Bikrum Gill (Internacional Progresista), 20 de Octubre de 2026

Este ensayo se basa en la conferencia impartida por Bikrum Gill para la segunda unidad del plan de estudios de la Academia Popular.
Introducción
¿Qué es el imperialismo? ¿Qué significa considerarlo como la contradicción principal? Estas preguntas revisten gran importancia para comprender nuestra coyuntura actual —el genocidio en Palestina, la expansión de la guerra imperialista contra Irán— y para situar estos conflictos en el marco de una lucha histórica más amplia.
Es importante que reflexionemos sobre el imperialismo específicamente en su forma capitalista, tal y como lo teorizó Vladimir Lenin. Pero también debemos entenderlo dentro del marco que Samir Amin denominó «lucha de clases a escala mundial». ¿Por qué es esto importante? Porque no podemos entender el imperialismo únicamente como un sistema que se autopropulsa. Este puede ser un punto en el que nos topamos con un límite en Lenin, o en el que necesitamos ampliar su enfoque.
Al leer a Lenin, podría parecer que el imperialismo surge de una propulsión interna del capital en el núcleo, se transforma en imperialismo y, a continuación, se expande hacia otros lugares. Pero, ¿qué significaría concebir el imperialismo como parte de una lucha de clases a escala mundial —como una respuesta al antiimperialismo, enredado en una contienda por la propiedad de los medios de producción a nivel global, un conflicto entre las naciones opresoras o centrales y las naciones dependientes?
Colonialismo, imperialismo y la negación de la soberanía
¿Cómo entendemos el concepto de imperialismo y cómo lo distinguimos del colonialismo? Ambos se basan en la negación de la soberanía a los pueblos subyugados. Esta es una premisa clave: las naciones centrales, las naciones imperialistas y las naciones coloniales se fundamentan todas en una negación de la soberanía. A través de esta negación, reorientan a los pueblos subyugados y sus tierras y territorios —lo que Lenin denomina «territorio económico»— para que sirvan a los intereses de la entidad usurpadora.
El colonialismo puede concebirse como una relación uno a uno entre colonizador y colonizado: el colonialismo francés en Argelia, por ejemplo, o el colonialismo británico en la India. El imperialismo, por el contrario, opera a escala del sistema mundial, o al menos a una escala regional y multiunitaria más amplia que va más allá de una relación uno a uno. El imperialismo ni siquiera necesita implicar un control territorial directo. Tal y como sostiene Kwame Nkrumah, las regiones pueden gozar de soberanía formal —no se encuentran directamente bajo dominio territorial— y, sin embargo, seguir atrapadas en un sistema imperialista mundial más amplio, a través del cual se les niega de hecho la soberanía y sus recursos se orientan hacia el núcleo.
Esta distinción es importante porque es posible descolonizarse sin dejar de formar parte de un sistema imperialista que limita la soberanía. Un país puede alcanzar la independencia y, sin embargo, poseer uranio en su territorio sin medios para procesarlo —sin medios para transformar sus recursos en productos acabados o industriales mediante los cuales pudiera desarrollar el poder duro necesario para mantener la soberanía—. La gran guerra del siglo XX no fue necesariamente la guerra entre las potencias europeas en las dos guerras mundiales, sino la lucha más prolongada por la liberación nacional en las colonias. Es posible que los pueblos colonizados hayan logrado la victoria frente a la relación uno a uno del colonialismo, pero la estructura sistémica mundial más amplia sigue vigente.
Lenin sobre el capitalismo monopolista
Para Lenin, el imperialismo es el capitalismo en su fase monopolista. Examina la forma en que el capitalismo se desarrolla de manera contradictoria: en una etapa a principios del siglo XIX es un sistema de competencia de libre mercado, en el que las empresas capitalistas compiten entre sí, desarrollan las fuerzas productivas y explotan la mano de obra. Pero, a través de esta competencia entre empresas, la competencia de libre mercado acaba convirtiéndose en su contrario: el monopolio.
El destino del capitalismo es el capitalismo monopolista. No se trata de una competencia de libre mercado que conduzca constantemente a la innovación y a un avance progresivo de la sociedad, por muy explotadora que sea. A lo largo del siglo XIX, la producción pasa a estar controlada por cárteles y trusts.
Podemos tomar como ejemplo un mercado en el que diez empresas compiten en la producción de un bien concreto: tras sucesivas rondas de competencia, solo quedan dos. Ahora, la producción se concentra en una sola empresa más que antes, y las empresas supervivientes absorben cada vez más ramas de producción: una empresa textil, por ejemplo, puede llegar a producir no solo ropa, sino también algunos de los insumos necesarios para su confección.
Lo que Lenin señala no es simplemente que el capitalismo se transforme en un sistema monopolístico de industriales que concentran la producción en empresas más grandes. Se convierte específicamente en lo que él denomina «capitalismo monopolista financiero». La propiedad monopolística no recae en manos de los capitalistas industriales, sino del capital bancario, del capital financiero —aquellos que emiten capital y conceden préstamos a los capitalistas industriales—. Los capitalistas financieros no buscan obtener beneficios a partir de la producción real; buscan obtener beneficios de los préstamos que conceden, de los pagos de intereses —lo que Lenin denomina «recortar los cupones»—.
Este proceso tiene algo de parasitario, pero al mismo tiempo algo potencialmente progresista, en el sentido de que socializa aún más la producción. Al concentrar mayores cantidades de mano de obra en empresas únicas, la producción se socializa. Existen las condiciones para una transición al socialismo: basta con tomar estas grandes empresas y transformar su propiedad concentrada de privada a socialista. Pero esto no ocurre —debido al imperialismo—.
En la etapa del capitalismo monopolista financiero, el capital sufre una crisis de rentabilidad o de sobreacumulación. Debido a la propiedad monopolística, los beneficios se concentran en un número cada vez menor de manos. El capital excedente se acumula, pero la empresa monopolística no puede encontrar nuevos ámbitos para una reinversión rentable, ya que otros sectores están controlados por monopolios con los que no puede competir. Si existe un exceso de capital excedente, en principio podría destinarse a fines sociales: construir infraestructuras, invertir en educación, sanidad y transporte, aumentar los salarios y mejorar el nivel de vida. Pero el objetivo del capital no es solo obtener beneficios, sino también mantener el poder sobre la clase trabajadora, y tales medidas mermarían ese poder.
Aquí es donde Lenin sostiene que el capital financiero monopolista conduce a la búsqueda de nuevos campos de reinversión rentable, lo que lleva a la exportación de capital a las colonias. Lo que, de otro modo, podría haber conducido al socialismo —los trabajadores de las empresas monopolísticas concentradas luchando por una mayor parte de la plusvalía acumulada— queda aplazado, porque esa plusvalía se dirige hacia el exterior, hacia lo que Lenin denomina «naciones atrasadas». Esa plusvalía construye ferrocarriles en las colonias que drenan los recursos, obtiene acceso a mano de obra más barata y, al imponer condiciones de dependencia, obliga a los países dependientes a ofrecer mano de obra y recursos baratos al centro. Esta exportación de capital y finanzas del centro a la periferia agudiza las relaciones de dependencia, obligando a los países que reciben el capital exportado a reorientar sus economías para servir al centro. Esto genera superbeneficios para el capital sobreacumulado, subdesarrolla la periferia y compra a sectores de la clase trabajadora del centro mediante modestas mejoras en el nivel de vida.
Nkrumah amplía el argumento de Lenin. Cuando Lenin escribía, la exportación de capital se producía mediante el establecimiento de un control territorial directo: la carrera por África, formalizada en la Conferencia de Berlín, donde las potencias europeas asumieron el control soberano sobre el continente africano, y la colonización de Asia en el siglo XIX, sobre todo la colonización de la India. Nkrumah sostiene que, incluso cuando los países recuperan la soberanía formal, la necesidad del capitalismo de mantener su salida imperialista se reproduce sin necesidad de un control territorial directo. Los países pueden ser formalmente soberanos, pero su acceso al crédito y al capital sigue estando bajo el control de las potencias imperialistas, y si desean desarrollarse, deben aceptar unas condiciones comerciales que sigan permitiendo la fuga de superbeneficios de la periferia hacia el centro. Es aquí donde vemos a Nkrumah hablar del neocolonialismo como una forma de dependencia económica.
El imperialismo como contradicción principal
¿Qué significa esto para nuestra comprensión del imperialismo como contradicción principal? Tanto Lenin como Nkrumah parecen sugerir que las contradicciones en la relación entre capital y trabajo en el centro —en la competencia entre empresas— generan el imperialismo. Esto parecería convertir al imperialismo en una contradicción secundaria. (El concepto de contradicciones primarias y secundarias proviene de Mao, quien en Sobre la contradicción sostiene que, en un momento dado en China, el imperialismo es la contradicción primaria —lo que significa que es la contradicción que influye en todas las demás contradicciones—). La cuestión es si el imperialismo es la contradicción que determina la contradicción entre capital y trabajo, o si ocurre lo contrario.
Si Lenin sostiene que el imperialismo surge de las contradicciones en el centro, no es necesariamente primario; lo que hay que abordar son las relaciones de propiedad en el centro. Si los trabajadores fueran la clase propietaria en la etapa del capitalismo financiero monopolista, no habría reciclaje del capital sobreacumulado hacia las colonias, ni exportación de capital. Los trabajadores tomarían esa plusvalía y la reinvertirían en sus propias sociedades. Pero, al mismo tiempo, Lenin sostiene que la revolución en el centro no se producirá mientras persista el imperialismo. Solo cuando las naciones dependientes superen el imperialismo —superen la fuga de riqueza impuesta por la exportación de capital— se agudizarán las contradicciones de clase en el centro y la revolución será posible.
Esto plantea una cuestión estratégica para los organizadores del centro. ¿Debe la lucha allí dirigirse, a través de la lucha de clases, contra las empresas monopolísticas de Estados Unidos —las empresas armamentísticas, las farmacéuticas—? ¿Crearía el debilitamiento de ese poder un espacio para que las naciones periféricas se enfrentaran al imperialismo de forma más eficaz? ¿Y la resistencia desde la periferia —la capacidad de Irán para resistir la guerra imperialista, la capacidad de otras naciones para rechazar las exigencias de EE. UU.— agudiza a su vez las contradicciones en el centro? Estas son las cuestiones que el marco de la contradicción primaria y secundaria impone a cualquier estrategia que pretenda actuar en solidaridad con la periferia.
Aquí debemos recurrir a Samir Amin, a los Patnaik y a la tradición del sistema mundial, que aportan un elemento crucial. Amin sostiene que el imperialismo siempre ha sido un componente del capitalismo: nunca ha existido un capitalismo sin imperialismo. Esto nos ayuda a plantearnos la contradicción principal en términos diferentes. Si leemos con atención a Amin y el conjunto de los estudios sobre el sistema mundial, el capitalismo nunca habría podido surgir ni estabilizarse sin una base imperialista. Desde el largo siglo XVI hasta el siglo XIX, su propio surgimiento siempre dependió del imperialismo.
¿Por qué? Los Patnaik sostienen en Capital e imperialismo que el capitalismo no puede existir en ningún momento sin el imperialismo, ya que, sin él, el sistema solo puede dedicarse a la reproducción simple —no puede dedicarse a la acumulación ampliada, a la acumulación sin fin—. La relación capital-trabajo despoja por completo a la mano de obra: la clase capitalista genera plusvalía a partir de una clase trabajadora desposeída, pero esta clase trabajadora solo puede reproducirse a sí misma a través del mercado. El capital busca reducir los salarios, pero los trabajadores también deben ser consumidores. Aquí es donde Lenin retoma un componente de lo que Marx denominó la ley del valor: la competencia reduce los salarios de los trabajadores y los costes de los bienes, pero los trabajadores deben seguir pudiendo actuar como consumidores para reproducir sus propias vidas. ¿Cómo pueden reducirse los salarios y crecer el mercado al mismo tiempo? Existe una contradicción paralizante entre los beneficios, la contención de los salarios y la necesidad de una clase consumidora. Esto es lo que genera, una y otra vez, problemas de sobreacumulación, sobreproducción y lo que los Patnaik denominan una amenaza para el valor del dinero.
Esta contradicción se resuelve históricamente a través del imperialismo —no como la etapa más elevada, sino como el fundamento mismo del capitalismo—. La relación entre capital y trabajo nunca se habría consolidado sin una base imperialista. Lo que permite a los trabajadores ser explotados y, al mismo tiempo, actuar como consumidores es la capacidad de obtener insumos baratos de las colonias y las periferias imperialistas. Además del capital y el trabajo, existen categorías de mano de obra y recursos fuera del núcleo que pueden ser apropiados sin tener en cuenta sus condiciones de reproducción. A los campesinos de las colonias se les imponen los precios porque han perdido la soberanía —lo que los Patnaik denominan una categoría de mano de obra «que acepta los precios». No se trata de trabajadores y sindicatos que negocian los salarios; se trata de la imposición de precios mediante la negación de la soberanía.
Cuando Lenin habla de «naciones atrasadas» que reciben la exportación de capital, surge una pregunta: ¿por qué son estas naciones atrasadas? ¿Cómo quedaron rezagadas respecto a las naciones capitalistas europeas? La respuesta radica en las relaciones de imperialismo colonialista ya existentes desde los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX —relaciones que hicieron que los Estados periféricos se volvieran dependientes y los sometieran a una fuga de riqueza desde los inicios del capitalismo. Así pues, el imperialismo siempre ha sido el fundamento del capitalismo. No puede existir una relación entre capital y trabajo en ningún momento sin una base imperialista. Por lo tanto, el imperialismo es la contradicción principal. La negación de la soberanía a los pueblos —a través de la cual se imponen los precios, se ejerce el poder de fijación de precios y se obliga a las periferias a aceptar los precios— permite la transferencia de insumos baratos a la industria del centro y de bienes baratos para el consumo de los trabajadores. Bajo el capitalismo, el imperialismo se define, en su nivel más básico, como el poder soberano sobre el flujo de capital económico a través del espacio.
Las dos patas del imperialismo
¿Cómo se establece el imperialismo? Amin ofrece un marco conceptual crucial. Afirma que el imperialismo se sustenta sobre dos patas: una militar y otra económica. A partir del siglo XVI, los cimientos imperialistas del capitalismo se establecen mediante la aplicación de la fuerza militar y la violencia contra las periferias. Es a través de la fuerza como se niega la soberanía, y es a través de esa negación como la riqueza económica se drena de la periferia hacia el centro, generando las condiciones para el segundo pilar. Los Estados periféricos llegan a depender del centro para acceder al capital, y la dependencia se mantiene no solo mediante la fuerza militar, sino también mediante la fuerza económica. Por ello, el orden imperialista occidental busca mantener el control monopolístico incluso sobre la violencia militar —a través de la OTAN y otros instrumentos—, limitando así la soberanía de las periferias.
Las guerras del opio del siglo XIX ilustran esto de forma concreta. China había estado durante milenios a la vanguardia de la economía mundial, y Europa solía depender de ella. Esta relación se transformó mediante la fuerza militar. Una alianza de potencias europeas entró en guerra contra China, la sometió y limitó su soberanía. Al apoderarse de Hong Kong y otros puertos, controlaron los precios impuestos al movimiento de mercancías que entraban y salían de China. Si Gran Bretaña veía cómo Alemania y Estados Unidos le superaban en competencia, podía compensar ese déficit obligando a China a comprar sus productos industriales, cada vez menos competitivos. La riqueza se agotó y, tras un siglo, China presentaba un déficit total de capital económico. Al imponer la fuerza militar, el imperialismo creó dependencia económica.
Amin plantea una cuestión crucial: si el imperialismo se sustenta en dos pilares —el poder militar y el económico—, el antiimperialismo también debe sustentarse en dos pilares. Esto es clave para comprender nuestro momento actual. Las distintas fuerzas antiimperialistas de la segunda mitad del siglo XX y hasta la actualidad se han apoyado en uno u otro pilar. Pero, ¿cómo podríamos concebir que estos pilares caminen juntos?
Cuando pensamos en el imperialismo a escala mundial en términos de lucha de clases, nos referimos a cómo los pueblos de la periferia tratan de recuperar la soberanía desafiando las bases militares y económicas del poder imperial. Cuando se desafía una de esas bases, el imperialismo recurre a la otra para contener el desafío. La Revolución Haitiana es un claro ejemplo del siglo XIX: Haití derrotó la base militar del imperialismo, pero no pudo resistir el asalto económico. Se impuso un bloqueo, se impuso una huelga de capital. Puede haber una exportación de capital, pero también puede existir la amenaza de una huelga de capital —la denegación del acceso a los mercados de capitales— que obliga al país subyugado a vivir en una situación de asedio constante o a ceder y aceptar las condiciones impuestas por la potencia imperialista.
Este patrón se repite a lo largo del siglo XX. Los pueblos de la periferia luchan por recuperar la soberanía, por reorientar sus recursos y su mano de obra hacia el desarrollo nacional, por construir la infraestructura y los programas industriales que les permitan convertirse en dueños de su propio destino. Pero cada vez que se produce un intento de recuperar la soberanía —ya sea por la fuerza o mediante un programa económico de nacionalización y desarrollo—, siempre se produce una maniobra contrarrevolucionaria por parte del imperialismo para contenerlo. Irán es un ejemplo concreto: en 1953, Irán intentó nacionalizar su petróleo para crear las condiciones que le permitieran superar la dependencia. Se impuso un golpe de Estado. La revolución de 1979 fue un intento de recuperar el control sobre los recursos nacionales del país. Cuando la opción militar —la guerra por poder que Irak libró contra Irán— no logró reimponer la fuerza militar, Estados Unidos recurrió a las sanciones, con el objetivo de controlar la periferia por medios económicos.
La cuestión es que el imperialismo no solo se autoalimenta, sino que también responde a la lucha de clases a escala mundial. Las sanciones no se imponen por sí mismas, sino para contener las luchas de liberación y el intento de recuperar una soberanía sustantiva sobre los recursos. Si Estados como Irán o Cuba aceptan un estatus neocolonial, no se verán sometidos a guerras y sanciones constantes, pero tampoco serán soberanos.
La base de clase de la soberanía
Existe un segundo componente en la cuestión del imperialismo y la lucha de clases. A medida que los Estados de la periferia intentan recuperar la soberanía, también se producen luchas de clases en el seno de dichos Estados. El territorio colonizado no está compuesto por una única clase: hay élites compradoras, burguesías incipientes, clases mercantiles, trabajadores y campesinos. ¿Cuál es la relación entre estas contradicciones de clase internas y el intento de recuperar la soberanía?
Lenin, en su tesis sobre las cuestiones nacional y colonial, argumentó que podría ser necesario aliarse con la burguesía de las periferias, ya que la superación de la relación colonial e imperial debe ser lo primero, y la revolución proletaria puede seguir después. Esto tiene sentido como forma de concebir el imperialismo como la contradicción principal, quedando las demás contradicciones en un segundo plano hasta que más adelante se conviertan en principales. Pero, tal y como argumentaron Fanon y Amin, para alcanzar realmente la soberanía se necesita una revolución antiimperialista y anticolonial centrada en el campesinado —una en la que el poder de clase resida en el campesinado y las clases trabajadoras, aunque no se elimine de inmediato a la burguesía—. Los recursos del desarrollo nacional deben reinvertirse en el país, generando una forma de desarrollo más universal —no una que desarrolle a la burguesía a través de relaciones neocoloniales, sino una que desarrolle al país en su conjunto—. Existe una relación entre la base de clase de la descolonización y el antiimperialismo y la consecución efectiva de una soberanía real: la construcción de un Estado fuerte, necesario para luchar contra el imperialismo, en sintonía con los movimientos populares y las luchas sobre el terreno.
El imperialismo estadounidense en la actualidad
Tras la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo se transformó en lo que Amin denomina «imperialismo colectivo». Estados Unidos se consolidó como la principal potencia imperialista, mientras que Europa y Japón —lo que Amin denomina la «tríada»— actuaban como potencias subordinadas. Europa y Japón aceptaron esta situación porque necesitaban el liderazgo de EE. UU. para gestionar y controlar el auge del Sur durante la era de la descolonización. El imperialismo estadounidense opera, por tanto, en dos frentes: estableciendo el neocolonialismo sobre las periferias, al tiempo que mantiene el control sobre Europa y Japón. Un mecanismo clave es el control del flujo de energía hacia y desde Europa, lo que mantiene la dependencia de Europa respecto a EE. UU. y la mantiene a raya.
El imperialismo estadounidense también surge durante la era de la descolonización y se consolida ante una serie concreta de retos. Estados Unidos no tiene acceso a colonias como lo tenían los británicos; debe reconstruir el sistema imperialista en los términos neocoloniales que describe Nkrumah. Un componente clave es la relación establecida entre el petróleo y el dólar —que vincula la compra de petróleo en el mercado internacional al dólar estadounidense—. Si reflexionamos sobre el análisis de Lenin acerca de la relación entre el capital bancario y el capital industrial, podemos ampliarlo al poder del dólar estadounidense, basado en su vinculación con el petróleo, la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudí y el control estadounidense sobre Asia Occidental. Esto genera un poder financiero a través del cual Estados Unidos volvió a imponer relaciones de dependencia al Sur a partir de la década de 1970.
Con la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos pudo imponer una dependencia aún mayor. Sin embargo, en las décadas de 1980 y 1990 surgieron dos desafíos al imperialismo estadounidense que a menudo se pasan por alto. China supuso un desafío para el pilar económico del imperialismo estadounidense; la República Islámica de Irán, y más tarde Rusia, supusieron un desafío para su pilar militar. Hoy en día, lo que está en juego en Asia Occidental y más allá es el intento de Estados Unidos de reimponer las bases militares y económicas de su orden imperialista.
Estados Unidos tiene a China en el punto de mira porque este país ha cuestionado el poder financiero del capitalismo monopolista financiero estadounidense al ofrecer a los Estados del Sur Global acceso al capital y al excedente de manera que les permita romper con el desarrollo dependiente. En Asia Occidental, la fuerza militar mediante la cual Estados Unidos estableció la relación entre el petróleo y el dólar —a través de sus representantes sionistas y saudíes— ha sido cuestionada de manera fundamental por la Revolución Islámica en Irán, por Hezbolá y por Ansar Allah en Yemen. Para Estados Unidos está en juego algo existencial al restablecer una supremacía militar abrumadora, que es lo que intentó demostrar frente a Irán —pero no ha sido capaz de hacerlo—.
Lo que estamos presenciando en la lucha antiimperialista es una convergencia entre estos desafíos militares y económicos. La capacidad de Irán para resistir las sanciones está relacionada con la capacidad de China para ofrecer a Irán profundidad económica y una arquitectura económica a través de la cual pueda superar las sanciones. La capacidad de China para continuar con su programa económico no es ajena a la capacidad de Irán para resistir militarmente al imperialismo estadounidense en Asia Occidental desde la década de 1980 hasta hoy, ni a la capacidad de Rusia para obstaculizar la proyección del poder militar estadounidense en sus fronteras. Como afirmó recientemente el ministro de Asuntos Exteriores chino: la derrota de Rusia es algo que China no puede permitir; sería un desastre incluso para el proyecto de desarrollo chino.
La lucha palestina, incluida la «Inundación de Al-Aqsa», no es solo una cuestión de descolonización. Existe un componente antiimperialista, una dimensión geopolítica en la lucha palestina para superar la forma en que el sionismo ha mantenido el monopolio de la fuerza militar en la región. Se trata de un desafío al sistema imperialista estadounidense en un sentido más amplio. Estados Unidos está tratando de contrarrestar el proyecto chino de integrar a Irán en la región, de impulsar lo que los chinos denominan una «paz de desarrollo» en todo el Sur Global. Está tratando de construir un corredor entre la India y Oriente Medio para dejar fuera a China. Y la preocupación de Estados como China e Irán es establecer el mayor poder soberano posible —superar la dependencia sin pretender replicar el sistema de dominación—. Su principal preocupación es el desarrollo soberano, pero el reto al que se enfrentan es que dicho desarrollo ya no puede garantizarse sin intervenciones a escala internacional: construir una arquitectura económica y militar alternativa para defender esos logros. Por eso China habla de controlar los sectores clave de la economía, de la inteligencia artificial y del desarrollo tecnológico: no por un deseo de dominar al estilo de Occidente, sino para superar la dependencia. Es posible que existan críticas pertinentes y legítimas hacia China; sin embargo, su propia preocupación declarada es el desarrollo soberano, y la misma lógica se aplica a Irán y a Yemen.
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