Héctor A. Quintanar Pérez (Revista Memoria -México-), 9 de Octubre de 2026

Como señalan Enzo Traverso y Federico Finchelstein, un rasgo definitorio del fascismo es su carácter dictatorial. De ahí la imprecisión de llamar “fascismo” a aquellos gobiernos que, pese a su carácter autoritario y excluyente, aún pueden ser desplazados con base en las urnas. Si bien la estridencia y prácticas de ciertos personajes contemporáneos riman en demasía con los fascismos clásicos (Mussolini, Hitler, Franco), el rigor histórico obliga a ubicar al fenómeno fascista en el Siglo XX.
Pero esas rimas merecen atención. Y, complementariamente al carácter dictatorial, es posible encontrar ciertos rasgos ideológicos (pulsiones que conllevan cierta visión del mundo y cómo organizar a la sociedad) que también definen el modo en que el fascismo interpreta la realidad y desea constreñirla a su horizonte ideal. Para lograr congeniar eso, Traverso propone el concepto de “post-fascismos” para definir a esos actores individuales y colectivos posteriores a 1945 que, sin la égida dictatorial que el mundo democratizado posterior a la Guerra Fría presuntamente impide, sí parecen retomar las pulsiones básicas de los fascismos.
Una de esas pulsiones es el elitismo excluyente. Es decir, al fascismo lo define también su idea de que la sociedad es una organización intrínsecamente jerárquica, donde por razones supuestamente inevitables -sean éstas biológicas o teológicas- un grupo vale más que otros y tiene derecho no sólo a imponerse sino a neutralizar, someter o incluso eliminar a otros de menor valía.
Así, el gen antidemocrático y violento del fascismo es algo explícito, pero, como también señalan Traverso y hasta una fantástica serie televisiva (Mussolini: el hijo del Siglo), no fue algo del todo novedoso: ni los delirios supremacistas ni la violencia fueron creaciones originales de los camisas negras o pardas y sus líderes, sino que fueron la explosión más radical de inercias ya conocidas en el continente europeo.
Como se planteó en el famoso debate histórico y epistolar entre el intelectual francés François Furet y el historiador conservador alemán Ernest Nolte, el fascismo emerge y se consolida en Italia y Alemania; pero no puede obviarse que abreva también de actores reaccionarios, hiper-individualistas, excluyentes que se gestaron como reacción radical contra la Revolución Francesa, como el movimiento monarquista, católico fanático (ejecutor de un antijudaísmo religioso en Europa que, en Alemania, más tarde tendría una deriva en un antijudaísmo biológico exterminador) liderado por Charles Maurrás: Acción Francesa.
Unidos por lo que Corey Robin llama “la mentalidad reaccionaria”, estos actores individualistas y excluyentes coinciden en algo que se convirtió en el rasgo esencial de las derechas a partir de la toma de la Bastilla: el anticomunismo, donde el comunismo es el máximo enemigo y al cual deturpaban no sólo por su componente ateo o internacionalista, sino por su objetivo final colectivista.
Pero la llegada del Siglo XX y la Primera Guerra Mundial -telón de fondo donde se dio el triunfo de la Revolución Rusa de 1917- hicieron del anticomunismo menos un asunto filosófico que geopolítico. El triunfo sin precedentes de un proyecto comunista no en cualquier país, sino en una potencia periférica; y las primeras acciones de paz de los bolcheviques -interpretadas como tretas de Alemania para ganar un aliado enorme en la Gran Guerra-; generaron en Occidente una tesis que quedó impresa de forma indeleble en el Siglo XX: el comunismo soviético era, necesariamente, un proyecto expansionista, cuyo imperialismo apuntaba al dominio del mundo y a la “revolución global” mediante la guerra abierta, la invasión franca, el avance desmedido “a nombre del proletariado”; pero también, supuestamente, por la vía de la infiltración, de la intromisión, y la quinta columna; apoyada por caballos de troya locales, cuya única lealtad estaba con Moscú.
La derrota alemana de la Guerra y la contención soviética de mantener el “socialismo de un solo país”, a la par del escaso interés de la URSS de promover revoluciones en otros lados (luego del fallido proyecto de respaldar a la España republicana en 1936, que terminó sucumbiendo ante el fascismo franquista en la Guerra Civil); no fueron elementos suficientes para convencer al sentido común de Occidente de que se sobredimensionó el papel imperialista de la URSS. El miedo a una invasión rusa comunista era más una ansiedad que una realidad. Pero un mundo en un siglo de cambios acelerados, donde la revolución tecnológica hacía ver más cercanos eventos lejanos; y donde fenómenos sin precedentes (como las secuelas geopolíticas de la “Gran Guerra”; la pandemia de influenza española y brotes “revolucionarios” en ambos lados del atlántico) parecían dar razón al pensamiento de que “los rojos” desde Moscú acechaban al mundo en una persistente amenaza de invasión militar, política o cultural.
Esta tesis geopolítica, en su visión más radical, dio pábulo importante al fascismo italiano y al nazismo de Hitler, cuya retórica reaccionaria ganó poder cuando se imprimió de la influencia de exiliados rusos bálticos de origen germánico -organizados en el movimiento Aufbau– cuyo eje identitario era el desprecio a la Revolución Rusa de 1917, a la cual interpretaban como el triunfo seminal del viejo mito racista de la supuesta conspiración “judeo-bolchevique”. Así, Hitler ganó adeptos de forma masiva no sólo viendo a los judíos hacia abajo, sino apuntando también la mirada ansiosa y alarmista hacia el Este comunista.
Pero esa tesis del anticomunismo geopolítico también fue crucial no sólo en Alemania sino en otra potencia que se pretendía ajena a las ínfulas del nazismo: los Estados Unidos. Como han documentado Fabio Giovannini y Joel Kovel, el triunfo bolchevique en 1917 fue considerado en Norteamérica como una especie de epicentro de una revolución mundial que, según ellos, era capaz de gestar atentados y movilizaciones obreras en diversas ciudades “americanas”. Así, pese a la debilidad estructural del comunismo estadunidense (sito apenas en algunos sindicatos y personalidades, y no en un partido poderoso), ciertas pinceladas de efervescencia interna en el albor de 1919-1920 fueron explicados no por sus causas intrínsecas, sino por la geopolítica exterior, y culparon de ello, sin razones sólidas, a la Revolución Bolchevique situada a miles de kilómetros de distancia.
Más allá de los efectos colonialistas del conocido “destino manifiesto”, esa coyuntura fue crucial en la política exterior estadunidense. Recién triunfante la Revolución Bolchevique y a punto de consolidarse la posterior Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en la Europa Central -y con influjo del Vaticano, como han explorado Samuel Schmidt y Maciek Wisniewski- emergió un intento de proyecto de país, a iniciativa del primer presidente polaco, Josef Pilsudski, llamado Intermarium, cuya intención era unir a los países entre el báltico y el Mar Negro con miras a formar un dique que contuviera al presunto expansionismo soviético a través de una barrera ideológica: el catolicismo judeófobo, bajo el convencimiento de la Santa Sede de que la Revolución Rusa -guiada por bolcheviques judíos- tenían la intención de fundar al estado de Israel en esa zona de Europa Central.
Parte de la conformación del proyecto Intermarium tuvo influencia enorme en el sacerdote católico y politólogo estadunidense Edmund Walsh, quien más tarde sería no sólo un destacado profesor de geopolítica en Washington (cuyos alumnos serían clave en la formación de la política exterior estadunidense) sino también un referente fundamental y personal del senador Joseph McCarthy, influido ideológicamente por Walsh en el anticomunismo geopolítico que, más tarde, gestó la cacería de brujas estadunidense de mediados de siglo.
Pero el conglomerado geopolítico de los tempranos años veinte del siglo pasado fue decisivo. Ello inició un punto de inflexión en la construcción de instituciones, no sólo en la política exterior antisoviética, sino también en la política interior, donde también primó la tesis de que agencias como el FBI o la DEA -fundadas después pero enraizadas en esos años- buscaban “enemigos externos” infiltrados ahí. Desde las injustas ejecuciones de los obreros italianos Sacco y Vanzetti o las autoritarias redadas Palmer en ese periodo entreguerras de 1919-1920, hasta 1947, con el ascenso del macartismo, la visión anticomunista geopolítica fue no sólo una identidad de la política exterior, sino toda una educación y una forma de inclusión social en Estados Unidos, como nos recuerda Marcos Roitman.
El senador Joseph McCarthy no fue una enfermedad, sino un síntoma. Se trató de un gozne funcional en un sistema oxidado y autoritario, convencido de que se enfrentaba a un enemigo presuntamente imperialista e infiltrador al que había que derrotar a toda costa; aun eso implicara ejercer también un imperialismo real y un autoritarismo interno también real.
El anticomunismo de McCarthy tampoco era una ideología sino una forma de autoritarismo. Luego de un giro biográfico, McCarthy, quien fuera un joven militante del Partido Demócrata y entusiasta del New Deal en los años treinta, se volvió al Partido Republicano luego de una derrota electoral y usó al anticomunismo como bandera bajo tres premisas: a) considerar al comunismo como un mecanismo de “infiltración” del Bloque del Este con cómplices internos en Occidente; b) emplear las técnicas de la asociación forzada y la mentira para detectar a dichos cómplices; c) asumir que los medios masivos no verificarán el sustento de las acusaciones que se hacen (y por lo tanto hay que aprovecharlos); d) explotar el “estilo paranoico” de la política estadunidense (explorado por el sociólogo Richardo Hofstadter) arraigado en las bases del puritanismo religioso estadounidense y su herencia del imperialismo inglés; y, más importante, e) usar la etiqueta de “comunista” con una ambigüedad deliberada, para que en ella cupiera todo tipo de adversarios, aunque éstos hicieran activismo y política por vías legítimas. La intención de McCarthy nunca fue impugnar filosóficamente las tesis del comunismo o detectar amenazas reales contra la nación estadunidense, sino simplemente deslegitimar a una variedad enorme de enemigos y justificar el autoritarismo contra ellos.
McCarthy y el macartismo significaron no un parteaguas sino un agravamiento de inercias gestadas desde inicios de siglo y, aunque se desarrollaran en una potencia autoproclamada “democrática” (cuestión donde quedaba excluida su invasiva y autoritaria política exterior); habían tenido en los fascismos europeos a su expresión más descarnada y brutal.
Pero en el espectro autoritario del anticomunismo geopolítico, las personalidades reaccionarias son una constante que rebasan a las naciones europeas donde se entronizó el fascismo. McCarthy es un ejemplo nítido cuya sombra alargada, como ha documentado el periodista Larry Tye, se extiende hasta nuestros días y tiene a sus peores expositores en personajes como Donald Trump y Marco Rubio.
Ello porque el presidente republicano entró tarde a la política en su biografía, pero en el mundo empresarial en que se desenvolvió toda su vida, hizo suyas las prácticas autoritarias del macartismo a través del enlace directo: el abogado y publicista Roy Cohn, colaborador de McCarthy en su cruzada fanática en la década de 1950, fue también principal asesor de Trump durante la década de 1970, en un mundo de la iniciativa privada que, sin embargo, no podía eximirse del gran contexto de la Guerra Fría.
Asesor no sólo jurídico sino publicitario, Cohn llevó la impronta impugnadora autoritaria de McCarthy a las usanzas trumpistas, que se pueden resumir en la siguiente premisa: el macartismo no es una postura ideológica válida, no es una doctrina, no es una cosmovisión del mundo; no es parte del espectro conservador. Es más bien un estilo: un modo de bullying político destinado a tratar de “poner sobre las cuerdas” a los que se consideran adversarios.
La carrera paralela de Cohn con Trump explica en parte su comportamiento como político tardío. Gestor de artimañas golpeadoras; chantajista y negador de sus derrotas; Trump es una protuberancia dañina en la vida pública internacional que reproduce, por influencia directa y como sombra alargada, lo peor de la política estadounidense del Siglo XX.
A nadie debe extrañar que, en pleno Siglo XXI, Trump y Rubio quieran encabezar un anticomunismo postcomunista; una política de alerta ante una presunta amenaza que ya no tiene epicentros reales (¿o acaso podrían vislumbrarse como grandes peligros a una aislada Corea del Norte o a una asediada Cuba? ¿Son comparables a la potencia que alguna vez fue la Unión Soviética?). La pregunta que viene al caso es si la postura de Trump y Rubio es solamente estrategia de campaña, de cara a tratar de revivificar al alicaído MAGA en un año electoral; que de paso extienda sus tentáculos en sus aliados en el sur, que representan las cloacas peores de la política latinoamericana, como Milei, De la Espriella, Kast y demás camada de “nuevas derechas”, que lo son sólo de nombre, pero con sus bravatas contra los “zurdos de mierda” o las reivindicaciones al pinochetismo, parecen congelados en los tiempos idos de la hegemonía estadunidense en la región en el pasado mundo bipolar.
Con los antecedentes de Trump y su macartismo denunciado como tal desde hace más de un lustro por Larry Tye, da la impresión de que aunque esto sea una campaña coyuntural, conlleva en ese grupúsculo autoritario -que lo mismo chantajea en el mundo que asedia a sus propios ciudadanos con ICE- un gen reaccionario compartido con una estela alargada que viene del Siglo XX y que toca a los personajes más atroces de esa violenta centuria.Categorías
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