Gaceta Crítica

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Cómo las elecciones en Brasil podrían redefinir las relaciones con China

Tings Chak (GLOBETROTTER), 12 de Octubre de 2026

El 25 de octubre, los brasileños volverán a las urnas para elegir entre el presidente Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, quien fue condenado a 27 años de prisión por su participación en un intento de golpe de Estado. En la primera vuelta, Flávio obtuvo el 47,03 % de los votos válidos frente al 45,16 % de Lula, lo que pone de manifiesto la fortaleza persistente de la extrema derecha cuatro años después de su derrota electoral. La segunda vuelta se lleva a cabo en un momento en que Donald Trump busca restablecer el dominio de los Estados Unidos sobre América Latina, y Brasil se perfila como un campo de batalla decisivo en la campaña de Washington para contener las crecientes relaciones de China con la región.

Durante las últimas dos décadas, Brasil y China han forjado una alianza política que ha ampliado el margen de maniobra independiente de los países del Sur Global. Bajo el liderazgo de Lula y Xi Jinping, esta relación se ha profundizado a través de la cooperación en materia de desarrollo industrial, infraestructura, ciencia y tecnología. La elección determinará si este proyecto avanza o si la orientación internacional de Brasil queda subordinada a la renovada Doctrina Monroe de Washington, como parte del giro hacia la derecha que está experimentando el continente.

Desde el regreso de Lula a la presidencia en 2023, ambos gobiernos han vinculado la cooperación china con los programas de desarrollo de Brasil, entre ellos “Nova Indústria Brasil”, el Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC) y el Plan de Transformación Ecológica. La visita de Lula a Pekín en mayo de 2025 dio lugar a 36 acuerdos que abarcan infraestructura, finanzas, inteligencia artificial, salud pública y cooperación industrial. Detrás de estos acuerdos se encuentra un desafío de larga data: superar la posición de dependencia de Brasil en la división internacional del trabajo, donde las exportaciones de materias primas siguen superando al desarrollo industrial y tecnológico avanzado.

Esta cooperación también ha llegado a los movimientos populares brasileños. A través de la Asociación Internacional para la Cooperación Popular (Baobab), el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil y otras organizaciones han colaborado con instituciones chinas en materia de mecanización agrícola, bioinsumos y tecnologías digitales para la agricultura familiar. Entre estas iniciativas se encuentran el Laboratorio Digital de Agricultura Familiar y Agroecología y IARAA, un proyecto de inteligencia artificial para la agroecología y la reforma agraria desarrollado por movimientos populares brasileños utilizando modelos chinos de código abierto. En un medio rural caracterizado por concentraciones extremas de tierra, maquinaria y capital, dicha cooperación ofrece nuevas herramientas a las organizaciones campesinas que luchan por la reforma agraria y la producción de alimentos saludables.

La relación de Brasil con China también pone de manifiesto los distintos intereses de clase que operan en el país, con contradicciones particularmente visibles en el campo. Las exportaciones masivas de soya, carne y minerales han continuado tanto bajo el mandato de Bolsonaro como bajo el de Lula, pero sus gobiernos han mantenido relaciones políticas muy diferentes con Pekín. Mientras que Jair Bolsonaro atacó a China y se alineó con Washington, Lula ha buscado profundizar la cooperación estratégica, incluso en materia de desarrollo industrial, tecnología y reforma agraria. Flávio Bolsonaro promete ahora una relación “económicamente pragmática” con China, al tiempo que cultiva estrechos vínculos con Trump. Para los sectores de las clases dominantes brasileñas que se benefician de las exportaciones de materias primas, seguir vendiendo a China al tiempo que se adopta la agenda política de Washington no supone una gran contradicción. Sin embargo, para los esfuerzos de Brasil por reconstruir su industria y desarrollar la soberanía tecnológica, las consecuencias son mucho mayores.

El regreso de la Doctrina Monroe

Las ambiciones de Washington quedaron explícitas en su Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025, en la que se anunció un “Corolario de Trump” a la Doctrina Monroe, con el objetivo de restablecer la preeminencia de los Estados Unidos en el hemisferio occidental y negar a las potencias externas el control sobre los recursos estratégicos y la infraestructura. Cinco días después, China publicó su tercer documento de política para América Latina, en el que reafirmó la soberanía, la no injerencia, la integración regional, la cooperación tecnológica y el apoyo a la región como Zona de Paz. Ambos documentos revelan enfoques fundamentalmente diferentes respecto al futuro político del continente.

La posición de Brasil es decisiva. Como la mayor economía de América Latina, miembro fundador del BRICS y participante destacado en el Mercosur, cuenta con capacidades industriales, científicas y políticas que podrían fortalecer el desarrollo independiente en toda América Latina y más allá.

El surgimiento de una nueva era tecnológica hace que esta lucha sea particularmente trascendental. Brasil se encuentra entre los pocos países del Sur Global capaces de alcanzar una soberanía digital y tecnológica que podría beneficiar a sus vecinos y a algunas regiones de África. Su participación de aproximadamente el 23 % en las reservas mundiales de tierras raras constituye un punto de partida importante, pero el control sobre los minerales por sí solo es insuficiente. El mayor desafío consiste en desarrollar la capacidad para procesarlos, fabricar componentes avanzados y construir la infraestructura digital, los sistemas de inteligencia artificial y las tecnologías que darán forma a la producción futura.

Flávio ha dejado clara su postura. En su intervención en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) en los Estados Unidos en marzo de 2026, presentó a Brasil como la “solución” a la dependencia de Washington respecto a China en materia de minerales críticos, vinculando explícitamente las tierras raras con la inteligencia artificial y la superioridad militar de los Estados Unidos. Los informes económicos chinos también han descrito propuestas de su equipo para excluir a China de las cadenas de suministro de tierras raras. En lugar de utilizar los recursos de Brasil para desarrollar sus propias capacidades industriales y tecnológicas, esta agenda los pondría al servicio del poder tecnológico y militar de los Estados Unidos.

La misma orientación política se extiende a la soberanía digital. En julio de 2026, la campaña de Flávio presentó propuestas a las autoridades comerciales de los EE. UU. que incluían impedir que el sistema de pagos brasileño Pix se conectara a redes de pagos internacionales no occidentales y flexibilizar los compromisos dentro del Mercosur. Estas propuestas convergen con una campaña más amplia de los EE. UU. que abarca aranceles, regulación digital, minerales estratégicos e intentos de influir en el proceso electoral de Brasil. Mientras tanto, el bombardeo de Washington contra Venezuela en enero de 2026 y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores demostraron hasta dónde está dispuesto a llegar para imponer su voluntad en el continente.

Los BRICS y la lucha por una política exterior independiente

Brasil, particularmente bajo el mandato de Lula, ha contribuido a construir instituciones a través de las cuales los países del Sur Global puedan reducir su dependencia de las estructuras dominadas por Occidente. En la cumbre del BRICS celebrada en julio de 2025 en Río de Janeiro, el grupo impulsó la cooperación en materia de financiamiento para el desarrollo, transacciones en moneda local y reforma institucional internacional. El Nuevo Banco de Desarrollo, presidido por la ex presidenta brasileña Dilma Rousseff, es una expresión importante de este esfuerzo.

El BRICS no puede superar automáticamente la dependencia económica ni garantizar la soberanía de los trabajadores. Sin embargo, su expansión ofrece un mayor margen para el desarrollo independiente, siempre y cuando los gobiernos participantes tengan el compromiso político de aprovechar estas posibilidades.

La historia de Brasil revela cuán difícil ha sido defender esa independencia. En 1961, el vicepresidente João Goulart se convirtió en el primer representante de alto rango de un gobierno latinoamericano en visitar la República Popular de China, donde se reunió con Mao Zedong cuando la China revolucionaria permanecía diplomáticamente aislada y sometida a sanciones de los Estados Unidos. Tres años más tarde, Goulart fue derrocado en un golpe de Estado civil-militar respaldado por los Estados Unidos que dio inicio a una dictadura de veintiún años. La historia temprana de la amistad entre China y Brasil fue inseparable de las luchas por la soberanía nacional, la reforma agraria y las fuerzas decididas a reprimirlas.

Las condiciones materiales internacionales para la cooperación Sur-Sur son hoy considerablemente más favorables, pero la orientación política sigue siendo decisiva. Jair Bolsonaro fue anfitrión de la cumbre del BRICS de 2019 en Brasilia, al tiempo que buscaba una estrecha alineación con Washington. Un gobierno puede debilitar las instituciones desde dentro al abandonar los compromisos que les dan sustancia política.

El resurgimiento de la extrema derecha también refleja el poder perdurable de las propias clases dominantes de Brasil. El bolsonarismo cuenta con una base interna entre sectores de la agroindustria, las finanzas, el aparato de seguridad, las milicias, las redes religiosas conservadoras y los principales medios de comunicación. Estas fuerzas, cuyos avances electorales e institucionales han continuado, se vieron fortalecidas por el golpe parlamentario de 2016 contra Dilma Rousseff y la persecución judicial de Lula. Cuentan con sus propias organizaciones, intereses materiales y fuentes de poder, que no desaparecen cuando se pierde una elección. Su dependencia económica de los mercados chinos no ha impedido su apoyo a la agenda política de Washington.

Más allá de las elecciones

Pekín ha seguido de cerca las elecciones brasileñas, lo que refleja la importancia de la relación política forjada entre Lula y Xi a lo largo de años de cooperación. En julio, Xi reafirmó el apoyo de China a Brasil frente a la injerencia externa durante una conversación con Lula, en la que también se abordó la cooperación en inteligencia artificial, satélites, procesamiento de minerales y las relaciones entre China y el Mercosur. En septiembre, el ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, recibió en Pekín al asesor de Lula y exministro de Relaciones Exteriores, Celso Amorim, reafirmando la alianza estratégica bilateral.

El principio de no injerencia de China implica que la elección del gobierno de Brasil le corresponde al pueblo brasileño; sin embargo, la moderación diplomática de Pekín no debe confundirse con una ausencia de intereses políticos ni con la suposición de que todos los gobiernos buscarían la misma relación. Los analistas chinos han descrito el posible panorama bajo el mandato de Flávio como uno de “política fría, economía caliente”: es probable que el comercio de materias primas continúe, pero la relación política y la cooperación en sectores estratégicos podrían deteriorarse. La experiencia de la presidencia de Jair Bolsonaro ya ha demostrado los límites de los intereses comerciales a la hora de sostener una asociación política más amplia.

Para el pueblo brasileño, las consecuencias van mucho más allá de la política exterior. La elección también definirá las luchas en torno a los derechos laborales, los servicios públicos, la reforma agraria y la defensa del espacio democrático. El renovado papel de Brasil en la cooperación Sur-Sur bajo el mandato de Lula ha abierto posibilidades para un proyecto de desarrollo que responda a las necesidades de su clase trabajadora, pero hacer realidad esas posibilidades depende de las fuerzas políticas y sociales capaces de llevarlo adelante.

El pueblo brasileño ha luchado contra la dictadura, la reestructuración neoliberal, los golpes parlamentarios y el auge de la extrema derecha para defender sus logros políticos y sociales. Estas elecciones constituyen otro momento en esa larga lucha, que ahora se desarrolla en medio de una renovada intervención imperialista de los Estados Unidos y una transformación de los cimientos tecnológicos del mundo. El futuro de la cooperación entre China y Brasil dependerá de la capacidad de las fuerzas populares organizadas para construir un proyecto nacional soberano y convertir la cooperación internacional en cambios duraderos en la vida de las personas.

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