Alessandro Stella, director de investigaciones en Antropología Histórica del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) (OBSERVATORIO DE LA CRISIS), 8 de Octubre de 2026

Tanto en España como Francia se están experimentando tensiones derivadas de la implementación de una economía diseñada por las clases dominantes…En ambos casos, la irrupción de reivindicaciones en torno a los derechos fundamentales (la educación pública, la vivienda) ha desbordado su contenido inicial para impugnar el funcionamiento de los sistemas políticos actuales.
Lección sorpresa.
Ha sido la sorpresa del inicio del curso, que nadie había visto venir y mucho menos previsto. Mientras todo el mundo parecía resignado a esperar a las próximas elecciones del presidente-monarca colocando en las mismas la esperanza de un cambio, lxs estudiantes de secundaria han irrumpido en primer plano y sacudido todas las agendas políticas.
La revuelta, que partió de unos pocos institutos de la periferia de París, se extendió rápidamente por toda Francia. Sin ninguna organización rectora, sin un partido ni un sindicato al mando. Solo grupos de estudiantes de secundaria, que se autoorganizan, que bloquean la entrada de su centro de enseñanza y que difunden la información a su alrededor y en las redes sociales. Una señal de que, bajo las cenizas, las brasas comenzaban a reavivarse y solo esperaban una chispa para desencadenar el incendio.
Una revuelta espontánea, imprevisible y repentina, como todas las revueltas. Al igual que ocurrió con el surgimiento del movimiento de los gilets jaunes [chalecos amarillos] en otoño de 2018 y con tantas otras revueltas sociales anteriores. En este otoño de 2026 toda la atención política parecía destinada, inevitablemente, a centrarse en las próximas elecciones presidenciales y, una vez más, a reducir las aspiraciones de cambio a la triste elección de la papeleta electoral, a la delegación en otros del poder sobre el propio destino.
Desbaratando todos los pronósticos y burlándose airadamente del calendario electoral, los jóvenes y las jóvenes de los institutos han querido decir, ante todo y sencillamente, que existían, que su vida presente y futura tenía valor. Aunque, al ser menores de edad, no tuvieran derecho a voto ni ningún valor añadido para los partidos políticos.
Tenían motivos para rebelarse. Los que se pusieron de relieve, difundidos por los sindicatos de estudiantes de secundaria, denunciaban aulas masificadas, horarios fragmentados y restrictivos, profesores sin sustitutos y edificios escolares vetustos e insalubres. También denunciaban lo vejatorio e incongruente que resultaba la prohibición de los móviles en el colegio, cuando tanto sus profesores como los parlamentarios que habían votado a favor de dicha prohibición estaban todo el tiempo pegados a sus teléfonos. Se les trataba como a niños a los que había que castigar y disciplinar, cuando en realidad eran jóvenes adultos, que no querían resignarse a un futuro sombrío e indeseable.
Evidentemente, detrás de las razones estructurales de la falta de recursos y de la desinversión del Estado en la educación pública, hay críticas más profundas. En el fondo, se trata de la denuncia del sistema escolar de una supuesta República que, bajo el pretexto de una igualdad formal, no hace más que reproducir y mantener los privilegios y las discriminaciones de clase y de «raza».
Lección de sociología.
Lo que resulta totalmente nuevo en la historia de las revueltas estudiantiles, desde 1968 hasta nuestros días, es que el movimiento del otoño de 2026 no está impulsado por estudiantes del centro de la ciudad, por vástagos de la burguesía que se desvían (provisionalmente) de su clase social, sino por alumnos de institutos de los barrios populares. De hecho, los más movilizados en la lucha parecen ser los alumnos de los institutos de formación profesional, ya orientados hacia el mundo laboral y excluidos de antemano de los estudios superiores.
Además, las imágenes de los bloqueos muestran que, entre los estudiantes de secundaria en revuelta, muchos tienen la piel negra o morena. Jóvenes franceses, por supuesto, que encarnan esta nueva Francia que, a falta de ser reconocida y apreciada por los supremacistas blancos (salvo, de forma marginal, por las actuaciones de los jugadores del PSG y de la selección nacional de fútbol), representa su historia y su futuro.
Es muy probable que por eso el Estado y su gobierno tomaran la decisión, desde los primeros bloqueos, de no escuchar las palabras, las quejas y las reivindicaciones de lxs estudiantes de secundaria en lucha, sino de reprimirlos de inmediato y con brutalidad.
Es algo que pasa en silencio, que queda oculto, que sobre todo no se muestra abiertamente, pero, ¿cómo no pensar que detrás de la decisión (en absoluto necesaria) de recurrir de inmediato a la porra como respuesta a las reivindicaciones de lxs estudiantes de secundaria, hay un racismo profundo encarnado por el ministro-prefecto de policía Laurent Nuñez y por tantos, tantísimos, agentes a sus órdenes? ¿Cómo no pensar que, al igual que Éric Zemmour y muchos otros descendientes de colonos de Orán, Laurent Nuñez está poseído por el rencor y un odio visceral hacia los árabes y los musulmanes? ¿Que los policías, acostumbrados a dar caza a los jóvenes árabes y negros de los barrios periféricos con el pretexto de la lucha contra las drogas, no se crean con derecho a golpear a los estudiantes de secundaria, que encajan en el mismo perfil físico?
Lección de gramática.
Para dar rienda suelta a la porra, ministros, policías y periodistas cómplices han puesto en marcha la maquinaria de la descalificación. Aunque reconocen que los y las estudiantes de secundaria podrían tener buenas razones para quejarse de sus condiciones de estudio, la clase dirigente y los medios de comunicación cómplices han atribuido la revuelta a «La France Insoumise y sus representantes de la extrema izquierda».
A la sempiterna negación de la autonomía de los movimientos sociales, a la ritual insinuación conspirativa de ver un deus ex machina, que utiliza a estos pobres ingenuos para sus pérfidos fines, los portavoces del sistema disfrazados de periodistas independientes han añadido la calificación de «representantes de la extrema izquierda».
Una elección terminológica empleada a propósito: hasta ahora, este término se refería a Hamás, Hezbolá, los hutíes y otros grupos político-militares, que luchan contra Israel y el imperialismo estadounidense, supuestamente manipulados por los demonios iraníes. Una capa de pintura más destinada a desacreditar a quienes están protestando estas semanas en Francia.
Ante la inevitable reacción de los y las estudiantes de secundaria en lucha, golpeados con porras, gaseados, tirados al suelo, esposados y detenidos en las comisarías, se ha vuelto a sacar a relucir el viejo truco de los «alborotadores», esos militantes revolucionarios enmascarados infiltrados en el movimiento.
Desde los primeros bloqueos de los institutos, no habríamos asistido a manifestaciones de estudiantes en rebelión, sino a «disturbios», «violencia urbana», «un odio desatado contra las fuerzas del orden», que solo habrían estado en las calles para proteger a la población y, en particular, a «nuestros hijos e hijas» de los malvados alborotadores. Así, frente a policías y gendarmes superarmados y protegidos de la cabeza a los pies con armaduras, los manifestantes utilizarían armas temibles como «morteros», sin añadir que se trata de morteros de fuegos artificiales, mucho menos peligrosos que todos los proyectiles empleados por la policía.
Lección de semántica.
Establecer la distinción entre los buenos estudiantes de instituto, sensatos y preocupados por sus estudios, y los «individuos y grupos ajenos a los centros educativos, que solo buscan sembrar el caos y atacar a las fuerzas del orden», tiene como objetivo justificar la represión policial.
Una represión feroz y masiva: en una semana se han producido cinco mil detenciones, cientos de personas heridas y maltratadas, dos estudiantes de secundaria que han perdido un ojo y otro que ha quedado sin dientes. Una represión despiadada y desmesurada, que se ha abatido sobre chicas y chicos, la mayoría de ellos menores de edad.
Pero la perversidad del Ministerio del Interior, difundida por los medios de comunicación dominantes, evoca incansablemente el balance diario de papeleras incendiadas y policías heridos (dónde, cómo y por quién, eso nunca se precisa) a manos de «malvados alborotadores encapuchados».
El colmo de esta inversión de la responsabilidad por la violencia contra las personas se alcanzó en Belfort, donde el prefecto de policía y el fiscal abrieron una investigación contra manifestantes acusados de «intento de homicidio contra una persona depositaria de la autoridad pública».
Esta persona, que había recibido puñetazos y patadas, era, de hecho, un alto cargo de la policía local, sin uniforme, ni siquiera con un brazalete, enmascarado y disfrazado de black bloc para infiltrarse entre los manifestantes.
Antes de ser descubierto y agredido, él mismo había dado una paliza a un estudiante de instituto, manteniéndole la cabeza sumergida en el agua de un arroyo durante un buen rato. Posteriormente, el cargo se rebajó a «violencia intencionada»: dos estudiantes de instituto, menores de edad, fueron encarcelados; el policía recibió sus ocho días de baja por incapacidad temporal y las felicitaciones de sus superiores.
Lección de filosofía.
¿Qué es lo que quieren, pues, los estudiantes de secundaria en revuelta? Sus denuncias, sus reivindicaciones y sus objetivos están escritos con letras claras en las pancartas y carteles expuestos frente a sus institutos.
Las quejas sobre sus condiciones de estudio, las críticas a la injusticia en el trato recibido por los institutos del centro de la ciudad y por los de las periferias, la impugnación de la selección que lleva a cabo el sistema Parcoursup, la falta de recursos y de profesores, junto a lemas como «Free Palestine», «ACAB» y «No a la violencia policial».
La lista de objetivos continúa con la lucha contra el patriarcado, la violencia de género, el colonialismo, el racismo y todo tipo de discriminación e injusticia. Todo un programa redactado por estudiantes de secundaria, por jóvenes, por personas que todavía son menores de edad ante la ley, y a quienes ninguna de las autoridades existentes, que supuestamente deben decidir su destino, tienen en absoluto en cuenta.
El antiautoritarismo, germen de la generación del 68, resurge. ¿Debemos escandalizarnos, si algunos directores han sido abucheados e incluso maltratados por los alumnos? ¿Debemos coincidir con las conciencias moralizantes en que prender fuego a la verja de un colegio «de la República» es inadmisible y debe ser castigado con severidad? ¿O bien debemos intentar comprender las razones de estas acciones? ¿Podemos imaginar el resentimiento, el rencor y el odio acumulados por un estudiante de instituto que, durante su etapa escolar, ha sufrido y aguantado en silencio el acoso, las humillaciones y el desprecio por parte de los adultos, que se supone que deben instruirlo, y no adiestrarlo en la obediencia a las autoridades?
La revuelta de los estudiantes de secundaria franceses de este otoño de 2026 no puede limitarse al ámbito escolar. Se extiende por todas partes. Esta nueva generación de rebeldes parece concentrar y amplificar el legado de muchas luchas, antiguas y modernas.
Del anticapitalismo al antirracismo, del antisexismo al antiautoritarismo, pasando por los principios de solidaridad con todos los oprimidos del mundo entero. Se presenta como un movimiento social de personas libres, sin jaulas impuestas ni en construcción, sin líderes, sin necesidad de representantes. Haciendo de las luchas, de la elaboración de análisis, de los discursos y de las acciones en común los medios para imaginar un futuro deseable.
Este movimiento incipiente parece llevar las huellas de los movimientos que le han precedido, inspirándose en ellos y renovando discursos, métodos y prácticas. Una cierta mezcla entre los levantamientos de los barrios populares, sobre todo tras el asesinato de Nahel Merzouk (17 años) por la policía en 2023 y la revuelta de los gilets jaunes [chalecos amarillos] en 2018.
El movimiento también presenta una bonita mezcla de colores, rostros sonrientes, grupos solidarios. Estos y estas «jóvenes» están demostrando, día tras día, sin rendirse, valor y determinación frente a la represión policial, que solo la convicción de la justicia de su lucha puede sostener.
Estos «jóvenes, decididxs y revolucionarixs», que gritan al unísono desde las barricadas, ¿están abriendo nuevos caminos para acabar con este mundo dirigido por un consorcio de hombres de poder (económico, político, militar y mediático)? ¿Conseguirán atraer a su lado a estudiantes, profesores, personal de limpieza, desempleados, trabajadores precarios, obreros especializados, trabajadores autónomos y jubilados? ¿Podrían los «jóvenes» dar una lección a los «viejos»?
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