Gaceta Crítica

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Trump: los rasgos del neofascismo en el siglo XXI

Eric Toussaint (SinPermiso), 18 de Octubre de 2026

El término «neofascismo» para caracterizar la orientación política de Donald Trump significa que el trumpismo no reproduce al pie de la letra el fascismo italiano ni el nazismo alemán de los años veinte y treinta. Se refiere a una orientación que presenta con ellos fuertes convergencias: nacionalismo exacerbado, racismo, visión supremacista y jerárquica de los pueblos, ultraconservadurismo religioso, militarismo, machismo, defensa del orden patriarcal, hostilidad hacia la diversidad, homofobia y transfobia, un anticomunismo y un antimarxismo renovados en una hostilidad radical hacia toda la izquierda, así como un imperialismo sin complejos. Señala enemigos internos y externos, exalta la fuerza, valora la autoridad y la sumisión, y presenta las relaciones sociales e internacionales, ante todo, como relaciones de dominación y poder.

El neofascismo del siglo XXI tiene características propias

Trump no busca, al menos en esta etapa, convocar grandes concentraciones de masas fanatizadas ni organizar las tropas paramilitares de choque que desempeñaron un papel central en los fascismos históricos, tanto en Italia como en Alemania. Sin embargo, el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 demostró que era capaz de movilizar a una multitud fanatizada y recurrir a la violencia política. En enero de 2025, indultó a unas 1 500 personas procesadas o condenadas por su participación en el asalto, y conmutó las penas de catorce de los principales responsables, entre ellos los líderes de los Proud Boys y los Oath Keepers, algunos de los cuales habían sido condenados a dieciocho o veintidós años de prisión por su participación en la preparación y ejecución del asalto paramilitar al Capitolio.

Hasta ahora, Trump privilegia el recurso directo al aparato del Estado, en particular a las fuerzas encargadas de la inmigración y del control de las fronteras, a las fuerzas de seguridad y, en determinadas circunstancias, a la Guardia Nacional. Así, la desplegó en Los Ángeles en contra de la opinión del gobernador y de la alcaldesa, e intentó imponerla en Chicago y Portland a pesar de la oposición de las autoridades locales y estatales. En Washington D. C., llegó incluso a tomar el control de la policía metropolitana y a desplegar a la Guardia Nacional, reforzando directamente la tutela del poder federal sobre la capital.

Esta evolución es significativa: en lugar de reproducir las formas clásicas del fascismo histórico, Trump tiende a utilizar el propio aparato del Estado como instrumento de coacción, de fidelización de sus partidarios y de cuestionamiento de los contrapoderes locales. También busca controlar las instituciones que producen y difunden el conocimiento y la información, debilitar a los contrapoderes e imponer su concepción ideológica de la sociedad.

La política imperialista de Trump no supone una ruptura con las prácticas de Estados Unidos a lo largo del siglo XX. Por el contrario, prolonga sus diversos métodos —intervenciones militares, golpes de Estado, sanciones, presiones económicas, apoyo a regímenes aliados, control de espacios estratégicos y de recursos—, pero con una diferencia notable en el discurso que los acompaña. Mientras que sus predecesores solían justificar sus intervenciones en nombre de la defensa del orden internacional, la democracia, la lucha contra el comunismo o el terrorismo, Trump reivindica más abiertamente la defensa de los intereses materiales y geopolíticos de Estados Unidos, en particular el control de los recursos naturales, los territorios estratégicos y las vías de comunicación. Esta concepción remite, en ciertos aspectos, a la lógica del «espacio vital» (Lebensraum) invocada por Hitler para justificar la expansión territorial de la Alemania nazi. Sin embargo, esta evolución no supone un retorno a la conquista colonial clásica. No se trata ni de reproducir las campañas de conquista territorial de la Italia fascista en África, ni la política de anexión y expansión territorial de la Alemania nazi en Europa. Trump no resucita el colonialismo territorial clásico; radicaliza y explicita una lógica imperialista preexistente al reivindicar abiertamente ciertos objetivos de control espacial, económico y estratégico.

El neofascismo trumpista: continuidades y particularidades

Utilizo aquí el término «neofascismo», no como una mera fórmula polémica, sino para designar una orientación política que presenta fuertes similitudes con ciertos rasgos fundamentales de los fascismos europeos de los años veinte y treinta, al tiempo que posee características propias de la época actual y de la sociedad estadounidense.

No obstante, la comparación con los fascismos históricos debe realizarse con precisión. El trumpismo no reproduce al pie de la letra el fascismo italiano ni el nazismo alemán. Como se ha señalado anteriormente, Trump no ha intentado hasta ahora organizar gigantescos movimientos de masas disciplinados y fanatizados siguiendo el modelo de las concentraciones fascistas de los años veinte y treinta. Tampoco cuenta, en esta fase, con tropas paramilitares de choque comparables a las milicias fascistas italianas o a las SA alemanas. Una de las particularidades del neofascismo trumpista es, por el contrario, apoyarse directamente en el aparato estatal existente y tratar de transformarlo en un instrumento de su política.

Así, mientras que Mussolini o Hitler se apoyaron en organizaciones paramilitares para aterrorizar a sus adversarios e imponer su dominio en las calles antes de acceder al poder a través de las urnas, la administración Trump, por su parte, utiliza o pretende utilizar las instituciones y las fuerzas del Estado federal, en particular los servicios de inmigración y control de fronteras como el ICE y, en determinadas circunstancias, la Guardia Nacional. El aparato del Estado ve reforzado su papel como instrumento central de la política de represión, intimidación y control. Esta diferencia es fundamental: el neofascismo del siglo XXI no necesita necesariamente reproducir las formas organizativas del fascismo histórico para asumir algunas de sus funciones políticas.

También se observan rasgos característicos de los gobiernos fascistas en la voluntad de controlar la producción ideológica y cultural, en particular mediante el cuestionamiento de determinados contenidos educativos, la prohibición o restricción de ciertos contenidos en los centros escolares y universitarios, el ataque contra las políticas de diversidad y la voluntad de someter a las instituciones culturales y a los medios de comunicación que cuestionan la política presidencial, así como de apartar a los periodistas que la critican. Al igual que los fascismos históricos, esta política no considera la educación, la cultura y la información como ámbitos autónomos: pretende someterlos a una concepción ideológica del mundo y a los intereses del poder.

Neofascismo e imperialismo trumpistas

El carácter imperialista constituye otra dimensión esencial de esta orientación. Al igual que los regímenes fascistas de la década de 1930, el trumpismo no concibe las fronteras y las posesiones territoriales como algo definitivamente establecido cuando están en juego los intereses de la potencia nacional.

El ejemplo de Venezuela es especialmente revelador. Tras la intervención estadounidense de enero de 2026, Trump reivindicó abiertamente el control de los ingresos petroleros venezolanos y presentó los recursos del país como algo que debía ponerse al servicio de los intereses de Estados Unidos. A finales de agosto de 2026, afirmó que, con el acuerdo del Gobierno venezolano, había obtenido concesiones por cien años sobre 17 yacimientos que representaban unos 65 000 millones de barriles de reservas probadas, es decir, más de una quinta parte de las reservas probadas de petróleo de Venezuela[1] . Del mismo modo, la voluntad manifiesta de recuperar el control de Cuba y derrocar a las autoridades del país, las amenazas y operaciones dirigidas contra Irán y la voluntad de asegurarse el acceso a los recursos energéticos ponen de manifiesto una concepción profundamente imperialista de las relaciones internacionales. Tampoco debemos olvidar las pretensiones de Trump respecto a Groenlandia, Canadá y el canal de Panamá, ni su reivindicación del estrecho de Ormuz, al que llegó a calificar de «territorio estadounidense», al tiempo que afirmaba que Estados Unidos tenía el control total sobre él[2]. Desde esta perspectiva, la soberanía de los demás pueblos queda subordinada al derecho que Washington se arroga de determinar qué beneficia a los intereses de Estados Unidos.

Otra característica de esta orientación es la voluntad de Trump de promover una política neocolonial, destinada a someter a determinados territorios y pueblos a una tutela política, económica y militar, directa o indirecta, de Estados Unidos y sus aliados. El proyecto del «Consejo de la Paz» para Gaza constituye, en este sentido, un primer laboratorio de esta nueva forma de dominación, que podría extenderse a otras regiones del mundo.

Por otra parte, conviene distinguir entre un gobierno neofascista y un Estado neofascista. Trump y su administración constituyen un gobierno neofascista que busca transformar progresivamente el Estado existente en un instrumento plenamente adaptado a su proyecto político y, a la larga, imponer un régimen neofascista a toda la sociedad. Pero este proceso no ha concluido. En 2026, no se ha consolidado un Estado neofascista en Estados Unidos, aunque se está produciendo un proceso en esa dirección. Por lo tanto, Estados Unidos no es comparable a la Italia de Mussolini en la segunda mitad de la década de 1920 y durante la década de 1930, ni a la Alemania nazi a partir de mediados de la década de 1930. El Gobierno de Trump ha logrado avances en la transformación del aparato estatal, pero sigue encontrando resistencias institucionales, judiciales, sociales y políticas. El proceso puede revertirse, sobre todo mediante movilizaciones populares y resultados electorales.

Por lo tanto, sería engañoso buscar en el trumpismo una copia exacta del fascismo de los años treinta. El neofascismo es precisamente una forma política adaptada a una época diferente, a un Estado diferente y a unas relaciones sociales y tecnológicas diferentes. Sus métodos pueden ser nuevos, pero cumplen ciertas funciones comparables: señalar chivos expiatorios, exaltar el nacionalismo y el poder, combatir radicalmente a la izquierda, debilitar a las fuerzas de oposición, controlar la producción ideológica, recurrir a la represión y legitimar la expansión imperialista.

Es esta combinación de continuidades con el fascismo histórico y de nuevas formas propias del siglo XXI la que justifica el uso del término «neofascismo» para caracterizar la orientación política de Trump.

Sin embargo, el neofascismo trumpista no puede caracterizarse únicamente por su ideología y sus métodos políticos. También hay que tener en cuenta los intereses de clase que defiende. Al igual que los regímenes fascistas históricos, busca reforzar las condiciones que permiten a las grandes empresas y a los poseedores de capital aumentar su poder y sus beneficios, al tiempo que moviliza al aparato del Estado para defender sus intereses.

En este sentido, existe una importante analogía con la Alemania nazi. Hitler había obtenido el apoyo de una parte decisiva de las grandes empresas y de los círculos industriales alemanes, que veían en el régimen nazi un medio para acabar con el movimiento obrero organizado, aplastar a las organizaciones de izquierda, rearmar masivamente al país y garantizar un orden social favorable al capital.

El trumpismo se inscribe en una relación análoga con el gran capital, pero en un capitalismo profundamente transformado. Las grandes empresas de la «Big Tech» ocupan hoy un lugar que, evidentemente, no podían tener en la década de 1930. La «Big Tech», los gigantes de la inteligencia artificial, los datos, las plataformas digitales, los semiconductores y la nube constituyen ahora sectores estratégicos del poder económico y militar de Estados Unidos. Una parte importante de estas empresas y de sus dirigentes ha buscado o aceptado un acercamiento a Trump, mientras que su administración les abre nuevas posibilidades de acumulación, desregulación y colaboración con el Estado.

El trumpismo y el complejo militar-industrial

La industria armamentística constituye un importante punto de convergencia entre el trumpismo y los intereses del gran capital. Al igual que en la Alemania nazi, el rearme y la preparación para la guerra permiten estimular masivamente ciertos sectores industriales, al tiempo que refuerzan el peso político y económico del complejo militar-industrial. Pero, una vez más, las formas contemporáneas son diferentes. El complejo militar-industrial estadounidense está ahora estrechamente entrelazado con las grandes empresas tecnológicas. La inteligencia artificial, los satélites, los drones autónomos, el procesamiento masivo de datos, el ciberespacio, los sistemas de vigilancia y las nuevas tecnologías de localización de objetivos ocupan un lugar cada vez más importante en la conducción de la guerra. La frontera entre las grandes empresas tecnológicas y la industria militar se vuelve así cada vez más difusa.

Las grandes empresas estadounidenses del sector «Big Tech» constituyen ahora un pilar esencial del complejo militar-industrial y tecnológico de Estados Unidos. Microsoft, Amazon, Google, Nvidia, OpenAI, Palantir, Anduril y SpaceX proporcionan al Pentágono y a las agencias de inteligencia las capacidades esenciales en materia de nube, inteligencia artificial, datos, chips, satélites, drones y sistemas autónomos.

Esta alianza entre el poder político, el gran capital de las «Big Tech» y la industria armamentística constituye una característica fundamental del neofascismo trumpista.

El complejo militar-industrial estadounidense, dominado por Lockheed Martin, RTX, Northrop Grumman, General Dynamics y Boeing, se encuentra ahora cada vez más entrelazado con el complejo tecnológico y digital dominado por Microsoft, Amazon, Google, Nvidia, Palantir y los grandes grupos del sector de la inteligencia artificial.

El nacionalismo, el militarismo y el autoritarismo pueden movilizarse para proteger y reforzar los intereses de las fracciones más poderosas del capital. Por lo tanto, el neofascismo contemporáneo debe analizarse no solo como una ideología política y una forma de gobierno, sino también como una respuesta específica de las clases dominantes ante un período de crisis, rivalidad internacional y profunda transformación del capitalismo.

Las grandes tecnológicas, nuevo componente del sistema de poder

Otra característica específica del neofascismo trumpista radica, por tanto, en la transformación del propio capitalismo. Los fascismos de los años veinte y treinta se desarrollaron en el marco de un capitalismo industrial dominado por la gran industria, la siderurgia, la química, la automoción y la industria armamentística. El neofascismo del siglo XXI se desarrolla en un capitalismo en el que las empresas de las «Big Tech» ocupan un lugar estratégico sin precedentes. Los gigantes digitales no solo controlan mercados gigantescos, sino también infraestructuras esenciales: plataformas de comunicación, redes sociales, motores de búsqueda, centros de datos, servicios en la nube, sistemas satelitales, inteligencia artificial y tratamiento de datos.

El acercamiento entre Trump y una parte de los dirigentes de las grandes empresas tecnológicas es, en este sentido, especialmente significativo. Estos multimillonarios no son simples financiadores ajenos al poder: algunos controlan infraestructuras que ahora desempeñan un papel directo en la formación de la opinión pública, la circulación de la información y la organización de la sociedad. El poder económico y el poder comunicativo pueden así transformarse en poder político. La extrema concentración de la riqueza y la concentración del control sobre las infraestructuras digitales se refuerzan mutuamente.

Esta evolución también modifica la relación entre el capitalismo, el militarismo y la guerra. Como se ha señalado anteriormente, la industria armamentística y las grandes empresas tecnológicas están cada vez más entrelazadas. Las grandes empresas tecnológicas proporcionan a las fuerzas armadas capacidades que se han vuelto esenciales: inteligencia artificial, análisis de datos, satélites, nube militar, drones, sistemas autónomos, ciberseguridad, reconocimiento y vigilancia. La propia guerra se convierte en un inmenso campo de aplicación de las tecnologías desarrolladas por el capital privado.

Existe, por tanto, una continuidad, pero también una diferencia fundamental, con los fascismos históricos. Al igual que el nazismo, el trumpismo se apoya en el rearme y en los intereses de la industria militar; pero el complejo militar-industrial contemporáneo ha evolucionado considerablemente. El poderío militar de Estados Unidos depende ahora tanto del dominio de las tecnologías avanzadas, los datos y las infraestructuras digitales como de la producción tradicional de armas.

Esta evolución es especialmente importante para comprender la lógica del poder trumpista. El nacionalismo, el militarismo, la concentración del poder ejecutivo y la defensa de los intereses del gran capital pueden articularse hoy en día con el poder de los gigantes de la «Big Tech». El neofascismo del siglo XXI no reproduce, por tanto, las estructuras económicas del fascismo de los años treinta: se adapta a un capitalismo financiarizado, globalizado y digitalizado, en el que unas pocas grandes empresas disponen de un poder económico y tecnológico comparable, o incluso superior en algunos ámbitos, al de Estados enteros.

Conclusión

El neofascismo contemporáneo puede adoptar formas diferentes a las del fascismo histórico. No necesita necesariamente crear las mismas organizaciones de masas ni disponer de las mismas milicias paramilitares: puede apoyarse en un aparato estatal ya de por sí poderoso, en las fuerzas de seguridad y de control fronterizo, en el aparato militar y, al mismo tiempo, beneficiarse del apoyo o la cooperación de grupos capitalistas que controlan parte de las infraestructuras tecnológicas, mediáticas e informativas de la sociedad.

Pero esta evolución no es irreversible. Los avances del neofascismo trumpista no significan que el desenlace esté escrito de antemano. Tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, las poblaciones resisten y se niegan a resignarse. Estas resistencias pueden modificar la relación de fuerzas y allanar el camino hacia un giro favorable para los pueblos. La carrera desenfrenada de Trump puede detenerse: aún no hay nada decidido.


[1] La Casa Blanca, «El presidente Donald J. Trump anuncia un acuerdo petrolero histórico para garantizar el dominio energético estadounidense e impulsar la recuperación económica de Venezuela», 31 de agosto de 2026, https://www.whitehouse.gov/fact-sheets/2026/08/fact-sheet-president-donald-j-trump-announces-historic-oil-agreement-to-secure-american-energy-dominance-and-drive-venezuelas-economic-recovery, consultado el 6 de septiembre de 2026.

[2] La Casa Blanca, «El presidente Trump tenía razón: Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz», 28 de agosto de 2026, https://www.whitehouse.gov/releases/2026/08/president-trump-was-right-america-controls-the-strait-of-hormuz , consultado el 7 de septiembre de 2026. Véase también: Times of Israel, «Trump dice que “no habrá negociaciones” con Irán y publica un mapa en el que se muestra el estrecho de Ormuz como “nuevo territorio estadounidense”», 18 de agosto de 2026,  https://www.timesofisrael.com/trump-says-no-talks-with-iran-claims-hormuz-new-us-territory/amp/, consultado el 7 de septiembre de 2026.

Eric Toussaint

doctor en Ciencias políticas de la Universidad de Lieja y de la Universidad de París VIII, es el portavoz del CADTM internacional y es miembro del Consejo Científico de ATTAC Francia. Es autor de diversos libros, entre ellos: Banco Mundial. Una historia crítica, El Viejo Topo, 2022 Capitulación entre adultos. Grecia 2015: Una alternativa era posible, El Viejo Topo, Barcelona, 2020; Sistema Deuda. Historia de las deudas soberanas y su repudio, Icaria Editorial, Barcelona 2018; Bancocracia Icaria Editorial, Barcelona 2015; Una mirada al retrovisor: el neoliberalismo desde sus orígenes hasta la actualidad, Icaria, 2010; La Deuda o la Vida (escrito junto con Damien Millet) Icaria, Barcelona, 2011; La crisis global, El Viejo Topo, Barcelona, 2010; La bolsa o la vida: las finanzas contra los pueblos, Gakoa, 2002. Ha sido miembro de la Comisión de Auditoria Integral del Crédito (CAIC) del Ecuador en 2007-2011.Fuente:

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