Nieves Concostrina (PÚBLICO), 18 de Octubre de 2026

Felipe se cree el rey de los republicanos, y así se lo trasladó en 2025 a quien correspondía cuando impuso su deseo de ir a hacerse la foto con su señora esposa a la conmemoración del 80º aniversario de la liberación del campo nazi de Mauthausen. Argumentó su señor majestad que también era el rey de los republicanos, y lo único que puso en evidencia es que, además, es un oxímoron de la cabeza a los pies; puede que tan incongruente como el de «inteligencia militar».
Los términos «rey» y «republicano» no pueden ni deben ir en la misma frase. No ofenda.
Quizás a Felipe lo convenció su esposa, esa ciudadana que le da tan desacertados consejos y de la que cuentan lenguas extraordinariamente bien informadas que era una republicana pregonada en sus peores tiempos, de acudir en mayo de 2025 a Mauthausen para homenajear a los españoles represaliados por el dictador Franco; dictador al que tanto admiran y al que tanto deben los antipatriotas miembros de la dinastía Borbón.
Felipe debe creerse que lava su desapego a las víctimas de la dictadura, su esencia franquista y su mal disimulada ignorancia histórica acudiendo a actos republicanos fuera de nuestras fronteras. Nunca ha tenido el arrojo de acudir a ni un solo acto de reparación en España, el país de las 6.000 fosas que llenó con españoles asesinados el salvador de los Borbones. Y que esto no se entienda, por favor, como una reclamación para que acuda. Ni se le ocurra ir; sería un insulto. El franquismo que impregna toda la actual corona española no se lavará así que pasen cien años ni por muchos books de fotos que les dediquen los medios cortesanos.
«Qué poquita vergüenza demostró esta pareja» yendo a Mauthausen a hacerse la foto, le escuché decir en Almería, al pie del monumento a los 142 almerienses muertos, a una de las nietas de un represaliado que murió de inanición y despojado de su nacionalidad en ese campo nazi en el que acabó por culpa del dictador; dictador al que tanto admiran y al que tanto deben los Borbones. ¿Había dicho esto ya? Da igual… quede dicho por segunda vez.
En ninguno de los actos republicanos de Mauthausen o París pidieron perdón el Borbón y su señora esposa por la alianza de su familia con los asesinos fascistas.
No era la primera ocasión en la que la ciudadana Letizia y Felipe acudían a aprovecharse de actos que no les incumben y que mancillaron con su sola presencia. Diez años antes, en 2015, tuvieron la desfachatez de sumarse al homenaje que Francia dedicó a los republicanos españoles que participaron en la liberación de París de las garras nazis en 1944. Los mismos nazis a los que aplaudían los Borbones cuando bombardeaban Gernika o masacraban a esa columna de civiles que huían en desbandá de los franquistas por la carretera de Málaga hacia Almería. Su pretexto será decir que los invitaron, pero lo cierto es que no tienen escrúpulos a la hora de colarse en las fiestas ajenas.

Aquellos españoles que entraron los primeros en París estuvieron luchando contra el fascismo al que tanto admiran los Borbones y al que tanto deben. Puede que esto ya lo haya dicho hace unas líneas… No importa. No hay dos sin tres.
Todos aquellos hombres y mujeres demócratas que lucharon en España primero y luego en Europa contra Hitler, que malvivieron en el exilio, que murieron en los campos de batalla o en los de exterminio nazis o en las playas donde los confinaron los franceses; que pueblan las fosas y los pozos de las minas a donde fueron arrojados para que ahora descubramos fémures de unos encajados entre las costillas de otros, cráneos con dos y tres tiros, o tibias rotas a palos por las torturas, no querrían ver a los herederos ideológicos del dictador, Felipe y Letizia, aprovechándose de su memoria tan descaradamente si no fuera para pedir perdón a gritos e inmediatamente después hacer las maletas.
En ninguno de los actos republicanos de Mauthausen o París pidieron perdón el Borbón y su señora esposa por la alianza de su familia con los asesinos fascistas. Posaron para las fotos sin pudor; como si los crímenes de Franco no fueran con ellos; como si no se hubieran roto las manos a aplaudir cuando su benefactor dio el golpe de Estado; como si no estuvieran aquí por imposición de un dictador sanguinario; tomándonos por unos idiotas que deberíamos haber olvidado que Alfonso XIII marcaba en el mapa de España que tenía en su suite del Gran Hotel de Roma los triunfos de Franco durante la guerra; enviándole el Borbón felicitaciones por cada victoria, mientras el abuelito biológico de Felipe, Juan, se plantaba en la frontera con Francia rogándole a su generalísimo Franco que le permitiera entrar a España para matar españoles en pro de su común «gloriosa cruzada».
Felipe y Letizia no han acudido a un solo acto de reparación de los demócratas asesinados en España. Ni a los homenajes del bombardeo del Mercado Central de Alicante, ni a la Marcha de la Desbandá de andaluces, ni a la de la Columna de los 8.000 extremeños, ni a los homenajes de Gernika… ni a ver alguna de las cientos de fosas abiertas con un amasijo de huesos de treinta o cuarenta cuerpos de jornaleros, concejales, carpinteros, costureras y maestras asesinadas porque no pensaban como pensaban los franquistas y los Borbones. Ni falta que hace. No se les echa de menos ni se les quiere, porque estuvieron del lado de los verdugos, no con las víctimas.
A todos aquellos hombres que murieron en Mauthausen y en otros campos de exterminio nazi les despojaron de su nacionalidad española a los dos meses de haber huido para evitar ser asesinados por los gloriosos cruzados de Franco y los Borbones.
«Los Reyes abrazan la memoria republicana en Mauthausen» fue uno de los serviles titulares que dedicó un periódico piji-progre a aquella infame visita. Pero los reyes no abrazaban nada; no se abrazan ni entre ellos. Letizia y Felipe se fueron a buscar la foto a la Austria republicana, junto a un presidente republicano y entre republicanos españoles creyendo que eso les lavaba la carita. Ya contaban con que los allí presentes eran personas mucho más respetuosas que ellos y mantuvieron las formas. Solo tuvieron que escuchar algunos ¡Viva la República! y contemplar algunos gestos de rabia contenida.
Aunque Letizia y Felipe, como quien oye llover, pendientes solo de mantener una cara cínicamente compungida.
El señor Felipe fue advertido en su momento desde las correspondientes instancias del Gobierno de que, quizás, su presencia, no es que fuera incómoda (y añado yo, hasta insultante) es que no era en absoluto necesaria. Nadie había requerido su presencia y nadie quería ver a esa pareja paseando palmito, con una corona de flores que seguramente ni pagaron ellos, reclamando la atención de los fotógrafos. Era un homenaje republicano, le advirtieron, con republicanos. Un acto de reparación.
«Soy también el rey de los republicanos», respondió más o menos Felipe, creyéndose su propia mentira. Verá, señor majestad, disculpe que sea así de clara, pero… y una mierda.
A todos aquellos hombres que murieron en Mauthausen y en otros campos de exterminio nazi; a todos los que sufrieron exilio en México, en Argentina, en Chile, en Suiza, en Francia, en Bélgica… les despojaron de su nacionalidad española a los dos meses de haber huido para evitar ser asesinados por los gloriosos cruzados de Franco y los Borbones. Los convirtieron en apátridas, mientras los Borbones disfrutaban de un exilio de lujos y buena vida.

Usted, Felipe, no representa ni a un solo republicano, y somos millones. Usted no se atreve a contarlos, por eso nunca ha tenido los arrestos de preguntarnos. Usted es una consecuencia de la dictadura, hijo de un Borbón defraudador y adúltero que juró los principios del dictador y ha traicionado a los españoles; usted es nieto biológico de un Borbón que se vio traicionado por su propio hijo, porque así lo vienen haciendo desde 1808, infamando y desplazando al progenitor con tal de ocupar el trono; usted es nieto putativo del dictador con el que correteaba haciéndole gracias por aquel Pazo de Meirás producto del expolio.
Usted, como diría Víctor Jara, no es ná. Ni chicha ni limoná. Y lo que seguro no es, es el rey de los republicanos. Esa es, probablemente, una de las mayores estupideces que podría haber dicho en el tiempo que lleva viviendo a nuestra costa.
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