Gaceta Crítica

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Los hijos culturales de la burguesía bienpensante

Gerardo Lisco (TOPO EXPRESS), 27 de Octubre de 2026

Mao Tse-tung, que sabía mucho de revoluciones, sostenía que cuando reina una gran confusión bajo el cielo, la situación puede volverse excelente. Por supuesto, Mao sabía muy bien que el caos social no da lugar automáticamente a una revolución. Para que las contradicciones de una sociedad puedan transformarse en un proceso revolucionario se necesita una dirección política, una capacidad organizativa y, sobre todo, una perspectiva alternativa al orden existente.

Sin estos elementos, la ira puede estallar, manifestarse a través de protestas y actos violentos, pero difícilmente logra transformarse en un proyecto de cambio de las relaciones sociales. No pretendo desarrollar un análisis de sociología histórica sobre las causas de las revoluciones, sino recordar algunos pasajes útiles para comprender el presente. Desde la revuelta de los barones contra Juan Sin Tierra hasta la Reforma protestante, desde las revoluciones inglesas del siglo XVII hasta la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, desde la Revolución Francesa hasta la rusa de 1917, pasando por las revoluciones china, vietnamita y cubana, nos encontramos ante procesos profundamente diferentes en cuanto a su naturaleza y composición social, pero que tienen en común, en sus experiencias más significativas, la presencia de sujetos políticos capaces de interpretar las contradicciones de su época y de traducirlas en una perspectiva de transformación.

Marx había identificado en las relaciones materiales de producción el fundamento de las contradicciones sociales; Lenin había situado en el centro de su pensamiento el problema de la organización y la conciencia revolucionaria; Gramsci profundizaría posteriormente en una cuestión decisiva para comprender las sociedades capitalistas avanzadas: el poder de las clases dominantes no se basa exclusivamente en la coacción y el control de los medios de producción, sino también en la capacidad de construir una hegemonía cultural, de hacer que sus propios valores, sus propios intereses y su propia concepción del mundo parezcan naturales, universales y compartidos. Partiendo precisamente de esta consideración, me gustaría interpretar lo que está ocurriendo en las sociedades europeas. Francia, Alemania, Bélgica, España, Italia y otros países se ven sacudidos por protestas en las que participan agricultores, transportistas, trabajadores, estudiantes, sectores empobrecidos de la clase media y jóvenes de las periferias.

Se trata de fenómenos distintos, que no pueden atribuirse mecánicamente a una única causa. Una cosa son las movilizaciones de quienes reclaman salarios, empleo, derechos y condiciones de vida dignas; otra cosa muy distinta son los saqueos, las devastaciones y los actos de violencia perpetrados por grupos carentes de cualquier perspectiva política. Sin embargo, estos últimos fenómenos no pueden interpretarse únicamente como manifestaciones de delincuencia individual, separándolos del contexto cultural en el que se producen.

Y es precisamente en este punto donde surge la hipocresía de la burguesía bienpensante. Cuando se asaltan tiendas de lujo, cuando desaparecen bolsos de Louis Vuitton, zapatos de marca y otros símbolos del consumo ostentoso, asistimos a la habitual indignación de los bienpensantes. Se invoca el orden, la seguridad y la represión, describiendo a los protagonistas de esos actos violentos como cuerpos ajenos a una sociedad que se supone sana y moralmente superior.

Pero, ¿quién ha construido el modelo cultural en el que han crecido esos jóvenes? A los tantos burgueses escandalizados me gustaría decirles algo muy sencillo: esos saqueadores son sus hijos. No en sentido biológico, naturalmente, sino cultural.

Son el producto de un modelo de sociedad que, sobre todo en los últimos cuarenta años, ha impuesto progresivamente el individualismo competitivo, el enriquecimiento personal, el consumismo y la ostentación de la riqueza como valores dominantes.

El capitalismo neoliberal no se ha limitado a modificar la organización de la producción, las relaciones laborales y el papel del Estado. Ha llevado a cabo una profunda transformación cultural, penetrando en los comportamientos cotidianos, en las aspiraciones individuales, en las relaciones sociales e incluso en la forma en que las personas se perciben a sí mismas.

A través de la publicidad, la televisión comercial, la industria del entretenimiento y, posteriormente, las plataformas digitales y las redes sociales, ha construido un imaginario colectivo en el que el éxito coincide con la riqueza, la libertad con la capacidad de consumir y el reconocimiento social con la posesión de bienes. Se ha ido educando progresivamente al individuo para que se considere una empresa, para que compita con los demás y para que mida su propio valor a través de los ingresos, la apariencia y la posibilidad de acceder a determinados estilos de vida. El denominado American way of life, en su versión más exageradamente individualista, se ha convertido en el referente cultural de generaciones enteras.

El resultado es una sociedad en la que se ha ido debilitando progresivamente la idea de pertenencia colectiva, mientras que la solidaridad ha sido sustituida por la competencia y el ciudadano ha quedado reducido a la dimensión de consumidor. Este es el contexto en el que también deben situarse algunas de las manifestaciones de violencia a las que asistimos. Cuando un joven asalta una tienda para hacerse con un bolso de marca o un par de zapatos caros, no está rechazando necesariamente los valores de la sociedad capitalista.

Al contrario, puede manifestar su interiorización más completa. No cuestiona el significado social de la mercancía, sino que pretende poseerla. No pone en duda el modelo de éxito que se le ha impuesto, sino que intenta alcanzarlo mediante la violencia.

Se trata de una forma de rebelión que permanece totalmente cautiva de la ideología dominante. El capitalismo ha creado deseos que no puede satisfacer de manera universal, ha transformado el consumo en un criterio de reconocimiento social y ha alimentado expectativas que las condiciones materiales de vida hacen inalcanzables para una parte cada vez mayor de la población. La contradicción entre el modelo de vida que se propone continuamente y la posibilidad concreta de hacerlo realidad genera frustración, resentimiento y, en determinadas condiciones, comportamientos destructivos.

Por supuesto, no existe una relación automática entre pobreza y violencia, ni sería correcto atribuir todo comportamiento delictivo a las contradicciones del sistema económico. Pero sería igualmente erróneo ignorar la responsabilidad cultural de un modelo que ha convertido la afirmación individual y la posesión de bienes en los principales criterios de realización personal. La paradoja es que la burguesía se escandaliza ante las consecuencias de esa misma cultura que ha contribuido a hacer hegemónica.

Han enseñado que el éxito se mide a través del dinero, que el enriquecimiento personal constituye el principal objetivo de la existencia, que el prestigio depende del consumo y que cada uno debe competir contra todos los demás. Han construido una sociedad en la que todo tiende a convertirse en mercancía, incluidos el trabajo, las relaciones humanas y las aspiraciones individuales. Y hoy se sorprenden de que algunas personas, que carecen de los medios económicos para participar en este universo de consumo, intenten apropiarse de él por la fuerza.

No estoy justificando los saqueos. Lo que sostengo es que una sociedad no puede eludir la responsabilidad de haber generado los valores que orientan el comportamiento de sus miembros. Desde un punto de vista marxista, la cuestión es aún más profunda.

La ideología dominante no es simplemente un conjunto de ideas difundidas a través de los medios de comunicación, sino la expresión de determinadas relaciones sociales, que se presentan como naturales e inevitables. El neoliberalismo ha representado, desde este punto de vista, un extraordinario éxito hegemónico del capitalismo. Ha convencido a amplios sectores de las clases subalternas de que no existían alternativas al mercado, de que la competencia era una ley natural de la sociedad, de que el éxito o el fracaso dependían esencialmente de las cualidades individuales y de que la dimensión colectiva era un obstáculo para la libertad personal.

Incluso ha transformado la precariedad en flexibilidad, la pérdida de las garantías sociales en oportunidades y la subordinación del trabajo a las exigencias del capital en una supuesta necesidad de la modernización. Esta hegemonía, sin embargo, podría estar entrando hoy en una fase de crisis. El modelo cultural sigue ejerciendo una fuerza enorme, pero su promesa fundamental —la de un bienestar accesible a través de la iniciativa individual y el mercado— parece cada vez menos creíble a los ojos de sectores cada vez más amplios de la población.

El trabajo ya no garantiza necesariamente unas condiciones de vida dignas, el coste de la vivienda dificulta la autonomía de las nuevas generaciones, los servicios públicos se deterioran y la movilidad social resulta cada vez más problemática. En una ciudad como Milán, para muchas familias, hacer frente a los gastos de vivienda, alimentación, transporte y servicios esenciales supone una dificultad creciente, incluso cuando se dispone de ingresos laborales. La cuestión no se refiere únicamente al poder adquisitivo, sino a la contradicción entre las expectativas creadas por la ideología dominante y las posibilidades materiales que ofrecen las relaciones capitalistas de producción.

Es posible, por tanto, que nos encontremos ante los primeros indicios de una crisis de la hegemonía cultural neoliberal. Pero hay que evitar un malentendido fundamental: la crisis de credibilidad de un modelo no implica automáticamente su superación. Una sociedad puede seguir identificándose con los valores dominantes incluso cuando ya no es capaz de hacerlos realidad.

Es más, precisamente esta contradicción puede generar formas de resentimiento, agresividad y competencia exacerbada, en lugar de una conciencia colectiva alternativa. El joven que saquea una tienda de lujo, en este sentido, no representa necesariamente la negación de la hegemonía capitalista, sino que puede ser una manifestación extrema de la misma: rechaza su propia exclusión del consumo, no el consumo como criterio de valor social. La crisis de la hegemonía puede, por tanto, manifestarse como una pérdida de consenso hacia las instituciones y hacia las promesas del sistema, sin traducirse aún en una ruptura con sus valores fundamentales.

Es aquí donde el pensamiento de Gramsci conserva una extraordinaria actualidad. Se produce una crisis orgánica cuando las clases dirigentes encuentran dificultades crecientes para ejercer su función hegemónica, mientras que las clases subalternas aún no disponen de los instrumentos políticos y culturales necesarios para construir una nueva orientación de la sociedad. Se trata de una situación en la que pueden desarrollarse fenómenos contradictorios, desde la protesta social hasta la pasividad política, desde el autoritarismo hasta las formas más irracionales de rebelión.

Y hoy en día el problema es precisamente este: mientras que el capitalismo neoliberal muestra contradicciones cada vez más evidentes, no existe una perspectiva socialista lo suficientemente organizada, reconocible y creíble como para representar una alternativa. La responsabilidad de esta ausencia no puede atribuirse únicamente a la fuerza de las clases dominantes. También hay que cuestionarse la transformación de las organizaciones políticas que históricamente se remitían al movimiento obrero y al socialismo.

Una parte significativa de la izquierda europea ha abandonado progresivamente la crítica a las relaciones capitalistas de producción, aceptando el mercado como un horizonte insuperable y reduciendo su función política a la gestión de sus consecuencias sociales. El socialismo, entendido como un proyecto de transformación de las relaciones de propiedad, del poder económico y de la organización de la producción, ha sido sustituido por un socialliberalismo que intenta conciliar la centralidad del mercado con ciertas formas de protección social y con el reconocimiento de los derechos individuales. No se trata de negar la importancia de los derechos civiles o de las políticas redistributivas, sino de reconocer que estos objetivos, cuando se separan de la crítica al capitalismo, no constituyen por sí mismos una perspectiva socialista.

La contradicción entre el capital y el trabajo se ha ido marginando progresivamente, mientras que la política se ha convertido sobre todo en la administración de lo existente. Las mismas formaciones que siguen remitiéndose al socialismo —ya sea en los símbolos, en la historia o en el lenguaje— han aceptado a menudo los supuestos fundamentales de la economía neoliberal. Se declaran progresistas, pero no cuestionan la estructura de las relaciones de producción; denuncian las desigualdades, pero rara vez abordan el problema de la propiedad y de la apropiación privada de la riqueza producida socialmente.

El resultado es que millones de trabajadores y jóvenes ya no reconocen en estas organizaciones una representación capaz de interpretar sus propias condiciones materiales y de señalar una perspectiva de transformación. En este contexto se inscriben también las políticas de las clases dirigentes europeas. Mario Draghi ha señalado la necesidad de movilizar inversiones adicionales del orden de 750 000 a 800 000 millones de euros anuales para relanzar la competitividad de la Unión Europea, mediante intervenciones que abarcan diversos sectores estratégicos y no exclusivamente el rearme.

Sin embargo, la creciente importancia del gasto militar en las decisiones europeas plantea una cuestión política que no puede eludirse: ¿qué intereses se consideran prioritarios y quién asumirá los costes de las nuevas políticas económicas? Cuando se habla de sanidad, educación, pensiones, salarios y protección social, los recursos siempre parecen insuficientes; en cambio, cuando se abordan las necesidades de la competitividad estratégica, la seguridad militar y el apoyo a los grandes complejos industriales, las prioridades cambian. Las posturas de Kaja Kallas, Ursula von der Leyen, Giorgia Meloni, Elly Schlein, Giuseppe Conte, Emmanuel Macron y Friedrich Merz presentan diferencias políticas incluso significativas, pero gran parte de las fuerzas que gobiernan o aspiran a gobernar Europa siguen moviéndose dentro de un marco económico que da por sentada la permanencia de las relaciones capitalistas como un hecho sustancialmente indiscutible.

El Estado, contrariamente a la retórica neoliberal, no se ha retirado de la economía: ha redefinido sus funciones, interviniendo para respaldar la acumulación de capital, garantizar la estabilidad del sistema financiero y gestionar las contradicciones sociales. Cuando estas últimas se agudizan, también crece la tendencia a dar prioridad a los instrumentos de control, seguridad y represión frente a la ampliación de los espacios de participación democrática. La burguesía bienpensante, por su parte, sigue indignándose ante los escaparates destrozados, pero muestra mucha menos sensibilidad ante la violencia económica provocada por el cierre de fábricas, la precarización del trabajo, la especulación inmobiliaria y la concentración de la riqueza.

El cierre de una fábrica puede comprometer la subsistencia de cientos de familias; la especulación inmobiliaria puede expulsar a comunidades enteras de los barrios en los que han vivido durante generaciones; la precariedad puede privar a millones de jóvenes de la posibilidad de labrarse un futuro. Sin embargo, estos fenómenos se describen mediante el lenguaje aparentemente neutro de la eficiencia, la flexibilidad y la competitividad. En cambio, cuando se saquea una tienda, el lenguaje cambia de inmediato: barbarie, delincuencia, emergencia, represión.

Por supuesto, la violencia económica no legitima la de los saqueadores, pero revela la selectividad de la indignación de una clase dominante que tiende a considerar intolerable la violación de la propiedad privada, mientras presenta como inevitables las consecuencias sociales de sus propias decisiones económicas. El problema político fundamental, sin embargo, no consiste únicamente en denunciar esta hipocresía. Se trata de comprender por qué el malestar generado por las contradicciones del capitalismo no se traduce en conciencia de clase ni en organización política.

Aquí se pone de manifiesto la ausencia de lo que Lenin denominaba «revolucionarios de profesión», no en el sentido de una casta separada de las masas, sino de militantes políticamente formados, arraigados en los conflictos sociales y capaces de vincular las reivindicaciones inmediatas con una perspectiva general de transformación. Sin una dirección política y cultural alternativa, las protestas de los agricultores, los trabajadores, los estudiantes y los sectores sociales empobrecidos corren el riesgo de permanecer fragmentadas, mientras que la ira de las periferias puede agotarse en comportamientos destructivos que no afectan en lo más mínimo a las relaciones de poder. El capitalismo puede sobrevivir incluso a una crisis de su propia legitimidad, sobre todo cuando las clases subalternas no disponen de un proyecto capaz de sustituir a la hegemonía existente.

La desesperación no conduce necesariamente al socialismo; puede alimentar el nacionalismo, el racismo, el autoritarismo y la guerra entre pobres. Por ello, la cuestión decisiva no es simplemente organizar la protesta, sino reconstruir una cultura socialista capaz de disputarle al capitalismo la dirección intelectual y moral de la sociedad. Es necesario volver a situar en el centro el trabajo, la solidaridad, la dimensión colectiva de la existencia, el control democrático de la riqueza producida socialmente y la superación de la idea de que el mercado representa la única forma posible de organización de las relaciones humanas.

No basta con proponer una distribución menos injusta de los ingresos dejando inalteradas las relaciones de propiedad y de poder. Es necesario reconstruir un imaginario social alternativo, pues ninguna transformación socialista puede afianzarse de forma estable si no cuestiona también los valores, las aspiraciones y los modelos de vida a través de los cuales el capitalismo reproduce su propia hegemonía. A los señores de la burguesía bienpensante, que se escandalizan ante un bolso Louis Vuitton robado, me gustaría dirigirles, pues, una última reflexión.

Esos saqueadores no son la negación de su mundo. Son, en muchos aspectos, su producto cultural más contradictorio. Han construido una sociedad en la que la posesión de bienes representa el principal símbolo del éxito y hoy se sorprenden de que algunas personas, excluidas de las posibilidades materiales de ese éxito, intenten apropiarse de él mediante la violencia.

Pero de quienes realmente deberían preocuparse no son aquellos que desean apoderarse de sus bienes. Son los trabajadores que podrían empezar a preguntarse quién produce la riqueza, quién se apropia de ella y cuáles son las relaciones sociales que hacen posible esa apropiación. Son los jóvenes que podrían comprender que la precariedad no es una condición natural, los estudiantes que podrían reconocer en la mercantilización de la educación una manifestación de las relaciones capitalistas, los sectores sociales que podrían transformar su malestar en conciencia colectiva.

Si estas fuerzas encontraran una perspectiva socialista y una organización política capaz de representarlas, la cuestión ya no se reduciría a unos cuantos escaparates rotos, sino que se centraría en la propiedad de los medios de producción, en el control de la riqueza producida socialmente y en el cuestionamiento de los privilegios de clase. Por el momento, sin embargo, aún estamos lejos de una perspectiva semejante. Asistimos a protestas fragmentadas, a estallidos episódicos de ira y a manifestaciones de violencia que, aunque maduran en el seno de las contradicciones de la sociedad capitalista, no expresan ninguna alternativa emancipadora.

La hegemonía cultural del neoliberalismo podría empezar a resquebrajarse, pero sigue condicionando profundamente incluso a quienes sufren sus consecuencias. Y la tragedia política de nuestro tiempo radica en que, precisamente cuando el capitalismo pone de manifiesto sus propias contradicciones, las fuerzas que deberían representar su alternativa han renunciado en gran medida a imaginar una sociedad diferente, adaptándose a la gestión social-liberal de lo existente. Esta es la contradicción más grave: un modelo económico y cultural que podría ir perdiendo progresivamente consenso, sin que exista una fuerza socialista capaz de canalizar el malestar y transformarlo en una nueva hegemonía.

Porque el verdadero peligro para el capitalismo no es el pobre que desea poseer los bienes del rico, sino el trabajador que comprende por qué existe esa riqueza, quién la produce, quién se apropia de ella y decide organizarse para modificar esas relaciones. Mientras esta comprensión no se convierta en conciencia de clase y en proyecto político, bajo el cielo podrá haber toda la confusión posible, pero eso no dará lugar a una revolución ni, simplemente, a una propuesta reformista. Y la burguesía podrá seguir indignándose por sus escaparates rotos, sin tener que temer que alguien ponga realmente en tela de juicio el sistema económico y cultural que esos escaparates representan.

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