¿Qué significa para Palestina la histórica moción antisionista del Partido Verde?
Ramzy Baroud (Substack del autor y SAVAGE MINDS), 16 de Octubre de 2026

El Partido Verde ha vuelto a encarrilar el debate: el problema no reside en la falta de soluciones creativas a la ocupación israelí de Palestina. El problema es el sionismo en sí mismo.
Para comprender la importancia de la Moción A105, adoptada por el Partido Verde de Inglaterra y Gales el 4 de octubre, conviene considerar sus principios básicos.
El partido ahora es formalmente antisionista. Respalda el derecho de retorno palestino, apoya un único Estado democrático en toda la Palestina histórica, reafirma su compromiso con el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), distingue el antisionismo del antisemitismo y exige un embargo total de armas contra Israel.
Aunque la decisión pueda parecer revolucionaria dentro de la política británica, difícilmente lo es si se examina a la luz de la historia del despojo palestino, que comenzó mucho antes de la Nakba de 1948.
De hecho, los Verdes no fueron los primeros en equiparar el sionismo con el racismo. Esa historia se debe en gran medida a los movimientos anticoloniales africanos y su lucha contra el apartheid.
En 1975, la Organización para la Unidad Africana, reunida en Kampala, Uganda, estableció paralelismos explícitos entre los sistemas raciales que regían Sudáfrica, Rodesia y la Palestina ocupada, identificando sus orígenes imperialistas comunes.
Esta postura contribuyó a sentar las bases de la Resolución 3379 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, adoptada el 10 de noviembre de 1975, que determinó que el sionismo era una forma de racismo y discriminación racial.
Ante la intensa presión diplomática estadounidense e israelí , la ONU finalmente revirtió esa decisión el 16 de diciembre de 1991.
Sin embargo, Israel no estaba obligado a desmantelar las estructuras discriminatorias que habían motivado la condena original. La revocación modificó la postura de la ONU, no la realidad que afrontan los palestinos.
Por lo tanto , quienes cedieron a la presión estadounidense en 1991 deben afrontar una inquietante cuestión de responsabilidad moral: ¿contribuyó su decisión a legitimar las mismas estructuras políticas que han sostenido el despojo, la ocupación y el colonialismo de asentamiento palestinos?
Los Verdes han reabierto ese debate histórico. Pero también han hecho algo más trascendental.
Al aprobar la moción con 1.022 votos a favor y 813 en contra, los miembros del partido demostraron que ideas que antes se consideraban radicales están desafiando cada vez más los límites de la política británica tradicional.
Sin embargo, dentro de este logro subyacen importantes fisuras que revelan la naturaleza de la lucha que tenemos por delante.
Cuatro de los cinco diputados del partido se opusieron a la resolución. Y lo que es aún más significativo, Sandy Ruthven, presidente del fondo benéfico de Amnistía Internacional en el Reino Unido, renunció por completo a su militancia en el Partido Verde.
Al explicar su decisión, Ruthven acusó al partido de intentar ganarse el voto de la izquierda radical sin hacer frente a los prejuicios dentro de sus propias filas.
Su dimisión pone de manifiesto una contradicción que merece ser analizada, sobre todo teniendo en cuenta su vinculación con una organización que ya ha documentado el apartheid israelí contra los palestinos.
En febrero de 2022, Amnistía Internacional publicó un informe histórico en el que concluía que Israel mantenía un sistema institucionalizado de opresión y dominación sobre los palestinos que equivalía a un apartheid.
Ese reconocimiento llegó tarde, pero fue de vital importancia. Sin embargo, el apartheid no surge de un vacío ideológico. Se sustenta en supuestos políticos sobre la pertenencia, la soberanía, el control demográfico y la distribución desigual de los derechos.
Por lo tanto, la cuestión no es simplemente si existe el apartheid israelí, sino qué principios políticos han hecho posible su establecimiento y perpetuación.
El movimiento sionista surgió a finales del siglo XIX en Europa como un proyecto nacionalista que buscaba una patria judía, con el objetivo final de establecer un Estado judío en Palestina. Su implementación condujo, en última instancia, al desplazamiento masivo de palestinos en 1948.
La conexión entre ese proyecto fundacional y las estructuras discriminatorias documentadas por la propia Amnistía Internacional es innegable. ¿Cómo, entonces, pueden personas como Ruthven condenar el apartheid sin confrontar la ideología que lo sustenta? Y si esa ideología no es el sionismo, ¿cuál es?
Sin embargo, el problema de fondo no reside en la falta de conocimientos históricos entre las élites políticas e intelectuales británicas.
Más bien, estas élites se han posicionado durante mucho tiempo como guardianas del discurso permisible sobre Israel y Palestina: una narrativa que admite críticas ocasionales, a veces incluso duras condenas, pero que rara vez permite un desafío fundamental a las estructuras políticas mismas.
Las bases del Partido Verde han desafiado esa idea convencional. Han traspasado la frontera que separa lo que puede ser criticado de lo que debe permanecer políticamente intocable.
Debido al genocidio israelí que se está produciendo en Gaza, los Verdes han declarado de hecho que el tiempo de las críticas cuidadosamente controladas ha terminado.
Al hacerlo, han abierto un espacio político que otros podrían ocupar eventualmente, incluso dentro del Partido Laborista, históricamente dividido entre sus bases progresistas y una dirección cada vez más centrista cuyas políticas, particularmente sobre Palestina, se han vuelto prácticamente indistinguibles de las de la derecha política.
La votación también podría fomentar debates similares en toda Europa, desafiando a los partidos políticos a abordar la relación entre el sionismo, el antisemitismo, los derechos palestinos y el futuro de la Palestina histórica.
Pero quizás la contribución más trascendental de los Verdes sea que han cuestionado la premisa misma del debate. Durante décadas, la diplomacia internacional se ha centrado abrumadoramente en encontrar soluciones, dejando en gran medida sin examinar los fundamentos ideológicos del orden político existente.
Los Verdes han invertido ese enfoque, declarando esencialmente que ninguna solución política en Palestina, por muy idealista o supuestamente pragmática que sea, puede coexistir con el sionismo.
La reacción en contra de los Verdes era, por supuesto, previsible. Pero también lo es la creciente determinación de los votantes británicos de desafiar los límites del debate permitido en todo el espectro político.
Esto podría abrir finalmente el camino a un diálogo serio sobre cómo el mundo puede exigir responsabilidades a Israel.
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