Millaray Huaquimilla Neyra, secretaria ejecutiva del Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz (ICAL) (INSTITUTO TRICONTINENTAL DE INVESTIGACIÓN SOCIAL), 31 de Octubre de 2026
Pensar hoy el socialismo exige afirmar que la crisis orgánica chilena sólo podrá resolverse mediante una alternativa antioligárquica, popular y socialista.
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Arte de El Cometa Ludo (Chile). Cortesía del artista.
I. La proscripción de la hipótesis socialista
Durante más de tres décadas, bajo la transición negociada y la democracia tutelada por la Constitución de 1980, asistimos a una operación ideológica metódica: la proscripción de la hipótesis socialista del debate público. No fue sólo jurídica, sino sobre todo cultural y semántica. El neoliberalismo chileno no sólo privatizó los derechos sociales; cercenó nuestra imaginación política.
Uno de aquellos escollos fue el jurídico: una Constitución tramposa, redactada a puertas cerradas por la Comisión Ortúzar, con el Congreso clausurado y miles de chilenos detenidos y desaparecidos por la dictadura cívico-militar.
Esta Constitución pétrea, mediante principios como la subsidiariedad del Estado solo admitió un modelo económico: el neoliberal, sistema que hizo de Chile uno de los países más desiguales del mundo. A esta condena económica, se sumaron los «candados» de la democracia: quórums supramayoritarios de dos tercios para reformar sus capítulos centrales como los respectivos a derechos sociales. Durante treinta años, cada intento de consagrar derechos como la vivienda o el aborto chocaron con la respuesta de que era inconstitucional, y ninguna coalición alcanzó jamás esa proporción. La dictadura lo sabía muy bien.
En este repliegue, la hegemonía dominante instaló un dogma asfixiante: la única política posible era la gestión eficiente de lo existente. El «socialismo» fue sustituido por la etiqueta amable, pero sin filo transformador, del «progresismo». Tomás Moulian caracterizó este nudo ciego:
El transformismo del sistema político chileno operó desarmando los imaginarios de ruptura y sustituyendo la voluntad de soberanía popular por una mitología del consumo y de la gobernabilidad tecnocrática. La democracia fue reducida al ritual del voto mientras las decisiones sobre la vida y el trabajo quedaban blindadas por el fetiche del mercado. (Chile actual: anatomía de un mito, 1997).
Pensar el socialismo hoy exige romper este chantaje ideológico y afirmar que la administración compasiva del modelo llegó a su límite histórico y que la crisis orgánica chilena solo encontrará cauce en una alternativa anti-oligárquica, popular y socialista.
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Arte de El Cometa Ludo (Chile). Cortesía del artista.
II. La ruptura con el progresismo sin horizonte
¿Por qué el progresismo es insuficiente frente a las demandas de la clase trabajadora? Porque opera bajo la ilusión de que el Estado es un instrumento neutro, modificable con ajustes normativos que no tocan la matriz de acumulación ni la relación capital-trabajo. Al desvincular las conquistas inmediatas del poder popular, termina neutralizando a las fuerzas movilizadas: si las reformas no cuestionan la propiedad de los medios de producción ni los pilares del capital financiero, son cooptadas o revertidas por la contraofensiva de las clases dominantes.
Es lo que vive hoy Chile bajo el gobierno de José Antonio Kast. La oligarquía no solo resguarda sus intereses: disciplina al pueblo con recortes sociales, el cobro compulsivo del Crédito con Aval del Estado y el traspaso de los costos del mercado a las familias. Castiga así derechos conquistados tras años de lucha. Es la restauración pinochetista, ya sin la pose de “fundamento intelectual” que alguna vez tuvo, es la comedia total y el descaro en la administración del Estado.
Respecto al progresismo, Luxemburgo lo advirtió en su polémica con Bernstein:
Quien se pronuncia por la vía de la reforma legal en lugar y en oposición a la conquista del poder político y a la transformación de la sociedad, no elige un camino más tranquilo, seguro y lento hacia el mismo fin, sino un fin diferente: no la consecución de un nuevo orden social, sino meras modificaciones secundarias en el viejo orden. (Reforma o revolución, 1899).
No se trata de despreciar las reformas. Para el marxismo, reforma y revolución son momentos de una misma unidad dialéctica: la lucha por la jornada laboral, los salarios o la salud pública es la «gimnasia revolucionaria» con que la clase trabajadora toma conciencia de su fuerza. El error del progresismo es convertir la reforma en un fin en sí mismo, aislada de la autoorganización popular y sujeta a los límites que tolera el gran empresariado.
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Arte de El Cometa Ludo (Chile). Cortesía del artista.
III. El marxismo como pulsión creadora
Pensar el socialismo exige también evitar dos desviaciones: la adaptación pragmática al institucionalismo y el dogmatismo que calca fórmulas del siglo XX en la realidad hiperdigitalizada y fragmentada del XXI. Reivindicamos la lección de José Carlos Mariátegui: “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica”. («Aniversario y balance», Amauta, 1928).
Esa creación heroica dialoga con Alain Badiou, para quien el comunismo no es una teleología de la historia sino una hipótesis emancipada y una pulsión creadora capaz de intervenir en las fisuras de lo real: un acontecimiento de ruptura en que los «inexistentes» de un sistema se afirman como sujetos. Gramsci nos legó que la disputa por el poder como disputa hegemónica consiste en articular un bloque histórico de clases subalternas capaz de disolver el sentido común burgués. El socialismo es en última instancia, entonces, la democratización radical de la existencia: el salto de la prehistoria de la necesidad al reino consciente de la libertad, la libertad del pueblo, de las mayorías organizadas.
De ahí cuatro tesis:
- El socialismo no llega mecánicamente cuando las contradicciones del capitalismo se vuelven insostenibles. Es una alternativa que organiza de otro modo los mismos elementos: medios de producción, distribución y mercado. Las crisis pueden, de hecho, conducir a capitalismos más intensos.
- Por ser alternativos, pueden existir espacios socialistas dentro del capitalismo; y, por tanto, al socialismo se llega organizando esos microsocialismos en disputa con el capital.
- El socialismo es ante todo una tarea política: la organización consciente de sus condiciones subjetivas y objetivas, sin etapas previas obligatorias.
- No existe triunfo final. Ambos sistemas pueden ser derrotados, por lo que el socialismo se elige y se construye cada día, como tarea inacabada.
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Arte de El Cometa Ludo (Chile). Cortesía del artista.
IV. Tablero global: multipolaridad y experiencias de Nuestra América
Asistimos al ocaso de la hegemonía unipolar estadounidense y al surgimiento de un orden multipolar en que China tiene un peso gravitante. Su «socialismo con características chinas» basado en la planificación soberana, la vanguardia científica y la «prosperidad compartida», muestra que la modernización no es patrimonio del modelo estadounidense, cuyas guerras han dejado colapsos regionales en Medio Oriente y otras latitudes. El socialismo, en cambio, es desarrollo a gran escala sin necesidad del imperialismo belicista, aperturando y prefigurando una nueva hipótesis geopolítica global: la del Arca de Noé o el barco compartido de la humanidad.
Sin importar nuestras fronteras, tenemos datos mundiales que reflejan no sólo la debilidad del capitalismo para redistribuir riqueza sino directamente su teleología de acumulación. Así lo demuestra el Primer informe sobre la desigualdad global del G20 (2025) que advierte que el 1% más rico del mundo acaparó el 41% de la nueva riqueza mundial entre 2000 y 2024, frente a solo el 1% recibido por el 50% más pobre, tendencia que parece no disminuir sino más bien profundizarse. Esto en contraste al socialismo, que no sólo ha alfabetizado al mundo, ha sacado en China -como botón de muestra- a 800 millones de personas de la pobreza crítica.
En nuestra América, Cuba sigue siendo, pese al bloqueo, un referente de soberanía, solidaridad sin fronteras e internacionalismo. La Cuarta Transformación en México, que se define de centroizquierda, ha impulsado cambios profundos con una popularidad inusitada. El Gobierno del Cambio en Colombia reveló tanto la potencia de la movilización para desplazar a las oligarquías como los bloqueos institucionales y mediáticos que el capital opone a toda redistribución.
La lección es clara: un proyecto soberano en Chile requiere articulación latinoamericana, horizonte común para construir un mundo multipolar, respetuoso, en que se forje una prosperidad compartida y, sobre todo, una sólida base popular capaz de resistir al gran capital transnacional, y en particular, en este período, un campo popular comprometido y activista capaz de resistir la narrativa operada mediante inteligencia artificial en las redes sociales. Quizás ahí esté la puerta de entrada a la pregunta: ¿cuál socialismo?
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Arte de El Cometa Ludo (Chile). Cortesía del artista.
V. Praxis prefigurativa: al socialismo solo se llega mediante el socialismo
El socialismo no es un evento del futuro, sino una praxis prefigurativa en el presente. El socialismo al igual que la democracia es un medio y un fin en sí mismo, al cual solo se aspira precisamente mediante él. En la tradición revolucionaria chilena, esta comprensión tiene un nombre y un rostro: Luis Emilio Recabarren. Recabarren no esperó a ganar La Moneda para comenzar a construir el socialismo, lo construyó en las mancomunales salitreras, en las imprentas de la prensa obrera, en los teatros proletarios y en las ateneas populares. Para Luis Emilio, la autoorganización del pueblo era simultáneamente el instrumento de combate y la semilla de la nueva sociedad.
Una tarea urgente es trazar en nuestra acción con las masas populares un deslinde categórico; entre el asistencialismo focalizado y la caridad del modelo neoliberal, que trata al pueblo como un cliente o beneficiario pasivo, y la praxis socialista que concibe a las comunidades como sujetos activos de transformación. Debemos reapropiarnos de valores sociales fundamentales como la solidaridad, la solidaridad es socialista, porque es cooperación y empatía entre iguales que prefigura, y nos permite habitar la sociedad que estamos edificando. Esa matriz debe orientar nuestra acción en el gobierno local y en los movimientos sociales. Las Farmacias Populares, el Arriendo a Precio Justo, los preuniversitarios populares, no son políticas accesorias, son rupturas en la lógica de la mercancía. Demuestran que la salud, la vivienda y la educación pueden gestionarse con justicia social.
Conquistar avances concretos como la reducción de la jornada laboral a 40 horas, el aumento del salario mínimo o la gratuidad universitaria, fortalece la posición del trabajo frente al capital. Sin embargo, estas conquistas solo serán sostenibles si están enraizadas en una masa crítica organizada y consciente de su destino histórico y de su responsabilidad en la salvaguarda y progreso de la revolución socialista.
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Arte de El Cometa Ludo (Chile). Cortesía del artista.
VI. Tarea histórica: reposicionar la hipótesis socialista
Finalmente, y no un punto menor durante los últimos años, la izquierda y las fuerzas progresistas han tendido a atrincherarse bajo el paraguas del “antineoliberalismo”. Sin embargo, debemos decirlo con claridad y rigurosidad dialéctica: el antineoliberalismo hoy es profundamente insuficiente.
En términos dialécticos, declararse «antineoliberal» es posicionarse únicamente en el momento de la reacción o la negación. Es una postura meramente defensiva, un movimiento de repliegue que busca preservar las escasas garantías del Estado social o mitigar las garras del mercado. El antineoliberalismo nos dice qué rechazamos, pero no tiene la potencia creadora, el proyecto histórico ni la carga utópica que exige la gravedad del momento actual.
Y esta insuficiencia es peligrosa, porque el vacío de proyecto está siendo ocupado a escala global y local por la avanzada de la ultraderecha y el fascismo. Asistimos a la irrupción de un fascismo reeditado: un fascismo ignorante, estridente y anti-intelectual, que explota el malestar popular, captura la rabia de los desposeídos y la canaliza mediante el odio al migrante, el rechazo a las mujeres y diversidades, y el fetiche del autoritarismo represivo.
Frente a un fascismo ignorante que moviliza emociones primarias y soluciones simplistas, la respuesta no puede ser el discurso tibio, descafeinado y tecnocrático del progresismo o del «antineoliberalismo». A la avanzada fascista no se la detiene con la administración compasiva del modelo; se la derrota enfrentando las causas estructurales del capital. Por eso afirmamos categóricamente: no basta con ser antineoliberales; se requiere ser decididamente socialistas.
Ser decididamente socialistas significa: Recuperar la capacidad de proponer un proyecto de sociedad cualitativamente distinto, basado en la propiedad social de los recursos estratégicos, la planificación democrática de la economía y la soberanía popular. Asumir la formación política y la organización de base no como un pasatiempo académico, sino como el escudo principal contra la demagogia de la extrema derecha. No estamos condenados a la administración de lo existente ni al miedo frente a la barbarie neofascista. Volvamos a armar la hipótesis socialista con rigor teórico, combatividad política y amor por nuestro pueblo. Por la reconstrucción del pensamiento crítico, por la creación heroica del socialismo en nuestra América Latina.
Este texto es una adaptación de la presentación hecha por Millaray Huaquimilla Neyra, secretaria ejecutiva del Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz (ICAL), en el evento “¿Cuál socialismo?” organizado el pasado mes de agosto conjuntamente por el ICAL, Tricontinental: Instituto de Investigación Social y el Centro de Estudios de Políticas Públicas Territorio y Comunidad.
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