Salvador López Arnal (Espai Marx), 11 de Octubre de 2026. Sobre el libro de Constanzo Preve «Los siglos difíciles…»
Reseña de Costanzo Preve, Los siglos difíciles. Introducción al pensamiento filosófico de los siglos XIX y XX. Barcelona: El Viejo Topo, 2026, 260 páginas. Traducción de Héctor Vizcaíno Rebertos y Carlos X. Blanco.

No puede haber ninguna duda sobre el interés filosófico (en sentido fuerte) y político de este magnífico ensayo de hermoso título y excelente escritura (¡gran trabajo de los traductores!). Para leer, releer, analizar-estudiar en un seminario y tenerlo a mano para consultas.
Dejo constancia: el recorrido histórico-filosófico que nos propone el autor, así lo señala él mismo, está inspirado en los valores de la libertad y la verdad, nociones ambas que desarrolla en el capítulo de conclusiones («Un recorrido de verdad y de libertad») y a lo largo del libro.
Unas observaciones iniciales: 1. La edición original italiana es de 1999. De escribirse ahora, conjeturo, probablemente otros autores y temáticas hubieran sido del interés del autor. 2. Como señala Costanzo Preve (CP a partir de ahora) «este ensayo está inspirado en un principio teórico central, el del carácter veritativo del conocimiento filosófico.» (Se aconseja la máxima concentración en la lectura de la Introducción, que lleva ese título precisamente). 3. Por el mismo sendero: todo este libro, señala CP, «está inspirado en un querido paralelismo entre los capítulos dos y nueve, por el que Hegel y Heidegger» [ambos centrales para CP; recordemos de nuevo que el libro es de 1999, que el autor, nacido en 1943, falleció en 2013, y que la primera edición en alemán de los Cuadernos negros heideggerianos es de 2014] son vistos como pensadores divergentes, «pero como aliados en un correcto planteamiento común del tema del carácter veritativo del conocimiento filosófico.» 4. Para CP, la época de los ismos, más bien del ismo [¿referencia al marxismo?], ha terminado ya, y cree «que el lector no prevenido se dará cuenta de ello leyendo este ensayo dirigido no solo al común lector «gratuito» [noción que él mismo define: el lector filosófico desinteresado en títulos y puestos académicos], sino también a la escuela, a la Academia. En cualquier caso, CP ruega al lector que, sin desprecio de los ismos si son practicados de forma consciente, crítica y creativa, no se cuelgue ningún ismo a este ensayo de introducción a la filosofía contemporánea. No lo hagamos. 5. Es imprescindible cruzar este ensayo, nos advierte CP, «con buen manual de historia de la filosofía, con una exposición monográfica de divulgación de alguno de los autores en cuestión (por ejemplo, Hegel o Heidegger) y, por último con una explicación oral por parte de una profesional experto en filosofía.» (250) CP da referencias concretas de todo ello.
No es el suyo un filosofar fácil, como admite el propio CP y el lector comprueba inmediatamente al iniciar la lectura, pero es un filosofar siempre de interés y (casi) apto para todos los públicos concernidos por el buen filosofar. Para CP «la filosofía es algo muy importante y valioso», afirmación que en su opinión está lejos de ser compartida por todos. CP critica el «prejuicio –profundamente arraigado y casi imposible de erradicar en su opinión– que sostiene que la filosofía es una práctica inútil, ya que es imposible alcanzar acuerdos y, por tanto, no se hace más que perder un tiempo precioso que podría emplearse de forma más provechosa: el tiempo del dinero, el de la ciencia, el de la política o el de la ideología, etc., uniendo erróneamente, en mi opinión, tiempos heterogéneos de valoración en absoluto idéntica.
Los siglos difíciles [LSD, a partir de ahora] es «una introducción, histórica y teórica, a la filosofía contemporánea, con especial atención a la filosofía del siglo XX». Es una introducción histórica, señala CP, «porque los diferentes argumentos no serán tratados por «temas» (como por ejemplo sugiere la tradición de la filosofía denominada «analítica» [que no es santo de la devoción, ni siquiera de mucha consideración por parte de CP]), sino que seguirán una sucesión temporal». Pero es también una introducción teórica «porque al lector se le propondrá explícitamente una clave interpretativa global, centrada en el tema de la verdad o más exactamente, de la relación entre verdad y filosofía».
Esta doble naturaleza está integrada por una tercera dimensión de tipo didáctico (que CP nunca pierde de vista en beneficio del lector): «ya que este ensayo también está dirigido explícitamente a estudiantes y docentes de filosofía de los últimos cursos de la escuela secundaria superior [¡muy, pero que muy potente debió ser la escuela secundaria italiana en aquellos años de finales del XX si la sugerencia de CP está fundamentada!] y de los primeros años de las facultades universitarias, no solo de filosofía.» Por esta razón, como veremos, cada capítulo «está precedido de una síntesis completa de los temas tratados,y termina con una conclusión en la que los puntos anticipados en la síntesis se recapitulan a la luz de las argumentaciones desarrolladas en el capítulo». A mi parecer, magnífico plan expositivo que CP cumple siempre. Mejor imposible.
Un apunte sobre el autor poco traducido (y conocido) hasta la fecha entre nosotros que tomo de la solapa interior (seguramente escrita por los traductores): Costanzo Preve (1943-2013) es un filósofo y ensayista marxista italiano, «figura heterodoxa y crítica dentro de la izquierda italiana» de aquellos años. Tras su inicial adhesión al PCI, «desarrolló un pensamiento original que, rechazando tanto el liberalismo como el marxismo-leninismo ortodoxo, buscaba una refundación comunitaria del socialismo» [el énfasis es mío]. Su interpretación final del marxismo es la de un Karl Marx «como heredero y continuador del idealismo alemán y defensor de la comunidad libre, en la línea de la filosofía clásica griega: la defensa de la polis frente al egoísmo depredador y disolvente».
CP, se señala también en la solapa, analizó la crisis histórica del «socialismo real» y criticó «al capitalismo globalizado y el neoliberalismo como expresiones de una modernidad decadente». Sus obras «combinan el rigor teórico [este libro es muestra de ello] con una profunda revisión de la tradición marxista, integrando elementos de la filosofía clásica y el comunitarismo (que no se define)». Durante un tiempo, CP colaboró con Gianfranco La Grassa (1935-2025) –escribieron conjuntamente La fine di una teoria. Il collasso del marxismo storico del Novecento, ensayo no traducido al castellano–, coincidiendo ambos en la crítica del economicismo y en el supuesto papel «mágico», así se señala en la solapa recogiendo una posición del autor, de la clase obrera industrial y occidental para superar o derrocar el capitalismo.
Componen LSD una nota al lector, la introducción de la que antes les hablaba («El carácter veritativo del conocimiento filosófico»), diez capítulos, la conclusión («Un recorrido de verdad y de libertad»), una nota didáctica y otra bibliográfica. Falta (¡y hacía mucha falta!) un índice onomástico y conceptual. ¡Hubiera sido muy importante en este caso!
Los títulos de los capítulos, todos ellos compuestos por siete apartados (¿un guiño cómplice al pitagorismo?) que se inician, como he señalado, con una síntesis y finalizan con una conclusión: 1º. Las características filosóficas de la modernidad occidental. 2º. La filosofía de Hegel como interpretación crítica de la modernidad («Considero [a Hegel] un crítico anticipado de la modernidad mucho mejor y más profundo que los llamados posmodernos ya sean «débiles» o «fuertes»). 3º. El positivismo de Comte como retorno de una visión acrítica de la modernidad. 4º. La revolución teórica de Karl Marx («Sostengo de forma muy sintética, que Marx hizo muy bien en utilizar el concepto de modo de producción capitalista y también en tomarla contra el capitalismo, pero que se equivocó a rechazar el horizonte filosófico de una teoría de la verdad no historicista.»). 5º. La filosofía del martillo de Nietzsche. 6º. Del largo siglo XIX (1789-1914) al corto siglo XX ((1914-1991). Algunas claves teóricas. 7º. El siglo XX y el problema filosófico de la ciencia y de la técnica. 8º. El siglo XX y el problema filosófico del capitalismo y la revolución. 9º. Cómo evitar la llegada del Último hombre. La reflexión antropológica del siglo XX. 10º. La filosofía en la época de la globalización económica mundial.
Decía que cada capítulo estaba estructurado en siete apartados que incluyen siempre síntesis y conclusión. Tres ilustraciones para su información, para que «huelan» el ensayo:
Capítulo 2º. La filosofía de Hegel como interpretación crítica de la modernidad. 2.1. Síntesis. 2.2. El odio hacia Hegel y el fácil misterio del tema hegeliano. «Todo lo real es racional». 2.3. Hegel y el carácter veritativo del conocimiento filosófico. 2.4. La sociedad civil y el Estado en la filosofía de Hegel. 2.5. La sociedad civil de Hegel contra la utopía totalizante del Estado de Rousseau. 2.6. El Estado de Hegel contra la utopía económica totalizante de la sociedad civil de Smith. 2.7. Conclusión.
Capítulo 7º. El siglo XX y el problema filosófico de la ciencia y de la técnica. 7.1. Síntesis. 7.2. La cuestión fundamental de la relación entre la filosofía y ciencia en el siglo XX: la inversión del problema de Kant. El experimento de Milgram. 7.3. Henri Bergson: un correcto planteamiento de la relación entre ciencia y filosofía. 7.4. El horror hacia la metafísica: el sueño antifilosófico del neoempirismo y del neopositivismo entre las dos guerras. 7.5. La inútil cruzada de Karl Popper en nombre de la inencontrable «verdadera ciencia garantizada». 7.6. El valiente y no escuchado diagnóstico de Husserl sobre la crisis de las ciencias europeas. 7.7. Conclusión.
Capítulo 8º. El siglo XX y el problema filosófica del capitalismo y de la revolución. 8.1. Síntesis. 8.2. El misterio filosófico de la naturaleza y de la disolución del comunismo histórico del XX. 8.3. El comunismo y el problema filosófico de la igualdad. 8.4. El comunismo y el problema filosófico de la libertad, 8.5. El comunismo, la religión, la filosofía y la ciencia. 8.6. La herencia filosófica del marxismo y del comunismo hoy. 8.7. Conclusión.
En las páginas 15-18 de LSD (lean con atención por favor, es un excelente adelanto), CP anticipa la arquitectura de los diez capítulos. Dos ejemplos: 1. «El tercer, cuarto y quinto capitulo están dedicados respectivamente a Comte, Marx y Nietzsche. Estos tres grandes pensadores tienen en común un rechazo consciente del carácter veritativo del conocimiento filosófico, defendido y sostenido conscientemente por Hegel.» 2. «Los diez capítulos del ensayo giran en torno a un eje: la afirmación del carácter veritativo del conocimiento filosófico [siempre nudo central para CP] no es enemigo, sino, por el contrario, aliado del diálogo, de la libertad de opinión y de expresión, del reconocimiento de la finitud humana sobre la que se fundan la igualdad y la solidaridad.»
Una observación del autor sobre su obra y la objetividad en filosofía: «Mi ensayo tiene que «cruzarse» con un buen manual. En general, el estudiante busca una exposición «objetiva», porque teme que el punto de vista del autor del manual falsifique el «verdadero» pensamiento original del filósofo». Desgraciadamente en filosofía «esto no es nunca posible al cien por cien, debido a [un decir un pelín oscuro en mi opinión] la naturaleza misma de la disciplina en la que el objeto que debería garantizar la objetividad siempre y solo es el objeto objetivado por un sujeto.» (251) Esta exigencia de objetividad, «aunque planteada por motivos nobles y saludables, esconde siempre, consciente o inconscientemente, la asimilación de la filosofía a una ciencia natural de tipo «exacto», en la que la presunta objetividad siempre es una construcción unánime de toda la comunidad científica de especialistas (astrónomos, zoólogos, físicos, químicos, biólogos, etc.)». Para CP, y a diferencia de las comunidades científicas, cuyas disidencias y polémicas quizá no tenga demasiado en cuenta CP en este punto, la comunidad de los filósofos, por su propia naturaleza, «no puede ponerse de acuerdo sobre su construcción unánime de su propio objeto y método». Esta es precisamente la especificidad de la filosofía para el filósofo italiano.
Dejándome mucho en el tintero, veamos a continuación una selección de algunas de las consideraciones centrales de LSD:
1.º Abro con un homenaje (¡que comparto con sorpresa!) a Ernesto Guevara (en 2027 recordaremos el 60 aniversario de su asesinato). Así habla de él CP en el apartado 9.4: «Ernesto Che Guevara y la Perspectiva del Hombre Nuevo Revolucionario» (el autor tiene, en mi opinión, una tendencia germanista excesiva a escribir con muchas mayúsculas): «Puede parecer extraño que hablemos de Ernesto Che Guevara, el revolucionario comunista argentino muerto en Bolivia en 1967, como una de las figuras filosóficas centrales del siglo XX [la cursiva es mía; a Francisco Fernández Buey le hubiera encantado leer este infrecuente elogio]». Nadie se sorprendería sin embargo, añade CP, «si dijéramos que Antígona, la heroína de Sófocles, es una de las figuras filosóficas centrales de la antigüedad clásica, aunque Antígona, suponiendo que alguna vez existiera, nunca se graduó en filosofía, y nunca escribió una contribución especializada en esta disciplina. Antígona, como es bien sabido, representa el conflicto trágico entre dos principios morales y jurídicos incompatibles, y por ello es una heroína inmortal de la filosofía.» (211). A lo que añade: Ernesto Che Guevara, revolucionario comunista y médico de formación, representa «un desafió al advenimiento del Último Hombre a través de la representación concreta del Hombre Nuevo revolucionario».
2.º El sexto capítulo, «Del largo siglo XIX (1789-1914) al corto siglo XX ((1914-1991). Algunas claves teóricas», es para CP (también es opinión de este lector) central (él escribe «absolutamente central») para la comprensión de todo el ensayo: «propone precisamente una interpretación histórica del siglo XX centrada en la importancia decisiva del estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914.» Se trata de un tema que podría parecer obvio, pero que en absoluto lo es «si se tiene en cuenta que la mayoría de las interpretaciones filosóficas corrientes del siglo XX tienden, explícita, pero más a menudo implícitamente, a «desresponsabilizar» a los criminales de 1914 y a criminalizar solo a los «criminales» posteriores». Más aún: «la particularidad de nuestro sexto capítulo radica en que se intentará ofrecer de este hecho una lectura no solo histórica, sino también filosófica.» (17) Lo consigue en mi opinión. En general, todo lo que toca-piensa CP se transforma en buen filosofar.
3.º Del cuarto y del octavo capítulo del libro, destaca con claridad su valoración de que «el pensamiento de Marx y los desarrollos histórico-políticos del marxismo son absolutamente centrales para comprender el transcurso de los últimos dos siglos, y que su desafío global a la sociedad capitalista tiene que considerarse absolutamente legítimo, y que no tiene que ser liquidado apresuradamente como una ilusión criminal.» [la cursiva es mía]. Pero, añade, esta crítica social al capitalismo «tampoco tiene que etiquetarse como «marxismo», porque el marxismo para existir, implica una serie de tesis, entre ellas la capacidad revolucionaria del proletariado de fábrica de llevar a término una transición de un modo de producción a otro, que personalmente no comparto para nada».(26) Uno de los puntos de clara divergencia de CP con una buena parte de las tradiciones marxistas. El «no comparto para nada» es muy significativo.
4.º Es de destacar su muy sugerente consideración de la verdad filosófica: «La naturaleza de la verdad es de tipo histórico, en un sentido sin embargo opuesto al relativismo y al convencionalismo que el término «histórico» generalmente lleva consigo, y está formada por la unión inextricable de logos, de éthos y de phrónesis, es decir, respectivamente, de razón-razonamiento, de carácter-comportamiento y de sabiduría-decisión.» (similar, en cierta medida, a la terna verdad, bondad y belleza de los antiguos). En la verdad filosófica, añade CP con sus excesivas mayúsculas que pueden extraviar al lector, lo Verdadero es también lo Bueno y lo Falso es Malo, mientras que «las leyes científicas utilizadas para construir un instrumento de salvación y un instrumento de muerte son las mismas y, por tanto, lo «verdadero» científico puede ser utilizado tanto para lo «bueno» como lo «malo» filosófico.» Así, pues, la naturaleza de la verdad filosófica es de tipo lógico y ontológico, no simplemente gnoseológico (un apunte aclaratorio hubiera facilitado la tarea comprensiva del lector). La verdad filosófica no consiste en una «verdad neutra y aséptica», separada de todo valor social; no es para CP un neutral logos separado del éthos y de la phrónesis. De lo cual se infiere, si no ando extraviado, que desde la concepción de CP la verdad científica de las leyes de la física atómica (recordemos Hiroshima y Nagasaki y cientos de ejemplos más) no vendría acompañada de su verdad filosófica. Éthos y phrónesis estarían ausentes. A este lector no le parece un disparate la distinción.
5.º Para CP, en un pasaje que hubiera exigido más claridad en mi opinión, verdad no es solo un objetivo al que aproximarse progresivamente combinando correspondencia y coherencia, reflejo y construcción, «sino un peculiar relación entre sujeto y objeto en la que puede suceder que el sujeto pierda históricamente todo interés por el objeto mismo». Lo señalado también se corresponde «con la genial definición del ateísmo propuesta por Hegel, para quien el ateísmo no es una negación de un presunto objeto a reflejar o a construir racionalmente, sino una pérdida de interés por la verdad.» (41) (Dicho sea entre paréntesis: parece evidente el error descomunal de Hegel en esta consideración del ateísmo, que PC comparte con elogio).
En cualquier caso, «no hay que confundir la afirmación de la verdad filosófica con la imposición de una opinión política e ideológica hecha pasar por verdad a tutelar». A lo que añade CP con razón: «Aquí basta con recordar que la persecución de las opiniones, haciendo imposible cualquier comunicación dialógica, no es la precondición de una práctica veritativa del conocimiento filosófico, sino que es su mortal impedimento.»
6º. CP abre el primer capítulo observando que es imposible orientarse en el análisis de la filosofía del siglo XX (deja aparte la del XIX) sin antes preguntarse por las características filosóficas de la modernidad occidental, «burguesa-capitalista, que se constituye originariamente en Europa (y que florece propiamente, según CP, a partir del siglo XVIII) y que después, gradualmente, se mundializa (o, como se dice hoy, se globaliza) en los últimos dos siglos». Son seis los puntos de su interesante explicación, dos ilustraciones: 1. Hay que comprender, señala, que la actual sociedad capitalista, mundializada, «no representa un resultado ineluctable y necesario de toda la historia del mundo anterior, destinada fatalmente desde el tiempo de las cavernas a terminar en este punto». Para CP el nacimiento del capitalismo tiene que considerarse «en buena medida una casualidad o, para mejor decirlo, un «incidente aleatorio», de la historia humana». No comparte una filosofía determinista de la historia. 2. Hay que señalar que, para CP, la característica principal que constituye el tejido teórico de la modernidad, desde un punto de vista filosófico, no es tanto «el concepto de Ciencia, como la noción de Historia referida universalmente al hombre en general como su sujeto». Se refiere aquí, así lo señala, a una sugerencia del pensador alemán Koselleck (que este lector desconoce). Para CP el problema filosófico de la modernidad, en la que vivimos, es «una racionalidad ilimitada carente de fundamento que le dé una capacidad autorregulativa». Su buena metáfora (¿inspirada en los frenos de emergencia de Benjamin?): «un automóvil construido con un motor muy potente, y con un sistema de frenos penosamente inadecuado». A lo que añade finalmente: «El código genético de esta modernidad es el de una religión empeorada, donde el Padre es la Historia, el Hijo es la Política y el Espíritu Santo es la Economía». Para CP, el gran filósofo que intentó resistir muy tempranamente a la situación (insiste en ello varias veces) fue Hegel. «El odio hacia Hegel, por tanto, es en cierto sentido comprensible aunque no justificable. Si Hegel realmente pretendiera sostener que todo lo que ocurre y se impone provisionalmente debe ser adorado y justificado en nombre del derecho del vencedor (¡Ay de los vencidos!), merecería un juicio severo. Pero no es así, sino más bien todo lo contrario». El pensamiento de Hegel, observa de nuevo CP, ofrece «un horizonte filosófico de crítica de la modernidad que aún no ha sido superado.»
7.º Excelentes críticas de CP a las aproximaciones sesgadas y desinformadas a la obra de Marx (autor al que, por supuesto, nunca trata como un santón intocable, más bien lo contrario). En general, los enemigos de Marx, señala CP, «tienen una característica particular muy negativa, que consiste en una -a veces- grotesca ignorancia de las posiciones teóricas de Marx, y en una tenaz costumbre de «descargar» sobre Marx, muerto en 1883, las responsabilidades históricas y políticas del comunismo histórico del siglo XX, surgido en 1917, 35 años después de su muerte, con la Revolución rusa». Para CP, Manuel Sacristán le hubiera estrechado la mano en este punto, esta costumbre es particularmente odiosa: «si se piensa que existe históricamente un uso ideológico de doctrinas de tipo filosófico y científico, e incluso de revelaciones religiosas (piénsese en el uso que hizo la Santa Inquisición del mensaje evangélico de Jesús de Nazaret, o en el uso que hicieron los terratenientes esclavistas de Georgia del pensamiento político de Aristóteles)». Para el autor, hablando en términos generales, «es odioso e infundado todo intento de «responsabilizar» a un pensador por los comportamientos mantenidos por individuos que declaran inspirarse en su mensaje.» (109)
8.º De su concepción metafilosófica e histórica el siguiente texto es un buen resumen: «El nacimiento de un gran filósofo es un acontecimiento muy raro. Una vez nacidos Platón y Aristóteles, es muy difícil «superarlos» en su terreno. La síntesis filosófica de Spinoza, un filósofo muerto a los cuarenta y cuatro años tras haber ejercido de pulidor de lentes, es prácticamente insuperable en los términos rigurosos con que fue elaborada. El «gran» filósofo es un milagro [¡extraño término que vuelve a usar CP!] producido por la coyuntura histórica, que une el elemento casual de la genialidad personal con el elemento determinado de la plenitud de un horizonte histórico significativo. Uno solo de estos elementos es «genéticamente» insuperable. Hace falta la presencia de los dos.» (149)
9.º. Un ejemplo que ilustra sobre la singular (y nada frecuente) profunda mirada filosófica de CP: «A continuación, hablaré de pensadores y escuelas filosófico-científicas del siglo XX a los que es necesario prestar mucha atención. Se trata de Bergson, figura luminosa de la filosofía de la ciencia del siglo XX… Bergson plantea de manera sustancialmente correcta una fecunda relación entre filosofía y ciencia.. El re-legitima íntegramente el conocimiento filosófico y, al mismo tiempo, le exige nutrirse seriamente de los resultados de la investigación científica, no ignorarla, no despreciarla, no considerarla un sector «secundario» de la inteligencia humana» (165, 171). Una actitud que, según CP, ya había sido la de Hegel, «una actitud que habría debido ser recogida, por su finura, sobriedad e inteligencia.»
(Dicho sea entre paréntesis: Hay también otros filósofos del siglo XX que, como Bergson, también tuvieron una sólida formación científica, pero que en cambio no merecen mucho reconocimiento por parte de CP. Poincaré, Carnap, Popper, Kuhn,… entre muchos otros).
10º. Wittgenstein es uno de los autores de la tradición analítica más citados por CP (acaso el más citado). Con reconocimientos incluidos, que an absoluto prodiga para otros autores analíticos. Su visión del Tractatus, que no es original, le aproxima a otras lecturas heterodoxas: «El joven Wittgenstein escribió un Tractatus, erróneamente tomado por un manifiesto de filosofía de la ciencia cuando en realidad se trataba de un texto místico-religioso, en el que establecía una línea rígidamente neurótica [sobra el adjetivo, en mi opinión] entre lo que se podía decir y aquello sobre el cual había que guardar silencio. Kant jamás habría soñado con escribir una metafísica del silencio y de lo inefable. Y esto debe hacernos reflexionar sobre cuánto habían cambiado las cosas desde la época de Kant.» (173) El Tractatus permite ser leído, sin contradicción, desde ambas perspectivas.
11º. La crítica de CP de Popper es acerada: «Karl Popper es considerado por muchos como uno de los más grandes filósofos del siglo breve». No es su caso: «Yo pienso que se trata de una fama absolutamente usurpada y de un juicio inaceptable». Su juicio «no se deriva de una evaluación de sus teorías (crítica al historicismo, defensa del liberalismo, teoría de la falsabilidad de los enunciados [científicos debería haber añadido CP], etc)», que considera positivamente. Se trata de teorías profundas, inteligentes y dignas de consideración para él. El punto no es ese. «La crítica nace más bien del modo vulgar e inaceptable en que Popper «liquida» instrumentalmente a filósofos del pasado mucho más grandes y profundos que él (de Platón a Hegel y Marx)». Deconstruir un pensador, señala con toda razón, «no significa desfigurarlo, falsificarlo, simplificarlo hasta lo ridículo o hacerle decir lo contrario de lo que dijo. Actuar así es violar la primera regla de la «ética profesional» del filósofo». Y eso es exactamente, señala CP, «lo que Popper hizo sistemáticamente con Platón, Hegel y Marx, imitando así, como buen «filósofo de la Guerra fría» (lo fue sin duda), lo que hacían los filósofos estalinistas del materialismo dialéctico» (175), expertos en confeccionar listas negras de los filósofos que no les gustaban o que, peor aún, simplemente no entendían.
(Para CP, el que llama principio de falsabilidad se corresponde «bastante bien con el sentido común y con la práctica habitual de los investigadores científicos». No está nada claro lo primero y Thomas S. Kuhn, entre muchos otros, ya explicó en su bestseller sobre la estructura de las revoluciones científicas que la práctica real y usual de los científicos, tanto en periodos de «ciencia normal» como en los momentos de «ciencia extraordinaria», no suele coincidir con la consideración popperiana, sobre todo si recordamos las formulaciones más ingenuas y precipitadas del principio de falsabilidad.)
12º. Es explícito el reconocimiento de CP de la obra Husserl, al tiempo que observa, en tesis de alta tensión, que «Husserl, que jamás habla de capitalismo y a quien el propio concepto no parece interesarle en absoluto, plantea de hecho de manera insuperable la cuestión del secreto de la relación entre ciencia y capitalismo: en el capitalismo, debido al predominio del valor de cambio y a la división del trabajo técnica y social destinada a maximizar su producción, la relación entre episteme y techné aparece invertida. Esta -y a mi juicio solo esta- es la «inversión» que convierte en cierto sentido, al capitalismo en «un mundo al revés».» (179). ¿Solo esa supuesta inversión explica el mundo al revés del Capital? La demostración del teorema de Fermat por Andrew Wiles (y su exalumno Richard Taylor) en 1994, en fecha cercana a la publicación del libro, ¿es prueba de esa subordinación de la episteme a la techné? ¿No hay una generalización apresurada en la tesis de CP?
13º. CP se muestra en ocasiones marcadamente reformista (no es una crítica por mi parte) sin tener en cuenta los problemas políticos y éticos de la meritocracia. En este pasaje por ejemplo: «el tema de la igualdad tiene, pues, dos dimensiones prácticas esenciales: en primer lugar, la cuestión de garantizar la satisfacción de las necesidades básicas de todos los hombres (vivienda, salud, alimentación, vestido, mantenimiento de la familia); en segundo lugar, la garantía jurídica y social de una desigualdad moderada y controlada, estrechamente relacionada con el conjunto de la riqueza social disponible y la jsta valoración del mérito individual en el trabajo realizado» (191). Para CP todo el pensamiento filosófico del siglo XVIII gira en torno a estos dos problemas.
14º. Su elogiosa consideración de Heidegger (junto con Hegel, tal vez los dos autores que mayor consideración tienen para CP) se refleja en párrafos como el siguiente: «La Masacre Administrativa marca la cima de la pérdida de control y dominio de los sujetos individuales y sociales sobre los productos de su acción, un tema privilegiado en el pensamiento de Heidegger, que por esta razón sigue siendo uno de los pocos pensadores «decentes» del siglo XX». Desconozco el significado del entrecomillado de decentes. Añade CP en términos acaso demasiado grandilocuentes: «La Masacre Administrativa consiste en el cumplimiento de órdenes legalmente legítimas y casi siempre ideológicamente motivadas con complejas estrategias periodísticas y políticas de persuasión, órdenes cuyo cumplimiento es simplemente el Mal Absoluto.» (209)
15º. CP se manifiesta (de manera muy pesimista) sobre la historia de la filosofía y la filosofía actual, la de finales del siglo XX: «La época actual es una época de aparente «estancamiento» del hombre filosófico. Los autores de moda son personajes de «tercera categoría» no solo en comparación con gigantes como Kant, Hegel, Marx y Nietzsche, sino también genios como Bergson. Husserl o Adorno.» Estos personajes, que no cita, de tercera categoría, en clasificación de CP, «a veces abren «debates» completamente irrelevantes, en los que lo que más interesa al público -condicionado por el estilo periodístico sensacionalista-, reside generalmente en las invectivas, en las polémicas personalistas, en los cambios repentinos de tema, en las llamadas de discusión inmediatamente extinguidas por el aburrimiento y la irrelevancia.» Su interpretación de la situación (una situación que, desde mi punto de vista, tiene y tuvo en aquellos años numerosos contraejemplos a su conjetura): «Creo que lo que hay que pensar hoy es tan grande, profundo y difícil que hay que dar por sentada la dificultad de «empezar» con algo serio. Nos enfrentamos a una situación que tal vez sea más difícil que la que dio origen primero a la Ilustración y luego al Romanticismo, y que requiere un punto de inflexión filosófico quizás incluso más profundo. Pero la Ilustración y el Romanticismo no pueden ser «encargados», «patrocinados», «organizados».» Es por tanto razonable, señala CP, avanzar la hipótesis conclusiva de «que la pobreza sin precedentes del debate filosófico público de finales del siglo XX (LSD, recordemos de nuevo, se editó en 1999) se debe a un majestuoso hecho histórico objetivo: la grandeza y dificultad de las tareas a la que estamos llamados, y que, visiblemente, todavía no somos capaces de afrontar».
16º. Una de sus conclusiones (¿qué pensaría CP si escribiera en 2026?): «Tenemos que salir radicalmente de esta lógica y sustituida por una lógica absolutamente diferente. De manera similar, si asumimos la lógica del monoteísmo del mercado y la dictadura de los mercados financieros, es imposible salir de ella de manera «reformista», porque asumimos como punto de partida indiscutible que la crematística y la oligarquía mundiales se llamen en realidad y sean en verdad economía y política. Pero esto equivale a decir que lo Falso es Verdadero, y la suerte está echada.» Para CP, también para este lector, el coraje de la filosofía reside precisamente en no hacer concesiones en la cuestión de lo verdadero y lo falso: «este es el significado del recorrido realizado en este ensayo. Es posible que muchas soluciones específicas propuestas en cada uno de los setenta parágrafos sean insuficientes, inexactas y no estén satisfactoriamente argumentadas. Me sorprendería si no fuera así. Pero, en cambio, reivindico con tranquila confianza el espíritu fundamental que inspira este recorrido filosófico « (247), un recorrido, como se indicó, libertad y verdad.
Hay más, pero les dejo respirar un poco. Disculpen por la extensión (y por las muchas cosas olvidadas).
En la próxima entrega señalo algunas de mis observaciones críticas.
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