Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

Algo está cambiando en España

Pablo Martínez, Elisa Urruela e Isabel Laviña (JACOBIN), 15 de Octubre de 2026

Cada vez resulta más difícil convencernos de que debemos conformarnos con sobrevivir. Podemos vivir mejor, tenemos derecho a hacerlo. Y la única vía para conquistar ese futuro pasa por construir poder colectivo: organizarse, luchar y vencer.

Está a la venta nuestro duodécimo número, “La ilustración oscura”. La suscripción a la revista también te garantiza el acceso a material exclusivo en la página.

Hay momentos en los que una sociedad parece descubrir, casi de golpe, que aquello que llevaba años soportando no era natural. Que las dificultades que atraviesan millones de personas tienen causas, responsables y, sobre todo, alternativas. Son momentos difíciles de identificar mientras suceden, porque suelen confundirse con el ruido de la actualidad, con la indignación pasajera o con una protesta más.

Pero, de vez en cuando, algo se rompe. Y lo que hasta entonces parecía natural empieza a resultar intolerable. Quizá estemos atravesando uno de esos momentos.

De la injusticia individual a la lucha colectiva

La historia de Maricarmen condensa muchas de las contradicciones de nuestro tiempo. Una mujer de 87 años, después de siete décadas viviendo en su casa, desalojada porque su hogar se había convertido en una oportunidad de negocio. Toda una vida de trabajo y recuerdos subordinada a las expectativas de rentabilidad de una inversión inmobiliaria. Lo verdaderamente perturbador de su historia es que podría haber sido un desahucio más. Otra historia perdida entre las miles de personas que cada año son expulsadas de sus hogares.

Pero Maricarmen tomó una decisión que cambiaría el curso de los acontecimientos. Decidió luchar y decidió hacerlo organizándose con el Sindicato de Inquilinas de Madrid. Acudió a una de sus asambleas, convirtió su problema en una lucha compartida y comenzó a defender, junto a sus compañeras, algo que iba mucho más allá de su propia vivienda. El derecho de todas las personas a construir un hogar digno y estable, independientemente de que sean propietarias o inquilinas.

Hay algo profundamente político en aquella decisión. Maricarmen podría haber afrontado su situación en soledad, buscando una solución individual a un problema que parecía exclusivamente suyo. Sin embargo, decidió organizarse. Y fue precisamente esa decisión la que permitió que su conflicto adquiriera una dimensión que nadie habría imaginado. Una anciana frente a una empresa inmobiliaria terminó convirtiéndose en el icono de una lucha sindical capaz de poner contra las cuerdas a un fondo, tumbar un gobierno y poner sobre la mesa una huelga general a la cual secundan todos los sindicatos del país.

Su muerte ha provocado una tristeza y una rabia difíciles de describir. Pero también nos obliga a preguntarnos qué ha sucedido para que su historia haya conseguido sacudir de esta manera a todo un país. La respuesta no puede encontrarse únicamente en la indignación que provoca la injusticia. Hay años de organización sindical, de conflictos colectivos, de formación y de construcción de una fuerza social que ha sido capaz de transformar aquella indignación en un conflicto político de dimensiones extraordinarias.

Porque el Sindicato de Inquilinas de Madrid ha demostrado durante estas semanas algo que llevábamos demasiado tiempo olvidando. Que las organizaciones populares pueden ejercer poder, imponer condiciones, arrancar conquistas a quienes parecían intocables e imaginar un futuro que se orienta con otras coordenadas. El acuerdo alcanzado con la propiedad para que Maricarmen recuperase su vivienda, las medidas legislativas impulsadas bajo su nombre y la movilización de millones de personas son expresiones de una misma realidad.

Cuando existe organización, la correlación de fuerzas cambia. Y quizá sea precisamente ahí donde comienza a entenderse lo que está ocurriendo.

Cuando sobrevivir deja de ser suficiente

Durante décadas hemos interiorizado una forma particularmente cruel de resignación. Nos acostumbramos a que trabajar no garantizara llegar a final de mes, a que emanciparse fuese un privilegio y a que nuestras aspiraciones debieran ajustarse siempre a las necesidades del mercado. Aprendimos a asumir como problemas individuales las consecuencias de decisiones económicas y políticas que nunca estuvieron en nuestras manos.

La vivienda representa probablemente la expresión más evidente de este proceso. Hemos terminado aceptando que una parte abusiva de nuestros salarios se destine a pagar las rentas de quienes poseen los inmuebles, mientras nuestras posibilidades de construir proyectos de vida se reducen. Y lo hemos hecho bajo la promesa de que, con suficiente esfuerzo, algún día conseguiríamos escapar de esta situación. Una promesa que para millones de personas hace tiempo que dejó de resultar creíble.

Sin embargo, algo está cambiando en la manera de interpretar esta realidad. El malestar que recorre nuestras ciudades empieza a encontrar explicaciones colectivas. Cada vez resulta más difícil convencer a quienes trabajan, estudian o cuidan de que su precariedad responde exclusivamente a sus decisiones personales. Y cuando una sociedad comienza a reconocer que aquello que le ocurre tiene causas compartidas, también empieza a comprender que puede enfrentarlo colectivamente.

Este es uno de los grandes logros del sindicalismo de vivienda. Haber contribuido a transformar la manera en que miles de personas entienden sus problemas y, sobre todo, la forma en que pueden resolverlos. Las asambleas del Sindicato se han convertido en espacios donde la impotencia individual encuentra respuestas colectivas. Donde personas que llegan convencidas de que nada puede hacerse descubren que existen otras que atraviesan situaciones similares y que, juntas, pueden empezar a cambiar las reglas del juego.

La organización como horizonte para un futuro mejor

Conviene, sin embargo, evitar una lectura excesivamente triunfalista. La indignación no garantiza ningún cambio duradero. La historia está llena de estallidos que parecían anunciar transformaciones profundas y terminaron diluyéndose sin alterar las estructuras que los habían provocado. La fuerza del momento actual dependerá precisamente de nuestra capacidad para convertir esa movilización en organización estable, en nuevos sindicatos, en más afiliación y en una fuerza social capaz de sostener los conflictos mucho después de que desaparezcan de los titulares.

Por eso, lo que está en juego trasciende ampliamente la vivienda. La dificultad para pagar un alquiler, el deterioro de los servicios públicos, la precariedad laboral o la imposibilidad de disponer de tiempo para vivir forman parte de una misma disputa. La de una sociedad en la que las necesidades que sostienen nuestra existencia se encuentran cada vez más subordinadas a la acumulación privada de riqueza.

Y es precisamente en este punto donde debemos ampliar nuestras aspiraciones. Porque hemos pasado demasiado tiempo discutiendo cómo hacer soportable una situación que debería parecernos inaceptable. Quizá haya llegado el momento de recuperar una pregunta mucho más sencilla y, al mismo tiempo, profundamente radical. ¿Por qué debemos conformarnos con sobrevivir cuando existen los recursos necesarios para vivir mejor?

La respuesta tiene consecuencias políticas. Supone comprender que los derechos son conquistas históricas, que ninguna mejora sustancial en las condiciones de vida de las mayorías fue un regalo de quienes concentraban el poder y que cada avance exigió organización, conflicto y voluntad colectiva de transformar lo existente.

La huelga general por la vivienda y contra la carestía de la vida debe abrir precisamente ese horizonte. La posibilidad de que los conflictos por el salario, la vivienda, los cuidados o los servicios públicos se reconozcan como parte de una misma lucha, porque son consecuencias del mismo engranaje. En los días que vivimos es fundamental que el sindicalismo vuelva a ocupar un lugar central en la disputa por cómo se distribuye la riqueza y quién decide sobre nuestras vidas. Porque disputar cuánto pagamos por vivir es también disputar cuánto de nuestras vidas estamos obligados a entregar para que otros sigan acumulando riqueza.

Maricarmen ya no está. Y ninguna victoria política podrá reparar esa pérdida. Pero nos deja algo que merece ser cuidado. Su decisión de acudir a una asamblea del Sindicato nos recuerda que los grandes cambios comienzan muchas veces con gestos aparentemente pequeños. Que organizarse es una forma de recuperar el control sobre nuestras vidas y que incluso quienes parecen más vulnerables pueden convertirse en protagonistas de transformaciones extraordinarias. Organizarse alrededor de la idea central de que podemos vivir mejor y con la certeza de que en ese juntarnos encontramos una forma colectiva de estar en el mundo. Que el Sindicato es familia, como nuestra compañera dijo tantas veces.

Algo ha cambiado en España. Tal vez todavía no sepamos medir su profundidad, pero empieza a resquebrajarse una de las grandes certezas sobre las que se había construido nuestra resignación colectiva. La idea de que vivir consiste, fundamentalmente, en sobrevivir. De que debemos agradecer tener un empleo, aunque apenas alcance para pagar una vivienda. De que aspirar a algo más que llegar a final de mes es pedir demasiado.

Y cuando una sociedad comienza a romper con esa idea, cambia también el horizonte de lo que considera posible. Empieza a comprender que vivir mejor es un derecho que merece ser conquistado. Que podemos aspirar a disponer de más tiempo, mejores salarios, viviendas dignas y una existencia menos atravesada por el miedo al mañana.

Pero hay una enseñanza todavía más importante en todo lo sucedido. Ese cambio de conciencia ha encontrado una forma de organizarse. Maricarmen encontró en el Sindicato de Inquilinas de Madrid la herramienta para defender su casa y, junto a miles de personas, terminó abriendo una disputa mucho más amplia sobre el derecho a vivir dignamente. Esa es la fuerza del sindicalismo y esa es la posibilidad política que tenemos delante.

Porque si algo ha cambiado en España es que cada vez resulta más difícil convencernos de que debemos conformarnos con sobrevivir. Pero también que estamos empezando a recordar algo que nunca debimos olvidar: que podemos vivir mejor, que tenemos derecho a hacerlo y que la única vía segura para conquistar ese futuro pasa por construir el poder colectivo necesario para hacerlo realidad. Organizarse, luchar y vencer.

Pablo Martínez, Elisa Urruela e Isabel Laviña. Militantes del Sindicato de Inquilinas de Madrid.

Deja una respuesta

Acerca de

Writing on the Wall is a newsletter for freelance writers seeking inspiration, advice, and support on their creative journey.