Gaceta Crítica

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La revuelta de 1381 dio origen a una tradición revolucionaria

Dominic Alexander (JACOBIN), 14 de Octubre de 2026

En 1381, los campesinos ingleses y los pobres de las ciudades se rebelaron contra el dominio feudal y tomaron el control de Londres por un breve periodo. Su revuelta contra el orden establecido fue aplastada con brutalidad, pero dejó tras de sí la idea de un mundo sin amos.

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El Gran Levantamiento inglés de 1381 vio a sectores campesinos y a la población urbana rebelarse contra el impuesto per cápita [poll tax] fijado para financiar las guerras del rey en Francia. La hueste rebelde convergió rápidamente sobre Londres, proveniente sobre todo de Essex y Kent, y durante un breve período logró imponerse ante el gobierno del reino.

Sus demandas no se limitaban a la abolición del tributo. Exigían el fin de la servidumbre y, en la práctica, la liquidación de toda la aristocracia laica y eclesiástica, con la única excepción del propio monarca. De haber triunfado, Inglaterra se habría transformado en una suerte de confederación campesina, con una monarquía despojada de su poder feudal y reducida al papel de árbitro entre comunidades locales autónomas.

«No habrá más ley en el reino que la ley de Winchester», proclamaban las consignas rebeldes, en abierta referencia a la abolición de todo gobierno que no fuera de escala local. Se trataba de un programa ambicioso y abiertamente revolucionario, sin precedentes conocidos en las reivindicaciones populares hasta ese momento.

Aun así, ni el movimiento ni sus objetivos surgieron de la nada. La insurrección de 1381 hundía sus raíces en el desarrollo de la protesta popular y en sus cruces con las disputas entre las élites, un proceso que se remontaba a más de dos siglos.

La ley de la libertad

Las luchas de la población urbana, en particular de los sectores populares de Londres, resultan relativamente visibles debido a las conexiones entre la política de las élites y los esfuerzos de la ciudadanía londinense del siglo XII por conquistar el autogobierno, así como por la resonante revuelta social impulsada por las capas empobrecidas al mando de William Longbeard. En cambio, el descontento de la población rural aparece documentado de manera mucho más difusa en los registros históricos.

Si bien las rebeliones campesinas de la escala de la de 1381 constituyen en gran medida un fenómeno europeo de la Baja Edad Media, los focos de agitación esporádicos debieron ser una constante de la sociedad feudal. Recién a partir del siglo XIII, con la mayor conservación de archivos judiciales, es posible reconstruir estos episodios de protesta. Al examinar esa documentación, la masa campesina desmiente la injustificada reputación de protagonizar motines meramente espontáneos, reactivos o «elementales», como los catalogó cierta historiografía.

En un caso documentado, los habitantes de una aldea se asociaron para emprender acciones legales —proceso sumamente costoso para la época— y alternaron esa vía con el uso articulado de la fuerza contra su señor. En 1242, el campesinado de Brampton, en Huntingdonshire, obtuvo una carta patente para impedir que su señor aumentara los tributos feudales. Cuando el noble intentó ignorar la resolución, la población se armó con hachas y garrotes y persiguió a sus alguaciles hasta Huntingdon. Posteriormente, retomaron las acciones judiciales para respaldar su posición. Para estas comunidades no existía una frontera artificial entre el debido proceso y la acción directa.

Existe la idea errónea y bastante extendida de que la Edad Media fue una época de arbitrariedad y poder al margen de las leyes. Sin embargo, aunque la monarquía no poseía el monopolio de la violencia, el derecho y la costumbre fijaban límites reales a las atribuciones de los sectores más poderosos.

El marco normativo es siempre contradictorio: si bien su función primordial reside en preservar y legitimar el dominio de la clase explotadora, su propia exigencia de universalidad abre resquicios para que las mayorías explotadas organicen su defensa. Cuando la baronía logró imponer la Carta Magna al rey Juan en 1215 para frenar el absolutismo monárquico sobre su estamento, también le abrió al campesinado y a los sectores populares urbanos un cauce para luchar por derechos propios.

Por esa razón, el pueblo de Londres estuvo a la vanguardia del apoyo al bando baronial, conquistando así un mayor reconocimiento de los derechos corporativos de la ciudad —y de otros núcleos urbanos— en la redacción inicial de la Carta Magna. Aunque la nobleza solo pretendía resguardar sus privilegios estamentales ante la Corona, necesitó fundamentar su reclamo y convocar a un respaldo más amplio. Como resultado, comenzó a apelar a la noción de «comunidad del reino», como si encarnara intereses de alcance general.

La facción monárquica respondió en los mismos términos, lo que derivó en que las sucesivas reformas de la Carta Magna extendieran de forma gradual los derechos consagrados más allá de la aristocracia. En 1225, la nueva versión promulgada por Enrique III amplió garantías clave al campesinado no libre. La clase feudal descubrió que, al acotar la arbitrariedad real, había erosionado también sus propias jurisdicciones: los principios y prácticas aplicados en las cortes reales pasaron a regir como criterio orientador en los tribunales señoriales menores.

La Carta Magna instituyó además una asamblea orientada a brindar «el consejo común del reino» para la aprobación de tributos, hito geopolítico que dio origen al Parlamento inglés. En sus inicios, estuvo integrada únicamente por la jerarquía eclesiástica (arzobispos, obispos y abades) y la alta nobleza territorial que sostenía feudos de forma directa de la Corona.

Incluso la ciudad de Londres había quedado excluida: si la baronía impedía que el monarca fijara impuestos discrecionales sobre las ciudades bajo su dominio, la nobleza feudal podía ver restringida su propia capacidad de recaudación sobre los burgos bajo su fuero. No obstante, la población londinense volvió a alinearse con el bando baronial en la revuelta de 1263, y hacia 1265 las ciudades comenzaron a integrarse a las asambleas del reino, al tiempo que tomaba forma una estructura parlamentaria dividida entre los Comunes y los Lores.

Los prolegómenos

Los persistentes enfrentamientos entre la Corona y la nobleza abrieron fisuras a través de las cuales las clases populares pudieron hacerse oír y exigir su participación en la vida política. La perspectiva de utilizar recursos legales contra la nobleza siguió inspirando a las comunidades rurales y urbanas hasta bien entrado el siglo XIV.

Entre 1326 y 1327, los habitantes de St Albans entablaron un litigio contra la abadía local basándose no solo en un fuero otorgado durante la administración de Enrique I (1100-1135), sino también en una elaborada tradición oral según la cual las libertades comunitarias habían sido concedidas por el rey Offa de Mercia en el siglo VIII.

En 1377, al menos cuarenta aldeas de la franja que va de Sussex a Dorset constituyeron una confederación y, con patrocinio legal, obtuvieron «traslados oficiales» (exemplifications) del Domesday Book del siglo XI para acreditar su condición de campesinado libre y su exención de cargas señoriales. La magnitud del movimiento encendió las alarmas de las élites, motivando una dramática petición ante el Parlamento ante el riesgo inminente de una gran insurrección campesina a la manera de la Jacquerie francesa de 1358.

Tanto en el campo como en las ciudades comenzaban a articularse nociones precisas sobre los derechos populares y sobre las estrategias necesarias para conquistarlos. Hacia el siglo XIV se multiplicaban también las corrientes religiosas de crítica social, expresadas con singular nitidez en el poema narrativo de William Langland, Piers Plowman [Pedro el Ladrador / Pedro el Viñador]. El propio nombre de «Piers Plowman» fue asumido como contraseña e identidad colectiva por las filas rebeldes de 1381.

John Ball, sacerdote pobre y predicador radical, fue liberado de las prisiones de Canterbury por el ejército insurgente en los inicios de la revuelta. Ante la hueste reunida en Blackheath, en las afueras de Londres, pronunció un célebre sermón de contenido revolucionario que incluía la consigna: «Cuando Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién era entonces el caballero?».

Una rebelión organizada

El Gran Levantamiento de 1381 representó un salto cualitativo en la radicalidad de las demandas populares, así como un nivel inédito de articulación territorial entre campesinado, artesanos y sectores urbanos de vastas regiones del país.

Aunque la insurrección estalló de forma simultánea en Kent y Essex, las columnas rebeldes convergieron con celeridad hacia Londres. Las guerras civiles del siglo XIII y la centralidad del Parlamento habían consolidado a la ciudad como el eje político del reino. La dirigencia rural comprendió con claridad que, para imponer transformaciones sociales estructurales, resultaba indispensable controlar no solo la figura del monarca, sino también el centro neurálgico del poder.

Diversas fuentes documentales —rara vez ponderadas por la historiografía anglosajona tradicional— sugieren que la insurrección en Kent y Essex había sido planificada con anterioridad. Las acciones principales comenzaron exactamente el mismo día, el 2 de junio, en dos focos distantes entre sí, y el desplazamiento de las columnas rebeldes hacia los centros urbanos locales y luego hacia la capital se ejecutó con una sincronización que neutralizó la capacidad de respuesta de las autoridades y los terratenientes.

Si se contempla la hipótesis de una planificación previa, resta explicar cómo se articuló semejante nivel de organización. Todo indica que Londres no funcionó únicamente como objetivo militar, sino también como centro de coordinación política. Se trataba de una dinámica natural, dado que la red comercial del sudeste inglés ya gravitaba en torno a la capital.

En los procesos judiciales posteriores al conflicto figuran denuncias contra miembros del concejo municipal de Londres por complicidad con la insurrección. Aun cuando varias de estas acusaciones respondieran a disputas entre facciones de la élite, las actas judiciales parten del supuesto generalizado de que la rebelión contó con la participación activa de sectores populares capitalinos. Una de las denuncias formuladas contra Adam atte Welle, un maestro carnicero, sostenía que

viajó a Essex catorce días antes de la llegada de los rebeldes de esa región a la ciudad de Londres; allí, Adam incitó y alentó a las filas de Essex a marchar hacia la capital (…) posteriormente, fue él mismo quien introdujo a la tropa de Essex en Londres.

Si bien el testimonio pudo ser fraguado, expone con claridad los esquemas organizativos que se consideraban verosímiles tras la derrota de la revuelta. Por su parte, el cronista Jean Froissart es quien analiza con mayor énfasis las causas estructurales del levantamiento en el antagonismo entre siervos y señores, destacando la mediación política de los sectores populares de Londres en términos de clase:

De las palabras y prédicas [de John Ball] se hizo eco mucha gente en Londres que guardaba gran rencor hacia las clases ricas y nobles. Comenzaron a conspirar entre sí, denunciando que el reino de Inglaterra estaba pésimamente gobernado y que el oro y la plata les eran arrebatados por la aristocracia. Así, estos sectores oprimidos de Londres comenzaron a rebelarse, organizaron sus asambleas y enviaron mensajes a los condados vecinos para que marcharan hacia la capital con sus fuerzas, asegurándoles que encontrarían las puertas de Londres abiertas y a la plebe urbana dispuesta a sumarse al pacto, prometiendo presionar al rey hasta que no quedara un solo siervo en toda Inglaterra.

Aunque Froissart tiende a sobredimensionar el peso de la población urbana como motor exclusivo del proceso, es el único cronista que aporta un marco explicativo coherente sobre los acontecimientos desencadenados al arribar las columnas a la capital.

El asalto a las puertas

Tanto si provenían de Essex como de Kent, las filas insurgentes necesitaban franquear los accesos a la ciudad, dado que un sitio militar quedaba descartado. La viabilidad del plan dependía por completo de lograr que las puertas de la muralla se abrieran a su paso. Froissart relata que el alcalde, William Walworth, «y varios burgueses acaudalados de la ciudad» intentaron ordenar el cierre de los accesos. Sin embargo, una multitud calculada por el cronista en más de treinta mil personas respaldaba las «consignas rebeldes».

La Crónica Anónima, redactada por un posible testigo presencial, documenta la coordinación entre la hueste de Kent y los sectores populares de Southwark, el suburbio pobre del sur de Londres. En primer lugar, la multitud asaltó la prisión de Marshalsea para liberar a la población reclusa, detenida en su mayoría por delitos vinculados al impago de tributos señoriales. Acto seguido, destruyó «cada una de las fincas pertenecientes a los jurados e informantes oficiales de la prisión».

Operaciones de esa naturaleza requerían conocimiento preciso del terreno y se ejecutaron con enorme celeridad, lo que prueba la presencia de redes locales preparadas para guiar a las columnas. Semejante despliegue hubiese sido imposible sin una instancia previa de planificación. La misma crónica detalla la toma del Puente de Londres. Las secuencias vuelven a confirmar la existencia de preparativos destinados a desbordar la infraestructura antes de que la nobleza y la élite comunal pudieran organizar la defensa:

El alcalde se les adelantó y mandó alzar las cadenas y levantar el puente para cortar el paso. Pero el pueblo de Southwark se levantó junto con los insurgentes y exigió a los guardias que bajaran el puente y permitieran el ingreso, bajo amenaza de destruirlo todo. Por temor a perder la vida, los guardias cedieron y bajaron el puente contra su propia voluntad.

Controlar los accesos de la ciudad hubiese resultado impracticable sin ese tejido de alianzas. La tropa de Kent y Essex contaba con garantías certeras de que en el interior de la capital la esperaban fuerzas afines para asegurar el éxito de una operación de altísimo riesgo.

El legado de 1381

La ocupación de Londres constituyó la mayor victoria estratégica del Gran Levantamiento, aunque en las etapas posteriores la conducción insurgente perdió cohesión y no logró mantener el control sobre la figura del monarca. El proceso derivó en la derrota del movimiento y en la ejecución de sus principales referentes.

A pesar de que las fuerzas rebeldes no alcanzaron sus objetivos máximos —la abolición formal de la servidumbre, de la jerarquía eclesiástica y de la nobleza—, la servidumbre como institución entró en un proceso de descomposición irreversible a partir de entonces. Diversos factores económico-sociales aceleraron este desenlace, pero el impacto de la insurrección en las clases dominantes y el temor persistente a un nuevo estallido resultaron determinantes para que la aristocracia feudal fuera abandonando la exacción de cargas y prestaciones serviles.

Junto a esta transformación en la estructura social, el levantamiento legó una profunda huella en el pensamiento político. La noción de «comunidad del reino» (commonwealth), formulada originalmente por la baronía en sus pugnas con la Corona, pasó a reconfigurarse en el imaginario popular como una sociedad sin la exacción feudal ni de los señores ni del rey; es decir, como una comunidad sin clase dominante. La vocación revolucionaria del Gran Levantamiento de 1381 no ha sido olvidada desde entonces.

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