Valerio Arcary (JACOBIN), 16 de Octubre de 2026

La izquierda brasileña volvió a las calles como no lo hacía en décadas. De esa energía, y de lo que pueda hacerse con ella en los próximos días, depende que el bolsonarismo pueda ser derrotado el 25 de octubre.
Las multitudinarias movilizaciones en apoyo a Lula han transformado la campaña electoral brasileña. La extrema derecha sigue teniendo las de ganar en la segunda vuelta de las presidenciales, pero la irrupción de millones de personas en las calles demuestra que es posible remontar la ventaja del candidato bolsonarista. Los próximos diez días serán decisivos.
En los últimos días ocurrió algo poco frecuente, algo extraordinario, colosal y emocionante. La noche del viernes 9 de octubre, en Belo Horizonte, y después, el domingo, en la Avenida Paulista de São Paulo y el lunes feriado en Copacabana, Río de Janeiro, inmensas manifestaciones de cientos de miles de personas de distintas generaciones tomaron las calles.
Con una activa participación tanto de estudiantes como de adultos y personas mayores, con sus carteles y sus cánticos incansables, estas manifestaciones han sido una intensa muestra de disposición de lucha. La izquierda brasileña no había protagonizado nada tan grandioso en los últimos treinta y cinco años, intervalo de toda una generación.
Lo que esas manifestaciones han anunciado, con voz alta y clara, es que no vamos a perder estas elecciones sin luchar. La base social de la izquierda brasileña se vistió de rojo y dio la cara para demostrarle al país que no se rinde. Lo más parecido fueron las jornadas de junio de 2013, aunque aquellas movilizaciones estuvieron atravesadas por limitaciones políticas y contradicciones sociales que terminaron contribuyendo al desastre histórico de 2015 y 2016, cuando la derecha recuperó la iniciativa y logró destituir a Dilma Rousseff.
Las manifestaciones de estos días han sido tan poderosas que pusieron a la defensiva a la extrema derecha y obligaron a Flávio Bolsonaro a apoyar la votación para ponerle fin a la jornada laboral 6×1, régimen que obliga a trabajar seis días por cada uno de descanso y cuya eliminación se ha convertido en una importante bandera del movimiento obrero brasileño.
Muchos jóvenes que por primera vez salieron a las calles junto con la izquierda descubrieron la alegría de compartir un proyecto político colectivo. Por su parte, muchos veteranos recordaron el impacto de las grandes movilizaciones de «Diretas Já», la campaña por elecciones presidenciales directas que acompañó el final de la dictadura militar en los años ochenta, y del movimiento «Fuera Collor», que impulsó la destitución del presidente Fernando Collor de Mello en 1992.
Los millones que con tanta fuerza se han movilizado, aun en medio de la inquietud ante el peligro, saben que tienen razones para luchar hasta el final y creen que todavía es posible lograr la victoria. Esa voluntad es la que puede cambiarlo todo de aquí al domingo 25 de octubre, cuando se celebre la segunda vuelta.
De la rebelión juvenil a la movilización de masas
Existía la posibilidad de que las movilizaciones juveniles, iniciadas la noche del lunes 5 de octubre, fueran la chispa que encendiera a la base social de la izquierda. Comenzaron de manera espontánea y por su propia iniciativa. Ninguna de las organizaciones sindicales, populares o políticas de la izquierda las convocó. Surgieron desde abajo, como reacción a los resultados de la primera vuelta, en la que Flávio Bolsonaro obtuvo ventaja sobre Lula.Era posible, pero nadie podía estar seguro. No pocas veces las «explosiones» estudiantiles desempeñan un papel de vanguardia social pero se agotan antes de que las grandes masas entren en escena. Esta vez no fue así. La sensación de urgencia ante el peligro está poniendo en movimiento a millones de personas.El martes 6 de octubre por la mañana, la Unión Nacional de Estudiantes (UNE) hizo un llamamiento nacional. El despertar de las nuevas generaciones se extendió por todo el país y, ya en la noche de ese mismo día, los estudiantes de la Universidad Presbiteriana Mackenzie, institución privada de São Paulo en la que las fuerzas reaccionarias tienen una larga historia, ocuparon la calle Maria Antônia después de que se les prohibiera celebrar una asamblea. Se trata de un lugar simbólico por los enfrentamientos de 1968 entre estudiantes de izquierda y grupos de derecha durante la dictadura militar.A partir del miércoles, una avalancha juvenil sacudió a todo el país. Pero lo más espectacular vino después, cuando las movilizaciones dieron un salto cualitativo. Los trabajadores, las organizaciones de mujeres, los colectivos LGBT, los movimientos negros, los ambientalistas y los artistas entraron en escena y todo adquirió otra dimensión.Apostar a que la chispa del movimiento estudiantil pudiera encender grandes manifestaciones de masas resultó ser la mejor táctica. La dirección de la campaña de Lula comprendió que era necesario llevar a la primera línea a los dirigentes jóvenes que habían sido elegidos diputados federales y que era vital reposicionar a Lula en una conexión directa con la población a través de las redes sociales.Sin embargo, respondió con cierto retraso al llamado que venía de las calles, aunque todavía a tiempo para aprovechar el impulso de resistencia y garantizar la presencia de Lula en São Paulo. Fue un error no asegurar su participación en Río de Janeiro el lunes.Pero esas vacilaciones no disminuyen el hecho de que la campaña haya obtenido una victoria impresionante. Estamos ante un febril activismo de izquierda en las redes sociales. Esa fuerza que ocupó las calles y las redes no puede desperdiciarse. Tenemos por delante diez días que valdrán por años.
La amenaza autoritaria y las responsabilidades de la izquierda
Durante el fin de semana se desató una crisis sin precedentes en el Tribunal Superior Electoral (TSE), organismo encargado de supervisar las elecciones brasileñas. El conflicto comenzó cuando Kassio Nunes Marques, presidente del Tribunal y magistrado originalmente designado para el Supremo Tribunal Federal por Jair Bolsonaro, ordenó suspender el canal de WhatsApp «Ejército de Lula», administrado por el diputado federal André Janones y utilizado para movilizar a millones de simpatizantes del Presidente.La decisión respondió a una denuncia de la campaña de Flávio Bolsonaro, que acusaba al canal de difundir noticias falsas. Sin embargo, la denuncia no había aportado pruebas de que los contenidos cuestionados circularan por ese medio. El corregidor general electoral, Ricardo Villas Bôas Cueva, revocó la suspensión, pero Nunes Marques volvió a ordenar que se bloqueara el canal. Esa sucesión de contradictorias decisiones dio paso a una grave disputa dentro del propio TSE.Semejante abuso de poder indica hasta dónde llega el peligro autoritario, aún antes de la segunda vuelta, y permite imaginar lo que podemos esperar. El mismo Nunes Marques se negó a autorizar una investigación sobre las presuntas interferencias de Donald Trump y las manipulaciones por parte de las grandes empresas tecnológicas en el proceso electoral.Por otro lado, no es menos importante la actitud asumida por los sectores liberales de la burguesía brasileña, que han optado por mantenerse al margen ante la amenaza de una victoria bolsonarista. Los grandes medios comerciales minimizaron la importancia de las gigantescas movilizaciones de masas en apoyo a Lula. Indiferencia que no es neutralidad periodística, sino un cálculo político ante el desenlace electoral: evitar enfrentarse al bolsonarismo para protegerse de posibles represalias si Flávio Bolsonaro llegara al poder.Nadie con un mínimo de juicio puede ignorar que los cimientos del régimen democrático se verán amenazados en caso de una derrota de Lula y el ascenso al poder de una corriente de extrema derecha radical liderada por un grupo fascistoide. De estos episodios no podemos extraer sino dramáticas conclusiones. La izquierda tiene en sus manos la responsabilidad de defender todas las conquistas económicas y sociales alcanzadas desde el fin de la dictadura, incluidas las democráticas. La clase dominante, incluso aquellos sectores que no son bolsonaristas, se ha rendido ante la inminencia de la catástrofe.Nadie puede prever cuál será el desenlace final. Pero aun cuando sea muy difícil, ha quedado demostrado que es posible revertir el curso de la oleada reaccionara. El papel de la dirección de la campaña de Lula será decisivo de ahora en adelante. No habrá tiempo para corregir errores de cálculo.La cancelación de las deudas de los microemprendedores individuales —pequeños trabajadores autónomos que se benefician de un régimen tributario simplificado, fue una inteligente decisión de emergencia. Será necesario aprovechar también las nuevas denuncias sobre los vínculos del empresario Daniel Vorcaro, figura central del escándalo financiero del Banco Master, con personalidades del bolsonarismo como Nunes Marques.Pero el mayor desafío se mantiene intacto. Es necesario dar a conocer, con honestidad y sentido autocrítico, un audaz programa de cambios: más reformas, más futuro, más esperanza. La campaña debe asumir con valentía una táctica electoral de denuncia implacable de la catástrofe que representaría una victoria bolsonarista, para ampliar el rechazo a la extrema derecha entre los indecisos.Será necesario explicarlo todo pacientemente, en la televisión, en las redes y en las conversaciones cotidianas, con la empatía de quien comprende las vacilaciones de esos sectores. Al mismo tiempo, habrá que adoptar una audaz línea de campaña, capaz de mantener encendida la movilización mediante grandes manifestaciones de masas. Sin esas iniciativas será difícil reducir la abstención en la base electoral del lulismo, clave de la disputa.Nos atormenta lo imprevisible, pero debemos luchar hasta el final.
Valerio Arcary Historiador, militante del PSOL (Resistencia) y autor de O Martelo da História. Ensaios sobre a urgência da revolução contemporânea (Sundermann, 2016).
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