidos populares que los medios de comunicación oficiales describen como de extrema derecha o de extrema izquierda.
Estados Unidos, amo del sistema, sigue siendo auténticamente pluralista, aunque la financiación masiva de su vida política por parte de las clases altas ha convertido al país en una plutocracia pluralista. De ese modo, multimillonarios del petróleo, la tecnología y las finanzas se enfrentan en un juego que garantiza la posibilidad de verdaderos cambios de rumbo, en el ámbito geopolítico sobre todo.
Las oscilaciones de Trump son, a este respecto, bastante fáciles de explicar (3). Llega al poder como un presidente marcado por la derrota e intenta (fase 1) salir de la guerra en Ucrania, ocultando el fracaso de Estados Unidos mediante una estrategia de distracción: trato sádico a Zelenski y humillación de los europeos, amenazas contra Canadá, Cuba, etc. Sin embargo, en mayo de 2025, con la elección de Friedrich Merz, belicista y rusófobo, los estrategas de Washington tienen la sensación de que, gracias al compromiso industrial de Alemania, es posible reanudar una guerra de desgaste a bajo coste contra Rusia (fase 2). Así, el pasado junio, Trump le ordena a John Ratcliffe, director de la CIA, que ayude a los ucranianos a atacar las refinerías de petróleo rusas. A partir de julio, los ataques se intensifican. Renace la esperanza en los platós de televisión. El bando occidental parece recuperar su unidad antirrusa. Sin embargo, el espectacular éxito en enero del secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro —parte de la estrategia de distracción— ha cegado incluso al propio Trump sobre las capacidades de Estados Unidos. En febrero de 2026, lanza la operación —llamada con propiedad Furia Épica— que ha iniciado el fiasco iraní. El agotamiento de las reservas de misiles estadounidenses, el fortalecimiento de la industria militar rusa y la coordinación de los recursos rusos, iraníes y chinos crean una situación de emergencia (fase 3). El estrecho de Ormuz queda bloqueado; la economía occidental se tambalea. La debacle se cierne sobre una Ucrania martirizada. Es necesario abandonar a Kiev, y cuanto antes, dado que 2027 será probablemente el año del desenlace. Trump, una vez más, necesita una maniobra de distracción: sadismo 2.0 con Zelenski y compadreo 2.0 con Putin. Jugadores de ajedrez, los rusos aceptan de nuevo ayudar al presidente estadounidense en su número de ilusionismo.
Hemos planteado los conceptos de base. Ha llegado el momento de entender, en tan solo unas frases, el comportamiento de esos dirigentes europeos que quieren mantener a sus pueblos en esa confrontación con Rusia y conducirlos de nuevo a la pobreza. Continuar la guerra en nombre de Europa: esa es la broma.
En antropología existe un principio cartográfico sobre el conservadurismo de las zonas periféricas: si una innovación define a un centro de difusión, las zonas periféricas observables en el mapa, no alcanzadas por dicha innovación, representan el estado anterior del sistema. El actual presidente de Estados Unidos, con su oscilante conciencia de la derrota, es la innovación. Es el centro. Los dirigentes europeos son la periferia. No lo han entendido; van retrasados. Quieren continuar la guerra, pero no para proteger a Europa. Son el partido estadounidense de otro tiempo, que aquí continúa al mando: un arcaísmo en un imperio en proceso de desintegración. Los pueblos de Europa continúan la guerra en nombre de los Estados Unidos del pasado.
(1) Identidad, privilegios y apellido se transmiten de padre a hijo.
(2) Sobre las causas y las consecuencias de esa renuncia, véase L’Illusion économique, Gallimard, París, 1998, y Après la démocratie, Gallimard, 2008.
(3) Cf. La Dislocation, Gallimard, 2026.
(4) Identidad, privilegios y apellido se transmiten de padre a hijo.
(5) Sobre las causas y las consecuencias de esa renuncia, véase L’Illusion économique, Gallimard, París, 1998, y Après la démocratie, Gallimard, 2008.
(6) Cf. La Dislocation, Gallimard, 2026.
Emmanuel Todd Historiador y antropólogo. Autor de La Dislocation. Conversations avec Diane Lagrange, Gallimard, París, septiembre de 2026.
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